"El olor es el refugio inaccesible de la memoria involuntaria. Difícilmente se asocia con representaciones visuales; entre las impresiones sensoriales sólo se emparejará con el mismo olor. Si el reconocimiento de un aroma tiene, antes que cualquier otro recuerdo, el privilegio de consolar, tal vez sea así porque adormece la consciencia del paso del tiempo."
Walter Benjamin
martes, 28 de mayo de 2013
Los Atrabiliados
Sus vidas tenues,
como el hierro más duro
trastabillando por el sendero existencial
se carcomieron
en remolino de pasiones.
Les llamaban los atrabiliados,
pues sus vidas recientes
eran vorágine y quietud.
Nadie los supo comprender,
hasta Dios se aburrió de acompañarlos.
No hubo mujer que los amara,
ni flor que brillara entre sus manos.
Deambulaban sembrando la pasión,
el cariño encarnecido rechazaron de raíz,
traicionaron el corazón más fiel
y mordieron las manos amigables.
¿Por qué, una pléyade intelectual
perece tan incierta en el ocaso?
¿Por qué, aquellos que cargaron
el mundo en sus hombros,
fueron tan mal catalogados?
Hicieron un pacto con el Mal
desde que de sus plumas
brotaron palabras de desidia
contra todo lo vital de la existencia.
Abandonaron todos los senderos
para beber vino endemoniado
en la berma de la historia
(y así poder fornicar con el destino)
Fueron maldecidos
desde todos los confines de la Tierra.
Perecieron en cárceles humanas
transfigurándose en estatuas divinas.
¿Quiénes eran estos dioses del dolor?
¿Quiénes estos ángeles de sangre?
¿Pudieron acaso ser mensajeros
del divino?
Todo fueron y nada fueron
y cuando llegó la hora maldita
escupieron la tierra
y quedó maldita.
Escanciaron la sangre del Mesías
enturbiaron su mensaje con sus actos.
Pregonaron la esencia y la existencia
¿qué consiguieron?
Ser nada en medio de todo,
ocultarse les fue fácil,
morir, un gran trabajo.
Hoy se escuchan sus voces
en todas las corrientes de los ríos
pues su pacto fue ahogarse en medio de ellos
como un canalla que se suicida.
¡Ay, cómo quiero que se acabe este lamento
que suscita el recordar a estos tronera,
y como pueda parecer a cualquiera,
esta historia es una burla momentánea
a todo lo que todos consideran más sagrado:
el amar la sociedad, ¡maldita seas!
como el hierro más duro
trastabillando por el sendero existencial
se carcomieron
en remolino de pasiones.
Les llamaban los atrabiliados,
pues sus vidas recientes
eran vorágine y quietud.
Nadie los supo comprender,
hasta Dios se aburrió de acompañarlos.
No hubo mujer que los amara,
ni flor que brillara entre sus manos.
Deambulaban sembrando la pasión,
el cariño encarnecido rechazaron de raíz,
traicionaron el corazón más fiel
y mordieron las manos amigables.
¿Por qué, una pléyade intelectual
perece tan incierta en el ocaso?
¿Por qué, aquellos que cargaron
el mundo en sus hombros,
fueron tan mal catalogados?
Hicieron un pacto con el Mal
desde que de sus plumas
brotaron palabras de desidia
contra todo lo vital de la existencia.
Abandonaron todos los senderos
para beber vino endemoniado
en la berma de la historia
(y así poder fornicar con el destino)
Fueron maldecidos
desde todos los confines de la Tierra.
Perecieron en cárceles humanas
transfigurándose en estatuas divinas.
¿Quiénes eran estos dioses del dolor?
¿Quiénes estos ángeles de sangre?
¿Pudieron acaso ser mensajeros
del divino?
Todo fueron y nada fueron
y cuando llegó la hora maldita
escupieron la tierra
y quedó maldita.
Escanciaron la sangre del Mesías
enturbiaron su mensaje con sus actos.
Pregonaron la esencia y la existencia
¿qué consiguieron?
Ser nada en medio de todo,
ocultarse les fue fácil,
morir, un gran trabajo.
Hoy se escuchan sus voces
en todas las corrientes de los ríos
pues su pacto fue ahogarse en medio de ellos
como un canalla que se suicida.
¡Ay, cómo quiero que se acabe este lamento
que suscita el recordar a estos tronera,
y como pueda parecer a cualquiera,
esta historia es una burla momentánea
a todo lo que todos consideran más sagrado:
el amar la sociedad, ¡maldita seas!
lunes, 27 de mayo de 2013
La Noche Transfigurada
"La verdad es mujer"
Friedrich Nietzsche
La verdad es una eterna loca fratricida que corre desnuda por el bosque colindante con la orilla del lago: corre desnuda y sus cabellos se remecen y sus senos se remecen. Corre y corre perseguida por la pléyade humana desesperada. Son como muertos vivientes que buscan morder su cuerpo delicioso. Ella es el eterno misterio, el desenvolvimiento del ser en lo estético, que se des-oculta como los dientes afilados de un lobo hambriento.
Aquella mañana, mientras me despedía de ..., pensé en las manifestaciones preliminares de aquel cáncer: un tumor en el sentido de la existencia había comenzado a ramificarse desesperadamente. Como una sístole, la sangre del cariño se lanzó presurosa sobre nuestros cuerpos, los recorrió de principio a fin. Lo nuestro se iba muriendo de a poco, pero ... ¿por qué? ¿Qué hace la verdad corriendo desnuda en medio del bosque? Su cuerpo se reflejaba en un lago, donde también se refugiaba la imagen de la Luna. Caminé mareado. La multitud abigarrada iba de un lado a otro, como si no tuviera un plan, como si su existencia careciera tanto de sentido como la de las nubes oscuras que atravesaron el cielo de la tarde. Supuse que aquella sería igual a las otras, me encontraría con mis viejos amigos y conversaríamos sobre las distintas maneras de cambiar el mundo, diálogos que me producían tanta exaltación como pereza. "El hombre debe ser un ser de acción, no sirve andar meditando por la vida, necesitamos comenzar a 'hacer'". "Jamás nada grande se ha hecho sin una reflexión primigenia: como sostenía el psicoanálisis primero, el hombre hace una 'elección primordial', desde la cual todos sus actos se configuran hacia una potencia originaria, que es la voluntad". Siempre me pareció que Schelling vivía en nuestra época, aunque se había disuelto en el heterogéneo e hiperbólico discurso de los bárbaros especialistas. Antes de nacer, escogemos lo que queremos ser. Todo hombre está ofrecido en sacrificio al plan social hipostasiado.
Abordé el vagón del Metro y me perdí en una vorágine de pensamientos: "¿Por qué reacciona así, es que acaso aún no comprende quién soy? ¿Desde cuándo comencé a sentirme tan desgraciado? ¿Cuándo comenzará el destino a derretirse como la vela de la meditación cartesiana? ¿Por qué aquí y no allá? ¿Dónde quedó el sentido que alguna vez hice mío?..." Una muchacha iba junto a otra: tomadas de la mano, enfrentaban una sociedad sórdida y moralista, cuyo sinsentido era proclive a provocar largas y agonizantes arcadas: todo lo que no sea permitido en la sociedad de la libertad, esta eternamente condenado. Al fin se desocupó un asiento. Saqué un libro de mi bolso y me perdí de ese vagón atestado de indeseables.
Cuando sonó el pitido que anunciaba la estación final, me levanté con un dejo de molestia a causa de una señora que me obstaculizaba el paso. La adelanté rápidamente y zigzagueé hasta las escaleras. Una vez arriba, sentí de nuevo la sensación de espanto y modorra: "¿qué me pasaba? ¿era una reacción somática o psíquica?". Caminé horrorizado al ver el espectáculo del mundo: un hombre en el suelo, unos guardias afirmándolo para que no escapase, un niño lloraba a su lado gritando "¡Papito!, ¡papito!, no le hagan nada a mi papito..." "¿Qué había hecho ese niño para familiarizarse con la desgracia desde tan temprano?" Me pareció que la noche venía inspirada a las lágrimas. Salí de la estación y me encontré con los vendedores de alimentos: cientos de ojos nicotínicos observando, husmeando cada movimiento para hacer el ofrecimiento: "¡Rico el sushi!; ¡hamburguesas de soya!" Comenzaron a caer las primeras gotas sobre un piso atestado de colillas de cigarro. "No fumar" rezaba un letrero a la entrada de la estación. Una señora enorme, cuyos senos descomunales se movían tumultuosamente ante sus agitados movimientos, ordenaba a la gente para abordar los "colectivos", los cuales se dirigían a distintos destinos de la ciudad. Abordé uno y pagué al conductor. No quería escuchar nada ni a nadie. Me puse mis audífonos y comencé a escuchar una canción de David Bowie.
La lluvia caía sin descanso sobre las calles oleaginosas de la ciudad. Ríos de agua pegajosa se movían en todas las direcciones sin rumbo alguno. Con los zapatos mojados, el abrigo mojado, el cabello mojado, llegué a casa. Mi madre estaba sentada escuchando una radio religiosa, ensimismada en su tejido. Se levantó, me besó la mejilla izquierda y volvió a sentarse, sin decir palabra alguna. Una vez en mi pieza, me sentí como en mi cárcel: "aquí nazco, sufro y muero, pero con mayor fuerza lo último". Me cambié la ropa mojada, encendí la radio y escuché una canción que me transportó a un recuerdo. "13 de Febrero de 2010. Un campamento a la orilla del lago Huillinco. El viento resopla desde el Pacífico. Los bosques son los nativos de estas tierras lluviosas, lejanas de la nada auto-poiética que es el hombre. Árboles gigantes, que contemplan solemnes las aguas anaranjadas del lago precioso. De pronto, una noche en que luces extrañas reflotan en el espejo de su fisonomía. Son "visitantes" -o quizá son las salmoneras. ¿Quién sabe? Al fin, las cosas las recordamos como queremos recordarlas y no como realmente pasaron. Llegada la noche, su majestuosidad estrellada culminó con el elogio de la individualidad".
Quizá es mejor aquello que se guarda en los edificios que los que esconde la naturaleza solemne. ¿Qué significa ese misterio desconocido para seres artificiales y artificiosos como lo somos nosotros? Esa noche, mientras miraba impertérrito el techo de mi habitación en la oscuridad más plena, descubrí una gran verdad: "Lo que vivimos en otra época, siempre vivirá profundo en la inmensidad del inconsciente". Estabas tú, objetivada y congelada en mi conciencia. Estaba yo, siempre haciéndome y re-haciéndome en la ciudad de la furia. La naturaleza fue nuestra compañera, pero nosotros jamás comulgamos con ella. Esa noche tuve sueños incompletos.
II
"¿Dónde están Rosencranz y Guildenstern cuando más los necesito?" "Amigos, cavad mi tumba, pues desde ahora jamás podré ser igual a ustedes". Una fogata en un terreno del bosque. Música, personas riendo obscenamente, ya tocados por el efecto dionisíaco del vino. Miradas lascivas y dos opuestos que se duermen. ¿Esas miradas infieles significaron algún pecado? En el enorme sonido solitario que se producía entre el viento y la sustancia de los árboles, nuestras palabras se perdían en el iceberg. Ella dormía, él dormía, ¿qué más daba escondernos en su canto? En ese preciso momento en que tu mirada se tornaba más valiente, decidí encender el último de mis cigarrillos y despedirme: "Me acuesto, hasta mañana". Si me hubiese quedado un poco más, nuestra amistad se hubiese vuelto orgiástica. Mas, la voluntad es como un medicamento: deja en paz el alma, pero pudre el cuerpo. Tú dormías en un sueño profundo. Quise tocarte, pero no lo hice. Te contemplé unos minutos. Si hubieses visto mi mirada... estaba tan perdida, estaba tan viciada. Decidí salir. Ella también salió. La vi perderse entre los árboles del bosque, aquella noche temblorosa y silbante. La seguí. El frío carcomía mis pies descalzos, entumecía mis brazos, asfixiaba mis pulmones. De pronto, dejé de sentirlo: no sabía si estaba vivo o más bien muerto. No perdía de vista sus carnes blanquecinas, su desnudez color de Luna contradecían la tesis de Anaxágoras: iluminaba con luz propia, con una palidez absoluta en medio de la oscuridad. Caminabas, solo escuchaba el canto de tus pechos. Caminé hacia ti, te parecí abominable. Comenzaste a correr. La multitud de mis espíritus te siguieron: volteaste el rostro y me viste transfigurado: era la hora de la muerte. Te afirmabas de los árboles, dejabas tu elixir escapar, como miel que se derrama sobre las hojas del bosque. Te seguí, vesánico y con la mirada perdida. Miles de espíritus se transformaron en un rastrillo, eras la perla que buscaban. De pronto, tu luz se hizo más fuerte, apareciste como un astro fulgurante, abandonaste tu figura humana, eras divina. Mis espíritus comenzaron a danzar a tu alrededor, yo bebía de mi cuero y cantaba himnos al bosque. Tú te me ibas acercando. Mis sórdidos labios te buscaron, los tuyos respondieron. Y, en medio del mundo espectral, vivimos el delirio apasionado de aquella noche transfigurada.
sábado, 25 de mayo de 2013
Concomitancia
De las profundidades de su alma surgió un cuestionamiento: "¿Vale de algo
haber nacido ahora que no puedo escoger no haber sido?". Su pensamiento se
apesadumbró, se abajaba su alma sobre el inconstante martirio, después de todo la
vida tenía una razón de ser vivida, pero en ese instante le pareció muy oscura.
Capas de sedimento de sentido confluían en su decisión: su alarido desértico no
fue escuchado. Inmóvil, tomó su taza de café. La habitación era de techo alto,
cuyos muros estaban carcomidos y desvencijados por el paso de los años. El piso
de madera chirriaba emitiendo un agudo sonido, el que se unía el crujir del
tejado, por cuyas vigas circulaban gatos y ratas, generando una música armónica
concomitante. "¿Desde dónde...? O, mejor dicho, ¿cuándo?" Las horas del reloj se
detuvieron cerca de las 4 a.m. Se dirigió a la ducha dejando el café a medio
tomar. No encontró su bata, ni sus pantuflas.
El lóbrego pasillo, en cuyas alturas volaban pájaron nocturnos, estaba cubierto de colillas de cigarillo y en sus extremos estaba oleaginosamente impregnado el rouge de los labios sórdidos de las prostitutas que habitaban el cité. Agazapado bajo una escalera, un famélico muchacho se drogaba y emitía un chirrido como el de una rata. Atravesó la calle en dirección al poniente: tenía que estar a las 5:30 en "su cita". Anteriormente el hombre se había comunicado con él, mediante estas breves palabras: "Cuando estés acá, yo ya sabré que has venido". No conocía con certeza de qué se trataba el negocio, pero la cantidad exorbitante que le ofrecieron fue suficiente para que aceptara. La Luna llena iluminaba con su pálido esplendor, y reconoció la imagen de algunos silenos en la calle circundante al hospital psiquiátrico. La mitológicas creaturas, danzaban gimiendo y llorando. Al verlo, se abalanzaron sobre él: "¡Dame una moneda! ¡Dame un trago, amigo! ¡Deme un cigarrito, hermanito!". Los expulsó con una mano y siguió su camino. Iba con un abrigo largo, y su cuello estaba embalsamado en una bufanda café. Sus ojos negros contrastaban con la iluminada noche, cuyas cuencas ennegrecidas por el mal dormir parecían cráteres de un volcán extinto. Comenzaba a caer un poco de neblina. Encendió un cigarrillo y continuó caminando.
Subió a un taxi que pasaba por calle Independencia con Olivos, y se perdió en dirección hacia el sur. Pagó el pasaje del breve viaje y caminó hacia un antiguo edificio de una calle céntrica. Dos jóvenes estaban de pie frente a la puerta de una galería: "Te esperábamos".
_______________________________________________________________________________
Los bosques se vaciaron de sentido
como un océano de gente
bombardeado desde las alturas.
Traen paz, traen tristeza,
traen ingravidez,
ensalzando espíritus desvalidos,
cuyo eterno clamor se pierde en el desierto.
Buscan la felicidad en medio de la bruma,
como un barco yendo hacia la trampa.
Huelen el miasma de la vida,
cuyo trasfondo es la muerte:
Nadie los verá venir,
nadie los verá irse hasta el Tártaro.
_______________________________________________________________________________
Lo hicieron pasar a una sala oscura iluminada únicamente por una luz roja. Se sentaron y conversaron: "El trato es que..." Aunque le pareció el plan más demencial que había escuchado en su vida, pensó en lo que le señaló su mejor amigo en un café la jornada anterior: "Los héroes de hoy no tienen moral. Viven una vida llena de glorias, envalentonados por obras que son del todo cuestionables. ¿Quién merece el Cielo hoy en día? La decisiones fundamentales del corazón del hombre se trasladaron hasta sus sórdidas alcantarillas. El éxito me es tan incómodo y subrepticio como el chirrido de una cucaracha que se aplasta: resuena débil en la intemperancia del mundo". Caminó en dirección hacia la Plaza de Armas. Ahí tenía que encontrarse con el primer contacto: un hombre anciano que abría recién su negocio ambulante, quien servía desayunos a los trabajadores que comenzaban su día laboral, así como también a ebrios que venían de una noche de excesos. Bastó con una bolsa y un pan en su interior: "Guárdala y ¡no te lo comas!". Se metió por unas callejuelas y encontró a dos personas teniendo sexo. La noche citadina se caracterizaba por esa pérdida de la luminosidad característica del día, la idílica luminosidad del día, en cuyo acontecer hacían su ingreso oficinistas perfectamente vestidos y señoritas con sus trajes Zara, perfumadas y decoradas con Chanel y Cacharel, quienes ocupaban los puestos administrativos de la metrópoli. Era tal la escisión entre la luz y el acaecer de la noche. El día, lleno de vida y extractos hipócritas de lo que se cuenta en los periódicos en la sección "Vida Social"; la noche, llena de jolgorio, emborrachamiento, danzas dionisíacas... Prostitutas eméritas, vagabundos burgueses y criminales que salen de sus cloacas a gobernar la noche capitalina.
Respiró profundo y caminó hacia su destino: sabía que no podía desligarse del mismo. Aunque cambiara de rumbo, se le esclareció que no había redención en la encrucijada de los tres caminos. Después de todo, la única salvación que le quedaba era sumergirse por completo en el papel que se le había dado. "Luego de todo esto -pensó-, podré irme a tantos lugares como he soñado. Podré levantarme tarde en un lugar lleno de luces; nadie me mirará en menos: el poder del dinero habrá removido mi historial de ser tan sórdido..." Un asesinato, unas fotografías malditas y ya estaba: nada podía salir mal. Pero las fuerzas del mundo son enfrentamiento puro: caminó hacia ese desfiladero, se encontró con los tres caminos; dos muchachos esperaban, cubriendo a uno que estaba en medio de ambos. Cayó al suelo casi muerto: aún podía mirar, pero su visión se nublaba poco a poco. Gimoteando observó la imagen final: con el rostro empapado en sangre y lleno de espanto, logró reconocer a su asesino: era su mejor amigo".
El lóbrego pasillo, en cuyas alturas volaban pájaron nocturnos, estaba cubierto de colillas de cigarillo y en sus extremos estaba oleaginosamente impregnado el rouge de los labios sórdidos de las prostitutas que habitaban el cité. Agazapado bajo una escalera, un famélico muchacho se drogaba y emitía un chirrido como el de una rata. Atravesó la calle en dirección al poniente: tenía que estar a las 5:30 en "su cita". Anteriormente el hombre se había comunicado con él, mediante estas breves palabras: "Cuando estés acá, yo ya sabré que has venido". No conocía con certeza de qué se trataba el negocio, pero la cantidad exorbitante que le ofrecieron fue suficiente para que aceptara. La Luna llena iluminaba con su pálido esplendor, y reconoció la imagen de algunos silenos en la calle circundante al hospital psiquiátrico. La mitológicas creaturas, danzaban gimiendo y llorando. Al verlo, se abalanzaron sobre él: "¡Dame una moneda! ¡Dame un trago, amigo! ¡Deme un cigarrito, hermanito!". Los expulsó con una mano y siguió su camino. Iba con un abrigo largo, y su cuello estaba embalsamado en una bufanda café. Sus ojos negros contrastaban con la iluminada noche, cuyas cuencas ennegrecidas por el mal dormir parecían cráteres de un volcán extinto. Comenzaba a caer un poco de neblina. Encendió un cigarrillo y continuó caminando.
Subió a un taxi que pasaba por calle Independencia con Olivos, y se perdió en dirección hacia el sur. Pagó el pasaje del breve viaje y caminó hacia un antiguo edificio de una calle céntrica. Dos jóvenes estaban de pie frente a la puerta de una galería: "Te esperábamos".
_______________________________________________________________________________
Los bosques se vaciaron de sentido
como un océano de gente
bombardeado desde las alturas.
Traen paz, traen tristeza,
traen ingravidez,
ensalzando espíritus desvalidos,
cuyo eterno clamor se pierde en el desierto.
Buscan la felicidad en medio de la bruma,
como un barco yendo hacia la trampa.
Huelen el miasma de la vida,
cuyo trasfondo es la muerte:
Nadie los verá venir,
nadie los verá irse hasta el Tártaro.
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Lo hicieron pasar a una sala oscura iluminada únicamente por una luz roja. Se sentaron y conversaron: "El trato es que..." Aunque le pareció el plan más demencial que había escuchado en su vida, pensó en lo que le señaló su mejor amigo en un café la jornada anterior: "Los héroes de hoy no tienen moral. Viven una vida llena de glorias, envalentonados por obras que son del todo cuestionables. ¿Quién merece el Cielo hoy en día? La decisiones fundamentales del corazón del hombre se trasladaron hasta sus sórdidas alcantarillas. El éxito me es tan incómodo y subrepticio como el chirrido de una cucaracha que se aplasta: resuena débil en la intemperancia del mundo". Caminó en dirección hacia la Plaza de Armas. Ahí tenía que encontrarse con el primer contacto: un hombre anciano que abría recién su negocio ambulante, quien servía desayunos a los trabajadores que comenzaban su día laboral, así como también a ebrios que venían de una noche de excesos. Bastó con una bolsa y un pan en su interior: "Guárdala y ¡no te lo comas!". Se metió por unas callejuelas y encontró a dos personas teniendo sexo. La noche citadina se caracterizaba por esa pérdida de la luminosidad característica del día, la idílica luminosidad del día, en cuyo acontecer hacían su ingreso oficinistas perfectamente vestidos y señoritas con sus trajes Zara, perfumadas y decoradas con Chanel y Cacharel, quienes ocupaban los puestos administrativos de la metrópoli. Era tal la escisión entre la luz y el acaecer de la noche. El día, lleno de vida y extractos hipócritas de lo que se cuenta en los periódicos en la sección "Vida Social"; la noche, llena de jolgorio, emborrachamiento, danzas dionisíacas... Prostitutas eméritas, vagabundos burgueses y criminales que salen de sus cloacas a gobernar la noche capitalina.
Respiró profundo y caminó hacia su destino: sabía que no podía desligarse del mismo. Aunque cambiara de rumbo, se le esclareció que no había redención en la encrucijada de los tres caminos. Después de todo, la única salvación que le quedaba era sumergirse por completo en el papel que se le había dado. "Luego de todo esto -pensó-, podré irme a tantos lugares como he soñado. Podré levantarme tarde en un lugar lleno de luces; nadie me mirará en menos: el poder del dinero habrá removido mi historial de ser tan sórdido..." Un asesinato, unas fotografías malditas y ya estaba: nada podía salir mal. Pero las fuerzas del mundo son enfrentamiento puro: caminó hacia ese desfiladero, se encontró con los tres caminos; dos muchachos esperaban, cubriendo a uno que estaba en medio de ambos. Cayó al suelo casi muerto: aún podía mirar, pero su visión se nublaba poco a poco. Gimoteando observó la imagen final: con el rostro empapado en sangre y lleno de espanto, logró reconocer a su asesino: era su mejor amigo".
martes, 21 de mayo de 2013
Los Griegos
"Por fin voy comprendiendo esa afirmación de que la verdad se da en el Lenguaje. Sin embargo, es necesario entender por qué se da ahí y no en otras instancias (aunque también se da en el Arte) No obstante, es necesario reconocer que hay un des-ocultamiento (Aletheia) del Ser en la vida misma (ámbito conocido como Lebenswelt luego de la reflexión germánica en la primera mitad del siglo XX) Mas, el lenguaje (Logos), mediante su función como Apophainesthai, va relacionando el decir (légein) con el aparecer (phainesthai) El Ente (Tá Ónta) aparece también consignado en el Lenguaje. Por es decir, es un decir siempre con razón (Logos): El Lenguaje como verdad se entiende como aquel en que el Ser del Ente se presenta en sí mismo como desoculto (Alethés) Entonces, como señalaba Husserl, zu den Sachen Selbst! quiere decir algo así también como "Volvamos a la primera reflexión griega..."
lunes, 20 de mayo de 2013
Carrusel
"¿Puede un gesto repetirse eternamente?", era la pregunta que tiñó todos sus pensamientos aquella tarde de julio. Habían pasado años desde la muerte del muchacho que se convirtiera en su mejor amigo. El amor, desigual, pero el llanto emergía con la misma intensidad que antaño: mientras pensaba en "el gesto", recordó fechas lejanas, donde aún no se desvencijaban sus ideales de inocencia. Atravesó la calle Ecuador hacia el norte y entró en el viejo edificio. De muralla marrón y crema, diversos símbolos adornaban el patio interior. Una muchedumbre de personas pasaban por delante de él, pero no podía verles. Su visión estaba obnubilada por una sensación vital: una especie de vacío se había colocado ante "el gesto".
"Es posible que aún el amor no pueda redimirnos". Cristián había estudiado en un colegio emblemático. Conoció al muchacho en medio del clamor del recibimiento que hacían los alumnos de segundo año a los de primero: A "los cachorros de la UTE". Se vincularon por sus constantes ganas de ir más allá en la experiencia vital, en las fiestas dionisíacas, en el éxtasis de la poesía maldita, en la búsqueda de un fundamento imperecedero dentro del mundo. "Si amas, incluso el amor podría perderte", solía decir en sus noches metafísicas, con un cigarrillo en la boca y el vaso de lícor en una mano. Esa frase le quedó grabada en la cabeza, la siguió escuchando incluso después de su muerte. "Recuerdo siempre a Cristián, no podré olvidarlo", repetía constantemente y la muchacha de color miel, quien lo miraba entristecida. La noche que murió, ni siquiera el amor perenne y ciego de su amada pudo retenerlo: era la decisión de su vida. Abordó el vehículo y entre bromas se dirigió hacia el árbol que le arrancaría la vida.
"De entrada nos topamos con lo incierto". ¿Dónde se hallaría entonces, hacia qué océanos había emigrado? Se descompuso ante una escena: un gato lleno de vida atravesó descuidadamente la calle. El motociclista saltó hacia un lado y se estrelló contra un auto estacionado. El gato quedó completamente destripado. ¿Qué es esto que ocurre? ¿No es, acaso, la entrada hacia lo incierto? El corazón se le llenó, súbitamente de sangre, empalideció y una agonía se desató en sus vísceras. La muerte era una experiencia conocida, se sumó un cuadro más a su colección: un mausoleo marmóreo, pálido como el sol de la neblina. "¿Dónde te fuiste, amigo mío?".
"Es un ángel que penetra en el vacío". Apareció de pronto caminando hacia la Quinta Normal. Hacia el norte se divisaban una tormenta: "En Santiago no hay tormentas". El primer trueno fue estruendoso, su estallido hizo que las alarmas de los automóviles sonaran y sonaran. Los perros lloraron y los gatos saltaron de los tejados buscando cobijarse. De pronto, comenzó a oscurecerse. El horario de invierno transcurría, el día duraba menos cada vez. Se introducía sin retorno en el invierno. Notó que el cielo otra vez se iluminaba: "Es un ángel que penetra en el vacío", musitó, mientras la gente gritaba desesperada. ¿Qué era aquello que se había dibujado en el cielo? ¿Es que acaso el ángel existía? El mensajero de Dios hizo su entrada en aquella avenida citadina. Nadie que lo vio pudo volver a ser el mismo.
"La llamarada ígnea que nos pone ante la nada". Comenzó el sonar de las sirenas y la calle se convulsionó ante el incendio. El fuego lo transformaba todo, como el arjé heraclíteo transforma el Universo. Nadie quedó impertérrito frente a la magnitud del hecho, todos corrían despavoridos en busca de alguien para contarle (se acercaban torpemente hasta las llamas). "¿Por qué corren, es que no saben que el Ser tiene abismos que conducen a la Nada?", pensó el muchacho al ver la abigarrada muchedumbre. "No es casualidad que los maderos no paren de arder en medio de la gente", gritó desesperado y con rabia, sin saber por qué. Abandonó el lugar. Una incomodidad había ingresado en su alma. Ya no deseaba más que el descanso. "¿Dónde encontraré la paz que tanto ansío?"
De pronto, caminando en medio de la calle, halló un afiche que rezaba: "Ahora solo un Dios puede salvarnos".
domingo, 19 de mayo de 2013
Lo trágico
Apareciste justo cuando se me confundió la esencia humana: una luz inalterable apareció escondida entre la niebla y la oscuridad. Preferíamos la oscuridad total a la niebla. Si encendíamos los faros sibilinos, nada podía separarnos ya. Pero apareció la niebla, fue personificada. Los músicos trajeron distintas melodías disonantes para hacernos callar: mas, la luz inalterable no permitía distinguirlos. Fue entonces cuando te propuse escapar. Irnos lejos, visitar las islas desconocidas, los puertos que dejamos inconclusos. Me dijiste que irías conmigo, pero con una condición: aceptar que tu alma era tan oscura como la mía. Comprendí que no podía pedirte nada que no pudiera ofrecerte, entonces me tragué la luz de un libro que ardía como un arbusto. Fue el primer paso.
Como Ulises, viajamos por la geografía familiar retornando a casa. Los aedos cantaron tantas veces, que el sentido se perdió en la noche de los tiempos. Te miraba por las noches: cuán hermosa te veías. Eras el faro matutino y vespertino, la Venus que anclaba mis deseos y anhelos vitales. El fuego heraclíteo se difuminaba por el espacio, aquellos días fértiles que me ofreciste: nuestras almas se transfiguraban, eran dialéctica absoluta en medio de los mares extremo-australes. Nuestros cuerpos ardían como un madero, se entremezclaban en danzas purificadoras. Disfrutamos del sexo y del amor como dos niños; encallamos en tantos puertos que finalmente los desvencijamos. ¿Puede acaso un proyecto tan brillante terminar tan trágicamente? Pero, ¡Escuchen mi voz y no mis pensamientos!, ¿por cuánto tiempo puede el destino constreñir la voluntad humana?
Recuerdo esa mañana: salimos de la hostal temprano, cuando Febo aún no aparecía por la Gran Cordillera. Me mirabas extrañada, no comprendías mis propósitos. "Pronto lo sabrás", te dije y te besé cariñosamente la frente. Bajamos por esa vieja calle de Playa Ancha y abordamos un colectivo. Nos fuimos derecho al terminal. Yo pensaba que volviendo a Santiago encontraríamos quizá alguna pista de lo que en realidad buscábamos: aún no comprendía que habíamos perdido para siempre nuestro hogar (tú lo comprendiste antes que yo, pero jamás lo confesaste) A mediodía comimos en ese espacio conocido, pero tan ajeno. Las calles de la capital estaban desoladas ante la inminencia de la lluvia. Era un feriado. La nación recordaba a sus desconocidos héroes -Chile no conoce bien de qué se trata eso del heroísmo. El cielo nublado se tornaba ya gris, ya rojizo. Comenzaron las nubes a estallar hacia el norte: la lluvia era inminente. No nos dejamos un segundo, mientras mirabas ensimismada la pequeña laguna y sus patos y sus plantas. El cielo furioso se dibujaba en el agua, era un espejo, era el fenómeno que mostraba lo que no alcanzamos con las manos. "Podemos tocar el cielo si tocamos estas aguas", me señalaste mientras tu mano se sumergía tímidamente en esa agua ponzoñosa. Si la belleza puede reflejarse en lo contaminado, es porque fallamos en su determinación: como cuando fallamos en reconocer al amigo en un rostro con sonrisa. Nos equivocamos, el día que estuvimos en dos ciudades.
Ya sentíamos el fin de la existencia en aquella serenata absurda del presente. Venías a mí como yo iba a ti; te refugiabas en mí como yo me refugiaba en ti; anclabas tus esperanzas en mí, confiaste en que yo era inmortal, como todos confiamos en los ojos y las manos. Mas, chocaste contra la realidad más cruel, contra lo trágico del mundo: Amar en medio de lo perecedero.
Como Ulises, viajamos por la geografía familiar retornando a casa. Los aedos cantaron tantas veces, que el sentido se perdió en la noche de los tiempos. Te miraba por las noches: cuán hermosa te veías. Eras el faro matutino y vespertino, la Venus que anclaba mis deseos y anhelos vitales. El fuego heraclíteo se difuminaba por el espacio, aquellos días fértiles que me ofreciste: nuestras almas se transfiguraban, eran dialéctica absoluta en medio de los mares extremo-australes. Nuestros cuerpos ardían como un madero, se entremezclaban en danzas purificadoras. Disfrutamos del sexo y del amor como dos niños; encallamos en tantos puertos que finalmente los desvencijamos. ¿Puede acaso un proyecto tan brillante terminar tan trágicamente? Pero, ¡Escuchen mi voz y no mis pensamientos!, ¿por cuánto tiempo puede el destino constreñir la voluntad humana?
Recuerdo esa mañana: salimos de la hostal temprano, cuando Febo aún no aparecía por la Gran Cordillera. Me mirabas extrañada, no comprendías mis propósitos. "Pronto lo sabrás", te dije y te besé cariñosamente la frente. Bajamos por esa vieja calle de Playa Ancha y abordamos un colectivo. Nos fuimos derecho al terminal. Yo pensaba que volviendo a Santiago encontraríamos quizá alguna pista de lo que en realidad buscábamos: aún no comprendía que habíamos perdido para siempre nuestro hogar (tú lo comprendiste antes que yo, pero jamás lo confesaste) A mediodía comimos en ese espacio conocido, pero tan ajeno. Las calles de la capital estaban desoladas ante la inminencia de la lluvia. Era un feriado. La nación recordaba a sus desconocidos héroes -Chile no conoce bien de qué se trata eso del heroísmo. El cielo nublado se tornaba ya gris, ya rojizo. Comenzaron las nubes a estallar hacia el norte: la lluvia era inminente. No nos dejamos un segundo, mientras mirabas ensimismada la pequeña laguna y sus patos y sus plantas. El cielo furioso se dibujaba en el agua, era un espejo, era el fenómeno que mostraba lo que no alcanzamos con las manos. "Podemos tocar el cielo si tocamos estas aguas", me señalaste mientras tu mano se sumergía tímidamente en esa agua ponzoñosa. Si la belleza puede reflejarse en lo contaminado, es porque fallamos en su determinación: como cuando fallamos en reconocer al amigo en un rostro con sonrisa. Nos equivocamos, el día que estuvimos en dos ciudades.
Ya sentíamos el fin de la existencia en aquella serenata absurda del presente. Venías a mí como yo iba a ti; te refugiabas en mí como yo me refugiaba en ti; anclabas tus esperanzas en mí, confiaste en que yo era inmortal, como todos confiamos en los ojos y las manos. Mas, chocaste contra la realidad más cruel, contra lo trágico del mundo: Amar en medio de lo perecedero.
De-construcción
En medio de la calle, un muchacho camina cabizbajo. El mundo cae y se destruye, y la sociedad miente y se revela como es: nada es lo mismo después de salir del Paraíso. Todos se miran desconfiados, el cáncer de la incomunicabilidad y el pecado ha penetrado en la carne, ya está descompuesta. Camina y observa, respira y presiente que la vida adquiere más sentido en el sinsentido. Ya está lejos de los mundos del baile y las sonrisas (sólo resuena a lo lejos la carcajada de Dios inicial, en el espacio vacío y el tiempo continuo), ha caído el velo sobre el mundo, solo puede caminar entre la gente, sin espíritu, sin fe ni esperanza, en la vacuidad existencial universal. No ve más que sombras: está en la profundidad misma de La Caverna.
En medio de una muchedumbre, oculta su corazón en su rostro sonriente. Le sonríe a las personas, para luego apuñalarlas. ¿Quién no ha sacrificado a los demás por sus propios fines? ¿Quién no ha urdido la traición en las bellas palabras y los apretones de manos? Los labios son para besar, para trasladarse por el cuerpo del ser amado; los labios también se hicieron para mentir, o para besar en la mejilla y dejar en manos de los perros. Su rostro era lo que propiamente Kant llamaría Erscheinung: manifestaba algo interior, pero no en ἀλήθεια. La necesidad existencial vital requiere de ciertas regalías: poder manifestar en libertad, sin temor a recibir el ostracismo social. Sin embargo, conocía el alma humana, en su espíritu inflamado en Dostoievski, y reconocía que jamás podría manifestar lo más oculto de su alma: aquellas oquedades resguardaban un tesoro luminoso y lleno de contradicción.
Ya ha pasado la época del tiempo, ahora se pierde en la plenitud. Mas, no puede abandonar el tiempo, ni su destino absoluto. Dos niños juegan en una plaza: mediante una visión, se le revelan como siendo los dos, en el futuro, grandes desconocidos. ¿Por qué conocemos a tanta gente, si sólo algunos son los fundamentales? Recordó el día en que conoció a ... Ella buscaba el sentido igual que él, sin embargo, desde diversas perspectivas ontológicas, desde ansiedades existenciales variopintas. El mismo camino se manifiesta distinto en cien mil millones de formas, más que las estrellas del firmamento, más que las arenas en el mar. El Tiempo los unió. Sin embargo, no se le ocultaba en el fondo de su espíritu de poeta maldito que lo que dura el amor es lo que duró en estallar la masa ardiente: una fracción de segundo.
Comenzó a correr. La vida estaba perdiendo su sentido y se destruía cada sentido detrás de él. Atravesó rápidamente la plaza de calle 3 Poniente en dirección al oriente (cuanto sinsentido le daba ahora a esa direccionalidad) El viento sopló desde el norte y los truenos avecinaban un cataclismo. Exprimió su dolor transfigurado en lágrimas, no soportó más la tarde solitaria; los árboles se inclinaron con el viento, su chaqueta comenzó a hacerse jirones; las aves cayeron muertas sobre el césped, el cual comenzó a tornarse amarillento: ¿Así es Señor? ¿Así es como acaba la Existencia? Ya había acabado, ningún proyecto restaba por hacer. En una sola intuición percibió todas las fragancias de las muchachas que amó, cuando súbitamente abandonó el cuerpo desgastado y se desintegró entre los efluvios de los jardines que esa tarde fenecieron junto a él.
En medio de una muchedumbre, oculta su corazón en su rostro sonriente. Le sonríe a las personas, para luego apuñalarlas. ¿Quién no ha sacrificado a los demás por sus propios fines? ¿Quién no ha urdido la traición en las bellas palabras y los apretones de manos? Los labios son para besar, para trasladarse por el cuerpo del ser amado; los labios también se hicieron para mentir, o para besar en la mejilla y dejar en manos de los perros. Su rostro era lo que propiamente Kant llamaría Erscheinung: manifestaba algo interior, pero no en ἀλήθεια. La necesidad existencial vital requiere de ciertas regalías: poder manifestar en libertad, sin temor a recibir el ostracismo social. Sin embargo, conocía el alma humana, en su espíritu inflamado en Dostoievski, y reconocía que jamás podría manifestar lo más oculto de su alma: aquellas oquedades resguardaban un tesoro luminoso y lleno de contradicción.
Ya ha pasado la época del tiempo, ahora se pierde en la plenitud. Mas, no puede abandonar el tiempo, ni su destino absoluto. Dos niños juegan en una plaza: mediante una visión, se le revelan como siendo los dos, en el futuro, grandes desconocidos. ¿Por qué conocemos a tanta gente, si sólo algunos son los fundamentales? Recordó el día en que conoció a ... Ella buscaba el sentido igual que él, sin embargo, desde diversas perspectivas ontológicas, desde ansiedades existenciales variopintas. El mismo camino se manifiesta distinto en cien mil millones de formas, más que las estrellas del firmamento, más que las arenas en el mar. El Tiempo los unió. Sin embargo, no se le ocultaba en el fondo de su espíritu de poeta maldito que lo que dura el amor es lo que duró en estallar la masa ardiente: una fracción de segundo.
Comenzó a correr. La vida estaba perdiendo su sentido y se destruía cada sentido detrás de él. Atravesó rápidamente la plaza de calle 3 Poniente en dirección al oriente (cuanto sinsentido le daba ahora a esa direccionalidad) El viento sopló desde el norte y los truenos avecinaban un cataclismo. Exprimió su dolor transfigurado en lágrimas, no soportó más la tarde solitaria; los árboles se inclinaron con el viento, su chaqueta comenzó a hacerse jirones; las aves cayeron muertas sobre el césped, el cual comenzó a tornarse amarillento: ¿Así es Señor? ¿Así es como acaba la Existencia? Ya había acabado, ningún proyecto restaba por hacer. En una sola intuición percibió todas las fragancias de las muchachas que amó, cuando súbitamente abandonó el cuerpo desgastado y se desintegró entre los efluvios de los jardines que esa tarde fenecieron junto a él.
viernes, 17 de mayo de 2013
Oda a la Marcha
1.- Marcha por los que marchan sin saber por qué marchan.
2.- Marcha por los que creen que cambiarán el mundo con un "Me Gusta".
3.- Marcha por los que lanzan bombas molotov contra ellos mismos.
4.- Marcha por los que cuidan el orden provocando el desorden.
5.- Marcha por la igualdad de derechos del consumidor.
6.- Marcha por los que no han nacido, pero que en el futuro privatizarán el aire.
7.- Marcha por los que no tienen voz de tanto marchar.
8.- Marcha por los que dan la vida y no reciben sino muerte.
9.- Marcha por la marcha que no ha sido ni será marchada.
10.- Marcha por un aire respirable para los que marchan.
11.- Marcha por un mundo que no se divida por puntos cardinales.
12.- Marcha por los que, cuando Dios venga a llevarse a los justos, no marchen para que Dios les considere.
13.- Marcha por los profesores que se cansaron de marchar.
14.- Marcha por las enfermedades que participan de la Democracia.
15.- Marcha por los que teniendo las herramientas para el Bien, no hacen sino el Mal.
16.- Marcha contra los que hablan con la lengua distorsionada y manejan el Planeta.
17.- Marcha por los que mueren de frío en la calle, sin un ser que les dé esperanza a su lado.
18.- Marcha por los que marchan en el anonimato, con sus rostros cubiertos de religión.
19.- Marcha por los que monopolizan a Jesucristo.
20.- Marcha por los que compraron en dólares mansiones en el Paraíso.
21.- Marcha por las mujeres chilenas, latinas y mundiales.
22.- Marcha por el pan sin miga.
23.- Marcha por la Dieta de Lavín.
24.- Marcha por los que manejan al país y juegan con el poder mientras los pobres mueren de hambre.
25.- Marcha por los ancianos que marcharon por la vida.
26.- Marcha por los peces que se ahogan en el mar.
27.- Marcha por los que murieron sin saber por qué.
28.- Marcha por los que no nacerán y que, naciendo, hubieran cambiado el mundo.
domingo, 12 de mayo de 2013
Superfetación
"Sumar tiempo no es sumar amor", rezaba el coro de la canción que iba escuchando aquella tarde. El cerro Santa Lucía parecía tan borroso en medio de la neblina que cubría extrañamente la ciudad. La soledad barruntaba en su vida, los días fructíferos, cuyos campos ubérrimos de amor se difuminaban en la eternidad del devenir. No era que se sintiera solo, sino que la persona que deseaba le forjaba soledad en el alma. Como un destructor mayéutico, fue poco a poco surgiendo en él la verdad: las preguntas, fueron las acciones que la muchacha ojos de miel iba demostrando, sus palabras teñidas de nihilismo, el aliento inexpresado, el abrazo frívolo y desencantado. Comprendió demasiado tarde la superfetación del romance: el ser había nacido muerto.
Se bajó en frente de la casa central de la Universidad Católica y atravesó en dirección al norte. Entró por calle Lastarria y atravesó impertérrito esa abigarrada muchedumbre. Homosexuales, hombres mayores en busca de aventuras, la vanguardia hipster capitalina, todos se reunían en los cafés y bares iluminados y con mozos perfectamente vestidos. Notó que todos fumaban. El humo lo molestó, por lo que apuró el paso. Dobló a la derecha en calle Merced y apareció frente al Parque Forestal: ¿Cuántas veces no se introdujeron ambos como dos adolescentes de la mano en un juego inocente de amor? ¿Cuántos días pasaron de la mano por aquellas callejuelas silvestres, de monumentos extravagantes y blanqueados por los desechos de las palomas? Como ellas, todo había volado hacia otra parte.
No se cuestionó más la decisión, pues estaba tomada. Abandonó rápidamente el acceso al río y bajó por las calles allende del mismo. Las tribulaciones las abandonó en medio de la humareda de la calle Lastarria, ahora su cabeza estaba llena de coloridos paisajes, proyectos sibilinos que guardaba en su alma desde antes. Sin darse cuenta, atravesó la calle Pio Nono y entró en el Patio Bellavista. Se sentó y esperó a ser atendido. Su garganta estaba seca y necesitaba reorganizar sus ideas. Una muchacha de ojos pardos se le acercó a atenderle. Se llamaba "Carolina". La fineza de su rostro le recordó alguien del pasado. "Un shop Kunsmann sin filtrar", pidió mientras extraía del bolsillo de su chaqueta un lápiz y un papel del de su pantalón. Comenzó a escribir garabatos indescifrables, pero que tenían un sentido. La muchacha le trajo el pedido y le ofreció algo de comer. Pidió un cóctel de mariscos y continuó en su solitaria meditación. De pronto, se dio cuenta que era observado por la mujer. Se quedó pensando en sus ojos: "¿Qué misterios esconderán?". Bebió el último sobro de su vaso y la muchacha se le acercó nuevamente. Fue entonces cuando comenzaron a conversar.
Ya bien entrada la noche, decidió partir del lugar, no sin antes solicitarle una servilleta a la mesera. Agradeciéndole, la tomó y comenzó a escribir en ella. Estas fueron sus palabras:
"No te conozco, pero siento que estuviste tanto en mí.
Quizá estimes que estoy loco por regalarte mis palabras,
cuando ni siquiera conoces mi nombre.
Sin embargo, tus ojos me reflejaron que tu alma
no es diferente de la mía:
una melancolía exacerbada,
una pesadumbres rutilante,
un pasado que quieres esconder (u olvidar).
¿No ves? Somos los mismos
que nos vinimos a encontrar
en esta tarde fría de mayo"
La llamó, pidió la cuenta, dejó el 10% de propina
y nunca más la volvió a ver.
Se bajó en frente de la casa central de la Universidad Católica y atravesó en dirección al norte. Entró por calle Lastarria y atravesó impertérrito esa abigarrada muchedumbre. Homosexuales, hombres mayores en busca de aventuras, la vanguardia hipster capitalina, todos se reunían en los cafés y bares iluminados y con mozos perfectamente vestidos. Notó que todos fumaban. El humo lo molestó, por lo que apuró el paso. Dobló a la derecha en calle Merced y apareció frente al Parque Forestal: ¿Cuántas veces no se introdujeron ambos como dos adolescentes de la mano en un juego inocente de amor? ¿Cuántos días pasaron de la mano por aquellas callejuelas silvestres, de monumentos extravagantes y blanqueados por los desechos de las palomas? Como ellas, todo había volado hacia otra parte.
No se cuestionó más la decisión, pues estaba tomada. Abandonó rápidamente el acceso al río y bajó por las calles allende del mismo. Las tribulaciones las abandonó en medio de la humareda de la calle Lastarria, ahora su cabeza estaba llena de coloridos paisajes, proyectos sibilinos que guardaba en su alma desde antes. Sin darse cuenta, atravesó la calle Pio Nono y entró en el Patio Bellavista. Se sentó y esperó a ser atendido. Su garganta estaba seca y necesitaba reorganizar sus ideas. Una muchacha de ojos pardos se le acercó a atenderle. Se llamaba "Carolina". La fineza de su rostro le recordó alguien del pasado. "Un shop Kunsmann sin filtrar", pidió mientras extraía del bolsillo de su chaqueta un lápiz y un papel del de su pantalón. Comenzó a escribir garabatos indescifrables, pero que tenían un sentido. La muchacha le trajo el pedido y le ofreció algo de comer. Pidió un cóctel de mariscos y continuó en su solitaria meditación. De pronto, se dio cuenta que era observado por la mujer. Se quedó pensando en sus ojos: "¿Qué misterios esconderán?". Bebió el último sobro de su vaso y la muchacha se le acercó nuevamente. Fue entonces cuando comenzaron a conversar.
Ya bien entrada la noche, decidió partir del lugar, no sin antes solicitarle una servilleta a la mesera. Agradeciéndole, la tomó y comenzó a escribir en ella. Estas fueron sus palabras:
"No te conozco, pero siento que estuviste tanto en mí.
Quizá estimes que estoy loco por regalarte mis palabras,
cuando ni siquiera conoces mi nombre.
Sin embargo, tus ojos me reflejaron que tu alma
no es diferente de la mía:
una melancolía exacerbada,
una pesadumbres rutilante,
un pasado que quieres esconder (u olvidar).
¿No ves? Somos los mismos
que nos vinimos a encontrar
en esta tarde fría de mayo"
La llamó, pidió la cuenta, dejó el 10% de propina
y nunca más la volvió a ver.
viernes, 10 de mayo de 2013
Meditación de la Mañana
Contemplamos el Sol de la mañana, pero la neblina lo opacaba. Era un círculo amarillento, cuya fuerza apenas traspasaba la cortina húmeda que todo lo mojaba. Entonces caminé sin saber hacia dónde iba. ¿Qué más da? Todos los caminos conducen hacia la miel de tus ojos. No se me ocultó en aquel momento, que tu lejanía no era más que tu hermosura: inalcanzable, con un rasgo de utopía. Eras bella cuando te miré con el corazón, pero te transformaste en un ángel cuando te contemplé desde el futuro: nada podía tocarte, ni siquiera el eco de mis palabras enervadas. Fui un espectro pusilánime, pero no más que tú, cuyo amor fue una fantasmagoría. Eres "fatamorgana", ¿sabes? Eres mirage en el desierto; eres una letanía desdoblada, cuya fuerza comenzó y terminó en mis propias fuerzas. ¡Oh, agrio ditirambo! Cuando más me complacía el lascivo elixir que me entregabas, más te alejabas en un viento siempre inverso. Tus estrellas te acompañan, pero a mí un séquito de seres bifurcados, más humanos, por cierto, que tu exenta plenitud.
Al fin sale el Sol en Skotoprigonievsk, pero la furia de mi corazón callado, no es esmalte que dañe tus lamentos. El sórdido escarlata de mi sangre, anclada en la oscuridad de mi garganta. Te ofrezco, ¡Oh, Mausoleo del Recuerdo!, no enredarme otra vez en las redes sibilinas de sus ojos, prefiero antes el destierro. ¿Acaso puede la Nada entorpecer el camino hacia la Luz?
Al fin sale el Sol en Skotoprigonievsk, pero la furia de mi corazón callado, no es esmalte que dañe tus lamentos. El sórdido escarlata de mi sangre, anclada en la oscuridad de mi garganta. Te ofrezco, ¡Oh, Mausoleo del Recuerdo!, no enredarme otra vez en las redes sibilinas de sus ojos, prefiero antes el destierro. ¿Acaso puede la Nada entorpecer el camino hacia la Luz?
domingo, 5 de mayo de 2013
Transición
Parecías tan callada aquella tarde, que el resoplar del viento se oía más fuerte que tu respiración. Por la noche había llovido, pero esta mañana no. Las nubes no trajeron la carga de sus lágrimas sobre nuestras cabezas. Ayer nos habíamos refugiado en el paraguas que yo llevaba, hace tanto tiempo que no te sentía tan cerca. ¿Recuerdas cuando estábamos en aquella estación de tren y te pregunté cuánto me amabas? Tu respuesta fue tan sincera, pero acallada por la llegada estruendosa del animal de fierro, cuyo fulgor hizo que tu voz se elevara solo hasta los cielos. Me dijiste, "te amo mucho, más de lo que creo y que crees tú". Yo te respondí: "No te oigo, pero yo te amo más". Aquella tarde viajamos camino al sur, dejando atrás campos que cada vez se tornaban más verdosos, más vivos. Y, ahora, nos encontramos aquí, bajo la mañana fría y oscura de la ciudad.
Doblamos a la derecha por una calle que tenía nombre de doctor y nos encontramos con una gran plaza, en cuyo costado derecho podíamos ver una gran iglesia antigua. Pensé en Dios, tú pensaste en la Nada. No teníamos costumbre de darnos la mano, pero me la diste y presionaste tu guante contra el mío, aquella tela no me permitía sentir el calor de tu piel, ni su contextura que tantas veces besé hasta humedecer. Atravesamos la calle y nos dirigimos al costado izquierdo. Caminamos atravesando los puestos de libros y de chocolates; observamos a los niños reunidos en los juegos, junto a sus madres, junto a sus padres; recorrimos los viejos recovecos de la plaza, atravesando la avenida principal, y nos sentamos en las bancas que daban a la blancura verdosa de la municipalidad. Entonces, encendiste un cigarrillo. Yo, apagué mis ganas de besarte. Entonces encendiste una duda, yo apagué las seguridades. Permanecimos sentados, hasta que decidimos irnos de ahí.
Fuiste tan lejana desde entonces que no te pude encontrar jamás nuevamente en tus palabras. Callaste más el alma y hablaste más desde el cerebro. Abrías la boca para decir cosas con sentido, pero que eran saetas ponzoñosas contra lo nuestro. Yo no quise hacerlo hasta que aquella noche de lluvia te mencioné la inutilidad de nuestros corazones para amarnos los unos a los otros. Luego de una charla escatológica, que comenzó por algunas averiguaciones que estabas realizando, tocamos el tema de la posibilidad de la comunicación -que, desde luego, se trataba de la nuestra. "Los posmodernos señalan..." comenzaste a decir, con la seguridad de un experto, pero la inquietud de un neófito. Concluimos que estábamos en desacuerdo en un punto más.
Cuando entré en lo apolíneo, tú entraste en lo dionisíaco. Cuando decidí racionalidad, tú decidiste guerra. Cuando al fin me transformaste, quisiste ocupar el espacio que dejé vacío. Concordaste tantas veces con mis palabras que cuando te escuchaba hablar pensaba que hablaba conmigo mismo. Te envalentonaste para declarar lo absurdo, cuando lo absurdo lo habíamos declarado con los actos. Tomaste conciencia de lo que ocurría y yo decidí abrir los ojos. Nos dijimos adiós, aquella mañana, sin que lo pareciera -pues, sabes que no tolero las despedidas. Así estaba mejor, la luz que aún nos quedaba era como el reflejo de una estrella muerta, como el sonido estruendoso del big-bang que, según los científicos, aún resuena en el espacio vacío del universo. Entonces, nos separamos.
Cada vez he entrado más y con mejores pasos en el camino de lo divino. "Aquí también están presentes los dioses", señaló Heráclito a los que habían venido a visitarlo, cuando miraban impresionados que no filosofaba, sino que se calentaba las manos en una estufa. En medio de esta soledad que se pronuncia en el alma, aún están presentes tus imágenes, tus vacíos, tus besos imposibles, tus miradas lascivas y la pasión desatada o no-desatada. Caminé profundamente por los mismos lugares, para encontrar fantasmas que no causaron impresión en mí -más impresión causaron las callejuelas del Viejo Puerto la última vez que estuve en ellos, y no eran "nuestros sitios". Anclé mi razón en un punto que me permitiera hacer una panorámica: la realidad se confundía con mis deseos de verte y la oquedad de la montaña aún escondía en sus vericuetos efluvios no percibidos, alientos no explorados. Ya no estás, es un hecho y cuánta falta me hace que no estés.
Doblamos a la derecha por una calle que tenía nombre de doctor y nos encontramos con una gran plaza, en cuyo costado derecho podíamos ver una gran iglesia antigua. Pensé en Dios, tú pensaste en la Nada. No teníamos costumbre de darnos la mano, pero me la diste y presionaste tu guante contra el mío, aquella tela no me permitía sentir el calor de tu piel, ni su contextura que tantas veces besé hasta humedecer. Atravesamos la calle y nos dirigimos al costado izquierdo. Caminamos atravesando los puestos de libros y de chocolates; observamos a los niños reunidos en los juegos, junto a sus madres, junto a sus padres; recorrimos los viejos recovecos de la plaza, atravesando la avenida principal, y nos sentamos en las bancas que daban a la blancura verdosa de la municipalidad. Entonces, encendiste un cigarrillo. Yo, apagué mis ganas de besarte. Entonces encendiste una duda, yo apagué las seguridades. Permanecimos sentados, hasta que decidimos irnos de ahí.
Fuiste tan lejana desde entonces que no te pude encontrar jamás nuevamente en tus palabras. Callaste más el alma y hablaste más desde el cerebro. Abrías la boca para decir cosas con sentido, pero que eran saetas ponzoñosas contra lo nuestro. Yo no quise hacerlo hasta que aquella noche de lluvia te mencioné la inutilidad de nuestros corazones para amarnos los unos a los otros. Luego de una charla escatológica, que comenzó por algunas averiguaciones que estabas realizando, tocamos el tema de la posibilidad de la comunicación -que, desde luego, se trataba de la nuestra. "Los posmodernos señalan..." comenzaste a decir, con la seguridad de un experto, pero la inquietud de un neófito. Concluimos que estábamos en desacuerdo en un punto más.
Cuando entré en lo apolíneo, tú entraste en lo dionisíaco. Cuando decidí racionalidad, tú decidiste guerra. Cuando al fin me transformaste, quisiste ocupar el espacio que dejé vacío. Concordaste tantas veces con mis palabras que cuando te escuchaba hablar pensaba que hablaba conmigo mismo. Te envalentonaste para declarar lo absurdo, cuando lo absurdo lo habíamos declarado con los actos. Tomaste conciencia de lo que ocurría y yo decidí abrir los ojos. Nos dijimos adiós, aquella mañana, sin que lo pareciera -pues, sabes que no tolero las despedidas. Así estaba mejor, la luz que aún nos quedaba era como el reflejo de una estrella muerta, como el sonido estruendoso del big-bang que, según los científicos, aún resuena en el espacio vacío del universo. Entonces, nos separamos.
Cada vez he entrado más y con mejores pasos en el camino de lo divino. "Aquí también están presentes los dioses", señaló Heráclito a los que habían venido a visitarlo, cuando miraban impresionados que no filosofaba, sino que se calentaba las manos en una estufa. En medio de esta soledad que se pronuncia en el alma, aún están presentes tus imágenes, tus vacíos, tus besos imposibles, tus miradas lascivas y la pasión desatada o no-desatada. Caminé profundamente por los mismos lugares, para encontrar fantasmas que no causaron impresión en mí -más impresión causaron las callejuelas del Viejo Puerto la última vez que estuve en ellos, y no eran "nuestros sitios". Anclé mi razón en un punto que me permitiera hacer una panorámica: la realidad se confundía con mis deseos de verte y la oquedad de la montaña aún escondía en sus vericuetos efluvios no percibidos, alientos no explorados. Ya no estás, es un hecho y cuánta falta me hace que no estés.
Re-flexión..
Por qué pedir más tiempo, si en el que tuvimos nos esforzamos por hacernos obsoletos el uno del otro. Buscamos sin común-unión, nos proyectamos a distintos senderos. Imágenes novedosas, infieles de lo que predicábamos con los labios. Hicimos de la contradicción parte fundamental de este amor. Sin embargo, nunca supimos depurar correctamente, nunca logramos comprender el origen del amor inmenso que sentíamos el uno del otro. Quizá, los momentos infinitos fueron tan reales que aún refulgen como las estrellas muertas que vemos aún en el espectro nocturno, en el firmamento austral. Quisimos ser apolíneos, pero jamás pudimos de dejar de ser dionisíacos. La gran verdad fue que todo fue un fenómeno (Erscheinung) cuyo correlato en cosa en sí (Ding An Sich) jamás estuvo. Nos sirvió para ver que, tras el velo del fenómeno (Phainömenon) no había nada más. Y, desde entonces, vemos la vida como la vivimos y no como la soñamos..
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