Son las 10 de la noche y estamos juntos. En un paradero muy alejado del centro de la capital, con el fresco viento de diciembre cepillando su cabello, fumamos y esperamos a que aparezca el bus. Hoy nos fue bien y estamos contentos con eso: nuestro trabajo fue productivo y pronto se acercan las fiestas, por lo que nos sentimos satisfechos. Al rato, viajamos mirando por la ventana las grandes casas adornadas con variadas decoraciones navideñas, cuyas luces relampaguean reverberando en los vidrios del bus en el cual viajamos. Ella me pregunta en relación al regalo que puede hacerle a su madre; yo voy pensando en que hemos estado tres días juntos y sin ni la más mínima discusión. "¿Será -me pregunto- que por fin estamos aprendiendo a estar juntos?". El bus se detiene y sube un señor a vender helados. Llamo al señor y compro dos helados de crema. Ella come su helado, apoyando su cabeza sobre mi hombro. Yo la acaricio.
Nos bajamos en Av. Francisco Bilbao con Américo Vespucio y atravesamos a la vereda de en frente. Nuevamente estamos sentados en un paradero; son las 10:35 pm. "¿Te has fijado que en estos días nos hemos llevado bien?", pregunta, mirándome con el rostro sonriente. Nos quedamos hablando acerca de eso. Bromea, diciendo que es mejor no decirlo porque puede atraer los malos espíritus. Por fin se acerca el bus que debemos tomar y lo abordamos. Nuevamente apoya la cabeza sobre mi hombro, pero esta vez se duerme. Es una mujer hermosa. Me parece que de pronto, todas sus facciones se unen en una sinfonía, cuya interpretación me proyecta hacia el infinito. Se parece tanto al reflejo de la mujer que amé en otros tiempos, se parece tanto por Dios, a esa mujer que me llevó a recorrer la galaxia con sus sentimientos, con sus pequeñas manos al acariciar o con sus labios que me besaban sin cesar. Acaricio su rostro y me centro en su frente. Deslizo mis dedos sobre ella, jugando tenuemente con sus cabellos. De pronto despierta y me mira con sus ojos acaramelados y una expresión seria. En ese momento, penetro en sus ellos: ¡Cuán distinta es, pero cuán difícil le es esconder esa esencia que escancié en nuestros años dorados! Sus ojos proyectan otra mujer, pero tan idéntica a la anterior.
Nos bajamos otra vez. Vamos caminamos entre algunas personas que están esperando locomoción. Nuevamente, encendemos un cigarillo y caminamos uno cerca del otro. "Hay una feria navideña, ¿vamos?", me pregunta con un sutil brillo en la mirada. "Vamos", le respondo en forma inmediata y con amabilidad.
Bajamos por la avenida principal. Hay mucha gente. Hacia el horizonte, un mar de luces nos saludan, diciendo: "¡Hola, soy Santiago en Navidad!". "¿Cuánta gente estará sola en estos momentos?", me pregunto. Hay tantas personas que pasan solos estas fechas, debido a múltiples situaciones. Quizá, lo mejor sería acompañarles, aunque, cuando todo está bien, no hay tanto énfasis en preocuparse por los demás. Un suave tirón a mi polera me saca de mis cavilaciones: "Mira, esto me gusta...", me dice, señalándome un pequeño puesto de chalecos. Entre una gama de distintos colores y formas, escoge uno bordado a crochet color glauco. "El glauco es uno de mis colores favoritos", le digo cuando me pregunta si me gusta.
Continuamos caminando entre la abigarrada muchedumbre. Su mirada está perdida entre la variedad de productos: chalecos, poleras, collares, aros, globos de colores, trenzas, vestidos, etc. Contemplo su mirada impresionada por la diversidad, es como que cogiera con sus ojos cada uno de los productos. Se acerca, los mira, los toca, se los prueba preguntándome "¿Qué tal?". Yo asiento y niego, pues he aprendido a ayudarla a comprar ropa. Me gusta que esté feliz. Me acerco y la beso, pero mientras la beso su mirada sigue perdiéndose en los objetos. Y, aunque esto a otros pudiera molestarles, yo sé que me quiere y que no significa nada el hecho de que su concentración no esté radicada en mí. Este es quizá el gran problema de algunos hombres, que quieren que sus mujeres les presten toda la atención del mundo. Esa noche, yo sabía que ella me conocía, y yo sabía quién era ella. Esa noche, fue una de las más felices de mi vida.
Han pasado dos años. Yo he cambiado y a ella la he perdido. Hoy mi vida es distinta, pero de algún modo se conecta con el ayer.
Desocupado de mis compras, observo mi celular y veo la fecha: 19 de diciembre. Vestido con un traje formal, voy caminando hacia el paradero para abordar un taxi. "Hace calor aún", le digo al conductor para entablar conversación. "Sí, y va a continuar así mismito", me señala el señor. Enciendo un cigarrillo mientras escucho que el señor me va haciendo consultas acerca de mis preferencias políticas. Cada vez voy prestándole menos atención, a pesar de que sus ganas de conversar van en aumento. A tres cuadras de mi destino, observo que hay una gran feria navideña. "Déjeme aquí en la feria, por favor", le ordeno al conductor.
El tiempo va pasando sin poder asirlo. Se encoge y se estira como si de un elástico se tratara: mediante la memoria, los recuerdos van quedando atrapados en las dimensiones que le vamos asignando inconscientemente. Y, de ese modo, cuando entramos o tocamos los ámbitos reales de tales dimensiones, entonces se abren las puertas y entramos en el ámbito del recuerdo (de la melancolía).
Son las 11 de la noche y camino entre la muchedumbre. Hay globos de colores, vestidos, chalecos, poleras estampadas y muchos locales de comida. Hay niños que sonríen y piden todo lo que ven. También hay parejas que caminan de la mano o abrazadas. Veo una pareja que me transporta al recuerdo: un muchacho moreno y alto, con una chica pequeña y de ojos acaramelados. ¿Qué es lo que pasa con el tiempo cuando reverbera en la memoria? ¿Qué es lo que ocurre con la vida cuando retumba en los anaqueles del corazón? Hoy estoy caminando solo en esta feria. Quién sabe si ella caminará sola por las ferias, al igual que yo. Quizá, la feria navideña tenga el sentido de ser una dimensión de recuerdo, un páramo por el cual atravesar un implacable momento de nuestras vidas. Tanto en la suya, como en la mía, esa feria constituyó un momento importante. Y, llevando la meditación más allá, quizá ella olvidó que estuvimos aquel 19 de diciembre, cerca de la medianoche, comprando y paseando. Y, quizá, no solo olvidó eso, sino que olvidó que yo la amaba y que habita en el fondo de mi corazón. Quizá, ya no recuerda estos momentos inolvidables, porque simplemente para ella no lo fueron. Y, aunque la vida siga pasando sin ella, a lo mejor para ella lo es así, porque para mí, la vida que va pasando sin ella no es más que la continuación de haber sido suyo.
Atravieso la feria y salgo de ella. Entonces, de camino a la casa, enciendo un cigarrillo. El viento acaricia mi rostro y maquinalmente mi mirada se dirige al firmamento: las estrellas esperan ahí clavadas, como tanto esperé sus aromas, como tanto me anclé a las posibilidades, como tanto amé y no dejé de amar, como mi corazón transportó su querer a otros ojos, a otros labios, a otras manos, a otros cuerpos con los cuales atravesé las sendas sinuosas de esta existencia. Con el corazón acongojado, esta noche decidí que ya es tiempo de ser feliz.
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