"Decían mis amigos que visitar la tumba de mi amada me ayudaría a aliviar un poco el dolor"
Estoy parado frente a ti, pero quizá ni sientas el color grisáceo de mis pasos. Muchos días he venido y no te he encontrado, sino en el aroma pálido y lúgubre de los lirios; o quizá como el incesante y angustioso color que exhala esta rosa que hoy te traigo y no ves. Es que, desde que te fuiste, no he hecho sino meditar en lo poco que alcancé a entregarte y mi estómago se retuerce ante la impotencia de no haber hecho algo más. Sentado en este césped verde, puedo mirarte hacia el cielo.
No son pocos los que me han dicho que te olvide, que busque a "alguien más", como si de pronto el mundo creyera que realmente es tan fácil botar y olvidar todo. Hoy todo pierde el valor desde que deja de provocarte esa sensación hedonista de placer y, entonces, puedes desecharlo. Un amor que se deshace en la agonía ya no sirve; un automóvil que puede ser cambiado -mientras se tenga el dinero- nos resulta completamente innecesario; el obrero está muy viejo, ¡jubilémoslo! y, de este modo, lo lanzamos a la fosa común de los empobrecidos. Nada hoy tiene más valor que el que mantiene cuando "sirve". Un valor hipostasiado hacia una realidad material, donde todo sentido es mirado de reojo.
Hoy quise dejar mi trabajo. Salí a fumar y, al rato, me reencontré llorando con una calma desesperada: mis mejillas, completamente humedecidas, intentaban mantener su color; la lluvia caía y las pozas reflejaban la oscuridad del cielo, mientras yo me preguntaba: ¿Por qué se fue? ¿Por qué no se quedó un poco más? Todo nivel de agonía implica preguntas sin respuesta. Viajar en medio de una ciudad que parece muerta, con una oscuridad que parece "boca de muerto", como dijo Huidobro. El corazón humano no me parece más vacío que en medio de una lluvia nocturna. Incluso las parejas que se suceden abrazadas más allá del reflejo que proyecto en la ventana del bus, me parecen trascendentes. Todo muerte y se transforma.
Yo sé que tú también te transformaste. Yo sé que usaste tu espiritrompa y absorbiste los mejores años de mi juventud. Sin embargo, también sé que te llevaste lo peor de mí, aquello que reactivabas cada vez que querías ser la vencedora indemne de nuestras discusiones. Aquel verano, mientras fumábamos algo, me mencionaste que no te proyectabas conmigo. Hoy, se proyecta tu recuerdo sobre el césped húmedo de este eterno invierno que vive mi alma.
Es dudoso saber por qué te fuiste. Quizá, temiste que te arrancara los dientes al verte salir de la tumba. Porque, ¿cuántas veces te sepulté, Berenice, antes de que volvieras a aparecer? Como Cristo, te levantaste tres veces. Sin embargo, la diferencia contigo es que jamás podrás resucitar en mi corazón porque, como la gota que horada la piedra por su constancia, mi fortaleza reside en obviar tu existencia: que tu tumba esté lo más lejos de la mía, pues yo necesito recorrer el universo.
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