Se durmieron en una almohada de hojas cristalinas, mientras el ocaso se retiraba a lo lejos. Cuando despertaron, el sol comenzaba a avanzar por las copas de los árboles, estaban completamente desnudos. Él la besó en la frente, con la ternura que el sol besa un planeta con la energía de su luz. Se fueron de ahí, pues sabían que volvería. Revolvieron todos los caminos del bosque en una espesura inmensa de experiencias distintas: ella quiso lavar su cabello en las lágrimas que brotaban de los ojos del muchacho. Fue entonces cuando conocieron la verdad.
Un lobo les relató que la naturaleza era reina de la tierra y que su voluntad era ley. La muerte del hormiguero era una situación más, era una razón del universo vivo. Por consiguiente, les aconsejó participar de una ataraxia natural. Sin comprender, consumieron los últimos rayos de sol de aquella tarde: las sombras del bosque escondían los sinuosos caminos por los que tantas veces transitaron de la mano, en los otrora iluminados y aromáticos recovecos donde hicieron el amor, en los árboles marcados con aquella savia cósmica del amor. Se encontraron con una oscuridad callada. Se miraron a los ojos: la muchacha tuvo miedo. ¿Qué sonaba entre los arbustos del bosque? ¿Qué ese sonido de botas hollando la tierra? Ni lo tupido de los árboles, ni la espesura de los campos llenos de flores, esos mismos donde el trigo crecía inconmensurable hasta el cielo, ni las maravillas inefables de la Creación pudieron salvarlos.
Un enjambre de espíritus hambrientos los cubrieron de noche y de día, los molestaban y los asustaban por las noches. No pudieron dormir más, vivieron somnolientos en invierno y en verano por diecisiete años. Intentaron acostumbrarse a la oscuridad reinante, al frío penetrante que arrugó la piel diáfana y cristalina que arropaba sus almas, lucharon noche a noche con la turbia neblina que lo cubría todo. Hasta que pudieron respirar. Ella y Él, tomaron sus cosas y se marcharon del bosque.
Algunos cuentan que murieron intentando cruzar un canal congelado. Otros, sostienen que hoy habitan en las tierras del sur. No faltaron los que contaron que fueron convertidos en tumbas silenciosas, o los que dijeron que se unieron a los espíritus que los espantaban. Sin embargo, volvieron a reunirse con sus viejos amigos del bosque, cuando una mañana comenzó el evento fundamental de la parusía.
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