viernes, 5 de abril de 2013

Andrógino

"¿Qué significaba aquel llamado en aquel momento lleno de sinsentido?", se preguntó mientras miraba el sol hundiéndose en el mar. Por ese entonces, la vida no tenía ninguna explicación, pero ¿acaso alguna vez la tiene? Caminó por el camino que atravesaba el bosque. En realidad no sabía qué sentir al respecto. Había brillado por tanto tiempo aquella luz en su corazón y se hallaba ahora en tan profundas tinieblas, que pensó en voz alta las palabras de Cristo en la cruz: "'Eli, 'Eli, lĕma' šĕbaqtani"

En algún lugar de su memoria, localizó un rostro: aquellos ojos llenos de la miel más pura, esa mirada contante, la sonrisa eterna esbozada en su boca. Las comisuras de sus labios, el calor de su cuerpo, la frondosidad de su existencia. Recordó noches apasionadas, de esos días puros de la juventud aún cercana. Su corazón deseó desesperadamente tenerla a su lado, verla caminar quemando el tabaco de uno de sus cigarrillos. La peor despedida es la que mata en vida: alejarse fue fácil, pero  ¿y mantener la distancia?. Una hoja zigzagueó en el efluvio del bosque. ¿Por qué se marchó? ¿En qué momento dejó de quererme? Una tímida estrella encendió su esperanza. ¿Es que mis besos ya no le daban el calor que me solicitaba? ¿Es que acaso he perdido el encanto? La noche cayó como callan las aves, estremeció los fotones que aún daban de sí. Continuó caminando el sendero del bosque, el farol de la Luna guiaba sus pasos. Contempló trémulo el firmamento: ¿A qué tantas luces, como una ciudad submarina? ¿Qué sentido tenemos en la inmensidad? Una lágrima tibia recorrió el cauce de mejilla a barbilla. Caminó, caminó sin saber dónde iba.

Un ruido de hojas lo sacó del anonadamiento. De pronto, saliendo de unos arbustos, un extraño y desconocido animal se le acercó rápidamente y le clavó su aguijón: un gemido entrecortado resonó en el bosque y cayó inerte sobre el humus. 

Despertó con un punzante dolor en la nuca. Se refriego los ojos con sus manos y contempló un espectáculo inverosímil: mutantes redondos y de dos metros de altura, cuya apariencia jamás había visto, gritaban y gemían en un extraño dialecto. Se escondió tras los arbustos de la noche anterior. Completamente de día, deambulaban de aquí para allá, peleándose entre ellos y buscando frutas en los árboles y arbustos. Pudo distinguir que también se encontraban hombres y mujeres, notablemente más bajos que los mutantes, que se dedicaban a la misma tarea. Mientras contemplaba la extraña imagen, alguien lo tomó del hombro: era una hermosa mujer, cuya belleza indefinible contrastaba con su brusquedad. Esbozó un sonido que identificó como "Dok". La muchacha lo miraba con extrañeza y sigilo. Entonces, él se levantó y comenzó a hablarle: "Soy C..." Largos minutos intentaron hacerse comprender el uno al otro, sin embargo, el lenguaje los separaba sin conciliación. De pronto, el muchacho se le acercó un poco más, cuyo efecto fue que la  chica se perdiera rápidamente en el bosque emitiendo gritos de desesperación. 

Tras buscar un lugar seguro, volvió a encontrar seres humanos: los mutantes habían desaparecido. Un viejo de cabellos largos y blancos, cuya extensión sólo crecía dejando una circular calvicie en su cabeza, estaba sentado sobre una roca leyendo un pergamino. Se acercó a él, pues pensó que quizá pudiese comprenderle. "Hola, ¿me entiende?" Susurró el muchacho, pero el anciano lo ignoró. "Señor, ¿me escucha? ¡Necesito su ayuda!". Esta vez, el hombre volteó con la mirada llena de asombro. Profirió algunas palabras, en las cuales identificó un vocabulario que le parecía familiar, pero aún no comprendía. Miró el pergamino que el anciano tenía entre sus manos y descubrió: era griego. Haciéndose entender en el idioma de los gestos, comenzaron a familiarizar. Después de todo, era un hombre igual que él. La muchacha anteriormente vista, se les acercó con cautela. El anciano la vio y la llamó: "Ajelía" profirió, señalando al joven. 

Fue invitado a pasar la noche en un pequeño grupo humano, del cual formaban parte el anciano y la  muchacha. Calentaron pan y miel con almendras y le dieron de comer. No entendía lo que decían, pero intentaba participar de la invitación. Algunos lo miraban con deferencia, otros con desconfianza y algunos con miedo. Es que su forma de vestir era muy distinta a la de aquellas personas. Comió, pues estaba hambriento. Miraba de reojo a la muchacha con la que se había encontrado. De pronto, y como surgido del profundo manantial interior de su alma, comenzó a sentir un torbellino de sentimientos. "Los dioses los separaron, pues querían ser infieles con ellos..." señalaba un sabio, en su mítica lengua. La asamblea escuchaba, mientras el chico seguía mirándola. "¿Qué es esto que resurge en mi corazón? Es como una mágica sinfonía jamás escuchada pero reconocida", pesaba. Nunca la había visto antes, pero guardaba en su interior un fuego que la atraía. "Entonces, ellos tuvieron, tienen y tendrán que buscarse por el resto del tiempo..." "Pero, ¿por qué es tan familiar lo que siento por ella?" La muchacha comenzó a mirarlo con inusitado interés: el fuego fue atizado por el anciano que contaba la historia, mientras que el de cabellos largos y canosos los miraba desde su lugar. "¿Será él?" "¿Quién es ella?". Se la quedó mirando cuando ella se levantó, tomó una vara y fue a caminar por la orilla de la playa donde estaban. El mar estaba quieto y la totalidad de las estrellas y la Luna los iluminaban. 

"¿Quién eres", dijo el muchacho en su idioma. "¿Serás tú?" replicó ella en el suyo. El mar comenzó a inquietarse y las nubes a navegar más rápido a través de la cúpula del cielo. Entonces, el mar los abrazó, el cielo envió sus luces sobre ellos, el viento revolvió sus cabellos y sus cuerpos desnudos, un rayo resonó en la atmósfera absoluta, las sirenas comenzaron a entonar cánticos celestiales: entonces se fusionaron en la unidad de un solo ser. El sonido excelso de sus voces se confundió con el resoplar del viento y se fueron a vivir lejos, al norte. La aldea nunca más los vio.

Aquella mañana, don Juan caminaba con sus vacas en dirección a la casa de los P... Mientras atravesaba el bosque por el sinuoso camino, en un recoveco, junto a los árboles, encontró las pertenencias y las ropas de C... Velozmente, se dirigió a la casa de su familiar. Jamás hallaron su paradero.

_______________________________________________________________________________

Aquella tarde, Platón, Pausanias y Erixímaco discutían sobre un tema coyuntural con el comediante. Entonces, y como haciéndose valer en su condición de ser humano, les señaló la leyenda del Amor: "Pues, a mi parecer, los hombres no se han percatado en absoluto del poder de Eros, puesto que..." (El Banquete, Platón) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario