martes, 29 de octubre de 2013

Encuentro

Hoy parecías tan bella
en medio del gentío,
que creí ver un ángel
en medio de la calle.

Comencé a soñar, como siempre
y te inventé tantos nombres,
pues desconocía el tuyo.
Te llamé en el silencio...

Te miré y vi tus labios
y te rogué una mirada:
¡Déjame intelectualizar
con el brillo de tus ojos!"

Me volteé para verte,
pero ya no estabas.
Me quedó tu perfume
de hierbas silvestres.

Si te veo de nuevo,
en alguna ocasión,
te preguntaré el nombre
y te haré una canción.

jueves, 24 de octubre de 2013

Tiempo I

Eras una calle cansada, una transitada vereda
como una sinuosa vía llena de vida extrínseca.
Atravesé tus dominios y nos vimos de cerca:
No sé si te amé de inmediato o lo hice a la distancia.
Sin embargo, caminé como los adolescentes
y me movía de lado a lado,
a ver si entre tus recodos lograba ver tu pureza
y con total presteza, me cobijé entre tus sueños.

Te tornaste carne mía, mis lágrimas te bañaban,
mis labios te acariciaban por las mañanas.
Y cubrí todos tus gemidos con mis palabras:
cuántas cartas surgieron de mis puños enamorados,
cuando me inclinaba de noche como Almagro en sus memorias.
Entonces, todas las nubes tenían tu rostro
y los vientos exudaban tus perfumes,
porque todo era perfecto, como en la gramática de las postales.

Y, ya vez ahora, como te callo desde esta costa solitaria.
Te veo desde todos los puertos y todas las orillas,
Porque desde que te fuiste, habitas siempre en el horizonte
como un buque que jamás se pierde en la inmensidad del espacio.
Los ríos que han surgido de las cuencas de mis ojos
no han bañado tus pies pequeños, no han vertido bálsamos sobre ellos.
Entonces todo parece más inocuo, más inverosímil,
todo me sabe a firmamento desdibujado.

No volverás, porque es imposible que los fantasmas
vuelvan desde sus ataúdes submarinos,
es solo que yo vuelvo a explorar esos barcos sumergidos,
pues guardo la esperanza de encontrarme tu retrato en el naufragio.
Mas, ¿dónde puedo hallar mejor descanso
que en esta pequeña y extraña costa que he convertido en mi hogar?
Las nubes atraviesan el cielo nocturno y te recuerdo:
"Las estrellas que desaparecen del cielo siguen formando tu rostro".

Fonética

Esto debe ser un manifiesto y a la vez una apología.
Debe quedar claro, como el brillo de tus ojos.
Largos días he meditado en la profundidad de ellos
y he bebido de las notas que sueltas y del resuello de tu voz.

Quizá es porque vuelo con el sonido de tu voz
cuando se escucha retornando desde las montañas
reverberando en ellas, fluyendo hacia mí
con su canto alargado y su color de flor.

Hay muchos caminos hacia ti, pero el de tus palabras
es el que prefiero, porque ante todo soy
desde lo que vas callando,
y desde lo que callan mis palabras.

Tú, fonética preclara y acaecida como el polen,
como un rocío siempre fresco y delicioso,
tú, me pareces tan jugosa
como el fruto que cae de la rama en el estío.

Quizá debería callarme en el acto, dejar de soñar.
Mas, ¿cuántas veces he tenido que vivir en el silencio?
Habitando valles, mutando en la mudez,
para no aburrirte diciéndotelo todo.

Por eso hoy cantan mis palabras y las flores silban
y el viento resopla entre las casas
y los tejados resuellan en bemoles.
Y toda melodía se parece a tu rostro alargado y tus facciones.

Es todo, me despido de ti. Ya no puedo más.
Me iré con las hojas del otoño, pero cantando.
Silbaré una vez más, a la vuelta de las calles
que eres el acorde más hermoso que han escuchado mis oídos.

lunes, 21 de octubre de 2013

Yo te invitaría

Yo te invitaría a mi vida, ¿sabes?,
pero temo que te desencantes.
No quiero ni pretendo que te transformes
en una flor renacida por la primavera,
que flota por la vertiente que acompaña la vereda.
Yo no quiero que desaparezcas
como una gota cayendo sobre la acera.

Te invitaría a tantas partes, a ver tantos puertos,
te transportaría al cielo con las palabras,
besaría tus labios delgados y les rendiría tributo
con las hojas delicadas de las rosas
y su aromático sudor relumbrante.
Perteneceríamos a este sitio y a tantas partes,
como un astro que viaja por el universo.

Yo te llevaría sobre mis labios
y tu cuerpo flotaría sobre la atmósfera
de planetas desolados.
Y tu sombra se proyectaría desde otras perspectivas,
provocada por nuevos soles, por nuevos astros.
Y tus mejillas enrojecerían de calor
ante la mirada cándida que reverberaría en ellas.

Yo te invitaría a mi vida, ¿sabes?,
pero temo que no sea de tu agrado
y te sorprenda algún día secándote como las flores otoñales,
que todo sea un constante viento desvanecido
que caiga sobre cuerpos exánimes.
Temo ser menos o ser más,
porque lo excelso enceguece a quien no lo espera.

Yo te invitaría a que vivamos juntos,
a que muramos juntos,
te invitaría a contemplar el cielo despejado
y las estrellas nocturnas titilando.
Te invitaría a ser más en lo menos,
y a brillar como una estrella supernova
a desaparecer una y mil veces,
y llorar cada noche de locura
por un amor que nunca imaginaste tan enorme.

Ve hacia ti que yo te seguiré para traerte a estos remansos.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Reflexión ante el césped.

"Decían mis amigos que visitar la tumba de mi amada me ayudaría a aliviar un poco el dolor"

Estoy parado frente a ti, pero quizá ni sientas el color grisáceo de mis pasos. Muchos días he venido y no te he encontrado, sino en el aroma pálido y lúgubre de los lirios; o quizá como el incesante y angustioso color que exhala esta rosa que hoy te traigo y no ves. Es que, desde que te fuiste, no he hecho sino meditar en lo poco que alcancé a entregarte y mi estómago se retuerce ante la impotencia de no haber hecho algo más. Sentado en este césped verde, puedo mirarte hacia el cielo.

No son pocos los que me han dicho que te olvide, que busque a "alguien más", como si de pronto el mundo creyera que realmente es tan fácil botar y olvidar todo. Hoy todo pierde el valor desde que deja de provocarte esa sensación hedonista de placer y, entonces, puedes desecharlo. Un amor que se deshace en la agonía ya no sirve; un automóvil que puede ser cambiado -mientras se tenga el dinero- nos resulta completamente innecesario; el obrero está muy viejo, ¡jubilémoslo! y, de este modo, lo lanzamos a la fosa común de los empobrecidos. Nada hoy tiene más valor que el que mantiene cuando "sirve". Un valor hipostasiado hacia una realidad material, donde todo sentido es mirado de reojo.

Hoy quise dejar mi trabajo. Salí a fumar y, al rato, me reencontré llorando con una calma desesperada: mis mejillas, completamente humedecidas, intentaban mantener su color; la lluvia caía y las pozas reflejaban la oscuridad del cielo, mientras yo me preguntaba: ¿Por qué se fue? ¿Por qué no se quedó un poco más? Todo nivel de agonía implica preguntas sin respuesta. Viajar en medio de una ciudad que parece muerta, con una oscuridad que parece "boca de muerto", como dijo Huidobro. El corazón humano no me parece más vacío que en medio de una lluvia nocturna. Incluso las parejas que se suceden abrazadas más allá del reflejo que proyecto en la ventana del bus, me parecen trascendentes. Todo muerte y se transforma.

Yo sé que tú también te transformaste. Yo sé que usaste tu espiritrompa y absorbiste los mejores años de mi juventud. Sin embargo, también sé que te llevaste lo peor de mí, aquello que reactivabas cada vez que querías ser la vencedora indemne de nuestras discusiones. Aquel verano, mientras fumábamos algo, me mencionaste que no te proyectabas conmigo. Hoy, se proyecta tu recuerdo sobre el césped húmedo de este eterno invierno que vive mi alma.

Es dudoso saber por qué te fuiste. Quizá, temiste que te arrancara los dientes al verte salir de la tumba. Porque, ¿cuántas veces te sepulté, Berenice, antes de que volvieras a aparecer? Como Cristo, te levantaste tres veces. Sin embargo, la diferencia contigo es que jamás podrás resucitar en mi corazón porque, como la gota que horada la piedra por su constancia, mi fortaleza reside en obviar tu existencia: que tu tumba esté lo más lejos de la mía, pues yo necesito recorrer el universo.

lunes, 14 de octubre de 2013

El Hombre Sin Casa

El Hombre sin casa,
aborda una hoja de papel
y vuela más allá de sí mismo.
No reconoce ninguna frontera como propia,
pues ni propia es su propia vida.
Se aleja flotando sin peso
en un viento intenso y renovado
y sus lágrimas se vacían,
en un sentido perdido
de viajes anteriores.

El hombre sin casa,

que busca en cada corazón un hogar
y no encuentra sino extraños
que no cobijan ni sus propios sueños.
Porque hoy el mundo es frío
como un iceberg que se separa
del continente congelado.
Ni la música del canto de los pájaros,
ni el resoplido del viento en las colinas
le trae una música hogareña.

El hombre sin casa no pertenece a este mundo,

solo pertenece a su mundo,
en el cual no hay casas,
pero sí muchas cabañas,
armadas al azar por terrosas tolvaneras.
No puede vivir en su propia alma
sin querer habitar también otras:
tal es su naturaleza amigable.
Habita todas las cimas,
pero no baja de ninguna.

El hombre sin casa quiere liberarse


del yugo que le impusieron sus sueños,

que ya no sueña,
ni siquiera despierto.
Abandona todos los corazones,
pues ninguno le dio algún espacio,
y colisiona contra un planeta
cuyo único canto es la soledad de la estepa.
El hombre sin casa, solitario y desaliñado,
ya no ama lo perecedero.

Cuando vuele alto, como las aves del cielo,

encontrará un nido jamás ocupado.
Revertirá el destino, llorará en un silencio renovado.
Encontrará las llaves de todas las puertas
y esas mansiones estarán desoladas
como el amor en el mundo, como la sonrisa en la plaza,
será como el arpa que resuena a lo lejos
y que invita a unirnos a su llanto.
Obsequiará todas las plumas de su traje de pájaro
y nadie podrá observarlo en el aro de Febo.

Quemará las siluetas de quienes fueron sombras

en esta vida cavernaria que profesa el futuro
y que no ha sabido salir aún del destierro absoluto.
¿Dónde beberá el agua de los ríos tan puros,
sino en los ojos intemporales de una ninfa espuria,
que se baña en Estigia, que acompaña al barquero?
Ningún espejo reflejará su pasado,
ninguna gota, rociará su pecado,
flotará como una hoja en el viento otoñal
y morirá por los años, en su triste soledad.

Octavio Alto

sábado, 12 de octubre de 2013

After Love

La puerta se cerró suavemente, pero con el singular chirrido de siempre. Una vez adentro, los dos conversaron en voz baja, pues no querían que los demás que estaban en la casa, supieran el tema de la discusión. "Nunca podemos tener una conversación fructífera", musitó el muchacho, mientras encendía un cigarrillo. El humo gris se tornaba blanquecino ante el toque que le provocaba la oblicua luz que penetraba por la ventana. Esa misma luz, caía sobre el rostro de la muchacha y tornaba sus ojos café claro un poco más brillantes. "Tú no sabes conversar; ¡tú crees que siempre tienes la razón!", replicó la muchacha, de cuya cartera roja sacaba una caja de cigarrillos. Todo terminó como siempre, pero salieron de la habitación con los rostros graves, como sin ganas de querer simular la discusión.

El evento que los reunía en aquella casa de la calle S..., era una celebración familiar del muchacho. Se reunieron los invitados pasadas las tres de la tarde. Se sentaron ante la larga mesa que atravesaba el patio de la casa, en la cual habían botellas de vino y de gaseosa, agua y pan, pebre y otros. Las copas se llenaban y se vaciaban con facilidad, y los rostros de los comensales era alegre. El motivo: el aniversario de la llegada de la familia a ese hogar. Independientemente de los años que habían pasado, los dueños de casa siempre conmemoraban la fecha, pues significaba mucho para ellos. Habían conformado una familia con vocación de sacrificio, sin embargo a veces le daban un valor excesivo a la melancolía -por eso, siempre estaban celebrando el pasado. Las cosas más inverosímiles adquirían un valor sentimental para ellos, lo que había generado, sobre todo en el hijo mayor, una extraña sensibilidad ante la mayor parte de los fenómenos del mundo.

Había conocido a la joven una tarde de otoño en uno de los parques de la ciudad. Atravesaba el sendero lleno de árboles a su alrededor, con la mirada perdida. Sus meditaciones eran de diversos tipos, pero siempre tiznadas por la melancolía. Ella estaba sentada en un asiento del parque, fumando un cigarrillo y escuchando música. Él le pidió fuego y ella se lo ofreció. Entonces, mientras buscaba su cajetilla, comenzaron a conversar. Se sentó junto a ella y fumaron juntos y conversaban muy ameno. De este modo, y sin darse cuenta, pasaron juntos parte de esa tarde melancólica de mayo. Casi al caer la noche, la acompañó al tren subterráneo y se despidieron con la promesa de una llamada alguno de estos días. En cuestión de horas, sonó el celular de la muchacha: "Hola, ¿cómo estás? Disculpa que te llame, pero me quedó gustando hablar contigo..." Y, así, comenzó una relación, cuyo fin parecía imposible.

Luego de años de estar juntos, ellos rompieron. Ella continuó su vida, buscando sonreír ante todo y demostrar que podía ser fuerte, que no lo necesitaba. Ensayó miles de "te amo" para poder complacerse a sí misma y demostrarse que podía volver a amar. Y, aunque lo llegó a sentir un par de veces, la sombra del pasado influía de pronto en la nueva vida que comenzó el día en que le negó la posibilidad de continuar descendiendo en el abismo al que habían caído. Él, que contemplaba desde la profundidad de la vorágine en la cual estaba hundido, quiso ir un poco más allá. Siempre ante la incertidumbre de la muerte, frente a la catástrofe de los vicios y la autodestrucción, experimentaba los poderosos deseos de salir de un golpe. Un tanto extremista, le gustaba arriesgarse en lo profundo y ver cómo salir y determinar los medios para lograrlo. Caminando por las calles nocturnas de Santiago, se fue deshaciendo en cada acción que realizaba, en cada cama en la que dejaba su aroma esencial, en cada cuerpo con el que compartía el sudor. Fue entonces, cuando le dio un giro a su vida.

Las mañanas eran más contemplativas y ya no comenzaban después del mediodía. Comprendió que la dinámica en la que se encontraba estaba destruyéndolo y pensó que era el único que tenía el corazón desgarrado, después de tantos años de aquella relación recién terminada. No soportó la idea de que ella fuera feliz y él no: ante todos los logros que sabía o que le comentaban de la chica, él se sumía en una extraña melancolía que rayaba en desolación. Y, aunque jamás se le ocurrió pensar que todo era un invento, propio de esas personas que pretenden parecer más, el sufrimiento no le quitaba un extraño estado vital de ataraxía que lo compenetraba hasta en su sangre. Independientemente de sus lágrimas, comenzó a habitar en una imperturbabilidad que no le permitía echarse a morir, y eso le agradaba. Comenzó a cultivar su espíritu y su cuerpo. En poco tiempo logró parecer físicamente inmejorable y vivió la vida con tranquilidad, pero sin privaciones. La vida le sonreía y era capaz de darse cuenta de eso.

Una tarde de verano, se encontró con un rostro lúcido y relumbrante que le saludó desde su lugar: inmediatamente comprendió que esa mujer cantaría en su alma. Pasó el tiempo y jamás se lo dijo. Cuando contemplaba el horizonte, sentía el aroma frutal de su cuerpo al pasar cerca de él. Hizo un esfuerzo inhumano por no arruinarlo todo, pues temía que realmente fuera una locura de su corazón desestabilizado. Sin embargo, su presencia le alegraba el alma y aprendió a disfrutar cada día más de su existencia. Uno de los pasos fundamentales del amor es el agradecimiento por la existencia del otro, por ser significación en su vida. Eso era lo que él sentía: una gratitud total por poner esos labios finos y sonrientes en la vida del muchacho.

Cuando se acercaba el fin del año, antes del ocaso compartieron un refresco mientras conversaban. Sentados en un local de comida en la carretera, hablaban de distintas cosas y sonreían. Llegado el momento, el muchacho tomó su mano, con la suavidad y la piedad con la que el sacerdote toma la hostia consagrada: "Me encantas", le susurró con la mirada. Ella no supo que hacer, pero su sonrisa se tornó en una fresca seriedad que, acompañada por el viento, conformaba una melodía de aceptación. A través del camino del canto de los pájaros, la muchacha respondió: "Tú también a mí", y clavó sus ojos de miel en los del muchacho. Sus labios danzaron cósmicamente como los planetas a través de la galaxia. El sol de la tarde, apuntó sus rayos tibios y relumbrantes a los rostros de los amantes. Entonces, la muchacha lo contempló nuevamente tras el ósculo brillante que había precedido: "Eras lo que buscaba", y sus ojos se extasiaron ante la mirada del muchacho, producto de los rayos del sol. Esa noche la pasaron haciendo el amor en una playa, cuya brisa cantaba versos de Neruda.

lunes, 7 de octubre de 2013

Primavera Escarlata

Éramos inseparables. Esto era a tal punto así, que sus ojos azules se reflejaban en mis ojos café y nos besábamos con tanta pasión, que a veces no sabíamos dónde terminaba uno y comenzaba el otro. Esos tiempos fueron de romance intenso, de frases llenas de fantasía, de cariño, de amor apasionado. Importaba solo responder a qué lugar iríamos a desenvolver nuestros cuerpos en ese fuego lúdico que nos inspiraba.

Durante las mañanas despertábamos abrazados, apoyando ora mi cabeza en su pecho, ora la suya en el mío. Lo primero que hacía el que despertaba primero, era quedarse contemplando pausadamente el rostro del otro y, de modo mágico, como el poder de voluntad de Schopenhauer, el que dormía comenzaba lentamente a abrir los ojos. Recuerdo su dentadura al sonreír en las mañanas. Siento cómo sus labios delicados y tenues como la brisa del viento, resoplaban en la geografía de los míos; cómo su cuerpo se echaba sobre mí, mientras desordenábamos nuestro cabello, y sus manos apasionadas recorrían el territorio ardiente de mi cuerpo. Éramos inseparables, como el canto de las mariposas sobre las flores.

De este modo, construimos un pequeño nido en un sector de la ciudad que escogimos para nosotros. No podíamos estar lejos de los cafés, ni las librerías. Pasábamos horas y horas, entre mi mocaccino y su expresso latte, entre sonrisas agradables y acariciarnos el rostro. A veces, nos íbamos caminando por la orilla de la costanera y yo le recordaba cuándo me gustaba. Sonreía y me besaba pausadamente, cogiendo con sus brazos mi espalda. Fueron tiempos bellos y remotos, de orígenes y perspectivas.

La tarde en que se marchó descubrí que había llegado la primavera. Desde hacía semanas que no podíamos ponernos de acuerdo, ni dónde ir a cenar, ni qué cafetería frecuentar, ni qué novela leer, ni qué película ver. Cuando quería sushi, su gusto se desviaba hacia las pizzas (y sabía que a mí no me gustaban). No sé si lo hacía por contrariarme o porque se había definitivamente aburrido de mí. Ya no le gustaban mis canciones o, al menos, no le hacían sonreír con la pureza que mostraba al comienzo. Mis poemas no le causaban admiración y no le gustaba lo que cocinaba. Una noche, le llevé a la cama algo de comer, pues estaba con un estrés enorme debido a su trabajo, y no quiso comer porque "No le gustaba". Yo me quedaba pensando en qué había hecho mal, o por qué estaba comportándose así conmigo. El asunto es que aquella tarde me dí cuenta.

Un día que se bañaba, dejó su celular en el velador de nuestra cama. Yo jamás lo revisé, ni veía su facebook o miraba su correo, porque me parecía que era ridículo llegar a ese grado de desconfianza. Sin embargo, esa mañana una extraña y novedosa fuerza me movió a mirar quién le había enviado un mensaje, lo cual supe por la vibración del aparato. Era un muchacho desconocido para mí. Le escribía algo sobre una cita que tendrían en la tarde. Yo no supe qué decir. Simplemente, no le dije nada y esperé a ver si se sinceraba antes de marcharse. No lo hizo; más aún, se despidió con un beso tan divino como los que me daba cuando me amaba. "Te quiero, nos vemos en la tarde".

Durante el día me quedé trabajando un poco en el notebook, aunque estuve con bastante inquietud y un vacío en el estómago que no me permitió comer absolutamente nada. No me escribió nada durante toda la mañana (solíamos enviarnos mensajes desde nuestros celulares). Ante cada vibración de mi teléfono, miraba desesperadamente rogando que fuera su mensaje. Y jamás lo fue. Y no lo fue tampoco en la tarde. Cuando me dí cuenta que su maleta no estaba, recordé que en la noche se había levantado y, ante mi pregunta "¿A dónde vas?" me dijo que tenía que sacar unos documentos de su automóvil. Miré por la ventana con una angustia oscura que contradecía la luminosidad del día y el incipiente florecer de los árboles que estaban frente a nuestro departamento. Las personas en el exterior caminaban con sonrisas armoniosas en sus rostros, y se saludaban unos a otros, como los árboles y sus ramas movidas por el viento. Cuando llamé a su celular, no me contestó. La angustia que sentía llevaba a niveles que me provocaban náuseas. Intenté con el número de su oficina, pero tampoco contestó. Llamé a un par de amigos que tenía y ninguno fue capaz de decirme lo que pasaba. Y, de este modo, pasé la tarde entre mates amargos y la amargura misma.

Cuando me acosté en la noche, supe que ya no vendría. Lo que más me torturaba, era no saber por qué lo hacía. Y, si lo sabía, al menos esperaba que me lo dijera de frente: "Me iré, ya no te quiero". Mi corazón se hubiese roto en mil pedazos, pero al menos no habría quedado el corrosivo veneno de la esperanza. Cada vez que sonaba el teléfono, me lanzaba a contestarlo. Nunca llamó. Más aún, nunca respondió mis mensajes, ni mis correos, ni devolvió mis llamados. Era como si yo ya no existiera en su vida. De este modo trágico y solitario, pasaron los días y de pronto fueron semanas. Una tarde en que se cumplía la tercera semana de su ausencia, llegué temprano a casa y me dediqué a juntar sus cosas para deshacerme de ellas. Fue entonces cuando encontré la carta de despedida. Decía lo siguiente:

"C... yo te quise como a nadie he querido, aunque de seguro en este momento estés pensando que yo no merezco decirte estas palabras. Sé que estás sufriendo y yo también estoy sufriendo (aunque tampoco lo creas). He decidido irme en silencio porque soy tan cobarde, que sabía que sería incapaz de mirar tus ojitos de miel sin desesperar ante su transformación en lágrimas que mojarían tu rostro de canela. No podía mirarte, ni ahora puedo. Me voy porque quiero que seas feliz. Yo sé que esto parece un contrasentido, pero yo ya no te valoraba como te merecías. Eres un corazón enorme y yo ya no merezco toda la potencia y ternura de sus proyecciones. Ante una disyuntiva, me tocó escoger lo que menos quería, pero me dejé llevar por la facticidad de la vida: menos amor y más praxis. Sé que entenderás a qué me refiero, pero además quiero señalarte que no te engañé jamás. Si me fui con él, no fue engañándote, y espero que esta carta sea un motivo suficiente para que te olvides de mí. No merezco la pureza de tu alma, pero sé que allá a la vuelta de la esquina encontrarás lo que no aprendí a ofrecerte, lo que la potencia de mi espíritu superfluo no alcanzó a brindarte. Hoy quizá sea un día oscuro, pero disfruta la primavera: todos nos volvemos bellos en esta época.

Quiero agradecerte por todo lo que hiciste por mí, y decirte que me voy con la promesa de ser feliz. Por lo tanto, no espero algo distinto de ti.

Vive, ama, siente.. Eso me enseñaste con tu ejemplo tan vital.

Se despide de ti, G...
Santiago, 28 de Septiembre de ..."


Desde el balcón observo el cielo rojizo del atardecer y el color de las primeras flores de los árboles parece transfigurado por la potencia dorada que emana del poniente. Quizá se haya marchado en esa dirección y los mismos rayos de luz que me iluminan estén iluminando en estos momentos sus cabellos de trigo. Quizá mañana la brisa matutina bañe también su rostro en el alba. Quizá, el aroma de las flores también penetre en sus sentidos y le haga recordar nuestras mañanas de domingo, donde el incienso nos conducía a una primavera entre las sábanas. Quizá, todo redundará en los quizá. Y la tarde se hace noche...

viernes, 4 de octubre de 2013

Ficción Necesaria

Vuela sutil el vapor de un café desanimado,
en mi mesa de trabajo los papeles descansan.
La ventana me ofrece un día despejado,
pero mis ánimos me atrapan al escritorio.
Vengo desde pasados de canto y sonrisa,
de abrazos opacados solo por el beso
que ofrecías desde tus labios mancebos
y mi piel era joven y alargada.

Hoy están aquí tantos fantasmas
que hacen fila para entrar en mis recuerdos:
Imágenes remotas, como el viento
que acariciaba tu rostro enrojecido.
Apariciones: mar de fugas y ventoleras,
lluvias australes como el eco de unas teclas
que cantan sus vocales como lámparas
que proceden hacia un desvencijado santuario.

Sin embargo, tomo mi abrigo y me lanzo al exterior.
Hombres cabizbajos y de ojos saltones,
mujeres con lágrimas en sus mejillas tibias,
niños que sonríen y meditan.
Árboles sin hojas de un otoño siempre vivo
y las calles llenas de hojarasca,
como filas interminables de vidas
cuya alma exánime cobija famélicas esperanzas.

Doblo hacia una esquina y observo: son dos amantes.
Vienen de la mano como si el mundo no existiera,
besándose como si no hubiera un porvenir.
Los miro de reojo y cae una gota sobre la acerca:
se acerca el temporal.
Todos corren buscando algún refugio
o se tapan con las páginas superfluas de El Mercurio,
o con las manos, con las desnudas manos.

El mar azota las rocas con la misma furia
con la que en mi corazón se agolpan las pasiones
fruto de tantos lamentos y noches delirantes
cuyo sentido se resumía en un único nombre.
¿Por qué reclamo lo que no es mío
y fue tan tarde cuando lo supe
que el corazón tiene razones que no entiende
ni la más pura razón, ni la lumbrera?

Ya es de noche y la luz no me alcanza
y mis lágrimas tampoco me alcanzan
como quise que me alcanzaran algún día,
porque fueron más, pero sanaron menos.
Ya es de noche y el viento lucha con los cables.
Suenan estallidos a lo lejos y la luz parpadea,
me quedo en este cuchitril que tengo por vida
y por mientras, tu gimes y sueñas en brazos ajenos.

Me acuesto con el sonido de la lluvia golpeando en los tejados;
escucho el clamor del trueno y del mar arrebatado;
veo la luz que exuda el rayo
e imagino tus ojos cuando libaban esos brillantes licores
cuando lograba dar con tu risa perfecta,
con la excelente canción con la cual gemías,
con el espléndido festín que se daban mis labios
cuando me amabas y te nombraba en presente.

Hoy ya no puedo ser más, pero tampoco menos;
hoy soy quien soy y cierro mis ojos
para reencontrarme contigo al despertar
porque yo no me he ido de ti,
ni tú de mí,
yo sólo vine a una fantasía para amarte más en la mañana
y amarte más, y hacerte el amor,
y amarte más y desaparecer en tus entrañas.

Agua

Agua misteriosa que brotas desde manantiales remotos
huyes como el viento a través de los maderos vetustos
como si fueras una tolvanera desértica implacable
y refrescas mi boca con tu líquido sublime.

Te fundes en un marfil vesánico, cubierta de flores sibilinas.
No te alcanzan ni mis manos ni mis ojos
y te escondes de todas sus cálidas miradas,
pues sabes que en mis brazos te evaporas.

Agua cristalina fluye desde tu ser encarnizado
y rebrota por todas las vertientes, por los poros,
por aquellas cimas que mis labios escalaron
llevando en su mochila el elixir de tus gemidos.

Es quizá una constante cósmica, como órbita de astro,
que mis labios recorran por completo tu indómita geografía.
Desde donde surgen tus surcos
hasta la calidez profunda de tus mares.

Playa solitaria, revés que llevo tan contento,
como un vesánico poder que fluye desde un cráter,
desde sus simas en llamas desatadas.
Poder absoluto que esgrime mi ser por la galaxia.

Ya es tarde. Quizá ya es hora. ¿Quién lo sabe?
Solo el eco rotundo de tus gemidos nocturnos
que se esconden tras las sábanas que cobijaron
en épocas pasadas, a nuestros cuerpos plenos.
¿Quizá ya es hora? La muerte avanza en su
enjambre, vestida con su capa espuria
y no sabe sino cantar las melódicas rimas indemnes
de atardeceres enojados con el tiempo.

¿Por qué apareces de noche tan desnuda como la Luna?
Avanzo por ella, la ponzoñosa, como beodo pendenciero;
¿Dónde estás? Ya casi es hora, las luciérnagas sumergidas
descansan en sus lechos de cráter submarino.
Y ya no te esperan como antes, los besos en la tarde acaecidos.
Sólo buscan un templo inmoral en quien perderse,
una atmósfera en la cual poner su savia apasionada.
Es que me observo desde el fondo y tengo miedo.

Dame la luz del Sol, ponla cerca mío como sacrificio relumbrante,
pues quizá de esa manera vuelvas a mis brazos,
con todos los brillos reverberando en mis tejados
como aquellas casuchas que anidaron nuestros días de verano.

Brota, fluye y danza, Estigia pletórica de bienes,
resplandor del más diáfano de los premios montañosos,
avanza con tu desnudez enorme avasallando
todos los pueblos que mi amor dejó en las faldas de tus cerros.

Y, quizá de este modo, y sólo de este modo,
te encuentre algún día nadando libre entre esos mares
que quisieron ser el destino de mis sentimientos
para jamás perderte en la melodía cósmica que formaron los planetas.





miércoles, 2 de octubre de 2013

Por América

América ensimismada gruñes como guerrero jaguar,
A través de la amplia latitud enriquecida por lagos y montañas,
Por la estructura vertebral de Los Andes,
Por el brazo inmenso del Amazonas,
Por el Desierto de Atacama y los hombres
Que habitaron las faldas de tus senos.
“América” fuiste declarada, por el legalismo castellano
Para ser atiborrada de hombres blancos
Que vinieron a beber en vertientes legendarias,
Que alimentaron los sueños del Inca en otros tiempos.

Te vestiste de misterio y de leyenda
Y viviste tu muerte diariamente, como un enjambre
De abejas que derraman su esencia sobre el suelo.
Tus densos bosques detuvieron el avance,
(Como Caupolican avanzando como un tronco
Divinizado por la furia y el derecho de la tierra)
De los bestiales invasores.
(Incluso hoy cantan aciagas araucarias
Que vierten la savia de sus vidas sobre territorios extirpados)
América vive en la grieta abierta al mundo
En el clamor de bronce de sus pueblos submarinos.  

¿Qué te puedo ofrecer yo, América resplandeciente,
Más que cantarle a tus valles y tus ríos,
Al brillo solemne de tu cordillera,
Que se levanta sobre todas las cabezas?
Cantar abrazado a tu tierra el estribillo
Que resuena en todas las escuelas
Donde habitan los niños y las niñas
Que serán el fruto de tu siembra.

Y nosotros que venimos desde el valle
Nos topamos con todas tus estrellas
Australes astros en la música de esferas
De toda la melodía de las geometrías.
Y siente el caribeño su rostro humedecido
Por el llanto múltiple del cielo tropical;
Y el guaraní con su valle y sus exiguos cerros
Alimentando al ganado americano.

Veremos también al gaucho y al arriero
Danzar por el valle y las montañas;
Estrechar la mano oscura del chilote
En la desocupación que el mar dejó en sus redes.
Montar por la estepa patagónica
Y penetrar en los misterios de sus infinitas extensiones,
Que son reflejo del cielo más benigno
Que percibe el habitante cósmico de este continente.

América tanto te debo y te debemos
Que ni todas mis palabras alcanzarán tus extensiones,
Deambularán por toda la piel de tu geografía
Y esperarán en un valle, descansar de tantos viajes.

Octavio Alto