jueves, 26 de diciembre de 2013

Hiparquía y Crates

Cuando Hiparquía y Crates se conocieron, la ciudad estaba siendo abrasada por un calor recalcitrante. Se miraron y se saludaron. Ninguno de los dos se había visto nunca en el pequeño planeta que habitaban, donde casi todos los seres se habían encontrado, al menos, una vez en la vida. Cuando por las tardes ella llegaba a su casa, se recostaba semidesnuda en su lecho anacoreta, con la ventana abierta de par en par, para capear un poco las altas temperaturas; cuando él abría la puerta de su casa, se dirigía al refrigerador y sacaba de él una lata de cerveza, cuyo contenido se encontraba en un estado intermedio entre el líquido y el sólido, entonces se recostaba en su cama, abría la puerta y la ventana de par en par, cuyas posiciones alineadas permitían el ingreso de un gran brazo de viento intemperante que atravesaba la habitación. Le sacaba un par de acordes a su guitarra y se quedaba recostado tarareando una canción, bebiendo de vez en cuando la lata de cerveza y disfrutando del viento ambiguo de la tarde. Así, ambos, pasaban la tarde recostados y sumergidos en sus sendas reflexiones de sus dimensiones antípodas.

Ninguno de los dos había pensado alguna vez en el otro. Salvo honrosas excepciones, como cuando el joven Crates observó una vez, por entre la rendija que se formaba en una puerta mal puesta, el cuerpo entregado de la hermosa Hiparquía, quien se había agachado a recoger algo del suelo. Entonces, él pensó en lo bien que estaba esa mujer. Estas situaciones se fueron repitiendo paulatinamente a medida que el año avanzaba. Encuentros no planeados, miradas que se estrellaban en una sonrisa, carcajadas y una complicidad que los hizo comenzar a ser objeto de las saetas maledicientes de aquellos que les rodeaban, fueron adornando y dando vida a una extraña relación nunca falta de contradicciones. Ella estaba rodeada de los planetas que iluminaba y poco bien le habría hecho recibir uno más para que absorbiera su luz; él, estaba enloquecido en sus constantes y vesánicos proyectos, ora con mujeres, ora con exóticas ideas que poblaban su mente como los personajes de una novela mágica. Ella jamás sola en su soledad; él, jamás cuerdo en su medianidad. De este modo, totalmente ajenos, comenzaron a habitar una realidad común que se fue dando en enrevesados encuentros que terminaron cuando una tarde, la espada que había caído sobre el lecho y que los separaba, fue lanzada con descuido tan lejos como fue posible e hicieron el amor durante tantos días, que sus aromas corporales se intercambiaron y jamás dejaron de oler el uno como el otro.

Fue entonces cuando el cerillo del amor y el deseo los unió, sometiéndolos al más absoluto y secreto de los romances. Afuera, no eran más que dos personas que se reían de los demás, que se burlaban de sí mismos y que compartían un avezado gusto por lo lúdico; encerrados en el círculo de fuego, se comportaban como dos amantes, cuyo devaneo no vivía más allá del mediodía del día siguiente, cuando él partía y abandonaba la zona ígnea del deseo. Sin embargo, una tarde, mientras él besaba cada centímetro del cuerpo desnudo de su amante, escuchó una peculiar melodía. Era como el comienzo de una ópera de Wagner, con una potencia que le inspiró tanto que, a pesar de estar desnudo, fue ruidosamente por su guitarra, y comenzó a darle un acompañamiento musical a aquel sonido que provenía de las mismas entrañas de la hermosa mujer, cuya mirada confusa se quedó clavada en la del guitarrista. Entonces, fue dándole un acompañamiento tan perfecto, tan ideal, que la mezcla entre guitarra y el amor que le prodigaba con tanta pasión, como si de una Ópera Magna se tratara, pronto hicieron que la sinfonía misteriosa transmigrara en un bombo cardíaco de tan solo unos centímetros de diámetro.

Le llamaron Dioniso. Nació con características tan extrañas, que algunos de los amigos de la pareja creyeron que se trataba de un "anticristo". Esa denominación se perdió definitivamente, cuando el pequeño Dioniso comenzó a cantar y tocar la guitarra con una habilidad propias de un avezado músico. Entonces, se dieron cuenta que, a pesar de un mal genio del demonio y de una variación tan extrema en las ideas -característica que la madre atribuyó insistentemente a su padre-, el niño era un prodigio musical. Tan ducho en las artes como en las humanidades, en la música como en las matemáticas, comprobó rápidamente que la música occidental proviene de la observación del movimiento de lo planetas. Y, de este modo, el niño fue dando muestras claras e inmediatas a sus padres de que no había sido arrojado a la existencia en la forma peyorativa y estropeada en que pensaban prejuiciosamente que vendría.

Los tres juntos fueron un buen equipo. Todos provistos por una mente divergente, fueron el inicio de algo grande y que no se olvidó fácilmente en los anaqueles de la historia. Pero, por sobre todo, el destino solitario que se proyectaba como un espectro y se cernía maliciosamente sobre las vidas de Hiparquía y Crates, fue a dar al fondo del barril que les sirvió de casa mientras no quisieron abrir los ojos a una posibilidad. C'est fini.






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