Esto debe ser un manifiesto y a la vez una apología.
Debe quedar claro, como el brillo de tus ojos.
Largos días he meditado en la profundidad de ellos
y he bebido de las notas que sueltas y del resuello de tu voz.
Quizá es porque vuelo con el sonido de tu voz
cuando se escucha retornando desde las montañas
reverberando en ellas, fluyendo hacia mí
con su canto alargado y su color de flor.
Hay muchos caminos hacia ti, pero el de tus palabras
es el que prefiero, porque ante todo soy
desde lo que vas callando,
y desde lo que callan mis palabras.
Tú, fonética preclara y acaecida como el polen,
como un rocío siempre fresco y delicioso,
tú, me pareces tan jugosa
como el fruto que cae de la rama en el estío.
Quizá debería callarme en el acto, dejar de soñar.
Mas, ¿cuántas veces he tenido que vivir en el silencio?
Habitando valles, mutando en la mudez,
para no aburrirte diciéndotelo todo.
Por eso hoy cantan mis palabras y las flores silban
y el viento resopla entre las casas
y los tejados resuellan en bemoles.
Y toda melodía se parece a tu rostro alargado y tus facciones.
Es todo, me despido de ti. Ya no puedo más.
Me iré con las hojas del otoño, pero cantando.
Silbaré una vez más, a la vuelta de las calles
que eres el acorde más hermoso que han escuchado mis oídos.
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