Cuando Hiparquía y Crates se conocieron, la ciudad estaba siendo abrasada por un calor recalcitrante. Se miraron y se saludaron. Ninguno de los dos se había visto nunca en el pequeño planeta que habitaban, donde casi todos los seres se habían encontrado, al menos, una vez en la vida. Cuando por las tardes ella llegaba a su casa, se recostaba semidesnuda en su lecho anacoreta, con la ventana abierta de par en par, para capear un poco las altas temperaturas; cuando él abría la puerta de su casa, se dirigía al refrigerador y sacaba de él una lata de cerveza, cuyo contenido se encontraba en un estado intermedio entre el líquido y el sólido, entonces se recostaba en su cama, abría la puerta y la ventana de par en par, cuyas posiciones alineadas permitían el ingreso de un gran brazo de viento intemperante que atravesaba la habitación. Le sacaba un par de acordes a su guitarra y se quedaba recostado tarareando una canción, bebiendo de vez en cuando la lata de cerveza y disfrutando del viento ambiguo de la tarde. Así, ambos, pasaban la tarde recostados y sumergidos en sus sendas reflexiones de sus dimensiones antípodas.
Ninguno de los dos había pensado alguna vez en el otro. Salvo honrosas excepciones, como cuando el joven Crates observó una vez, por entre la rendija que se formaba en una puerta mal puesta, el cuerpo entregado de la hermosa Hiparquía, quien se había agachado a recoger algo del suelo. Entonces, él pensó en lo bien que estaba esa mujer. Estas situaciones se fueron repitiendo paulatinamente a medida que el año avanzaba. Encuentros no planeados, miradas que se estrellaban en una sonrisa, carcajadas y una complicidad que los hizo comenzar a ser objeto de las saetas maledicientes de aquellos que les rodeaban, fueron adornando y dando vida a una extraña relación nunca falta de contradicciones. Ella estaba rodeada de los planetas que iluminaba y poco bien le habría hecho recibir uno más para que absorbiera su luz; él, estaba enloquecido en sus constantes y vesánicos proyectos, ora con mujeres, ora con exóticas ideas que poblaban su mente como los personajes de una novela mágica. Ella jamás sola en su soledad; él, jamás cuerdo en su medianidad. De este modo, totalmente ajenos, comenzaron a habitar una realidad común que se fue dando en enrevesados encuentros que terminaron cuando una tarde, la espada que había caído sobre el lecho y que los separaba, fue lanzada con descuido tan lejos como fue posible e hicieron el amor durante tantos días, que sus aromas corporales se intercambiaron y jamás dejaron de oler el uno como el otro.
Fue entonces cuando el cerillo del amor y el deseo los unió, sometiéndolos al más absoluto y secreto de los romances. Afuera, no eran más que dos personas que se reían de los demás, que se burlaban de sí mismos y que compartían un avezado gusto por lo lúdico; encerrados en el círculo de fuego, se comportaban como dos amantes, cuyo devaneo no vivía más allá del mediodía del día siguiente, cuando él partía y abandonaba la zona ígnea del deseo. Sin embargo, una tarde, mientras él besaba cada centímetro del cuerpo desnudo de su amante, escuchó una peculiar melodía. Era como el comienzo de una ópera de Wagner, con una potencia que le inspiró tanto que, a pesar de estar desnudo, fue ruidosamente por su guitarra, y comenzó a darle un acompañamiento musical a aquel sonido que provenía de las mismas entrañas de la hermosa mujer, cuya mirada confusa se quedó clavada en la del guitarrista. Entonces, fue dándole un acompañamiento tan perfecto, tan ideal, que la mezcla entre guitarra y el amor que le prodigaba con tanta pasión, como si de una Ópera Magna se tratara, pronto hicieron que la sinfonía misteriosa transmigrara en un bombo cardíaco de tan solo unos centímetros de diámetro.
Le llamaron Dioniso. Nació con características tan extrañas, que algunos de los amigos de la pareja creyeron que se trataba de un "anticristo". Esa denominación se perdió definitivamente, cuando el pequeño Dioniso comenzó a cantar y tocar la guitarra con una habilidad propias de un avezado músico. Entonces, se dieron cuenta que, a pesar de un mal genio del demonio y de una variación tan extrema en las ideas -característica que la madre atribuyó insistentemente a su padre-, el niño era un prodigio musical. Tan ducho en las artes como en las humanidades, en la música como en las matemáticas, comprobó rápidamente que la música occidental proviene de la observación del movimiento de lo planetas. Y, de este modo, el niño fue dando muestras claras e inmediatas a sus padres de que no había sido arrojado a la existencia en la forma peyorativa y estropeada en que pensaban prejuiciosamente que vendría.
Los tres juntos fueron un buen equipo. Todos provistos por una mente divergente, fueron el inicio de algo grande y que no se olvidó fácilmente en los anaqueles de la historia. Pero, por sobre todo, el destino solitario que se proyectaba como un espectro y se cernía maliciosamente sobre las vidas de Hiparquía y Crates, fue a dar al fondo del barril que les sirvió de casa mientras no quisieron abrir los ojos a una posibilidad. C'est fini.
jueves, 26 de diciembre de 2013
sábado, 21 de diciembre de 2013
La calle
Internado en la ciudad nocturna, puedo oler el aroma de la vida. Sentado en un parque, tomándome una cerveza en lata, me encuentro con la primavera exudada por los árboles que me circundan. La calle presenta distintos personajes parranderos: oficinistas borrachos, cuyas corbatas fuera de lugar son una excelentísima carta de presentación; punkies de antipáticas miradas, enfundados en sus trajes con puntas; putas que reciben todo tipo de piropos preciosistas de ebrios conductores; en fin, la calle, la noche y su algarabía.
La noche cada vez se hace más mi compañera, desde que esa extraña mujer me abandonó. Nunca pude entenderla bien y quizá es todavía el gran error que cometo: no importaba comprenderla. En realidad, lo importante era hacer honor al dicho romano ¡carpe diem!. Disfrutar de su cuerpo delirante, de sus ojos sedientos de amor y de lecho. Quizá, desde que cayó esa espada en nuestra cama, la relación se fue enfriando, aunque todavía no me acostumbro a pensar que lo nuestro era solo sexo. Alguna posibilidad había de que en algún minuto todo fue parte de un plan de intimidad y complicidad, que nos transportaba a nuestros mejores tiempos pasados. En realidad, no quiero pensar mucho al respecto.
Voy de camino hacia otros lugares, pues la calle da para mucho. Es incomprensible la vida que llevo, pero es necesario ponerse en mi lugar para darse cuenta: quien no ha sentido esa libertad desatada y ensordecedora no puede hacer sus juicios críticos, desde sus cómodos sillones y embobecidos por la televisión. Es como el pensamiento político de algunos que creen que por votar están cambiando la realidad. Yo no hago nada que no me provoque un profundo y sensible sentimiento de placer.
Sentado en una cuneta, se me acerca un muchacho. Sus cabellos largos y lizos lo hacen parecer un hippie de los 60'. "Hermano, ¿teni algo pa' comer?" me pregunta, con la mirada perdida en un punto fijo. Lo invito a tomar asiento y en pocos minutos estamos compartiendo: él trae algo de hierba y yo unos sandwiches que me traje de un "encuentro". Fumamos y comemos. Conversamos. Él no es de la ciudad. "Vine acá porque quise independizarme del pueblo de donde vengo. Me aburría allá y mis papás no me daban nada más que lo esencial". Descubrí que tenía 23 años. A veces la realidad común es inhóspita con los que tienen mejores planes para la vida. Lentamente, voy comprendiendo que la calle y la noche son una dimensión a parte. El muchacho me cuenta que vive una vida clandestina y de calle. Sin embargo, trabaja algunos días para pagar un alquiler en un cuchitril que habita en una calle cercana al lugar donde estamos. "Si compadre, si yo vivo acá cerca" me dice, dándole un extraño énfasis a sus palabras.
Sigo caminando a través de la noche. Al principio, me sentía un tanto desorientado: estuve un par de horas atrás celebrando con unos amigos. Ahora, espero a otros que aún no aparecen, por eso aprovecho de recorrer las calles entre olor a cigarrillo y cerveza. Vuelvo al parque donde estaba al principio. Mientras bebo otra cerveza en lata, me pregunto qué significará vivir en la calle. Quizá, la atracción que le genera a algunos tiene que ver directamente con lo que la vida te ha dado: disgustos, desilusiones, esperanzas y desesperanzas. Como canta Manu: "La vida es una tómbola" y en esa perspectiva vas teniendo y no teniendo a la vez y, con la extenuante libertad de estar arrojados a esta existencia que te deja yerto y desvencijado el corazón, tomas la decisión final: habitar la calle. Muchos han tomado esa decisión y quizá yo mismo la tome alguna vez, pero no del mismo modo como ellos. Quizá mi destino en esta vida es deambular y buscar y buscar la esencia o el gusto o el sentido de esta vida que cada día me parece menos valiosa de ser vivida.
La noche cada vez se hace más mi compañera, desde que esa extraña mujer me abandonó. Nunca pude entenderla bien y quizá es todavía el gran error que cometo: no importaba comprenderla. En realidad, lo importante era hacer honor al dicho romano ¡carpe diem!. Disfrutar de su cuerpo delirante, de sus ojos sedientos de amor y de lecho. Quizá, desde que cayó esa espada en nuestra cama, la relación se fue enfriando, aunque todavía no me acostumbro a pensar que lo nuestro era solo sexo. Alguna posibilidad había de que en algún minuto todo fue parte de un plan de intimidad y complicidad, que nos transportaba a nuestros mejores tiempos pasados. En realidad, no quiero pensar mucho al respecto.
Voy de camino hacia otros lugares, pues la calle da para mucho. Es incomprensible la vida que llevo, pero es necesario ponerse en mi lugar para darse cuenta: quien no ha sentido esa libertad desatada y ensordecedora no puede hacer sus juicios críticos, desde sus cómodos sillones y embobecidos por la televisión. Es como el pensamiento político de algunos que creen que por votar están cambiando la realidad. Yo no hago nada que no me provoque un profundo y sensible sentimiento de placer.
Sentado en una cuneta, se me acerca un muchacho. Sus cabellos largos y lizos lo hacen parecer un hippie de los 60'. "Hermano, ¿teni algo pa' comer?" me pregunta, con la mirada perdida en un punto fijo. Lo invito a tomar asiento y en pocos minutos estamos compartiendo: él trae algo de hierba y yo unos sandwiches que me traje de un "encuentro". Fumamos y comemos. Conversamos. Él no es de la ciudad. "Vine acá porque quise independizarme del pueblo de donde vengo. Me aburría allá y mis papás no me daban nada más que lo esencial". Descubrí que tenía 23 años. A veces la realidad común es inhóspita con los que tienen mejores planes para la vida. Lentamente, voy comprendiendo que la calle y la noche son una dimensión a parte. El muchacho me cuenta que vive una vida clandestina y de calle. Sin embargo, trabaja algunos días para pagar un alquiler en un cuchitril que habita en una calle cercana al lugar donde estamos. "Si compadre, si yo vivo acá cerca" me dice, dándole un extraño énfasis a sus palabras.
Sigo caminando a través de la noche. Al principio, me sentía un tanto desorientado: estuve un par de horas atrás celebrando con unos amigos. Ahora, espero a otros que aún no aparecen, por eso aprovecho de recorrer las calles entre olor a cigarrillo y cerveza. Vuelvo al parque donde estaba al principio. Mientras bebo otra cerveza en lata, me pregunto qué significará vivir en la calle. Quizá, la atracción que le genera a algunos tiene que ver directamente con lo que la vida te ha dado: disgustos, desilusiones, esperanzas y desesperanzas. Como canta Manu: "La vida es una tómbola" y en esa perspectiva vas teniendo y no teniendo a la vez y, con la extenuante libertad de estar arrojados a esta existencia que te deja yerto y desvencijado el corazón, tomas la decisión final: habitar la calle. Muchos han tomado esa decisión y quizá yo mismo la tome alguna vez, pero no del mismo modo como ellos. Quizá mi destino en esta vida es deambular y buscar y buscar la esencia o el gusto o el sentido de esta vida que cada día me parece menos valiosa de ser vivida.
jueves, 19 de diciembre de 2013
La feria navideña
Son las 10 de la noche y estamos juntos. En un paradero muy alejado del centro de la capital, con el fresco viento de diciembre cepillando su cabello, fumamos y esperamos a que aparezca el bus. Hoy nos fue bien y estamos contentos con eso: nuestro trabajo fue productivo y pronto se acercan las fiestas, por lo que nos sentimos satisfechos. Al rato, viajamos mirando por la ventana las grandes casas adornadas con variadas decoraciones navideñas, cuyas luces relampaguean reverberando en los vidrios del bus en el cual viajamos. Ella me pregunta en relación al regalo que puede hacerle a su madre; yo voy pensando en que hemos estado tres días juntos y sin ni la más mínima discusión. "¿Será -me pregunto- que por fin estamos aprendiendo a estar juntos?". El bus se detiene y sube un señor a vender helados. Llamo al señor y compro dos helados de crema. Ella come su helado, apoyando su cabeza sobre mi hombro. Yo la acaricio.
Nos bajamos en Av. Francisco Bilbao con Américo Vespucio y atravesamos a la vereda de en frente. Nuevamente estamos sentados en un paradero; son las 10:35 pm. "¿Te has fijado que en estos días nos hemos llevado bien?", pregunta, mirándome con el rostro sonriente. Nos quedamos hablando acerca de eso. Bromea, diciendo que es mejor no decirlo porque puede atraer los malos espíritus. Por fin se acerca el bus que debemos tomar y lo abordamos. Nuevamente apoya la cabeza sobre mi hombro, pero esta vez se duerme. Es una mujer hermosa. Me parece que de pronto, todas sus facciones se unen en una sinfonía, cuya interpretación me proyecta hacia el infinito. Se parece tanto al reflejo de la mujer que amé en otros tiempos, se parece tanto por Dios, a esa mujer que me llevó a recorrer la galaxia con sus sentimientos, con sus pequeñas manos al acariciar o con sus labios que me besaban sin cesar. Acaricio su rostro y me centro en su frente. Deslizo mis dedos sobre ella, jugando tenuemente con sus cabellos. De pronto despierta y me mira con sus ojos acaramelados y una expresión seria. En ese momento, penetro en sus ellos: ¡Cuán distinta es, pero cuán difícil le es esconder esa esencia que escancié en nuestros años dorados! Sus ojos proyectan otra mujer, pero tan idéntica a la anterior.
Nos bajamos otra vez. Vamos caminamos entre algunas personas que están esperando locomoción. Nuevamente, encendemos un cigarillo y caminamos uno cerca del otro. "Hay una feria navideña, ¿vamos?", me pregunta con un sutil brillo en la mirada. "Vamos", le respondo en forma inmediata y con amabilidad.
Bajamos por la avenida principal. Hay mucha gente. Hacia el horizonte, un mar de luces nos saludan, diciendo: "¡Hola, soy Santiago en Navidad!". "¿Cuánta gente estará sola en estos momentos?", me pregunto. Hay tantas personas que pasan solos estas fechas, debido a múltiples situaciones. Quizá, lo mejor sería acompañarles, aunque, cuando todo está bien, no hay tanto énfasis en preocuparse por los demás. Un suave tirón a mi polera me saca de mis cavilaciones: "Mira, esto me gusta...", me dice, señalándome un pequeño puesto de chalecos. Entre una gama de distintos colores y formas, escoge uno bordado a crochet color glauco. "El glauco es uno de mis colores favoritos", le digo cuando me pregunta si me gusta.
Continuamos caminando entre la abigarrada muchedumbre. Su mirada está perdida entre la variedad de productos: chalecos, poleras, collares, aros, globos de colores, trenzas, vestidos, etc. Contemplo su mirada impresionada por la diversidad, es como que cogiera con sus ojos cada uno de los productos. Se acerca, los mira, los toca, se los prueba preguntándome "¿Qué tal?". Yo asiento y niego, pues he aprendido a ayudarla a comprar ropa. Me gusta que esté feliz. Me acerco y la beso, pero mientras la beso su mirada sigue perdiéndose en los objetos. Y, aunque esto a otros pudiera molestarles, yo sé que me quiere y que no significa nada el hecho de que su concentración no esté radicada en mí. Este es quizá el gran problema de algunos hombres, que quieren que sus mujeres les presten toda la atención del mundo. Esa noche, yo sabía que ella me conocía, y yo sabía quién era ella. Esa noche, fue una de las más felices de mi vida.
Han pasado dos años. Yo he cambiado y a ella la he perdido. Hoy mi vida es distinta, pero de algún modo se conecta con el ayer.
Desocupado de mis compras, observo mi celular y veo la fecha: 19 de diciembre. Vestido con un traje formal, voy caminando hacia el paradero para abordar un taxi. "Hace calor aún", le digo al conductor para entablar conversación. "Sí, y va a continuar así mismito", me señala el señor. Enciendo un cigarrillo mientras escucho que el señor me va haciendo consultas acerca de mis preferencias políticas. Cada vez voy prestándole menos atención, a pesar de que sus ganas de conversar van en aumento. A tres cuadras de mi destino, observo que hay una gran feria navideña. "Déjeme aquí en la feria, por favor", le ordeno al conductor.
El tiempo va pasando sin poder asirlo. Se encoge y se estira como si de un elástico se tratara: mediante la memoria, los recuerdos van quedando atrapados en las dimensiones que le vamos asignando inconscientemente. Y, de ese modo, cuando entramos o tocamos los ámbitos reales de tales dimensiones, entonces se abren las puertas y entramos en el ámbito del recuerdo (de la melancolía).
Son las 11 de la noche y camino entre la muchedumbre. Hay globos de colores, vestidos, chalecos, poleras estampadas y muchos locales de comida. Hay niños que sonríen y piden todo lo que ven. También hay parejas que caminan de la mano o abrazadas. Veo una pareja que me transporta al recuerdo: un muchacho moreno y alto, con una chica pequeña y de ojos acaramelados. ¿Qué es lo que pasa con el tiempo cuando reverbera en la memoria? ¿Qué es lo que ocurre con la vida cuando retumba en los anaqueles del corazón? Hoy estoy caminando solo en esta feria. Quién sabe si ella caminará sola por las ferias, al igual que yo. Quizá, la feria navideña tenga el sentido de ser una dimensión de recuerdo, un páramo por el cual atravesar un implacable momento de nuestras vidas. Tanto en la suya, como en la mía, esa feria constituyó un momento importante. Y, llevando la meditación más allá, quizá ella olvidó que estuvimos aquel 19 de diciembre, cerca de la medianoche, comprando y paseando. Y, quizá, no solo olvidó eso, sino que olvidó que yo la amaba y que habita en el fondo de mi corazón. Quizá, ya no recuerda estos momentos inolvidables, porque simplemente para ella no lo fueron. Y, aunque la vida siga pasando sin ella, a lo mejor para ella lo es así, porque para mí, la vida que va pasando sin ella no es más que la continuación de haber sido suyo.
Atravieso la feria y salgo de ella. Entonces, de camino a la casa, enciendo un cigarrillo. El viento acaricia mi rostro y maquinalmente mi mirada se dirige al firmamento: las estrellas esperan ahí clavadas, como tanto esperé sus aromas, como tanto me anclé a las posibilidades, como tanto amé y no dejé de amar, como mi corazón transportó su querer a otros ojos, a otros labios, a otras manos, a otros cuerpos con los cuales atravesé las sendas sinuosas de esta existencia. Con el corazón acongojado, esta noche decidí que ya es tiempo de ser feliz.
Nos bajamos en Av. Francisco Bilbao con Américo Vespucio y atravesamos a la vereda de en frente. Nuevamente estamos sentados en un paradero; son las 10:35 pm. "¿Te has fijado que en estos días nos hemos llevado bien?", pregunta, mirándome con el rostro sonriente. Nos quedamos hablando acerca de eso. Bromea, diciendo que es mejor no decirlo porque puede atraer los malos espíritus. Por fin se acerca el bus que debemos tomar y lo abordamos. Nuevamente apoya la cabeza sobre mi hombro, pero esta vez se duerme. Es una mujer hermosa. Me parece que de pronto, todas sus facciones se unen en una sinfonía, cuya interpretación me proyecta hacia el infinito. Se parece tanto al reflejo de la mujer que amé en otros tiempos, se parece tanto por Dios, a esa mujer que me llevó a recorrer la galaxia con sus sentimientos, con sus pequeñas manos al acariciar o con sus labios que me besaban sin cesar. Acaricio su rostro y me centro en su frente. Deslizo mis dedos sobre ella, jugando tenuemente con sus cabellos. De pronto despierta y me mira con sus ojos acaramelados y una expresión seria. En ese momento, penetro en sus ellos: ¡Cuán distinta es, pero cuán difícil le es esconder esa esencia que escancié en nuestros años dorados! Sus ojos proyectan otra mujer, pero tan idéntica a la anterior.
Nos bajamos otra vez. Vamos caminamos entre algunas personas que están esperando locomoción. Nuevamente, encendemos un cigarillo y caminamos uno cerca del otro. "Hay una feria navideña, ¿vamos?", me pregunta con un sutil brillo en la mirada. "Vamos", le respondo en forma inmediata y con amabilidad.
Bajamos por la avenida principal. Hay mucha gente. Hacia el horizonte, un mar de luces nos saludan, diciendo: "¡Hola, soy Santiago en Navidad!". "¿Cuánta gente estará sola en estos momentos?", me pregunto. Hay tantas personas que pasan solos estas fechas, debido a múltiples situaciones. Quizá, lo mejor sería acompañarles, aunque, cuando todo está bien, no hay tanto énfasis en preocuparse por los demás. Un suave tirón a mi polera me saca de mis cavilaciones: "Mira, esto me gusta...", me dice, señalándome un pequeño puesto de chalecos. Entre una gama de distintos colores y formas, escoge uno bordado a crochet color glauco. "El glauco es uno de mis colores favoritos", le digo cuando me pregunta si me gusta.
Continuamos caminando entre la abigarrada muchedumbre. Su mirada está perdida entre la variedad de productos: chalecos, poleras, collares, aros, globos de colores, trenzas, vestidos, etc. Contemplo su mirada impresionada por la diversidad, es como que cogiera con sus ojos cada uno de los productos. Se acerca, los mira, los toca, se los prueba preguntándome "¿Qué tal?". Yo asiento y niego, pues he aprendido a ayudarla a comprar ropa. Me gusta que esté feliz. Me acerco y la beso, pero mientras la beso su mirada sigue perdiéndose en los objetos. Y, aunque esto a otros pudiera molestarles, yo sé que me quiere y que no significa nada el hecho de que su concentración no esté radicada en mí. Este es quizá el gran problema de algunos hombres, que quieren que sus mujeres les presten toda la atención del mundo. Esa noche, yo sabía que ella me conocía, y yo sabía quién era ella. Esa noche, fue una de las más felices de mi vida.
Han pasado dos años. Yo he cambiado y a ella la he perdido. Hoy mi vida es distinta, pero de algún modo se conecta con el ayer.
Desocupado de mis compras, observo mi celular y veo la fecha: 19 de diciembre. Vestido con un traje formal, voy caminando hacia el paradero para abordar un taxi. "Hace calor aún", le digo al conductor para entablar conversación. "Sí, y va a continuar así mismito", me señala el señor. Enciendo un cigarrillo mientras escucho que el señor me va haciendo consultas acerca de mis preferencias políticas. Cada vez voy prestándole menos atención, a pesar de que sus ganas de conversar van en aumento. A tres cuadras de mi destino, observo que hay una gran feria navideña. "Déjeme aquí en la feria, por favor", le ordeno al conductor.
El tiempo va pasando sin poder asirlo. Se encoge y se estira como si de un elástico se tratara: mediante la memoria, los recuerdos van quedando atrapados en las dimensiones que le vamos asignando inconscientemente. Y, de ese modo, cuando entramos o tocamos los ámbitos reales de tales dimensiones, entonces se abren las puertas y entramos en el ámbito del recuerdo (de la melancolía).
Son las 11 de la noche y camino entre la muchedumbre. Hay globos de colores, vestidos, chalecos, poleras estampadas y muchos locales de comida. Hay niños que sonríen y piden todo lo que ven. También hay parejas que caminan de la mano o abrazadas. Veo una pareja que me transporta al recuerdo: un muchacho moreno y alto, con una chica pequeña y de ojos acaramelados. ¿Qué es lo que pasa con el tiempo cuando reverbera en la memoria? ¿Qué es lo que ocurre con la vida cuando retumba en los anaqueles del corazón? Hoy estoy caminando solo en esta feria. Quién sabe si ella caminará sola por las ferias, al igual que yo. Quizá, la feria navideña tenga el sentido de ser una dimensión de recuerdo, un páramo por el cual atravesar un implacable momento de nuestras vidas. Tanto en la suya, como en la mía, esa feria constituyó un momento importante. Y, llevando la meditación más allá, quizá ella olvidó que estuvimos aquel 19 de diciembre, cerca de la medianoche, comprando y paseando. Y, quizá, no solo olvidó eso, sino que olvidó que yo la amaba y que habita en el fondo de mi corazón. Quizá, ya no recuerda estos momentos inolvidables, porque simplemente para ella no lo fueron. Y, aunque la vida siga pasando sin ella, a lo mejor para ella lo es así, porque para mí, la vida que va pasando sin ella no es más que la continuación de haber sido suyo.
Atravieso la feria y salgo de ella. Entonces, de camino a la casa, enciendo un cigarrillo. El viento acaricia mi rostro y maquinalmente mi mirada se dirige al firmamento: las estrellas esperan ahí clavadas, como tanto esperé sus aromas, como tanto me anclé a las posibilidades, como tanto amé y no dejé de amar, como mi corazón transportó su querer a otros ojos, a otros labios, a otras manos, a otros cuerpos con los cuales atravesé las sendas sinuosas de esta existencia. Con el corazón acongojado, esta noche decidí que ya es tiempo de ser feliz.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Micros Amarillas
La 108 "Nuevo Amanecer/Los Libertadores" fue un recorrido de microbuses de Santiago que entra en la categoría de las antiguas "Micros Amarillas", nombre popular que se les daba a estas máquinas que atravesaban Santiago de Norte a Sur, de Oriente a Poniente, por el color del cual estaban pintadas. Estas "micros" esconden, como todo espacio público citadino, muchísimas historias: amores, rompimientos, asaltos, encuentros, hasta una que otra trifulca de pasajeros ebrios que viajaban de noche. Recuerdo que cuando les indicabas que se detuvieran, lo hacían cuando querían, dependiendo del estado de ánimo del conductor. Aunque en su tiempo fueron tan molestas para ciertas personas (que, por lo demás, eran quienes ni siquiera las usaban), no dejan de ser un recuerdo pintoresco de esta contaminada ciudad del sur de América.
Yo nací a mediados de los 80' y tuve la suerte de hacerlo "en Dictadura". Augusto Pinochet Ugarte, fue Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y cumplió su "deber" de proteger la democracia, a base de destruirla. Yo no tengo un recuerdo muy preciso de lo que ocurría política y socialmente en el país, pero sí aún huelo ese aroma a "miedo" que se respiraba por las calles. Mi padre trabajaba para una gran firma estadounidense, que se había establecido en el país. Cuando yo nací, él tenia 24 años. Moreno y delgado, dotado de una voz tronante (que yo mismo heredé), conquistó a una muchacha en una "Fiesta Comercial" a la cual ella había ido con un amigo. Al comprobar éste que estaba siendo cortejada por mi padre, le quitó la bufanda que le había prestado y se fue del evento enfurecido. Los años 80' estaban comenzando, cuando el amor de estos dos adolescentes nacía y las flores del cambio comenzaban a exhalar su aroma libertario.
Uno de los elementos más pintorescos de mi padre es que su conocimiento de la ciudad era eximio. Cuando alguien le preguntaba por una dirección, era capaz de indicarle hasta el número de "micro" que debía tomar: "Súbete a la Pila Recoleta y bájate en...", solía contarnos que le decía a sus amigos cuando tenían que ir a "pincharse una minita" o "ir a buscar pega". Como su conocimiento de la ciudad era tan grande, obviamente también lo era el de las "micros", que viajaban por Santiago como si de abejas alrededor de un panal se tratara. Por consiguiente, mi padre siempre me sacaba a pasear por la ciudad, enseñándome el nombre de las calles, mencionándome qué edificios importantes estaban en esas direcciones. Me indicaba cuáles eran las cantinas más relevantes, por las que mi propio abuelo alguna vez anduvo de paso. Recuerdo que me llevaba de la mano o a veces me subía sobre sus hombros: ante la grandeza de la ciudad para un niño como yo, quedaba pasmado frente a la multitud y le rogaba "¡Ayúdame a mirar!". Con él me sentía protegido. A su lado, me sentía poderoso y con toda la seguridad del mundo. Junto a él, mi infancia fue despertando en el sentimiento de apego a la ciudad y a su abigarrada incumbencia humana.
Yo siempre fui un niño inquieto. Me gustaba explorarlo todo y no podía con facilidad estar sentado mucho tiempo en un solo lugar, por lo que mi padre, al comprobar que en algunos viajes que realizábamos en "micro" yo me aburría demasiado, inventó un juego. El juego comenzaba en cualquier momento y, sobre todo, en el momento de mayor descuido por parte de uno de los dos. Consistía en que, cuando viajábamos sentados en la máquina, cada uno debía proteger sus rodillas con las palmas de sus manos. En caso de que fueran descubiertas, el otro podía comenzar a dar suaves, pero rápidas palmadas. Quien lograba añadir más palmadas a su cuenta, ganaba. Lo más divertido era que mi padre siempre sabía cómo distraerme para que yo descuidara mi defensa y entonces comenzaba a dar palmetazos, ganando muchos puntos. Entonces yo me enfurecía y le decía que no quería jugar más, para que sacara sus manos de sus rodillas y yo pudiera entonces comenzar a golpearlas. Estoy seguro que este juego es completamente básico e incluso puede parecer ridículo para alguien, pero créanme que la diversión que nos provocaba era inmensa.
La calle se perdía a veces por entre esos lugares tan nuevos para mí. Entre poblaciones, pichangas y música combativa, atravesaba la "micro amarilla" levantando polvo y siendo perseguida vesánicamente por perros callejeros. Mi padre y yo íbamos en ella, jugando al viejo juego de las palmadas en las rodillas. Entonces las distancias se acortaban y, ora estábamos ya en la Plaza La Palmilla, ora estábamos doblando a la derecha por Av. Recoleta. Sin que pudiésemos darnos cuenta, estábamos ya cruzando el Río Mapocho y nos metíamos por la calle San Antonio, abrazada por la sombra de los edificios que la rodean.
Este día la gente va más feliz y los titulares de los diarios tienen coloridas portadas. Los vendedores de helados dialogan con los pasajeros y, en general, todos hablan entre todos. Con mi padre vamos por la Av. San Antonio, en la "108 Nuevo Amancer", jugando nuestro juego: una anciana nos queda mirando y sonríe. Hay muchos carabineros en las calles, sin embargo, algo ha cambiado para siempre en el ánimo de las personas. Hay miles de papeles picados en el suelo y algunas banderas con consignas políticas. Atravesamos la calle Merced y continuamos por San Antonio en dirección hacia la Alameda. Una señora va hablando acerca de la dificultad que tuvo para votar: "Si los pacos no querían que votáramos, nos costó re harto poder hacerlo". Yo, cuidaba el bastión de mis articulaciones de la mano grande de mi padre; él, miraba por la ventana hacia la calle. Nos bajamos en Alameda con San Antonio, en el antiguo edificio de Almacenes París. Caminamos hacia el poniente. El sol de la tarde ya se había ido a esas tierras desconocidas para mí, a pocos minutos de irse a dormir entre las cimas de la Cordillera de la Costa. Afirmado de la mano de mi padre, sumándole a ello las sonrisas que se esbozaban en el rostro de las personas, comencé a sentir una extraña sensación de felicidad en mi interior.
Seguimos caminando y atravesamos raudamente Alameda con Teatinos: el edificio de La Moneda se levantaba sombrío en aquella tarde copiosa de rayos de sol. Nunca entendí la felicidad que sentí esa tarde, quizá mi corazón latía por circunstancias que no alcanzaba a comprender. Yo sonreía y mi padre también y el sol de la tarde nos iluminaba la piel morena. Las personas caminaban y se abrazaban en un gesto de reconciliación. Todos celebraban abierta o secretamente. Sin embargo, yo no sospechaba que muy cerca de donde me encontraba, afirmado de la mano de mi padre, con mis pantalones cortos azules y mi chaleco blanco con rayas azules, estaba un dictador que tenía los días contados: así era el Santiago de mi infancia, donde todo olía a gas lacrimógeno, al ruido ensordecedor que clama por libertad, al silencio injusto del rostro de mi madre cuando pasábamos cerca de los militares, y a las sonrisas y emociones que nos proporcionaba ese juego ochentero que creamos con mi padre para aplacar el aburrido, pero tan ansiado viaje de fin de semana de la "108 Nuevo Amanecer/Los Libertadores".
Yo nací a mediados de los 80' y tuve la suerte de hacerlo "en Dictadura". Augusto Pinochet Ugarte, fue Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y cumplió su "deber" de proteger la democracia, a base de destruirla. Yo no tengo un recuerdo muy preciso de lo que ocurría política y socialmente en el país, pero sí aún huelo ese aroma a "miedo" que se respiraba por las calles. Mi padre trabajaba para una gran firma estadounidense, que se había establecido en el país. Cuando yo nací, él tenia 24 años. Moreno y delgado, dotado de una voz tronante (que yo mismo heredé), conquistó a una muchacha en una "Fiesta Comercial" a la cual ella había ido con un amigo. Al comprobar éste que estaba siendo cortejada por mi padre, le quitó la bufanda que le había prestado y se fue del evento enfurecido. Los años 80' estaban comenzando, cuando el amor de estos dos adolescentes nacía y las flores del cambio comenzaban a exhalar su aroma libertario.
Uno de los elementos más pintorescos de mi padre es que su conocimiento de la ciudad era eximio. Cuando alguien le preguntaba por una dirección, era capaz de indicarle hasta el número de "micro" que debía tomar: "Súbete a la Pila Recoleta y bájate en...", solía contarnos que le decía a sus amigos cuando tenían que ir a "pincharse una minita" o "ir a buscar pega". Como su conocimiento de la ciudad era tan grande, obviamente también lo era el de las "micros", que viajaban por Santiago como si de abejas alrededor de un panal se tratara. Por consiguiente, mi padre siempre me sacaba a pasear por la ciudad, enseñándome el nombre de las calles, mencionándome qué edificios importantes estaban en esas direcciones. Me indicaba cuáles eran las cantinas más relevantes, por las que mi propio abuelo alguna vez anduvo de paso. Recuerdo que me llevaba de la mano o a veces me subía sobre sus hombros: ante la grandeza de la ciudad para un niño como yo, quedaba pasmado frente a la multitud y le rogaba "¡Ayúdame a mirar!". Con él me sentía protegido. A su lado, me sentía poderoso y con toda la seguridad del mundo. Junto a él, mi infancia fue despertando en el sentimiento de apego a la ciudad y a su abigarrada incumbencia humana.
Yo siempre fui un niño inquieto. Me gustaba explorarlo todo y no podía con facilidad estar sentado mucho tiempo en un solo lugar, por lo que mi padre, al comprobar que en algunos viajes que realizábamos en "micro" yo me aburría demasiado, inventó un juego. El juego comenzaba en cualquier momento y, sobre todo, en el momento de mayor descuido por parte de uno de los dos. Consistía en que, cuando viajábamos sentados en la máquina, cada uno debía proteger sus rodillas con las palmas de sus manos. En caso de que fueran descubiertas, el otro podía comenzar a dar suaves, pero rápidas palmadas. Quien lograba añadir más palmadas a su cuenta, ganaba. Lo más divertido era que mi padre siempre sabía cómo distraerme para que yo descuidara mi defensa y entonces comenzaba a dar palmetazos, ganando muchos puntos. Entonces yo me enfurecía y le decía que no quería jugar más, para que sacara sus manos de sus rodillas y yo pudiera entonces comenzar a golpearlas. Estoy seguro que este juego es completamente básico e incluso puede parecer ridículo para alguien, pero créanme que la diversión que nos provocaba era inmensa.
La calle se perdía a veces por entre esos lugares tan nuevos para mí. Entre poblaciones, pichangas y música combativa, atravesaba la "micro amarilla" levantando polvo y siendo perseguida vesánicamente por perros callejeros. Mi padre y yo íbamos en ella, jugando al viejo juego de las palmadas en las rodillas. Entonces las distancias se acortaban y, ora estábamos ya en la Plaza La Palmilla, ora estábamos doblando a la derecha por Av. Recoleta. Sin que pudiésemos darnos cuenta, estábamos ya cruzando el Río Mapocho y nos metíamos por la calle San Antonio, abrazada por la sombra de los edificios que la rodean.
Este día la gente va más feliz y los titulares de los diarios tienen coloridas portadas. Los vendedores de helados dialogan con los pasajeros y, en general, todos hablan entre todos. Con mi padre vamos por la Av. San Antonio, en la "108 Nuevo Amancer", jugando nuestro juego: una anciana nos queda mirando y sonríe. Hay muchos carabineros en las calles, sin embargo, algo ha cambiado para siempre en el ánimo de las personas. Hay miles de papeles picados en el suelo y algunas banderas con consignas políticas. Atravesamos la calle Merced y continuamos por San Antonio en dirección hacia la Alameda. Una señora va hablando acerca de la dificultad que tuvo para votar: "Si los pacos no querían que votáramos, nos costó re harto poder hacerlo". Yo, cuidaba el bastión de mis articulaciones de la mano grande de mi padre; él, miraba por la ventana hacia la calle. Nos bajamos en Alameda con San Antonio, en el antiguo edificio de Almacenes París. Caminamos hacia el poniente. El sol de la tarde ya se había ido a esas tierras desconocidas para mí, a pocos minutos de irse a dormir entre las cimas de la Cordillera de la Costa. Afirmado de la mano de mi padre, sumándole a ello las sonrisas que se esbozaban en el rostro de las personas, comencé a sentir una extraña sensación de felicidad en mi interior.
Seguimos caminando y atravesamos raudamente Alameda con Teatinos: el edificio de La Moneda se levantaba sombrío en aquella tarde copiosa de rayos de sol. Nunca entendí la felicidad que sentí esa tarde, quizá mi corazón latía por circunstancias que no alcanzaba a comprender. Yo sonreía y mi padre también y el sol de la tarde nos iluminaba la piel morena. Las personas caminaban y se abrazaban en un gesto de reconciliación. Todos celebraban abierta o secretamente. Sin embargo, yo no sospechaba que muy cerca de donde me encontraba, afirmado de la mano de mi padre, con mis pantalones cortos azules y mi chaleco blanco con rayas azules, estaba un dictador que tenía los días contados: así era el Santiago de mi infancia, donde todo olía a gas lacrimógeno, al ruido ensordecedor que clama por libertad, al silencio injusto del rostro de mi madre cuando pasábamos cerca de los militares, y a las sonrisas y emociones que nos proporcionaba ese juego ochentero que creamos con mi padre para aplacar el aburrido, pero tan ansiado viaje de fin de semana de la "108 Nuevo Amanecer/Los Libertadores".
domingo, 15 de diciembre de 2013
Meditación
Esta es la hora cordillerana, la de los cielos malva, aquella en la cual el sol nos abandona dejándonos con la esperanza de que mañana volverá a salir. En esta hora hay cientos de recuerdos de otros tiempos, mejores o peores, quién sabe, lo importante es que no puedo sino mirarlos como el castillo que está encerrado en una burbuja de cristal. Aunque el calor es insoportable en esta ciudad de mierda, dentro de la burbuja nieva. Y no es que este pasando nada más que ahora, como si el invierno de mi corazón fuera una cuestión circunstancial. Hay días en que me rearmo, para continuar adelante. Hoy es uno de aquellos días.
Hoy es el día del recuerdo. Tantos y tan variados, imágenes pobladas por vivos y muertos, por momentos únicos como aquella noche nortina en que sacamos nuestras cabezas hacia afuera del pick-up de la camioneta que nos llevaba y entonces pudimos ver las estrellas como si estuvieran frente a nuestros rostros. O, cuando vimos unas extrañas luces en el lago Huillinco, que atribuimos a naves del espacio exterior. Todo es un recuerdo y no importa cuán fuerte o cuántas veces retorne a nuestra conciencia, pues de uno u otro modo, exudamos aquello que hemos sido y no hay mayor ciego que aquel para quien el pasado debe ser negado.
A veces, cuando me siento cansado, me vuelvo irrefutable. Puedo ser nada más que un argumento, pero más bien, realmente aquello que soy es una falacia. Mas, ¿qué es la verdad? Hoy nadie puede creerle a Machado, nos quedamos pasmados viendo transcurrir la realidad en frente de nuestros televisores o pantallas de aparatos tecnológicos y atribuimos la verdad a puras huevadas. Quizá algún día vuelva Dios y llene los estadios, patrocinado por Coca-Cola o Mc Donalds; quien sabe si vuelve resucitando los muertos y torturados, o quizá si resucita las flores que asesinamos para construir las carreteras que nos conducen por esta tierra que tanto amamos (?) Porque el mundo no es mío, ni tuyo, el mundo es de todos y los países son una imbecilidad.
Hoy yo no voté y me da lo mismo quienes hayan votado. En realidad la ciudadanía y el compromiso cívico son factores fundamentales para lograr construir una sociedad tan sofisticada y ordenada como la nuestra, donde un porcentaje ridículo de la población aglomera todos los bienes que los demás carecemos. Además, se acerca Navidad. Los mall llenos y los papás y mamás comprando desaforadamente objetos materiales, cuyo valor desaparecerá con la costumbre. Sería fantástico que transformáramos la Navidad en lo que realmente es, en el nacimiento de uno de los seres más maravillosos que han poblado la tierra. Y, quizá alguien pueda protestar o negar su existencia, o realizar aspavientos ateos... a ellos les digo: esos no son los cuestionamientos fundamentales, sino maneras de lanzar piedras contra un tanque y siempre me causarán risa, porque con sus argumentos -creen- se vengan en nombre de la Razón (¿no es eso acaso también un invento griego?) Yo no me fiaré más del pensamiento de ganado de las personas, yo intentaré vivir.
Y, para finalizar esto que acabo de escribir y que puede ser una tontería, te cuento que la verdad definitivamente habita dentro de tu corazón: no la busques en el rostro del otro, ni tampoco en las cosas materiales, ni en aquello que te rodea, cuando seas realmente feliz, los demás a tu alrededor también lo serán. En ese sentido, podemos interpretar la frase de Chris "Happyness is only real when is shared":
Hoy es el día del recuerdo. Tantos y tan variados, imágenes pobladas por vivos y muertos, por momentos únicos como aquella noche nortina en que sacamos nuestras cabezas hacia afuera del pick-up de la camioneta que nos llevaba y entonces pudimos ver las estrellas como si estuvieran frente a nuestros rostros. O, cuando vimos unas extrañas luces en el lago Huillinco, que atribuimos a naves del espacio exterior. Todo es un recuerdo y no importa cuán fuerte o cuántas veces retorne a nuestra conciencia, pues de uno u otro modo, exudamos aquello que hemos sido y no hay mayor ciego que aquel para quien el pasado debe ser negado.
A veces, cuando me siento cansado, me vuelvo irrefutable. Puedo ser nada más que un argumento, pero más bien, realmente aquello que soy es una falacia. Mas, ¿qué es la verdad? Hoy nadie puede creerle a Machado, nos quedamos pasmados viendo transcurrir la realidad en frente de nuestros televisores o pantallas de aparatos tecnológicos y atribuimos la verdad a puras huevadas. Quizá algún día vuelva Dios y llene los estadios, patrocinado por Coca-Cola o Mc Donalds; quien sabe si vuelve resucitando los muertos y torturados, o quizá si resucita las flores que asesinamos para construir las carreteras que nos conducen por esta tierra que tanto amamos (?) Porque el mundo no es mío, ni tuyo, el mundo es de todos y los países son una imbecilidad.
Hoy yo no voté y me da lo mismo quienes hayan votado. En realidad la ciudadanía y el compromiso cívico son factores fundamentales para lograr construir una sociedad tan sofisticada y ordenada como la nuestra, donde un porcentaje ridículo de la población aglomera todos los bienes que los demás carecemos. Además, se acerca Navidad. Los mall llenos y los papás y mamás comprando desaforadamente objetos materiales, cuyo valor desaparecerá con la costumbre. Sería fantástico que transformáramos la Navidad en lo que realmente es, en el nacimiento de uno de los seres más maravillosos que han poblado la tierra. Y, quizá alguien pueda protestar o negar su existencia, o realizar aspavientos ateos... a ellos les digo: esos no son los cuestionamientos fundamentales, sino maneras de lanzar piedras contra un tanque y siempre me causarán risa, porque con sus argumentos -creen- se vengan en nombre de la Razón (¿no es eso acaso también un invento griego?) Yo no me fiaré más del pensamiento de ganado de las personas, yo intentaré vivir.
Y, para finalizar esto que acabo de escribir y que puede ser una tontería, te cuento que la verdad definitivamente habita dentro de tu corazón: no la busques en el rostro del otro, ni tampoco en las cosas materiales, ni en aquello que te rodea, cuando seas realmente feliz, los demás a tu alrededor también lo serán. En ese sentido, podemos interpretar la frase de Chris "Happyness is only real when is shared":
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Esta isla es mía.
La mañana se despierta luminosa y un cálido viento resopla sobre esta isla. Es aquí donde vivo, donde ha escogido el destino ponerme. Han pasado varios años ya desde que encallé en este pequeño pedazo de tierra y no deseo más que acabar mis días en esta isla. Pues, de todos modos, esta isla es mía y, ¿qué cosa puede reclamar el hombre como verdaderamente suya, más que aquella que se ha encarnado en su propio cuerpo? Este terreno es mío y aquí me quedo.
Con cansancio me he ido acostumbrando a estar solo. Primero, fueron las olas mis compañeras matutinas, vespertinas y nocturnas, las que me cantaron todas las canciones que se sabían y que ahora he interiorizado como mías. ¿Han alguna vez despertado tan cerca de las olas que su brisa les humedece la piel como si se tratara del rocío matutino sobre las delicadas hojas de las rosas? Las olas son mías y me cantan. En ellas, encontré el frescor y el descanso y, cuando no había nada que hacer y yo estaba como ocioso por las extrañas cosas de la otrora isla desconocida, entonces yo me sumergía en el mar y conocía sus misterios. Desconocía la isla, pero ya no. Hoy la conozco porque es mía, como alguna vez yo fui de alguien y, de seguro, tú que estás leyendo fuiste o eres de alguien.
Las palmeras dejan caer de vez en cuando sus frutos. Duros como rocas, pude al fin descubrir cómo utilizarlos en mi alimentación e hidratación: no morí de hambre, ni frío, ni cansancio porque he sido tan duro como aquella gota que, de tanto caer sobre las rocas, las ha agujereado. Tal es su perseverante poder. Y yo, que he sido como una gota, he caído todas las veces que ha sido necesario para poder hollar esta isla que es tan mía. También he hallado algunos frutos silvestres. Aunque he podido alimentarme también de los productos marinos que el mar me regala, a veces extraño la carne. Acá no hay carne, pero sí hay varios crustáceos comestibles, y los busco. Esta isla me alimenta, porque es mía.
Cuando la soledad me ha embargado, en los días lúgubres y aciagos de lluvia (que, por cierto, dura una gran extensión del año), entonces, me sumerjo y trabo amistad con los peces. Unos grandes, otros más pequeños, algunos de colores opacos, otros que brillan fulgurantes y que se quedan como lanzando sus luces en el reflejo del agua: hay algunos de ellos con los que he compartido, pero he tenido que emerger a la superficie rápidamente, pues el aire se me agota y, cuando regreso a reencontrarme, entonces ya se han ido. Sin embargo, hay otros y se me acercan y saben que esta es mi isla. Aunque no me dicen nada, lo sé todo porque con su nado me dibujan las palabras que necesito comprender para entenderlos. Son peces maravillosos, que entran y salen de mi vida como actores en el teatro.
Cuando recién llegué, me ocurrió un suceso que he vuelto a recordar toda mi vida. Un día, mientras fumaba un cigarrillo de los que me quedaron del naufragio, lloraba sentado en una roca mirando al horizonte. Sabía que no estaba solo, porque Dios enviaba un rayo del cielo que reverberaba sobre las olas del mar, como diciéndome que no temiera. Sin embargo, la fe del hombre es necia y yo seguía compungido de dolor. Las lágrimas nublaban la visión y no podía ver con claridad. El humo del cigarrillo se volatilizaba como danzando un baile serpenteante, cuando de pronto observé algo impresionante: una hermosa sirena me saludaba desde el mar. Me acerqué a mirar mejor, pues no podía dar crédito a lo que mis ojos estaban contemplando. Cuando noté que una cola aguamarina se deslizaba por el océano, entonces me lancé al agua. Sumergido, ella se me acercó y me miró a los ojos: eran glaucos, como una joya de la India, y su mirada connotaba una expresión de soledad. Cuando quise acercarme, se fue rápidamente y pensé que nunca más volvería a ver a esa maravillosa criatura marina.
Estuve un par de días intentando no enloquecer con esta vesánica experiencia: ¿habría sido una ilusión, una fantasía provocada por mi cerebro ante mi insoportable soledad? Paseé por toda la costa de la isla para comprobar si existía de verdad ese ser maravilloso. Recordaba sus ojos verdes y la fina contextura de su cuerpo. Recordaba sus senos redondos, que parecían una ilusión ahí desnudos bajo el agua. Pasadas unas cuantas horas, decidí sentarme sobre una roca, exhausto. Ya todo me parecía parte de una fatamorgana, por lo que decidí no darle más chance al asunto.
Una tarde, intenté pescar. Construí con trozos de alambre un anzuelo y utilicé una fina cuerda como hilo. Aunque no quería, no podía dejar de pensar en la sirena. Fue entonces, cuando ella apareció de nuevo, pero esta vez, me arrastró al mar. Sumergido y asustado, me la quedé mirando con la vista como perdida: era tan hermosa, que su mirada me evocaba solamente recuerdos felices. Me acerqué a sus labios y la besé: ella no se dejó más que besar, me abrazó, presionando suavemente su delicado busto contra mi pecho, y se marchó a toda velocidad por esas latitudes insospechadas. Me quedé simplemente atónito y bastaron varios días para que pudiera volver a la normalidad. No sabía si volvería.
Hoy, sentado en una cuerda, recuerdo que ella volvió tantas veces. Fue mi compañera, me acompañó a estar solo y a llorar bajo el agua (cosa que, por lo demás, es tremendamente extraña, aunque placentera) Cuando me sentía acongojado o sin esperanzas, la veía aparecer entre las rocas, con una estrella de mar que colocaba en mi mano. Era enternecedor observar su belleza y sentir que esa estrella se presionaba contra mi mano, como su cuerpo se aprisionaba a mí cuando me abrazaba bajo el agua. Amé a esa mujer silenciosa, marina, de verdes ojos y de cabellos de oro, de esos que relumbraban bajo el mar luminoso de las tardes soleadas. Esa sirena o esa mujer (ya no importa este asunto en realidad), se llamaba Esperanza. Y, aunque nunca supe su nombre, ese lo fue para mí.
Cuando Esperanza se fue yo ya me había acostumbrado a la vida en la isla y a sus constantes visitas. Ella jugó un rol importante en la necesaria toma de consciencia que tuve que tener para darme cuenta de que esta era mi isla, que el destino tenía un motivo para ponerme aquí. Y, quizá por ese motivo, yo la amé tanto y, cuando se fue, lloré como un niño. Es que las lágrimas no me alcanzaban para decirle cuánto la extrañaba. Cuando los rayos del sol se marchaban y el viento comenzaba a cantar con el resoplido tenue entre los árboles, entonces era como que escuchara sus ojos, como que sintiera sus senos apretándose contra mí. Y las lágrimas no me alcanzaban para expresar mi dolor. Esperanza se fue y yo me quedé. Yo no sé bien por qué se fue, aunque hayan venido otras sirenas a verme después.
Hoy ya han pasado varios años desde que Esperanza se fue. También vinieron otras sirenas que me acompañaron durante mi soledad. Es que la soledad del náufrago, siempre está acompañada del viento de la tarde, de los rayos relumbrantes del amanecer proyectados oblicuamente sobre el mar, iluminándolo todo, como una fiesta marina de peces, de algas, de sirenas y crustáceos de todo tipo que deslumbran con su color. La vida en soledad está acompañada de la misma soledad y de un cántaro de coco. La vida en soledad se vive entre peces que se marchan y que alguna vez vuelven a tu vida, aunque con colores distintos, más grandes o más pequeños. Yo vivo en esta soledad y la amo porque es mía. Como mía fuiste alguna vez tú, que hoy estás tan lejos de mí.
Con cansancio me he ido acostumbrando a estar solo. Primero, fueron las olas mis compañeras matutinas, vespertinas y nocturnas, las que me cantaron todas las canciones que se sabían y que ahora he interiorizado como mías. ¿Han alguna vez despertado tan cerca de las olas que su brisa les humedece la piel como si se tratara del rocío matutino sobre las delicadas hojas de las rosas? Las olas son mías y me cantan. En ellas, encontré el frescor y el descanso y, cuando no había nada que hacer y yo estaba como ocioso por las extrañas cosas de la otrora isla desconocida, entonces yo me sumergía en el mar y conocía sus misterios. Desconocía la isla, pero ya no. Hoy la conozco porque es mía, como alguna vez yo fui de alguien y, de seguro, tú que estás leyendo fuiste o eres de alguien.
Las palmeras dejan caer de vez en cuando sus frutos. Duros como rocas, pude al fin descubrir cómo utilizarlos en mi alimentación e hidratación: no morí de hambre, ni frío, ni cansancio porque he sido tan duro como aquella gota que, de tanto caer sobre las rocas, las ha agujereado. Tal es su perseverante poder. Y yo, que he sido como una gota, he caído todas las veces que ha sido necesario para poder hollar esta isla que es tan mía. También he hallado algunos frutos silvestres. Aunque he podido alimentarme también de los productos marinos que el mar me regala, a veces extraño la carne. Acá no hay carne, pero sí hay varios crustáceos comestibles, y los busco. Esta isla me alimenta, porque es mía.
Cuando la soledad me ha embargado, en los días lúgubres y aciagos de lluvia (que, por cierto, dura una gran extensión del año), entonces, me sumerjo y trabo amistad con los peces. Unos grandes, otros más pequeños, algunos de colores opacos, otros que brillan fulgurantes y que se quedan como lanzando sus luces en el reflejo del agua: hay algunos de ellos con los que he compartido, pero he tenido que emerger a la superficie rápidamente, pues el aire se me agota y, cuando regreso a reencontrarme, entonces ya se han ido. Sin embargo, hay otros y se me acercan y saben que esta es mi isla. Aunque no me dicen nada, lo sé todo porque con su nado me dibujan las palabras que necesito comprender para entenderlos. Son peces maravillosos, que entran y salen de mi vida como actores en el teatro.
Cuando recién llegué, me ocurrió un suceso que he vuelto a recordar toda mi vida. Un día, mientras fumaba un cigarrillo de los que me quedaron del naufragio, lloraba sentado en una roca mirando al horizonte. Sabía que no estaba solo, porque Dios enviaba un rayo del cielo que reverberaba sobre las olas del mar, como diciéndome que no temiera. Sin embargo, la fe del hombre es necia y yo seguía compungido de dolor. Las lágrimas nublaban la visión y no podía ver con claridad. El humo del cigarrillo se volatilizaba como danzando un baile serpenteante, cuando de pronto observé algo impresionante: una hermosa sirena me saludaba desde el mar. Me acerqué a mirar mejor, pues no podía dar crédito a lo que mis ojos estaban contemplando. Cuando noté que una cola aguamarina se deslizaba por el océano, entonces me lancé al agua. Sumergido, ella se me acercó y me miró a los ojos: eran glaucos, como una joya de la India, y su mirada connotaba una expresión de soledad. Cuando quise acercarme, se fue rápidamente y pensé que nunca más volvería a ver a esa maravillosa criatura marina.
Estuve un par de días intentando no enloquecer con esta vesánica experiencia: ¿habría sido una ilusión, una fantasía provocada por mi cerebro ante mi insoportable soledad? Paseé por toda la costa de la isla para comprobar si existía de verdad ese ser maravilloso. Recordaba sus ojos verdes y la fina contextura de su cuerpo. Recordaba sus senos redondos, que parecían una ilusión ahí desnudos bajo el agua. Pasadas unas cuantas horas, decidí sentarme sobre una roca, exhausto. Ya todo me parecía parte de una fatamorgana, por lo que decidí no darle más chance al asunto.
Una tarde, intenté pescar. Construí con trozos de alambre un anzuelo y utilicé una fina cuerda como hilo. Aunque no quería, no podía dejar de pensar en la sirena. Fue entonces, cuando ella apareció de nuevo, pero esta vez, me arrastró al mar. Sumergido y asustado, me la quedé mirando con la vista como perdida: era tan hermosa, que su mirada me evocaba solamente recuerdos felices. Me acerqué a sus labios y la besé: ella no se dejó más que besar, me abrazó, presionando suavemente su delicado busto contra mi pecho, y se marchó a toda velocidad por esas latitudes insospechadas. Me quedé simplemente atónito y bastaron varios días para que pudiera volver a la normalidad. No sabía si volvería.
Hoy, sentado en una cuerda, recuerdo que ella volvió tantas veces. Fue mi compañera, me acompañó a estar solo y a llorar bajo el agua (cosa que, por lo demás, es tremendamente extraña, aunque placentera) Cuando me sentía acongojado o sin esperanzas, la veía aparecer entre las rocas, con una estrella de mar que colocaba en mi mano. Era enternecedor observar su belleza y sentir que esa estrella se presionaba contra mi mano, como su cuerpo se aprisionaba a mí cuando me abrazaba bajo el agua. Amé a esa mujer silenciosa, marina, de verdes ojos y de cabellos de oro, de esos que relumbraban bajo el mar luminoso de las tardes soleadas. Esa sirena o esa mujer (ya no importa este asunto en realidad), se llamaba Esperanza. Y, aunque nunca supe su nombre, ese lo fue para mí.
Cuando Esperanza se fue yo ya me había acostumbrado a la vida en la isla y a sus constantes visitas. Ella jugó un rol importante en la necesaria toma de consciencia que tuve que tener para darme cuenta de que esta era mi isla, que el destino tenía un motivo para ponerme aquí. Y, quizá por ese motivo, yo la amé tanto y, cuando se fue, lloré como un niño. Es que las lágrimas no me alcanzaban para decirle cuánto la extrañaba. Cuando los rayos del sol se marchaban y el viento comenzaba a cantar con el resoplido tenue entre los árboles, entonces era como que escuchara sus ojos, como que sintiera sus senos apretándose contra mí. Y las lágrimas no me alcanzaban para expresar mi dolor. Esperanza se fue y yo me quedé. Yo no sé bien por qué se fue, aunque hayan venido otras sirenas a verme después.
Hoy ya han pasado varios años desde que Esperanza se fue. También vinieron otras sirenas que me acompañaron durante mi soledad. Es que la soledad del náufrago, siempre está acompañada del viento de la tarde, de los rayos relumbrantes del amanecer proyectados oblicuamente sobre el mar, iluminándolo todo, como una fiesta marina de peces, de algas, de sirenas y crustáceos de todo tipo que deslumbran con su color. La vida en soledad está acompañada de la misma soledad y de un cántaro de coco. La vida en soledad se vive entre peces que se marchan y que alguna vez vuelven a tu vida, aunque con colores distintos, más grandes o más pequeños. Yo vivo en esta soledad y la amo porque es mía. Como mía fuiste alguna vez tú, que hoy estás tan lejos de mí.
viernes, 6 de diciembre de 2013
Mi corazón y el mar
"Ahora puedo sentir como Raskolnikov", pensó el muchacho mientras vagaba sin rumbo, con el alma destrozada y acompañado del calor exasperante de la ciudad. El sol reverberaba en las calles, como la imagen de la muchacha en el brillo de sus ojos: ya no quedaban opciones de volverse a encontrar, pues la otrora reunión simple y sosegada, se había transformado en un ditirambo de emociones que se transformaban en palabras y caían copiosamente sobre ella. Sin embargo, ¿qué opinaba ella? Una tumba sin abrir.
Se conocieron durante un viaje. En el andén de una desvencijada estación de trenes, ella le pidió fuego. Conversaron durante unos minutos y, al abordar el vagón, se dieron cuenta que no había motivo para no irse juntos. Ella se dedicaba a desenvolver los vestigios del hombre; él, a presentar un mapeo de neuronas que, unidas, configuraron el pensamiento como se conocía hasta entonces. Ambos, dentro de una realidad similar, pertenecían a mundos obstinadamente distintos. Cuando ella se bajó, ya habían intercambiado el contacto. Y, los viajes se repitieron como un eco necesario.
Algunas tardes, mientras venían viajando, el vagón se quedaba detenido como una ballena varada en una playa desolada, como un tronco en un campo yerto y sin vida. Entonces, bajaban y, en medio del mustio escenario, fumaban y conversaban, entumecidos, sobre cuestiones superfluas. Sin embargo, cada día que pasaba, el germen del enamoramiento iba taladrando el corazón del muchacho y su vida comenzó a hacerse tortuosa. Se levantaba por las mañanas y la pensaba: "Ayer, con su vestido glauco y sus ojos de miel danzando por los páramos..." No había momento en que su corazón no latiera por ella y, aunque estaba consciente que le valdría cara la empresa, sabía que su corazón jamás había podido ser detenido por su propia voluntad. Esperaba que simplemente ocurriera el milagro o, en caso contrario, quedar despedazado y en el olvido ontológico.
A juicio del muchacho, todo indicaba que debían estar juntos. Las noches en las que viajaron abordo de aquella máquina trastabillante, con la compañía de la soledad de la tierra y el tiritar de las estrellas, fueron las más maravillosas de su vida. Cuando sus ojos se encontraban y se hundían las miradas cada una en la otra, como una gota infinita cayendo sobre un mar de emociones, el corazón del muchacho explotaba en un éxtasis cósmico, en una explosión primigenia, cuyo sonido aún puede escucharse flotando por esos páramos perdidos. A juicio del muchacho, ellos debían estar juntos. Sin embargo, el destino que es insondable y lo abismal del alma humana, estaban en otros senderos.
Una calurosa tarde, luego de haber acumulado tantos kilómetros de emociones y cercanía, ya no aguantó más y le declaró su amor con lujo de detalles: "Eres la mujer más maravillosa que he visto"; "Tus ojos son como una puerta hacia la belleza infinita, hacia el Creador"; "Cuando estoy contigo, el tiempo se desvanece y el reloj no sirve...". "Atrévete a estar conmigo, ¡busquemos el cielo juntos!". Le dedicó incluso, algunos poemarios que fue escribiendo en los próximos viajes que iba realizando, aunque ahora en la soledad que le destrozaba el corazón día a día. Ella, aunque convencida de que aquel muchacho era algo importante, no se conectó con el mensaje y la misma sintonía. Decidió de inmediato no viajar más con él. Algunas luces extrañas aún habitaban su cielo y no quiso comprometerse en una aventura nueva. Entonces, jamás volvieron a verse.
Con el corazón destrozado, caminaba el muchacho lentamente por el anden mientras fumaba un cigarillo, aunque sin disfrutarlo. Fumaba maquinalmente como el traqueteo del tren. Las piedras atravesaban su mirada casi sin sentido, como objetos insubstanciales en un vacío ontológico. La máquina iba lentamente cruzando esas lejanías, como el recuerdo de la muchacha lo hacía con el corazón del chiquillo: "¿Dónde estará esa estrella luminosa?", se preguntaba con las pupilas fijas en el espectáculo del mundo. La música sonaba en su reproductor y su efecto era excavar con mayor profundidad su dolor. Había sido rechazado, como un objeto desvencijado, arrojado a la existencia, pero sin ella. Entonces, deambuló su pesar y volvió en sí: estaban cerca del mar.
Se bajó en la estación y caminó por la playa. El calor impresionante lo había hecho venir hasta aquí, en forma inconsciente. Aunque hacía mucho calor, la playa estaba vacía. Se sentó, encendió otro cigarrillo y sacó de su saco un libro. Leyó unas cuantas páginas y decidió entrar al mar. Y, mientras iba entrando al mar y antes de sumergirse, habló con Dios con las palabras de Machado:
"Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería,
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar."
Octavio Alto
Se conocieron durante un viaje. En el andén de una desvencijada estación de trenes, ella le pidió fuego. Conversaron durante unos minutos y, al abordar el vagón, se dieron cuenta que no había motivo para no irse juntos. Ella se dedicaba a desenvolver los vestigios del hombre; él, a presentar un mapeo de neuronas que, unidas, configuraron el pensamiento como se conocía hasta entonces. Ambos, dentro de una realidad similar, pertenecían a mundos obstinadamente distintos. Cuando ella se bajó, ya habían intercambiado el contacto. Y, los viajes se repitieron como un eco necesario.
Algunas tardes, mientras venían viajando, el vagón se quedaba detenido como una ballena varada en una playa desolada, como un tronco en un campo yerto y sin vida. Entonces, bajaban y, en medio del mustio escenario, fumaban y conversaban, entumecidos, sobre cuestiones superfluas. Sin embargo, cada día que pasaba, el germen del enamoramiento iba taladrando el corazón del muchacho y su vida comenzó a hacerse tortuosa. Se levantaba por las mañanas y la pensaba: "Ayer, con su vestido glauco y sus ojos de miel danzando por los páramos..." No había momento en que su corazón no latiera por ella y, aunque estaba consciente que le valdría cara la empresa, sabía que su corazón jamás había podido ser detenido por su propia voluntad. Esperaba que simplemente ocurriera el milagro o, en caso contrario, quedar despedazado y en el olvido ontológico.
A juicio del muchacho, todo indicaba que debían estar juntos. Las noches en las que viajaron abordo de aquella máquina trastabillante, con la compañía de la soledad de la tierra y el tiritar de las estrellas, fueron las más maravillosas de su vida. Cuando sus ojos se encontraban y se hundían las miradas cada una en la otra, como una gota infinita cayendo sobre un mar de emociones, el corazón del muchacho explotaba en un éxtasis cósmico, en una explosión primigenia, cuyo sonido aún puede escucharse flotando por esos páramos perdidos. A juicio del muchacho, ellos debían estar juntos. Sin embargo, el destino que es insondable y lo abismal del alma humana, estaban en otros senderos.
Una calurosa tarde, luego de haber acumulado tantos kilómetros de emociones y cercanía, ya no aguantó más y le declaró su amor con lujo de detalles: "Eres la mujer más maravillosa que he visto"; "Tus ojos son como una puerta hacia la belleza infinita, hacia el Creador"; "Cuando estoy contigo, el tiempo se desvanece y el reloj no sirve...". "Atrévete a estar conmigo, ¡busquemos el cielo juntos!". Le dedicó incluso, algunos poemarios que fue escribiendo en los próximos viajes que iba realizando, aunque ahora en la soledad que le destrozaba el corazón día a día. Ella, aunque convencida de que aquel muchacho era algo importante, no se conectó con el mensaje y la misma sintonía. Decidió de inmediato no viajar más con él. Algunas luces extrañas aún habitaban su cielo y no quiso comprometerse en una aventura nueva. Entonces, jamás volvieron a verse.
Con el corazón destrozado, caminaba el muchacho lentamente por el anden mientras fumaba un cigarillo, aunque sin disfrutarlo. Fumaba maquinalmente como el traqueteo del tren. Las piedras atravesaban su mirada casi sin sentido, como objetos insubstanciales en un vacío ontológico. La máquina iba lentamente cruzando esas lejanías, como el recuerdo de la muchacha lo hacía con el corazón del chiquillo: "¿Dónde estará esa estrella luminosa?", se preguntaba con las pupilas fijas en el espectáculo del mundo. La música sonaba en su reproductor y su efecto era excavar con mayor profundidad su dolor. Había sido rechazado, como un objeto desvencijado, arrojado a la existencia, pero sin ella. Entonces, deambuló su pesar y volvió en sí: estaban cerca del mar.
Se bajó en la estación y caminó por la playa. El calor impresionante lo había hecho venir hasta aquí, en forma inconsciente. Aunque hacía mucho calor, la playa estaba vacía. Se sentó, encendió otro cigarrillo y sacó de su saco un libro. Leyó unas cuantas páginas y decidió entrar al mar. Y, mientras iba entrando al mar y antes de sumergirse, habló con Dios con las palabras de Machado:
"Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería,
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar."
Octavio Alto
jueves, 5 de diciembre de 2013
Tarde Veraz
Te encontré en medio de la fiesta
y lucías como una copiosa gota rosa
escondida entre los beodos comensales
habitantes de esta fiesta dionisíaca.
Brillabas como una estrella infinita
con la luz solemne de relumbrancia
me encaminé a acurrucarme a tu lado
para poder acariciar tu llamita.
¡Transformate en mi doncella!
Oh, copiosa luz astrológica.
Trasvasija el llanto de tus ojos
en sonrisas.
Busca el páramo de estos labios
y hallarás sus flores marchitas.
¡Míranos hoy! Somos un fuego desatado
desde que te pusiste a mi lado
no he dejado de brillar exiguo,
cuya felicidad ha sido, a tu lado brillar.
No veas hacia el pasado
como juzgando el presente
como si fuera importante
lo que otrora era diferente.
¡Transformate en mi guitarra
y te sonsacaré acordes las madrugadas!,
cuando tu boca se curve
en el amor consumado
y después te preguntes
"¿Por qué llegué tarde a tu lado?"
y lucías como una copiosa gota rosa
escondida entre los beodos comensales
habitantes de esta fiesta dionisíaca.
Brillabas como una estrella infinita
con la luz solemne de relumbrancia
me encaminé a acurrucarme a tu lado
para poder acariciar tu llamita.
¡Transformate en mi doncella!
Oh, copiosa luz astrológica.
Trasvasija el llanto de tus ojos
en sonrisas.
Busca el páramo de estos labios
y hallarás sus flores marchitas.
¡Míranos hoy! Somos un fuego desatado
desde que te pusiste a mi lado
no he dejado de brillar exiguo,
cuya felicidad ha sido, a tu lado brillar.
No veas hacia el pasado
como juzgando el presente
como si fuera importante
lo que otrora era diferente.
¡Transformate en mi guitarra
y te sonsacaré acordes las madrugadas!,
cuando tu boca se curve
en el amor consumado
y después te preguntes
"¿Por qué llegué tarde a tu lado?"
Reflexión sobre una quimera
Si buscarte fue errar la pesquisa,
si encontrarte mi error cotidiano,
que te apartes de mi lado,
contigo mi alma agoniza.
Te vas y con mucha prisa,
rápido, vuelas de estos prados,
como un cometa encumbrado
sobre las álgidas brisas.
Tanto que lloré encontrarte
tanto que clamé estrecharte
en estos brazos baldíos,
llenándome de esperanza,
el corazón mustio.
Como un yermo ventisquero,
un vendaval que te recorre entero,
busqué tus labios primero,
que no dijeron "Te quiero".
Ya es hora que yo te olvide.
No hay medida tras sueño y muerte:
con mi corazón doliente
me marcho hoy de esta historia.
Octavio Alto
si encontrarte mi error cotidiano,
que te apartes de mi lado,
contigo mi alma agoniza.
Te vas y con mucha prisa,
rápido, vuelas de estos prados,
como un cometa encumbrado
sobre las álgidas brisas.
Tanto que lloré encontrarte
tanto que clamé estrecharte
en estos brazos baldíos,
llenándome de esperanza,
el corazón mustio.
Como un yermo ventisquero,
un vendaval que te recorre entero,
busqué tus labios primero,
que no dijeron "Te quiero".
Ya es hora que yo te olvide.
No hay medida tras sueño y muerte:
con mi corazón doliente
me marcho hoy de esta historia.
Octavio Alto
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Sustenazo
Ávido de ti
me lanzo a tu conquista.
Mas, no voy con la torpeza manceba
de mis años mozos:
me dirijo a ti y contemplo
tu preciosa geografía
como Julio César,
orgulloso, respiró el viento de las Galias.
Mas, no voy con la torpeza manceba
de mis años mozos:
me dirijo a ti y contemplo
tu preciosa geografía
como Julio César,
orgulloso, respiró el viento de las Galias.
Es que eres tan inmensa
en tu bosque de altos árboles
que, con mi corazón ardiendo, voy explorando tu ser.
Y el viento resopla:
en el silencio recóndito de tu alma
beso el elixir de tus labios,
hermosa y tibia carne,
que se extiende por esas pardas geografías.
en tu bosque de altos árboles
que, con mi corazón ardiendo, voy explorando tu ser.
Y el viento resopla:
en el silencio recóndito de tu alma
beso el elixir de tus labios,
hermosa y tibia carne,
que se extiende por esas pardas geografías.
Ya vez, me pongo enfrente de mis miedos
y desaparezco como un águila infinita
cobijando la esperanza de las cosas imposibles.
He anidado un sueño:
y tú te vas callando cada día
y mi sueño se torna una quimera.
Sueño roto, como las hojas mustias
de un otoño que jamás se vestirá de primavera.
y desaparezco como un águila infinita
cobijando la esperanza de las cosas imposibles.
He anidado un sueño:
y tú te vas callando cada día
y mi sueño se torna una quimera.
Sueño roto, como las hojas mustias
de un otoño que jamás se vestirá de primavera.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Ya lo sabes
Ya lo sabes,
con mi voz te lo he dicho,
con el resplandor de mis ojos
te lo dije.
Quiero llevarte a conocer
nuevos puertos del alma
amarte al amanecer, al alba,
y llevarte al amor, conocer.
Ya lo sabes,
mi corazón palpita vesánico
cuando entraste en mi vida,
no pude apartar mi mirada
con mis ojos de lirio
y mis esperanzas amplias.
Como ahora lo sabes
me siento en una roca a esperarte.
Tengo un inmenso jardín de rosas
esperando ir a encontrarse contigo:
una rosa de pie en la mañana,
otra pálida, al borde de tu ventana.
Pondré sus colores en tus ojos,
redoblaré mis esfuerzos para amarte
Te traeré, la mañana en una nube
y esperaré que el sol te desnude.
Una fría mañana en mis brazos
será como el eco de la oriflama,
te iluminará y cobijará
ante todas tus susceptibilidades.
Ya lo sabes.
Ya dejé de estar tan triste;
las nubes pardas han emigrado,
y las luces del sol, tu rostro,
han iluminado.
Veo tus ojos, veo tu boca rosácea,
tus pálidas manos, tus cabellos de oro:
te veo y te añoro.
Ya lo sabes.
No dejes que mi amor se disipe,
date un tiempo para
que lleguen las amplias sonrisas
y las chaquetas humedecidas
tras caminar abrazados bajo la lluvia.
Si me das una muestra de luz
te amaré y tu vida será más feliz.
con mi voz te lo he dicho,
con el resplandor de mis ojos
te lo dije.
Quiero llevarte a conocer
nuevos puertos del alma
amarte al amanecer, al alba,
y llevarte al amor, conocer.
Ya lo sabes,
mi corazón palpita vesánico
cuando entraste en mi vida,
no pude apartar mi mirada
con mis ojos de lirio
y mis esperanzas amplias.
Como ahora lo sabes
me siento en una roca a esperarte.
Tengo un inmenso jardín de rosas
esperando ir a encontrarse contigo:
una rosa de pie en la mañana,
otra pálida, al borde de tu ventana.
Pondré sus colores en tus ojos,
redoblaré mis esfuerzos para amarte
Te traeré, la mañana en una nube
y esperaré que el sol te desnude.
Una fría mañana en mis brazos
será como el eco de la oriflama,
te iluminará y cobijará
ante todas tus susceptibilidades.
Ya lo sabes.
Ya dejé de estar tan triste;
las nubes pardas han emigrado,
y las luces del sol, tu rostro,
han iluminado.
Veo tus ojos, veo tu boca rosácea,
tus pálidas manos, tus cabellos de oro:
te veo y te añoro.
Ya lo sabes.
No dejes que mi amor se disipe,
date un tiempo para
que lleguen las amplias sonrisas
y las chaquetas humedecidas
tras caminar abrazados bajo la lluvia.
Si me das una muestra de luz
te amaré y tu vida será más feliz.
Esperanza
No puedo esperar a que vuelva
el viento que quiso marcharse,
como la brisa que envío a tus manos
esperando que de mi amor te des cuenta.
Por todos los círculos viajas,
como una cíclica rosa,
que, desvistiéndose en suaves virajes,
con su tierno girar mi sonrisa provoca.
Tímida luna, vestida de lino amarillo,
Ven y abrázame, belleza nocturna
con tu luz relumbrante
y tus besos silueta de lirios.
Cortaré una ramita y la haré tu sustento,
pues no quiero que caigas herida
como un alma después del Amor:
pequeña ramita, tu tienes mi corazón.
Y estos versos los canto al mirarte,
y cuando no te miro, te los canto
en el llanto de tanto esperarte
en la noche de ansias, de tanto desearte.
Duerme, sueña la noche absoluta,
cuando estés en mis brazos serás infinita.
Tranquila, ya vendrá el tiempo ansiado
y con éste las tardes de grandes sonrisas.
el viento que quiso marcharse,
como la brisa que envío a tus manos
esperando que de mi amor te des cuenta.
Por todos los círculos viajas,
como una cíclica rosa,
que, desvistiéndose en suaves virajes,
con su tierno girar mi sonrisa provoca.
Tímida luna, vestida de lino amarillo,
Ven y abrázame, belleza nocturna
con tu luz relumbrante
y tus besos silueta de lirios.
Cortaré una ramita y la haré tu sustento,
pues no quiero que caigas herida
como un alma después del Amor:
pequeña ramita, tu tienes mi corazón.
Y estos versos los canto al mirarte,
y cuando no te miro, te los canto
en el llanto de tanto esperarte
en la noche de ansias, de tanto desearte.
Duerme, sueña la noche absoluta,
cuando estés en mis brazos serás infinita.
Tranquila, ya vendrá el tiempo ansiado
y con éste las tardes de grandes sonrisas.
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