La lluvia cae copiosa sobre la devastación. Flanqueado por doquier, miro rápido y decidido a suicidarme una fotografía familiar emotiva. Desde un montículo de tierra, con la altura suficiente para quitarme la vida, me lanzo al vacío como un criminal desde la roca Terpeya. Ya no hay salvación.
Luego de abandonar el vehículo humano que me diera un aventón, me sujeté bien la toga, tomé respiración y comencé con mi periplo.Tenía que arrostrar al destino, sin embargo, un miedo catatónico me paralizaba el corazón. Bebí de mi cantimplora, lleno de estupor. Tenía que encontrarlas, aunque mi vida dependiera de ello. Comencé a caminar dando grandes trancos, apartando violentamente de mí las malezas que me recibían como queriendo devorarme. Me dirigí rápidamente hacia el humo que se contemplaba un par de kilómetros más allá de mi ubicación. Era un humo en hilera, como una gran torre humana que la naturaleza copió en su orgullo por el mal que le habíamos hecho. Tras media hora de arduo camino, con la respiración entrecortada y el cansancio galopando sobre mí, alcancé mi destino.
Desenvainando mi cuchilla de campamento, siempre al acecho en caso que apareciera uno de "ellos", caminé meticuloso rodeando el campamento al cual había llegado. Era posible que ella se encontrara en alguna de las carpas; también era posible que estuviera escondida en los alrededores o, por último, que estuviera muerta. No obstante, esta tercera alternativa no constituía para mí una opción, en la ceguera irremediable que padecía: no podía perder de forma tan estúpida a mi hija. Ella se había perdido gracias a que... De súbito, se lanza sobre mí una criatura nauseabunda. Alcanzo a esquivarla y, mientras va cayendo, le doy una estocada mortal llegando a tocar el hioides. Queda un charco de oscura sangre y sus quejumbrosos y satánicos gemidos se apagan lentamente. Un hedor a putrefacción rápidamente miasma el ambiente. Eso era muy peligroso: estas bestias semi-muertas, semi-vivas tenían un olfato altamente desarrollado, sin embargo eran ciegas como un pez de fango. En cosa de minutos podía tener una decena de ellos rodeándome y, frente a esa circunstancia, lo mejor era el suicidio. Investigué rápidamente el campamento. No hallé nada. Sin embargo, una pista me guió a través del bosque. Caminé dos horas hasta encontrarme en una antigua ciudad humana.
Las carrocerías destrozadas y musgosas de antiguos vehículos de transporte, las derruidas construcciones, la montonera de cadáveres amarillo oscuro. Algunos completos, otros con severas fracturas en sus huesos, otros, simplemente, trozos óseos irreconocibles por alguien que no domine la técnica de la anatomía humana. Me encaramé en una desolada torre que custodiaba la ciudad y enfoqué en todas las direcciones para ver si hallaba algo. Un movimiento hacia el costado norponiente me llamó la atención: algo "vivo" caminaba apesadumbrado. Rápidamente bajé de la torre y me dirigí sigilosamente en esa dirección. Seguí su rastro hasta un río de difícil cruce. En este me encontré con un anciano sacerdote que hacía una genuflexión junto al río , inclinado hacia el cielo, rezaba diciendo: Morituri te salutant, repetidas veces. Morituri te salutant, morituri te salutant, repetía el anciano con voz célica pero mortuoria. Y antes de que pudiera verme, antes de poder impedirlo, sacó un arma y se voló los sesos. Imaginé la terrible existencia que agobiaba esa alma taciturna, en los ríos de sangre que vio secarse frente a su templo, en la agonía de su pueblo, de sus hermanos y de sus hijos. Entonces, me acerqué a su cadáver y corté el crucifijo que llevaba colgado al cuello cuya inscripción se leía: INRI. Finalizado el existencial momento, continué mi marcha.
No podía dejar de pensar en el mohín desesperado con que se impregnó la cara de ese miserable. Pensé nuevamente en el horror eviterno de su desdichada vida interrumpida por ese trozo de plomo. Pensé en mi hija y mi hembra. Pensé que quizás ellas también yacían sin vida en esta jungla horrorosa. Intentando apartar rápidamente estas apesadumbradas ideas de mi mente, noté que un tronco cortado atravesaba un tercio del río, puente natural desde el cual podía saltar hasta la otra orilla. Contemplando el mapa geográfico en mi recuerdo, sabía que habían dos lugares que, atravesando el río, serían la última esperanza que podía abrazar en la búsqueda de mi familia. Me deshice de un par de objetos pesados que llevaba en mi bolso y trepé el árbol. La fluencia del río era bastante violenta, al punto que si caía al agua me arrastraría la corriente hasta un lugar desde el cual ya me sería casi imposible regresar. Me agarré con fuerza al árbol, trepando de espalda al río. Luego lo monté y cuidadosamente hice equilibrio sobre su superficie. Tratando de buscar un punto fuerte de apoyo a mis pies y mis piernas, logré dar con un ojo del tronco desde el cual podía catapultarme. Reuniendo todas mis fuerzas, salté con la más incalculada gallardía y logré mi objetivo. Cuando hube alcanzado la otra orilla, continué rápida y desesperadamente el sinuoso camino de la selva.
Ya anochecía. Eso le daba un poco más de esperanzas a mi búsqueda, ya que la naturaleza nos proveyó de una visión nocturna como a ningún otro ser vivo. Eso también me ponía optimista sobre un posible escape o ponerse a salvo de las dos hembras que buscaba. Trepando y saltando de árbol en árbol, llegué a una aldea abandonada, sin signos de vida, pero también sin rastros de destrucción. Una a una revisé las chozas que la componían. En una de ellas, encontré una mujer sentada en forma de momia atacameña, de piel morena y ojos blancos. La visión de esta hembra hacía sentir estupefacción. Me quedé embelesado, mirando con la cabeza inclinada hacia un lado, esa abominable criatura. "Es una bruja", pensé, y me retiré raudamente del lugar. Me alejé un poco de la carpa y me detuve lleno de espanto y dolor: un carnaval de esas bestias pestilentes rodeaban en un jolgorio demoníaco una fogata en la cual estaba empalada mi hija. Sólo la carne de su rostro habían dejado sin morder estos repugnantes y miserables espectros de mierda. Dando un círculo, siempre sigiloso, alrededor de la fogata, encontré una vía de escape, sin embargo, la ira no me permitía abandonar el lugar sin antes dar muerte a estas quimeras. Aguanté la respiración y, con la velocidad de un jaguar, recorrí en un círculo la fiesta de los viandantes. Una a una cayeron sus cabezas y rodaron azarosamente por el lugar dando paso a un hedor del demonio que abarcó el lugar por completo. Aticé el fuego con una lanza y puse más leños.. Así vi arder por completo lo poco que quedaba de la carne fría que alguna vez caminó a mi lado, a la que enseñé todo lo que mis padres me enseñaron y la que tanto amé. Recité una vieja oración que aprendí de una civilización humana ya muerta. Luego de eso, continué mi odisea.