Se durmieron en una almohada de hojas cristalinas, mientras el ocaso se retiraba a lo lejos. Cuando despertaron, el sol comenzaba a avanzar por las copas de los árboles, estaban completamente desnudos. Él la besó en la frente, con la ternura que el sol besa un planeta con la energía de su luz. Se fueron de ahí, pues sabían que volvería. Revolvieron todos los caminos del bosque en una espesura inmensa de experiencias distintas: ella quiso lavar su cabello en las lágrimas que brotaban de los ojos del muchacho. Fue entonces cuando conocieron la verdad.
Un lobo les relató que la naturaleza era reina de la tierra y que su voluntad era ley. La muerte del hormiguero era una situación más, era una razón del universo vivo. Por consiguiente, les aconsejó participar de una ataraxia natural. Sin comprender, consumieron los últimos rayos de sol de aquella tarde: las sombras del bosque escondían los sinuosos caminos por los que tantas veces transitaron de la mano, en los otrora iluminados y aromáticos recovecos donde hicieron el amor, en los árboles marcados con aquella savia cósmica del amor. Se encontraron con una oscuridad callada. Se miraron a los ojos: la muchacha tuvo miedo. ¿Qué sonaba entre los arbustos del bosque? ¿Qué ese sonido de botas hollando la tierra? Ni lo tupido de los árboles, ni la espesura de los campos llenos de flores, esos mismos donde el trigo crecía inconmensurable hasta el cielo, ni las maravillas inefables de la Creación pudieron salvarlos.
Un enjambre de espíritus hambrientos los cubrieron de noche y de día, los molestaban y los asustaban por las noches. No pudieron dormir más, vivieron somnolientos en invierno y en verano por diecisiete años. Intentaron acostumbrarse a la oscuridad reinante, al frío penetrante que arrugó la piel diáfana y cristalina que arropaba sus almas, lucharon noche a noche con la turbia neblina que lo cubría todo. Hasta que pudieron respirar. Ella y Él, tomaron sus cosas y se marcharon del bosque.
Algunos cuentan que murieron intentando cruzar un canal congelado. Otros, sostienen que hoy habitan en las tierras del sur. No faltaron los que contaron que fueron convertidos en tumbas silenciosas, o los que dijeron que se unieron a los espíritus que los espantaban. Sin embargo, volvieron a reunirse con sus viejos amigos del bosque, cuando una mañana comenzó el evento fundamental de la parusía.
lunes, 29 de abril de 2013
viernes, 19 de abril de 2013
Baccalaureatus
Cuando entré a estudiar a la universidad, un mundo nuevo se abrió para mí. Distintas ramas del saber, se combinaban -no siempre pacíficamente-, con horas de parranda con los nuevos compañeros, con las nuevas minas, con la nueva gente que iba apareciendo por todos lados. Al terminar, me di cuenta que la vida es muy breve y que uno debe hacer las cosas de la mejor manera posible: la forma más digna, la más responsable, la más perseverante, la más sacrificada. Y, ese camino, lo aprendí de dos personas.
La primera, una mujer, cuya Fe inquebrantable, ha superado todas las épocas de apego y desapego a lo divino. Amante del trabajo, de la oración, del cariño, de la entrega: ella hace de su vida una poesía en la que su amor inmenso alcanza no tan solo para su familia, sino para los demás. Esa mujer que para Navidad atraviesa la villa y las poblaciones consiguiendo alimentos para entregar a aquellas familias vecinas que no tienen un pan para poner en su mesa; aquella que visitó a tantos enfermos, a quienes les llevó la tranquilidad para emprender el viaje más largo; aquella que tanto hizo por los demás. Mas, también a aquella que se quedó con el alma en un hilo tantas veces cuando hiciste tus famosos espectáculos antes de entrar a clases; a aquella que te cuidaba después de tus episodios en el Mc Donalds, a aquella que te arropaba por las noches, la que no dormía bajándote la fiebre, la que te protegía más que a nosotros, porque eras el más mamón. Ella, la que te amó, te ama y te amará más que nadie.
Esa mujer, cuando era una muchacha, se topó con un tipo galante y bien vestido, que levantaba el meñique para tomar la copa de vino. Aquella misma fiesta donde un tal chino se enojó y se fue con su bufanda. Los dos muchachos, tan jóvenes como tú, comenzaron una vida juntos. Aunque comenzó con un par de cuentos de galán, el muchacho demostró ser un trabajador, un estudiante y un padre de los mejores. En esos tiempos estábamos ellos y el que escribe. Esa perseverancia que imprimió en sus hijos, esos que él mismo admira tanto, como si fuera posible que seamos más que él. ¿Cuántas mañanas soportó las bajas temperaturas, los atochamientos, el cansancio y el estrés por llevar no tan solo un trozo de pan, sino un mensaje de responsabilidad y perseverancia a nosotros, sus hijos? Aquel hombre, presente aquí y siempre en nuestras almas, dejó impresa su marca en su descendencia: el amor por el trabajo, por el sacrificio, por la perseverancia.
Ambos, dejaron un legado que ha permanecido. Tú eres hoy el gran fruto que hoy cosechan. Por eso, los laureles y sus frutos adornarán tu cabeza. Porque el fruto no perecerá.
Tu vida la viviste en sacrificio. A pesar de ser el más apegado a nuestra madre, fuiste el que primero comenzó una vida en la sociedad, en Alameda con Arturo Prat, donde entraste un niño y saliste un hombre. El tiempo pasa tan rápido, hermano mío, y te veo cada vez más inmenso, tú, el mismo pequeño indefenso que jugaba junto a mí, junto a Juanito, en medio de la casa o de nuestras habitaciones. Creciste y te transformaste en un ídolo para mí -y, por primera vez, comprendo una tarjeta con un breve mensaje, que me dio una persona que perdí, por primera vez puedo entenderla... Creciste y trajiste tantas cosas a nuestras vidas. Eres un pilar de esta familia, eres un pilar en mi vida, eres uno de los hombres que más amo. Doy gracias a Dios porque eres mi hermano, por los hermosos momentos que hemos vivido juntos, por las veces que has sido el único que me ha escuchado, porque tu corazón está lleno, del modo más bello, del mensaje que dejaron nuestros padres.
Porque hoy eres un Baccalaureatus, porque hoy estás adornado por los laureles y sus bayas, el BACHILLER, tu esfuerzo ya da su primer fruto y te conducirá por siempre por la senda del conocimiento. Porque fue lo que tus padres te legaron: los caminos para convertirte en el inmenso hombre que hoy eres.
DE TU HERMANO QUE TE AMA.
La primera, una mujer, cuya Fe inquebrantable, ha superado todas las épocas de apego y desapego a lo divino. Amante del trabajo, de la oración, del cariño, de la entrega: ella hace de su vida una poesía en la que su amor inmenso alcanza no tan solo para su familia, sino para los demás. Esa mujer que para Navidad atraviesa la villa y las poblaciones consiguiendo alimentos para entregar a aquellas familias vecinas que no tienen un pan para poner en su mesa; aquella que visitó a tantos enfermos, a quienes les llevó la tranquilidad para emprender el viaje más largo; aquella que tanto hizo por los demás. Mas, también a aquella que se quedó con el alma en un hilo tantas veces cuando hiciste tus famosos espectáculos antes de entrar a clases; a aquella que te cuidaba después de tus episodios en el Mc Donalds, a aquella que te arropaba por las noches, la que no dormía bajándote la fiebre, la que te protegía más que a nosotros, porque eras el más mamón. Ella, la que te amó, te ama y te amará más que nadie.
Esa mujer, cuando era una muchacha, se topó con un tipo galante y bien vestido, que levantaba el meñique para tomar la copa de vino. Aquella misma fiesta donde un tal chino se enojó y se fue con su bufanda. Los dos muchachos, tan jóvenes como tú, comenzaron una vida juntos. Aunque comenzó con un par de cuentos de galán, el muchacho demostró ser un trabajador, un estudiante y un padre de los mejores. En esos tiempos estábamos ellos y el que escribe. Esa perseverancia que imprimió en sus hijos, esos que él mismo admira tanto, como si fuera posible que seamos más que él. ¿Cuántas mañanas soportó las bajas temperaturas, los atochamientos, el cansancio y el estrés por llevar no tan solo un trozo de pan, sino un mensaje de responsabilidad y perseverancia a nosotros, sus hijos? Aquel hombre, presente aquí y siempre en nuestras almas, dejó impresa su marca en su descendencia: el amor por el trabajo, por el sacrificio, por la perseverancia.
Ambos, dejaron un legado que ha permanecido. Tú eres hoy el gran fruto que hoy cosechan. Por eso, los laureles y sus frutos adornarán tu cabeza. Porque el fruto no perecerá.
Tu vida la viviste en sacrificio. A pesar de ser el más apegado a nuestra madre, fuiste el que primero comenzó una vida en la sociedad, en Alameda con Arturo Prat, donde entraste un niño y saliste un hombre. El tiempo pasa tan rápido, hermano mío, y te veo cada vez más inmenso, tú, el mismo pequeño indefenso que jugaba junto a mí, junto a Juanito, en medio de la casa o de nuestras habitaciones. Creciste y te transformaste en un ídolo para mí -y, por primera vez, comprendo una tarjeta con un breve mensaje, que me dio una persona que perdí, por primera vez puedo entenderla... Creciste y trajiste tantas cosas a nuestras vidas. Eres un pilar de esta familia, eres un pilar en mi vida, eres uno de los hombres que más amo. Doy gracias a Dios porque eres mi hermano, por los hermosos momentos que hemos vivido juntos, por las veces que has sido el único que me ha escuchado, porque tu corazón está lleno, del modo más bello, del mensaje que dejaron nuestros padres.
Porque hoy eres un Baccalaureatus, porque hoy estás adornado por los laureles y sus bayas, el BACHILLER, tu esfuerzo ya da su primer fruto y te conducirá por siempre por la senda del conocimiento. Porque fue lo que tus padres te legaron: los caminos para convertirte en el inmenso hombre que hoy eres.
DE TU HERMANO QUE TE AMA.
miércoles, 17 de abril de 2013
Katholou
Una imagen se proyecto sobre el cielo nuboso de la ciudad, aquella noche en que encontraron su cuerpo sin vida en el mirador abandonado. A pesar de parecer una piltrafa, un papirote, y vestir unas deshilachadas prendas arrugadas y malolientes, contaban ciertas personas de edad que aquel "finao" había sido uno de los últimos profesores de Filosofía que había enloquecido en la ciudad.
Algunos de sus viejos alumnos, que lo reconocieron por el singular bigote que siempre llevaba -similar al que usaba el führer-, afirmaron con los ojos resplandecientes y un flácido relumbre en sus miradas, que era el último gran hegeliano en el mundo. Otros, señalaban que se había vuelto loco cuando tuvo una intuición filosófica fundamental, que tenía relación con la auto-conciencia absoluta del espíritu absoluto; entre el reducido círculo de vagabundos piturrientos y de policías que circundaban la zona donde comúnmente habitaba, pensaban que era un tronera que había perdido el sentido. "El piteao de las Conchitas", le llamaban, debido a que frecuentaba esa zona, donde se detenía a contar las arenas de la playa, o vaciar el mar en un dedal. Sin embargo, apareció muerto en un mirador. Lo más impresionante de esta otrora eminencia, es que cuando abandonó la cátedra, dejó también a su familia y a la mayor parte de sus amigos, quienes constituían la vanguardia intelecualoide del puerto de Valparaíso, para irse a vivir a esas tranquilas tierras de la comuna de El Quisco.
El edificio de Carabineros quedaba en calle Francia con Isidoro Dubournais, donde tantas noches de verano se la pasó encerrado tras las rejas por molestar a los veraneantes con sus sibilinas insinuaciones y necedades. "Ustedes han despertado al No Ungido", gritaba trastabillando. Algunos cabos señalaron que a veces "hablaba en lenguas". Gracias a ese curioso dato, los habitantes de la zona concluyeron terminantemente que se trataba de un "poseído". Basándose en su estrafalario comportamiento, llegaron a dos conclusiones distintas, una de las cuales rezaba que se trataba de un "Profeta". Sin embargo, todos se desilusionaron cuando falló quijotescamente ante el intento de multiplicar una barra de "Super 8". Aturdido por el histrionismo que realizó para lograr tan divino milagro, se fue caminando lentamente dando tumbos con las personas, quienes decepcionados abandonaban el lugar. Aquella noche, los más intuitivos notaron que el ambiente "estaba enrarecido".
Los perros comenzaron a ladrar y gemir desde las 3 de la tarde. Se cerraron unas cuantas playas debido a marejadas y las personas se encerraron en sus viviendas de playa más temprano de lo habitual. Aunque había sido hasta el mediodía una mañana excesivamente soleada, en la tarde oscuras nubes comenzaron a poblar el firmamento. La noche se vino con una tormenta de granizos que cayó sobre el pequeño pueblo costero. Las personas salían a mirar maravilladas el espectáculo que ofrecía el firmamento, y los más viejos reconocían que este tipo de acontecimientos eran poco comunes por esos lugares poco poblados -este tipo de lugares siempre mantienen una conciencia colectiva mucho más poderosa que la de las personas citadinas, quienes viven sin darse cuenta de la vida que viven. Cerraron sus casas, sus ventanas y disfrutaron de esta lluvia de enero.
A la mañana siguiente, había caído una leve camanchaca sobre la costa. Poco a poco, el día comenzó a abrir. El sol cayó de lleno sobre las cabezas, hombres y mujeres cambiaron sus chaquetas y jeans, por shorts y bikinis. La muchedumbre comenzó a bajar a la playa para disfrutar el día. Para todos, fue un día normal.
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Un aficionado a la tecnología y los viajes, de un país al norte del mundo, comenzó a visitar distintos lugares del orbe a través de la aplicación google maps. Viajó por diferentes lugares. Visitó las grandes ciudades de Norteamérica; fue a las Pirámides. Paseó por street-view por las calles de su cercaba París. Estuvo en el Parque Nacional de Gorongosa, en el centro de Mozambique. De pronto, y sin querer, movió el mapa del mundo hasta un país poco conocido para él, precisamente en la zona central. Pensó que se trataba de Argentina, pero notó que estaba en un error. Alguien le había recientemente hablado de Chile. Comenzó a pasear su cursor por tierra de nadie, hasta que llegó a las costas. Visitó Valparaíso y siguió bajando hacia el sur. De pronto, un pueblo llamó su atención "El Quisco", sonaba como una vieja serie animada que veía cuando era pequeño. Comenzó a acercarse y mirar las imágenes de aquel lugar, cuando de pronto, dio con un insólito hallazgo: se trataba de un mirador, en el que en medio del mismo, con los brazos y las piernas estiradas, se encontraba un cadáver -lo notó por las marcas de sangre que se veían a su alrededor. Sin comprender nada, llamó a la policía. Sin embargo, nadie le prestó mucha atención.
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Durante la mañana del 19 de Enero, a las 12:05 p.m., se encontró un cadáver que correspondería a M..., vagabundo de 73 años que, por motivos que aún se investigan...
Algunos de sus viejos alumnos, que lo reconocieron por el singular bigote que siempre llevaba -similar al que usaba el führer-, afirmaron con los ojos resplandecientes y un flácido relumbre en sus miradas, que era el último gran hegeliano en el mundo. Otros, señalaban que se había vuelto loco cuando tuvo una intuición filosófica fundamental, que tenía relación con la auto-conciencia absoluta del espíritu absoluto; entre el reducido círculo de vagabundos piturrientos y de policías que circundaban la zona donde comúnmente habitaba, pensaban que era un tronera que había perdido el sentido. "El piteao de las Conchitas", le llamaban, debido a que frecuentaba esa zona, donde se detenía a contar las arenas de la playa, o vaciar el mar en un dedal. Sin embargo, apareció muerto en un mirador. Lo más impresionante de esta otrora eminencia, es que cuando abandonó la cátedra, dejó también a su familia y a la mayor parte de sus amigos, quienes constituían la vanguardia intelecualoide del puerto de Valparaíso, para irse a vivir a esas tranquilas tierras de la comuna de El Quisco.
El edificio de Carabineros quedaba en calle Francia con Isidoro Dubournais, donde tantas noches de verano se la pasó encerrado tras las rejas por molestar a los veraneantes con sus sibilinas insinuaciones y necedades. "Ustedes han despertado al No Ungido", gritaba trastabillando. Algunos cabos señalaron que a veces "hablaba en lenguas". Gracias a ese curioso dato, los habitantes de la zona concluyeron terminantemente que se trataba de un "poseído". Basándose en su estrafalario comportamiento, llegaron a dos conclusiones distintas, una de las cuales rezaba que se trataba de un "Profeta". Sin embargo, todos se desilusionaron cuando falló quijotescamente ante el intento de multiplicar una barra de "Super 8". Aturdido por el histrionismo que realizó para lograr tan divino milagro, se fue caminando lentamente dando tumbos con las personas, quienes decepcionados abandonaban el lugar. Aquella noche, los más intuitivos notaron que el ambiente "estaba enrarecido".
Los perros comenzaron a ladrar y gemir desde las 3 de la tarde. Se cerraron unas cuantas playas debido a marejadas y las personas se encerraron en sus viviendas de playa más temprano de lo habitual. Aunque había sido hasta el mediodía una mañana excesivamente soleada, en la tarde oscuras nubes comenzaron a poblar el firmamento. La noche se vino con una tormenta de granizos que cayó sobre el pequeño pueblo costero. Las personas salían a mirar maravilladas el espectáculo que ofrecía el firmamento, y los más viejos reconocían que este tipo de acontecimientos eran poco comunes por esos lugares poco poblados -este tipo de lugares siempre mantienen una conciencia colectiva mucho más poderosa que la de las personas citadinas, quienes viven sin darse cuenta de la vida que viven. Cerraron sus casas, sus ventanas y disfrutaron de esta lluvia de enero.
A la mañana siguiente, había caído una leve camanchaca sobre la costa. Poco a poco, el día comenzó a abrir. El sol cayó de lleno sobre las cabezas, hombres y mujeres cambiaron sus chaquetas y jeans, por shorts y bikinis. La muchedumbre comenzó a bajar a la playa para disfrutar el día. Para todos, fue un día normal.
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Un aficionado a la tecnología y los viajes, de un país al norte del mundo, comenzó a visitar distintos lugares del orbe a través de la aplicación google maps. Viajó por diferentes lugares. Visitó las grandes ciudades de Norteamérica; fue a las Pirámides. Paseó por street-view por las calles de su cercaba París. Estuvo en el Parque Nacional de Gorongosa, en el centro de Mozambique. De pronto, y sin querer, movió el mapa del mundo hasta un país poco conocido para él, precisamente en la zona central. Pensó que se trataba de Argentina, pero notó que estaba en un error. Alguien le había recientemente hablado de Chile. Comenzó a pasear su cursor por tierra de nadie, hasta que llegó a las costas. Visitó Valparaíso y siguió bajando hacia el sur. De pronto, un pueblo llamó su atención "El Quisco", sonaba como una vieja serie animada que veía cuando era pequeño. Comenzó a acercarse y mirar las imágenes de aquel lugar, cuando de pronto, dio con un insólito hallazgo: se trataba de un mirador, en el que en medio del mismo, con los brazos y las piernas estiradas, se encontraba un cadáver -lo notó por las marcas de sangre que se veían a su alrededor. Sin comprender nada, llamó a la policía. Sin embargo, nadie le prestó mucha atención.
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Durante la mañana del 19 de Enero, a las 12:05 p.m., se encontró un cadáver que correspondería a M..., vagabundo de 73 años que, por motivos que aún se investigan...
lunes, 8 de abril de 2013
El Abuelo
Aquella mañana vestías tu camisa a cuadros blancos y azules, cuyo aroma era una armoniosa composición de tu perfume y tu piel. Tu vejez fue perenne, pero jamás dejaste de ser un muchacho. Tus ojos obedecían al asombro de levantarse y vivir cada momento, desde que abordabas ese microbus, ¡tanta gente puso sus vidas en tus manos, inocentemente viajando a través de la ciudad! Fuiste más que carril citadino, fuiste camino perpetuo en el corazón de la familia. Caminaste por tu preciado jardín, exististe junto a él con un cigarrillo en la mano. Cruzaste la puerta sin que te viera, pero llegaste tan cerca, que la noche resplandeció cuando sentí la llamada: eras tú, te habías ido. Atravesaste todas las puertas, pero en cada una dejaste una huella.
Una tarde de antaño, nos llevaste a respirar. Sentimos a Dios tan cerca nuestro, que nuestras mentes jamás olvidaron. Apareciste de la nada y te fuiste con todo, nos adelantaste el paso en medio de los arbustos y las colillas de cigarrillos, en las flores de la abuela matutina, cuando el rocío del viento acariciaba nuestros rostros imberbes. Volvía de noche, sobre las piernas de mi madre. Tu cigarrillo sin salir de la boca, se consumía con las ráfagas que entraban por las ventanas. Te recuerdo así, desde que mi rostro era niño hasta que comenzó a envejecer. Mas, tú no envejeciste, tu vida fue constante hacia el destino.
Esa mañana fue la última que te vi. Te levantaste para recibirme como una visita, pues el trabajo no me permitía visitarte diariamente, o cada hora, o segundo, como hubiese querido. Te pusiste tu vieja colonia, encendiste un cigarrillo, te hundías en el sillón con la sonrisa esbozada en tu rostro constante. Te veías cansado, pero la alegría no se iba de tu ser. Te conté de mi vida, relaté mi experiencia, te busqué desolado para luego hallarte rígido como un estante, con las lágrimas escapando desesperadamente. Es que pedíamos la eternidad para ti, abuelo querido. Y jamás pudimos darnos por vencidos, nunca pudimos aceptar que ese cáncer te llevaría. Yo te amaba, abuelito, fuiste tan profundo en mi vida. Como el viento lejano que sopla en seguida, tu alma se escapó para siempre, hasta llegar a lo pronto.
Aquella tarde estuve contigo, pero al final tú estuviste conmigo. Porque sabías que dentro de poco... sería nuestra última noche. Tomamos té, escuchamos música, tocamos tu antiguo teclado, toqué guitarra y te canté tantas canciones... Esa noche te acostaste exhausto, pero sé que feliz, porque te despediste y supiste que aunque no verías el final de mi historia, mi vida debía gran parte a la tuya..
domingo, 7 de abril de 2013
Hallazgo de sentido
Despedazado avanzo. Varios kilómetros me alejan ya de la existencia humana. Todas mis certezas han sido destruidas. Todo lo que amaba, ha caído por su propio peso, la conflagración elemental de materiales cósmicos ordenados según distintos ritmos, llevados por diversas leyes, todo ha perdido el fundamento (ya no hay nada). Aquí no hay paz. Soy polvo universal que se traslada por la totalidad de la existencia.
Sin conciliar el sueño, observo las imágenes que se forman en el muro de mi habitación: es un árbol sin hojas, cuyas ramas exánimes son movidas por el viento nocturno. Crean monstruos que abaten mi espíritu. Tengo miedo. La carga emocional que llevo sobre mis hombros. Necesito reorientar mis posibilidades.
La mañana está fría, sin embargo, el Sol ha salido. Sus rayos no transportan el calor a través de la galaxia. Me levanto temprano, tomo mi abrigo y salgo a caminar por la calle. Tantas cosas han quedado olvidadas, tantas han quedado simplemente atrás, como un recuerdo sumergido en la oscuridad. Aquellos días eran simples y hermosos, estaban plenos de sentido.
Camino sin sentido en medio de la muchedumbre que se reúne en la feria libre de calle Las Naciones. Con la mirada perdida, como deambulando en medio de un cementerio: ni los colores de la vestimenta popular de las muchachas jóvenes me sacaba de mi anonadamiento. Recordé a mi compañera. Pensé que quizá estaría en otros brazos, en otros labios, en otro proyecto: me abandonó cuando comencé a perder el impulso de vida y quedé abandonado como un perro. Mientras meditaba, observé a dos beodos que estaban sentados en un puesto de comida callejera, engullendo sendos sandwiches "de potito", local atendido por una melona coqueta y deslenguada que reía estruendosamente ante los piropos de los hombres; una pequeña niña deambulaba solicitando "Una moneita pa' comer"; dos mujeres jóvenes que atravesaban la feria de la mano de tres niños; un bebé llorando sin consuelo en los brazos de su madre, mujer cuyos ojos inyectados en sangre miraban perdidos en el espacio-tiempo. "The wretchedness of earth is multiform", pensé recordando un viejo cuento que leí en mi juventud.
La vida se quebró en dos cuando descubrí la falsedad de mis convicciones: encontré la fisura en una nueva reflexión sobre la condición humana. Ante mi quiebre antropológico, mi estilo de vida no podía ser el mismo: todo comprender es cambiar radicalmente el punto de vista. Ante el solipsismo en que me aventuré, todas las certezas comenzaron a anularse, incluyendo mi relación con el mundo y la sociedad. Vanessa me abandonó cuando supo que ya no me sentía "comunista". Según ella, mis motivaciones principales estaban maculadas por un cáncer "reaccionario". Yo ya ni siquiera sabía si la convicción de luchar contra la burguesía tenía acaso algún rostro: no veía, ni creía. Solo frente al mundo, comencé a ver cómo se derretían todas mis creencias ante la hoguera de la existencia: los matices que adoptaban me asustaban. Creía un día lo que al otro día aborrecía -tan profunda fue la crisis.
Observé a dos mujeres examinando ropa usada. Estaban como "perdidas" en el mundo. Inmiscuidos propiamente en la masa del ser, olvidamos todas las plataformas desde las que tenemos experiencia de ese mundo: yo estaba profundamente atado al sentimiento trágico de la vida. No podía entender, ni podía creer, pero en las profundidades de mi alma me encontraba desesperado en la búsqueda del sentido. Inspirado por el azar, doblé a la izquierda y me adentré por calle San José. Escuché las campanas de una Iglesia. Entré en ella, silencioso y con un afán escudriñador.
Mientras el sacerdote anunciaba el evangelio, comencé a compenetrarme con esa masa de "consumidores de opio". Mi entendimiento se nublaba y daba paso a oleadas de emoción que se agolpaban en mi alma. Ante la piedad de unas ancianas que estaban sentadas bien adelante, comencé a sentir un mareo. Sentí ganas de salir, pero no me fui, continué petrificado en el mismo espacio que ocupé desde que llegué. De pronto, el hombre comenzó a bendecir las hostias y el vino. Cantaron y comió y bebió. No entendía bien esos signos, pero observé cómo el comportamiento de las personas, en su respetuoso silencio, en su humilde piedad, comenzaban a formar filas y filas: me sentí hambriento y quise participar, mas, no sabía cómo. Solitariamente, me trasladé hacia la entrada y me disponía a salir, cuando de pronto comencé a caminar entre las personas. Sentía una emoción indescriptible, un poderoso sentimiento que me embargaba de pies a cabeza. Mi corazón latía con fuerza y mi entendimiento se debilitaba arrojado sobre algo que le superaba. Las ancianas, los niños, los adultos, los jóvenes caminaban a comer y beber de ese símbolo nuevo para mí: sus rostros reflejaban la profundidad de sus almas, siendo todos ellos gente humilde, de esa por la que yo estaba dispuesto a morir en la revolución. En medio de ellos, yo era un insignificante ser. De pronto, comencé a pensar en esas ráfagas de pueblos que caminaron por el desierto buscando el sentido. Comprendí que el ser humano requiere realizar una impleción absoluta de verdad, de signficado y de búsqueda en sus vidas, de lo contrario, la muerte será absoluta (ni siquiera yo, un ateo confesado, creía que lo fuera). Pero, ¿qué hacía yo ahí, en ese lugar? Cerré los ojos y abrí mi boca...
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Llegada la hora, Jesús se puso a la mesa con los apóstoles y les dijo: «Yo tenía gran deseo de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer. Porque les digo que ya no la volveré a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios.» Jesús, aceptando una copa, dio gracias y les dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios. Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. (Hagan esto en memoria mía). Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes»). Lc 22, 14-20
viernes, 5 de abril de 2013
Andrógino
"¿Qué significaba aquel llamado en aquel momento lleno de sinsentido?", se preguntó mientras miraba el sol hundiéndose en el mar. Por ese entonces, la vida no tenía ninguna explicación, pero ¿acaso alguna vez la tiene? Caminó por el camino que atravesaba el bosque. En realidad no sabía qué sentir al respecto. Había brillado por tanto tiempo aquella luz en su corazón y se hallaba ahora en tan profundas tinieblas, que pensó en voz alta las palabras de Cristo en la cruz: "'Eli, 'Eli, lĕma' šĕbaqtani"
En algún lugar de su memoria, localizó un rostro: aquellos ojos llenos de la miel más pura, esa mirada contante, la sonrisa eterna esbozada en su boca. Las comisuras de sus labios, el calor de su cuerpo, la frondosidad de su existencia. Recordó noches apasionadas, de esos días puros de la juventud aún cercana. Su corazón deseó desesperadamente tenerla a su lado, verla caminar quemando el tabaco de uno de sus cigarrillos. La peor despedida es la que mata en vida: alejarse fue fácil, pero ¿y mantener la distancia?. Una hoja zigzagueó en el efluvio del bosque. ¿Por qué se marchó? ¿En qué momento dejó de quererme? Una tímida estrella encendió su esperanza. ¿Es que mis besos ya no le daban el calor que me solicitaba? ¿Es que acaso he perdido el encanto? La noche cayó como callan las aves, estremeció los fotones que aún daban de sí. Continuó caminando el sendero del bosque, el farol de la Luna guiaba sus pasos. Contempló trémulo el firmamento: ¿A qué tantas luces, como una ciudad submarina? ¿Qué sentido tenemos en la inmensidad? Una lágrima tibia recorrió el cauce de mejilla a barbilla. Caminó, caminó sin saber dónde iba.
Un ruido de hojas lo sacó del anonadamiento. De pronto, saliendo de unos arbustos, un extraño y desconocido animal se le acercó rápidamente y le clavó su aguijón: un gemido entrecortado resonó en el bosque y cayó inerte sobre el humus.
Despertó con un punzante dolor en la nuca. Se refriego los ojos con sus manos y contempló un espectáculo inverosímil: mutantes redondos y de dos metros de altura, cuya apariencia jamás había visto, gritaban y gemían en un extraño dialecto. Se escondió tras los arbustos de la noche anterior. Completamente de día, deambulaban de aquí para allá, peleándose entre ellos y buscando frutas en los árboles y arbustos. Pudo distinguir que también se encontraban hombres y mujeres, notablemente más bajos que los mutantes, que se dedicaban a la misma tarea. Mientras contemplaba la extraña imagen, alguien lo tomó del hombro: era una hermosa mujer, cuya belleza indefinible contrastaba con su brusquedad. Esbozó un sonido que identificó como "Dok". La muchacha lo miraba con extrañeza y sigilo. Entonces, él se levantó y comenzó a hablarle: "Soy C..." Largos minutos intentaron hacerse comprender el uno al otro, sin embargo, el lenguaje los separaba sin conciliación. De pronto, el muchacho se le acercó un poco más, cuyo efecto fue que la chica se perdiera rápidamente en el bosque emitiendo gritos de desesperación.
Tras buscar un lugar seguro, volvió a encontrar seres humanos: los mutantes habían desaparecido. Un viejo de cabellos largos y blancos, cuya extensión sólo crecía dejando una circular calvicie en su cabeza, estaba sentado sobre una roca leyendo un pergamino. Se acercó a él, pues pensó que quizá pudiese comprenderle. "Hola, ¿me entiende?" Susurró el muchacho, pero el anciano lo ignoró. "Señor, ¿me escucha? ¡Necesito su ayuda!". Esta vez, el hombre volteó con la mirada llena de asombro. Profirió algunas palabras, en las cuales identificó un vocabulario que le parecía familiar, pero aún no comprendía. Miró el pergamino que el anciano tenía entre sus manos y descubrió: era griego. Haciéndose entender en el idioma de los gestos, comenzaron a familiarizar. Después de todo, era un hombre igual que él. La muchacha anteriormente vista, se les acercó con cautela. El anciano la vio y la llamó: "Ajelía" profirió, señalando al joven.
Fue invitado a pasar la noche en un pequeño grupo humano, del cual formaban parte el anciano y la muchacha. Calentaron pan y miel con almendras y le dieron de comer. No entendía lo que decían, pero intentaba participar de la invitación. Algunos lo miraban con deferencia, otros con desconfianza y algunos con miedo. Es que su forma de vestir era muy distinta a la de aquellas personas. Comió, pues estaba hambriento. Miraba de reojo a la muchacha con la que se había encontrado. De pronto, y como surgido del profundo manantial interior de su alma, comenzó a sentir un torbellino de sentimientos. "Los dioses los separaron, pues querían ser infieles con ellos..." señalaba un sabio, en su mítica lengua. La asamblea escuchaba, mientras el chico seguía mirándola. "¿Qué es esto que resurge en mi corazón? Es como una mágica sinfonía jamás escuchada pero reconocida", pesaba. Nunca la había visto antes, pero guardaba en su interior un fuego que la atraía. "Entonces, ellos tuvieron, tienen y tendrán que buscarse por el resto del tiempo..." "Pero, ¿por qué es tan familiar lo que siento por ella?" La muchacha comenzó a mirarlo con inusitado interés: el fuego fue atizado por el anciano que contaba la historia, mientras que el de cabellos largos y canosos los miraba desde su lugar. "¿Será él?" "¿Quién es ella?". Se la quedó mirando cuando ella se levantó, tomó una vara y fue a caminar por la orilla de la playa donde estaban. El mar estaba quieto y la totalidad de las estrellas y la Luna los iluminaban.
"¿Quién eres", dijo el muchacho en su idioma. "¿Serás tú?" replicó ella en el suyo. El mar comenzó a inquietarse y las nubes a navegar más rápido a través de la cúpula del cielo. Entonces, el mar los abrazó, el cielo envió sus luces sobre ellos, el viento revolvió sus cabellos y sus cuerpos desnudos, un rayo resonó en la atmósfera absoluta, las sirenas comenzaron a entonar cánticos celestiales: entonces se fusionaron en la unidad de un solo ser. El sonido excelso de sus voces se confundió con el resoplar del viento y se fueron a vivir lejos, al norte. La aldea nunca más los vio.
Aquella mañana, don Juan caminaba con sus vacas en dirección a la casa de los P... Mientras atravesaba el bosque por el sinuoso camino, en un recoveco, junto a los árboles, encontró las pertenencias y las ropas de C... Velozmente, se dirigió a la casa de su familiar. Jamás hallaron su paradero.
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Aquella tarde, Platón, Pausanias y Erixímaco discutían sobre un tema coyuntural con el comediante. Entonces, y como haciéndose valer en su condición de ser humano, les señaló la leyenda del Amor: "Pues, a mi parecer, los hombres no se han percatado en absoluto del poder de Eros, puesto que..." (El Banquete, Platón)
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