La puerta se cerró suavemente, pero con el singular chirrido de siempre. Una vez adentro, los dos conversaron en voz baja, pues no querían que los demás que estaban en la casa, supieran el tema de la discusión. "Nunca podemos tener una conversación fructífera", musitó el muchacho, mientras encendía un cigarrillo. El humo gris se tornaba blanquecino ante el toque que le provocaba la oblicua luz que penetraba por la ventana. Esa misma luz, caía sobre el rostro de la muchacha y tornaba sus ojos café claro un poco más brillantes. "Tú no sabes conversar; ¡tú crees que siempre tienes la razón!", replicó la muchacha, de cuya cartera roja sacaba una caja de cigarrillos. Todo terminó como siempre, pero salieron de la habitación con los rostros graves, como sin ganas de querer simular la discusión.
El evento que los reunía en aquella casa de la calle S..., era una celebración familiar del muchacho. Se reunieron los invitados pasadas las tres de la tarde. Se sentaron ante la larga mesa que atravesaba el patio de la casa, en la cual habían botellas de vino y de gaseosa, agua y pan, pebre y otros. Las copas se llenaban y se vaciaban con facilidad, y los rostros de los comensales era alegre. El motivo: el aniversario de la llegada de la familia a ese hogar. Independientemente de los años que habían pasado, los dueños de casa siempre conmemoraban la fecha, pues significaba mucho para ellos. Habían conformado una familia con vocación de sacrificio, sin embargo a veces le daban un valor excesivo a la melancolía -por eso, siempre estaban celebrando el pasado. Las cosas más inverosímiles adquirían un valor sentimental para ellos, lo que había generado, sobre todo en el hijo mayor, una extraña sensibilidad ante la mayor parte de los fenómenos del mundo.
Había conocido a la joven una tarde de otoño en uno de los parques de la ciudad. Atravesaba el sendero lleno de árboles a su alrededor, con la mirada perdida. Sus meditaciones eran de diversos tipos, pero siempre tiznadas por la melancolía. Ella estaba sentada en un asiento del parque, fumando un cigarrillo y escuchando música. Él le pidió fuego y ella se lo ofreció. Entonces, mientras buscaba su cajetilla, comenzaron a conversar. Se sentó junto a ella y fumaron juntos y conversaban muy ameno. De este modo, y sin darse cuenta, pasaron juntos parte de esa tarde melancólica de mayo. Casi al caer la noche, la acompañó al tren subterráneo y se despidieron con la promesa de una llamada alguno de estos días. En cuestión de horas, sonó el celular de la muchacha: "Hola, ¿cómo estás? Disculpa que te llame, pero me quedó gustando hablar contigo..." Y, así, comenzó una relación, cuyo fin parecía imposible.
Luego de años de estar juntos, ellos rompieron. Ella continuó su vida, buscando sonreír ante todo y demostrar que podía ser fuerte, que no lo necesitaba. Ensayó miles de "te amo" para poder complacerse a sí misma y demostrarse que podía volver a amar. Y, aunque lo llegó a sentir un par de veces, la sombra del pasado influía de pronto en la nueva vida que comenzó el día en que le negó la posibilidad de continuar descendiendo en el abismo al que habían caído. Él, que contemplaba desde la profundidad de la vorágine en la cual estaba hundido, quiso ir un poco más allá. Siempre ante la incertidumbre de la muerte, frente a la catástrofe de los vicios y la autodestrucción, experimentaba los poderosos deseos de salir de un golpe. Un tanto extremista, le gustaba arriesgarse en lo profundo y ver cómo salir y determinar los medios para lograrlo. Caminando por las calles nocturnas de Santiago, se fue deshaciendo en cada acción que realizaba, en cada cama en la que dejaba su aroma esencial, en cada cuerpo con el que compartía el sudor. Fue entonces, cuando le dio un giro a su vida.
Las mañanas eran más contemplativas y ya no comenzaban después del mediodía. Comprendió que la dinámica en la que se encontraba estaba destruyéndolo y pensó que era el único que tenía el corazón desgarrado, después de tantos años de aquella relación recién terminada. No soportó la idea de que ella fuera feliz y él no: ante todos los logros que sabía o que le comentaban de la chica, él se sumía en una extraña melancolía que rayaba en desolación. Y, aunque jamás se le ocurrió pensar que todo era un invento, propio de esas personas que pretenden parecer más, el sufrimiento no le quitaba un extraño estado vital de ataraxía que lo compenetraba hasta en su sangre. Independientemente de sus lágrimas, comenzó a habitar en una imperturbabilidad que no le permitía echarse a morir, y eso le agradaba. Comenzó a cultivar su espíritu y su cuerpo. En poco tiempo logró parecer físicamente inmejorable y vivió la vida con tranquilidad, pero sin privaciones. La vida le sonreía y era capaz de darse cuenta de eso.
Una tarde de verano, se encontró con un rostro lúcido y relumbrante que le saludó desde su lugar: inmediatamente comprendió que esa mujer cantaría en su alma. Pasó el tiempo y jamás se lo dijo. Cuando contemplaba el horizonte, sentía el aroma frutal de su cuerpo al pasar cerca de él. Hizo un esfuerzo inhumano por no arruinarlo todo, pues temía que realmente fuera una locura de su corazón desestabilizado. Sin embargo, su presencia le alegraba el alma y aprendió a disfrutar cada día más de su existencia. Uno de los pasos fundamentales del amor es el agradecimiento por la existencia del otro, por ser significación en su vida. Eso era lo que él sentía: una gratitud total por poner esos labios finos y sonrientes en la vida del muchacho.
Cuando se acercaba el fin del año, antes del ocaso compartieron un refresco mientras conversaban. Sentados en un local de comida en la carretera, hablaban de distintas cosas y sonreían. Llegado el momento, el muchacho tomó su mano, con la suavidad y la piedad con la que el sacerdote toma la hostia consagrada: "Me encantas", le susurró con la mirada. Ella no supo que hacer, pero su sonrisa se tornó en una fresca seriedad que, acompañada por el viento, conformaba una melodía de aceptación. A través del camino del canto de los pájaros, la muchacha respondió: "Tú también a mí", y clavó sus ojos de miel en los del muchacho. Sus labios danzaron cósmicamente como los planetas a través de la galaxia. El sol de la tarde, apuntó sus rayos tibios y relumbrantes a los rostros de los amantes. Entonces, la muchacha lo contempló nuevamente tras el ósculo brillante que había precedido: "Eras lo que buscaba", y sus ojos se extasiaron ante la mirada del muchacho, producto de los rayos del sol. Esa noche la pasaron haciendo el amor en una playa, cuya brisa cantaba versos de Neruda.
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