jueves, 26 de diciembre de 2013

Hiparquía y Crates

Cuando Hiparquía y Crates se conocieron, la ciudad estaba siendo abrasada por un calor recalcitrante. Se miraron y se saludaron. Ninguno de los dos se había visto nunca en el pequeño planeta que habitaban, donde casi todos los seres se habían encontrado, al menos, una vez en la vida. Cuando por las tardes ella llegaba a su casa, se recostaba semidesnuda en su lecho anacoreta, con la ventana abierta de par en par, para capear un poco las altas temperaturas; cuando él abría la puerta de su casa, se dirigía al refrigerador y sacaba de él una lata de cerveza, cuyo contenido se encontraba en un estado intermedio entre el líquido y el sólido, entonces se recostaba en su cama, abría la puerta y la ventana de par en par, cuyas posiciones alineadas permitían el ingreso de un gran brazo de viento intemperante que atravesaba la habitación. Le sacaba un par de acordes a su guitarra y se quedaba recostado tarareando una canción, bebiendo de vez en cuando la lata de cerveza y disfrutando del viento ambiguo de la tarde. Así, ambos, pasaban la tarde recostados y sumergidos en sus sendas reflexiones de sus dimensiones antípodas.

Ninguno de los dos había pensado alguna vez en el otro. Salvo honrosas excepciones, como cuando el joven Crates observó una vez, por entre la rendija que se formaba en una puerta mal puesta, el cuerpo entregado de la hermosa Hiparquía, quien se había agachado a recoger algo del suelo. Entonces, él pensó en lo bien que estaba esa mujer. Estas situaciones se fueron repitiendo paulatinamente a medida que el año avanzaba. Encuentros no planeados, miradas que se estrellaban en una sonrisa, carcajadas y una complicidad que los hizo comenzar a ser objeto de las saetas maledicientes de aquellos que les rodeaban, fueron adornando y dando vida a una extraña relación nunca falta de contradicciones. Ella estaba rodeada de los planetas que iluminaba y poco bien le habría hecho recibir uno más para que absorbiera su luz; él, estaba enloquecido en sus constantes y vesánicos proyectos, ora con mujeres, ora con exóticas ideas que poblaban su mente como los personajes de una novela mágica. Ella jamás sola en su soledad; él, jamás cuerdo en su medianidad. De este modo, totalmente ajenos, comenzaron a habitar una realidad común que se fue dando en enrevesados encuentros que terminaron cuando una tarde, la espada que había caído sobre el lecho y que los separaba, fue lanzada con descuido tan lejos como fue posible e hicieron el amor durante tantos días, que sus aromas corporales se intercambiaron y jamás dejaron de oler el uno como el otro.

Fue entonces cuando el cerillo del amor y el deseo los unió, sometiéndolos al más absoluto y secreto de los romances. Afuera, no eran más que dos personas que se reían de los demás, que se burlaban de sí mismos y que compartían un avezado gusto por lo lúdico; encerrados en el círculo de fuego, se comportaban como dos amantes, cuyo devaneo no vivía más allá del mediodía del día siguiente, cuando él partía y abandonaba la zona ígnea del deseo. Sin embargo, una tarde, mientras él besaba cada centímetro del cuerpo desnudo de su amante, escuchó una peculiar melodía. Era como el comienzo de una ópera de Wagner, con una potencia que le inspiró tanto que, a pesar de estar desnudo, fue ruidosamente por su guitarra, y comenzó a darle un acompañamiento musical a aquel sonido que provenía de las mismas entrañas de la hermosa mujer, cuya mirada confusa se quedó clavada en la del guitarrista. Entonces, fue dándole un acompañamiento tan perfecto, tan ideal, que la mezcla entre guitarra y el amor que le prodigaba con tanta pasión, como si de una Ópera Magna se tratara, pronto hicieron que la sinfonía misteriosa transmigrara en un bombo cardíaco de tan solo unos centímetros de diámetro.

Le llamaron Dioniso. Nació con características tan extrañas, que algunos de los amigos de la pareja creyeron que se trataba de un "anticristo". Esa denominación se perdió definitivamente, cuando el pequeño Dioniso comenzó a cantar y tocar la guitarra con una habilidad propias de un avezado músico. Entonces, se dieron cuenta que, a pesar de un mal genio del demonio y de una variación tan extrema en las ideas -característica que la madre atribuyó insistentemente a su padre-, el niño era un prodigio musical. Tan ducho en las artes como en las humanidades, en la música como en las matemáticas, comprobó rápidamente que la música occidental proviene de la observación del movimiento de lo planetas. Y, de este modo, el niño fue dando muestras claras e inmediatas a sus padres de que no había sido arrojado a la existencia en la forma peyorativa y estropeada en que pensaban prejuiciosamente que vendría.

Los tres juntos fueron un buen equipo. Todos provistos por una mente divergente, fueron el inicio de algo grande y que no se olvidó fácilmente en los anaqueles de la historia. Pero, por sobre todo, el destino solitario que se proyectaba como un espectro y se cernía maliciosamente sobre las vidas de Hiparquía y Crates, fue a dar al fondo del barril que les sirvió de casa mientras no quisieron abrir los ojos a una posibilidad. C'est fini.






sábado, 21 de diciembre de 2013

La calle

Internado en la ciudad nocturna, puedo oler el aroma de la vida. Sentado en un parque, tomándome una cerveza en lata, me encuentro con la primavera exudada por los árboles que me circundan. La calle presenta distintos personajes parranderos: oficinistas borrachos, cuyas corbatas fuera de lugar son una excelentísima carta de presentación; punkies de antipáticas miradas, enfundados en sus trajes con puntas; putas que reciben todo tipo de piropos preciosistas de ebrios conductores; en fin, la calle, la noche y su algarabía.

La noche cada vez se hace más mi compañera, desde que esa extraña mujer me abandonó. Nunca pude entenderla bien y quizá es todavía el gran error que cometo: no importaba comprenderla. En realidad, lo importante era hacer honor al dicho romano ¡carpe diem!. Disfrutar de su cuerpo delirante, de sus ojos sedientos de amor y de lecho. Quizá, desde que cayó esa espada en nuestra cama, la relación se fue enfriando, aunque todavía no me acostumbro a pensar que lo nuestro era solo sexo. Alguna posibilidad había de que en algún minuto todo fue parte de un plan de intimidad y complicidad, que nos transportaba a nuestros mejores tiempos pasados. En realidad, no quiero pensar mucho al respecto.

Voy de camino hacia otros lugares, pues la calle da para mucho. Es incomprensible la vida que llevo, pero es necesario ponerse en mi lugar para darse cuenta: quien no ha sentido esa libertad desatada y ensordecedora no puede hacer sus juicios críticos, desde sus cómodos sillones y embobecidos por la televisión. Es como el pensamiento político de algunos que creen que por votar están cambiando la realidad. Yo no hago nada que no me provoque un profundo y sensible sentimiento de placer.

Sentado en una cuneta, se me acerca un muchacho. Sus cabellos largos y lizos lo hacen parecer un hippie de los 60'. "Hermano, ¿teni algo pa' comer?" me pregunta, con la mirada perdida en un punto fijo. Lo invito a tomar asiento y en pocos minutos estamos compartiendo: él trae algo de hierba y yo unos sandwiches que me traje de un "encuentro". Fumamos y comemos. Conversamos. Él no es de la ciudad. "Vine acá porque quise independizarme del pueblo de donde vengo. Me aburría allá y mis papás no me daban nada más que lo esencial". Descubrí que tenía 23 años. A veces la realidad común es inhóspita con los que tienen mejores planes para la vida. Lentamente, voy comprendiendo que la calle y la noche son una dimensión a parte. El muchacho me cuenta que vive una vida clandestina y de calle. Sin embargo, trabaja algunos días para pagar un alquiler en un cuchitril que habita en una calle cercana al lugar donde estamos. "Si compadre, si yo vivo acá cerca" me dice, dándole un extraño énfasis a sus palabras.

Sigo caminando a través de la noche. Al principio, me sentía un tanto desorientado: estuve un par de horas atrás celebrando con unos amigos. Ahora, espero a otros que aún no aparecen, por eso aprovecho de recorrer las calles entre olor a cigarrillo y cerveza. Vuelvo al parque donde estaba al principio. Mientras bebo otra cerveza en lata, me pregunto qué significará vivir en la calle. Quizá, la atracción que le genera a algunos tiene que ver directamente con lo que la vida te ha dado: disgustos, desilusiones, esperanzas y desesperanzas. Como canta Manu: "La vida es una tómbola" y en esa perspectiva vas teniendo y no teniendo a la vez y, con la extenuante libertad de estar arrojados a esta existencia que te deja yerto y desvencijado el corazón, tomas la decisión final: habitar la calle. Muchos han tomado esa decisión y quizá yo mismo la tome alguna vez, pero no del mismo modo como ellos. Quizá mi destino en esta vida es deambular y buscar y buscar la esencia o el gusto o el sentido de esta vida que cada día me parece menos valiosa de ser vivida.

jueves, 19 de diciembre de 2013

La feria navideña

Son las 10 de la noche y estamos juntos. En un paradero muy alejado del centro de la capital, con el fresco viento de diciembre cepillando su cabello, fumamos y esperamos a que aparezca el bus. Hoy nos fue bien y estamos contentos con eso: nuestro trabajo fue productivo y pronto se acercan las fiestas, por lo que nos sentimos satisfechos. Al rato, viajamos mirando por la ventana las grandes casas adornadas con variadas decoraciones navideñas, cuyas luces relampaguean reverberando en los vidrios del bus en el cual viajamos. Ella me pregunta en relación al regalo que puede hacerle a su madre; yo voy pensando en que hemos estado tres días juntos y sin ni la más mínima discusión. "¿Será -me pregunto- que por fin estamos aprendiendo a estar juntos?". El bus se detiene y sube un señor a vender helados. Llamo al señor y compro dos helados de crema. Ella come su helado, apoyando su cabeza sobre mi hombro. Yo la acaricio.

Nos bajamos en Av. Francisco Bilbao con Américo Vespucio y atravesamos a la vereda de en frente. Nuevamente estamos sentados en un paradero; son las 10:35 pm. "¿Te has fijado que en estos días nos hemos llevado bien?", pregunta, mirándome con el rostro sonriente. Nos quedamos hablando acerca de eso. Bromea, diciendo que es mejor no decirlo porque puede atraer los malos espíritus. Por fin se acerca el bus que debemos tomar y lo abordamos. Nuevamente apoya la cabeza sobre mi hombro, pero esta vez se duerme. Es una mujer hermosa. Me parece que de pronto, todas sus facciones se unen en una sinfonía, cuya interpretación me proyecta hacia el infinito. Se parece tanto al reflejo de la mujer que amé en otros tiempos, se parece tanto por Dios, a esa mujer que me llevó a recorrer la galaxia con sus sentimientos, con sus pequeñas manos al acariciar o con sus labios que me besaban sin cesar. Acaricio su rostro y me centro en su frente. Deslizo mis dedos sobre ella, jugando tenuemente con sus cabellos. De pronto despierta y me mira con sus ojos acaramelados y una expresión seria. En ese momento, penetro en sus ellos: ¡Cuán distinta es, pero cuán difícil le es esconder esa esencia que escancié en nuestros años dorados! Sus ojos proyectan otra mujer, pero tan idéntica a la anterior.

Nos bajamos otra vez. Vamos caminamos entre algunas personas que están esperando locomoción. Nuevamente, encendemos un cigarillo y caminamos uno cerca del otro. "Hay una feria navideña, ¿vamos?", me pregunta con un sutil brillo en la mirada. "Vamos", le respondo en forma inmediata y con amabilidad.

Bajamos por la avenida principal. Hay mucha gente. Hacia el horizonte, un mar de luces nos saludan, diciendo: "¡Hola, soy Santiago en Navidad!". "¿Cuánta gente estará sola en estos momentos?", me pregunto. Hay tantas personas que pasan solos estas fechas, debido a múltiples situaciones. Quizá, lo mejor sería acompañarles, aunque, cuando todo está bien, no hay tanto énfasis en preocuparse por los demás. Un suave tirón a mi polera me saca de mis cavilaciones: "Mira, esto me gusta...", me dice, señalándome un pequeño puesto de chalecos. Entre una gama de distintos colores y formas, escoge uno bordado a crochet color glauco. "El glauco es uno de mis colores favoritos", le digo cuando me pregunta si me gusta.

Continuamos caminando entre la abigarrada muchedumbre. Su mirada está perdida entre la variedad de productos: chalecos, poleras, collares, aros, globos de colores, trenzas, vestidos, etc. Contemplo su mirada impresionada por la diversidad, es como que cogiera con sus ojos cada uno de los productos. Se acerca, los mira, los toca, se los prueba preguntándome "¿Qué tal?". Yo asiento y niego, pues he aprendido a ayudarla a comprar ropa. Me gusta que esté feliz. Me acerco y la beso, pero mientras la beso su mirada sigue perdiéndose en los objetos. Y, aunque esto a otros pudiera molestarles, yo sé que me quiere y que no significa nada el hecho de que su concentración no esté radicada en mí. Este es quizá el gran problema de algunos hombres, que quieren que sus mujeres les presten toda la atención del mundo. Esa noche, yo sabía que ella me conocía, y yo sabía quién era ella. Esa noche, fue una de las más felices de mi vida.

Han pasado dos años. Yo he cambiado y a ella la he perdido. Hoy mi vida es distinta, pero de algún modo se conecta con el ayer.

Desocupado de mis compras, observo mi celular y veo la fecha: 19 de diciembre. Vestido con un traje formal, voy caminando hacia el paradero para abordar un taxi. "Hace calor aún", le digo al conductor para entablar conversación. "Sí, y va a continuar así mismito", me señala el señor. Enciendo un cigarrillo mientras escucho que el señor me va haciendo consultas acerca de mis preferencias políticas. Cada vez voy prestándole menos atención, a pesar de que sus ganas de conversar van en aumento. A tres cuadras de mi destino, observo que hay una gran feria navideña. "Déjeme aquí en la feria, por favor", le ordeno al conductor.

El tiempo va pasando sin poder asirlo. Se encoge y se estira como si de un elástico se tratara: mediante la memoria, los recuerdos van quedando atrapados en las dimensiones que le vamos asignando inconscientemente. Y, de ese modo, cuando entramos o tocamos los ámbitos reales de tales dimensiones, entonces se abren las puertas y entramos en el ámbito del recuerdo (de la melancolía).

Son las 11 de la noche y camino entre la muchedumbre. Hay globos de colores, vestidos, chalecos, poleras estampadas y muchos locales de comida. Hay niños que sonríen y piden todo lo que ven. También hay parejas que caminan de la mano o abrazadas. Veo una pareja que me transporta al recuerdo: un muchacho moreno y alto, con una chica pequeña y de ojos acaramelados. ¿Qué es lo que pasa con el tiempo cuando reverbera en la memoria? ¿Qué es lo que ocurre con la vida cuando retumba en los anaqueles del corazón? Hoy estoy caminando solo en esta feria. Quién sabe si ella caminará sola por las ferias, al igual que yo. Quizá, la feria navideña tenga el sentido de ser una dimensión de recuerdo, un páramo por el cual atravesar un implacable momento de nuestras vidas. Tanto en la suya, como en la mía, esa feria constituyó un momento importante. Y, llevando la meditación más allá, quizá ella olvidó que estuvimos aquel 19 de diciembre, cerca de la medianoche, comprando y paseando. Y, quizá, no solo olvidó eso, sino que olvidó que yo la amaba y que habita en el fondo de mi corazón. Quizá, ya no recuerda estos momentos inolvidables, porque simplemente para ella no lo fueron. Y, aunque la vida siga pasando sin ella, a lo mejor para ella lo es así, porque para mí, la vida que va pasando sin ella no es más que la continuación de haber sido suyo.

Atravieso la feria y salgo de ella. Entonces, de camino a la casa, enciendo un cigarrillo. El viento acaricia mi rostro y maquinalmente mi mirada se dirige al firmamento: las estrellas esperan ahí clavadas, como tanto esperé sus aromas, como tanto me anclé a las posibilidades, como tanto amé y no dejé de amar, como mi corazón transportó su querer a otros ojos, a otros labios, a otras manos, a otros cuerpos con los cuales atravesé las sendas sinuosas de esta existencia. Con el corazón acongojado, esta noche decidí que ya es tiempo de ser feliz.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Micros Amarillas

La 108 "Nuevo Amanecer/Los Libertadores" fue un recorrido de microbuses de Santiago que entra en la categoría de las antiguas "Micros Amarillas", nombre popular que se les daba a estas máquinas que atravesaban Santiago de Norte a Sur, de Oriente a Poniente, por el color del cual estaban pintadas. Estas "micros" esconden, como todo espacio público citadino, muchísimas historias: amores, rompimientos, asaltos, encuentros, hasta una que otra trifulca de pasajeros ebrios que viajaban de noche. Recuerdo que cuando les indicabas que se detuvieran, lo hacían cuando querían, dependiendo del estado de ánimo del conductor. Aunque en su tiempo fueron tan molestas para ciertas personas (que, por lo demás, eran quienes ni siquiera las usaban), no dejan de ser un recuerdo pintoresco de esta contaminada ciudad del sur de América.

Yo nací a mediados de los 80' y tuve la suerte de hacerlo "en Dictadura". Augusto Pinochet Ugarte, fue Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y cumplió su "deber" de proteger la democracia, a base de destruirla. Yo no tengo un recuerdo muy preciso de lo que ocurría política y socialmente en el país, pero sí aún huelo ese aroma a "miedo" que se respiraba por las calles. Mi padre trabajaba para una gran firma estadounidense, que se había establecido en el país. Cuando yo nací, él tenia 24 años. Moreno y delgado, dotado de una voz tronante (que yo mismo heredé), conquistó a una muchacha en una "Fiesta Comercial" a la cual ella había ido con un amigo. Al comprobar éste que estaba siendo cortejada por mi padre, le quitó la bufanda que le había prestado y se fue del evento enfurecido. Los años 80' estaban comenzando, cuando el amor de estos dos adolescentes nacía y las flores del cambio comenzaban a exhalar su aroma libertario.

Uno de los elementos más pintorescos de mi padre es que su conocimiento de la ciudad era eximio. Cuando alguien le preguntaba por una dirección, era capaz de indicarle hasta el número de "micro" que debía tomar: "Súbete a la Pila Recoleta y bájate en...", solía contarnos que le decía a sus amigos cuando tenían que ir a "pincharse una minita" o "ir a buscar pega". Como su conocimiento de la ciudad era tan grande, obviamente también lo era el de las "micros", que viajaban por Santiago como si de abejas alrededor de un panal se tratara. Por consiguiente, mi padre siempre me sacaba a pasear por la ciudad, enseñándome el nombre de las calles, mencionándome qué edificios importantes estaban en esas direcciones. Me indicaba cuáles eran las cantinas más relevantes, por las que mi propio abuelo alguna vez anduvo de paso. Recuerdo que me llevaba de la mano o a veces me subía sobre sus hombros: ante la grandeza de la ciudad para un niño como yo, quedaba pasmado frente a la multitud y le rogaba "¡Ayúdame a mirar!". Con él me sentía protegido. A su lado, me sentía poderoso y con toda la seguridad del mundo. Junto a él, mi infancia fue despertando en el sentimiento de apego a la ciudad y a su abigarrada incumbencia humana.

Yo siempre fui un niño inquieto. Me gustaba explorarlo todo y no podía con facilidad estar sentado mucho tiempo en un solo lugar, por lo que mi padre, al comprobar que en algunos viajes que realizábamos en "micro" yo me aburría demasiado, inventó un juego. El juego comenzaba en cualquier momento y, sobre todo, en el momento de mayor descuido por parte de uno de los dos. Consistía en que, cuando viajábamos sentados en la máquina, cada uno debía proteger sus rodillas con las palmas de sus manos. En caso de que fueran descubiertas, el otro podía comenzar a dar suaves, pero rápidas palmadas. Quien lograba añadir más palmadas a su cuenta, ganaba. Lo más divertido era que mi padre siempre sabía cómo distraerme para que yo descuidara mi defensa y entonces comenzaba a dar palmetazos, ganando muchos puntos. Entonces yo me enfurecía y le decía que no quería jugar más, para que sacara sus manos de sus rodillas y yo pudiera entonces comenzar a golpearlas. Estoy seguro que este juego es completamente básico e incluso puede parecer ridículo para alguien, pero créanme que la diversión que nos provocaba era inmensa.

La calle se perdía a veces por entre esos lugares tan nuevos para mí. Entre poblaciones, pichangas y música combativa, atravesaba la "micro amarilla" levantando polvo y siendo perseguida vesánicamente por perros callejeros. Mi padre y yo íbamos en ella, jugando al viejo juego de las palmadas en las rodillas. Entonces las distancias se acortaban y, ora estábamos ya en la Plaza La Palmilla, ora estábamos doblando a la derecha por Av. Recoleta. Sin que pudiésemos darnos cuenta, estábamos ya cruzando el Río Mapocho y nos metíamos por la calle San Antonio, abrazada por la sombra de los edificios que la rodean.

Este día la gente va más feliz y los titulares de los diarios tienen coloridas portadas. Los vendedores de helados dialogan con los pasajeros y, en general, todos hablan entre todos. Con mi padre vamos por la Av. San Antonio, en la "108 Nuevo Amancer", jugando nuestro juego: una anciana nos queda mirando y sonríe. Hay muchos carabineros en las calles, sin embargo, algo ha cambiado para siempre en el ánimo de las personas. Hay miles de papeles picados en el suelo y algunas banderas con consignas políticas. Atravesamos la calle Merced y continuamos por San Antonio en dirección hacia la Alameda. Una señora va hablando acerca de la dificultad que tuvo para votar: "Si los pacos no querían que votáramos, nos costó re harto poder hacerlo". Yo, cuidaba el bastión de mis articulaciones de la mano grande de mi padre; él, miraba por la ventana hacia la calle. Nos bajamos en Alameda con San Antonio, en el antiguo edificio de Almacenes París. Caminamos hacia el poniente. El sol de la tarde ya se había ido a esas tierras desconocidas para mí, a pocos minutos de irse a dormir entre las cimas de la Cordillera de la Costa. Afirmado de la mano de mi padre, sumándole a ello las sonrisas que se esbozaban en el rostro de las personas, comencé a sentir una extraña sensación de felicidad en mi interior.

Seguimos caminando y atravesamos raudamente Alameda con Teatinos: el edificio de La Moneda se levantaba sombrío en aquella tarde copiosa de rayos de sol. Nunca entendí la felicidad que sentí esa tarde, quizá mi corazón latía por circunstancias que no alcanzaba a comprender. Yo sonreía y mi padre también y el sol de la tarde nos iluminaba la piel morena. Las personas caminaban y se abrazaban en un gesto de reconciliación. Todos celebraban abierta o secretamente. Sin embargo, yo no sospechaba que muy cerca de donde me encontraba, afirmado de la mano de mi padre, con mis pantalones cortos azules y mi chaleco blanco con rayas azules, estaba un dictador que tenía los días contados: así era el Santiago de mi infancia, donde todo olía a gas lacrimógeno, al ruido ensordecedor que clama por libertad, al silencio injusto del rostro de mi madre cuando pasábamos cerca de los militares, y a las sonrisas y emociones que nos proporcionaba ese juego ochentero que creamos con mi padre para aplacar el aburrido, pero tan ansiado viaje de fin de semana de la "108 Nuevo Amanecer/Los Libertadores".

domingo, 15 de diciembre de 2013

Meditación

Esta es la hora cordillerana, la de los cielos malva, aquella en la cual el sol nos abandona dejándonos con la esperanza de que mañana volverá a salir. En esta hora hay cientos de recuerdos de otros tiempos, mejores o peores, quién sabe, lo importante es que no puedo sino mirarlos como el castillo que está encerrado en una burbuja de cristal. Aunque el calor es insoportable en esta ciudad de mierda, dentro de la burbuja nieva. Y no es que este pasando nada más que ahora, como si el invierno de mi corazón fuera una cuestión circunstancial. Hay días en que me rearmo, para continuar adelante. Hoy es uno de aquellos días.

Hoy es el día del recuerdo. Tantos y tan variados, imágenes pobladas por vivos y muertos, por momentos únicos como aquella noche nortina en que sacamos nuestras cabezas hacia afuera del pick-up de la camioneta que nos llevaba y entonces pudimos ver las estrellas como si estuvieran frente a nuestros rostros. O, cuando vimos unas extrañas luces en el lago Huillinco, que atribuimos a naves del espacio exterior. Todo es un recuerdo y no importa cuán fuerte o cuántas veces retorne a nuestra conciencia, pues de uno u otro modo, exudamos aquello que hemos sido y no hay mayor ciego que aquel para quien el pasado debe ser negado.

A veces, cuando me siento cansado, me vuelvo irrefutable. Puedo ser nada más que un argumento, pero más bien, realmente aquello que soy es una falacia. Mas, ¿qué es la verdad? Hoy nadie puede creerle a Machado, nos quedamos pasmados viendo transcurrir la realidad en frente de nuestros televisores o pantallas de aparatos tecnológicos y atribuimos la verdad a puras huevadas. Quizá algún día vuelva Dios y llene los estadios, patrocinado por Coca-Cola o Mc Donalds; quien sabe si vuelve resucitando los muertos y torturados, o quizá si resucita las flores que asesinamos para construir las carreteras que nos conducen por esta tierra que tanto amamos (?) Porque el mundo no es mío, ni tuyo, el mundo es de todos y los países son una imbecilidad.

Hoy yo no voté y me da lo mismo quienes hayan votado. En realidad la ciudadanía y el compromiso cívico son factores fundamentales para lograr construir una sociedad tan sofisticada y ordenada como la nuestra, donde un porcentaje ridículo de la población aglomera todos los bienes que los demás carecemos. Además, se acerca Navidad. Los mall llenos y los papás y mamás comprando desaforadamente objetos materiales, cuyo valor desaparecerá con la costumbre. Sería fantástico que transformáramos la Navidad en lo que realmente es, en el nacimiento de uno de los seres más maravillosos que han poblado la tierra. Y, quizá alguien pueda protestar o negar su existencia, o realizar aspavientos ateos... a ellos les digo: esos no son los cuestionamientos fundamentales, sino maneras de lanzar piedras contra un tanque y siempre me causarán risa, porque con sus argumentos -creen- se vengan en nombre de la Razón (¿no es eso acaso también un invento griego?) Yo no me fiaré más del pensamiento de ganado de las personas, yo intentaré vivir.

Y, para finalizar esto que acabo de escribir y que puede ser una tontería, te cuento que la verdad definitivamente habita dentro de tu corazón: no la busques en el rostro del otro, ni tampoco en las cosas materiales, ni en aquello que te rodea, cuando seas realmente feliz, los demás a tu alrededor también lo serán. En ese sentido, podemos interpretar la frase de Chris "Happyness is only real when is shared":

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Esta isla es mía.

La mañana se despierta luminosa y un cálido viento resopla sobre esta isla. Es aquí donde vivo, donde ha escogido el destino ponerme. Han pasado varios años ya desde que encallé en este pequeño pedazo de tierra y no deseo más que acabar mis días en esta isla. Pues, de todos modos, esta isla es mía y, ¿qué cosa puede reclamar el hombre como verdaderamente suya, más que aquella que se ha encarnado en su propio cuerpo? Este terreno es mío y aquí me quedo.

Con cansancio me he ido acostumbrando a estar solo. Primero, fueron las olas mis compañeras matutinas, vespertinas y nocturnas, las que me cantaron todas las canciones que se sabían y que ahora he interiorizado como mías. ¿Han alguna vez despertado tan cerca de las olas que su brisa les humedece la piel como si se tratara del rocío matutino sobre las delicadas hojas de las rosas? Las olas son mías y me cantan. En ellas, encontré el frescor y el descanso y, cuando no había nada que hacer y yo estaba como ocioso por las extrañas cosas de la otrora isla desconocida, entonces yo me sumergía en el mar y conocía sus misterios. Desconocía la isla, pero ya no. Hoy la conozco porque es mía, como alguna vez yo fui de alguien y, de seguro, tú que estás leyendo fuiste o eres de alguien.

Las palmeras dejan caer de vez en cuando sus frutos. Duros como rocas, pude al fin descubrir cómo utilizarlos en mi alimentación e hidratación: no morí de hambre, ni frío, ni cansancio porque he sido tan duro como aquella gota que, de tanto caer sobre las rocas, las ha agujereado. Tal es su perseverante poder. Y yo, que he sido como una gota, he caído todas las veces que ha sido necesario para poder hollar esta isla que es tan mía. También he hallado algunos frutos silvestres. Aunque he podido alimentarme también de los productos marinos que el mar me regala, a veces extraño la carne. Acá no hay carne, pero sí hay varios crustáceos comestibles, y los busco. Esta isla me alimenta, porque es mía.

Cuando la soledad me ha embargado, en los días lúgubres y aciagos de lluvia (que, por cierto, dura una gran extensión del año), entonces, me sumerjo y trabo amistad con los peces. Unos grandes, otros más pequeños, algunos de colores opacos, otros que brillan fulgurantes y que se quedan como lanzando sus luces en el reflejo del agua: hay algunos de ellos con los que he compartido, pero he tenido que emerger a la superficie rápidamente, pues el aire se me agota y, cuando regreso a reencontrarme, entonces ya se han ido. Sin embargo, hay otros y se me acercan y saben que esta es mi isla. Aunque no me dicen nada, lo sé todo porque con su nado me dibujan las palabras que necesito comprender para entenderlos. Son peces maravillosos, que entran y salen de mi vida como actores en el teatro.

Cuando recién llegué, me ocurrió un suceso que he vuelto a recordar toda mi vida. Un día, mientras fumaba un cigarrillo de los que me quedaron del naufragio, lloraba sentado en una roca mirando al horizonte. Sabía que no estaba solo, porque Dios enviaba un rayo del cielo que reverberaba sobre las olas del mar, como diciéndome que no temiera. Sin embargo, la fe del hombre es necia y yo seguía compungido de dolor. Las lágrimas nublaban la visión y no podía ver con claridad. El humo del cigarrillo se volatilizaba como danzando un baile serpenteante, cuando de pronto observé algo impresionante: una hermosa sirena me saludaba desde el mar. Me acerqué a mirar mejor, pues no podía dar crédito a lo que mis ojos estaban contemplando. Cuando noté que una cola aguamarina se deslizaba por el océano, entonces me lancé al agua. Sumergido, ella se me acercó y me miró a los ojos: eran glaucos, como una joya de la India, y su mirada connotaba una expresión de soledad. Cuando quise acercarme, se fue rápidamente y pensé que nunca más volvería a ver a esa maravillosa criatura marina.

Estuve un par de días intentando no enloquecer con esta vesánica experiencia: ¿habría sido una ilusión, una fantasía provocada por mi cerebro ante mi insoportable soledad? Paseé por toda la costa de la isla para comprobar si existía de verdad ese ser maravilloso. Recordaba sus ojos verdes y la fina contextura de su cuerpo. Recordaba sus senos redondos, que parecían una ilusión ahí desnudos bajo el agua. Pasadas unas cuantas horas, decidí sentarme sobre una roca, exhausto. Ya todo me parecía parte de una fatamorgana, por lo que decidí no darle más chance al asunto.

Una tarde, intenté pescar. Construí con trozos de alambre un anzuelo y utilicé una fina cuerda como hilo. Aunque no quería, no podía dejar de pensar en la sirena. Fue entonces, cuando ella apareció de nuevo, pero esta vez, me arrastró al mar. Sumergido y asustado, me la quedé mirando con la vista como perdida: era tan hermosa, que su mirada me evocaba solamente recuerdos felices. Me acerqué a sus labios y la besé: ella no se dejó más que besar, me abrazó, presionando suavemente su delicado busto contra mi pecho, y se marchó a toda velocidad por esas latitudes insospechadas. Me quedé simplemente atónito y bastaron varios días para que pudiera volver a la normalidad. No sabía si volvería.

Hoy, sentado en una cuerda, recuerdo que ella volvió tantas veces. Fue mi compañera, me acompañó a estar solo y a llorar bajo el agua (cosa que, por lo demás, es tremendamente extraña, aunque placentera) Cuando me sentía acongojado o sin esperanzas, la veía aparecer entre las rocas, con una estrella de mar que colocaba en mi mano. Era enternecedor observar su belleza y sentir que esa estrella se presionaba contra mi mano, como su cuerpo se aprisionaba a mí cuando me abrazaba bajo el agua. Amé a esa mujer silenciosa, marina, de verdes ojos y de cabellos de oro, de esos que relumbraban bajo el mar luminoso de las tardes soleadas. Esa sirena o esa mujer (ya no importa este asunto en realidad), se llamaba Esperanza. Y, aunque nunca supe su nombre, ese lo fue para mí.

Cuando Esperanza se fue yo ya me había acostumbrado a la vida en la isla y a sus constantes visitas. Ella jugó un rol importante en la necesaria toma de consciencia que tuve que tener para darme cuenta de que esta era mi isla, que el destino tenía un motivo para ponerme aquí. Y, quizá por ese motivo, yo la amé tanto y, cuando se fue, lloré como un niño. Es que las lágrimas no me alcanzaban para decirle cuánto la extrañaba. Cuando los rayos del sol se marchaban y el viento comenzaba a cantar con el resoplido tenue entre los árboles, entonces era como que escuchara sus ojos, como que sintiera sus senos apretándose contra mí. Y las lágrimas no me alcanzaban para expresar mi dolor. Esperanza se fue y yo me quedé. Yo no sé bien por qué se fue, aunque hayan venido otras sirenas a verme después.

Hoy ya han pasado varios años desde que Esperanza se fue. También vinieron otras sirenas que me acompañaron durante mi soledad. Es que la soledad del náufrago, siempre está acompañada del viento de la tarde, de los rayos relumbrantes del amanecer proyectados oblicuamente sobre el mar, iluminándolo todo, como una fiesta marina de peces, de algas, de sirenas y crustáceos de todo tipo que deslumbran con su color. La vida en soledad está acompañada de la misma soledad y de un cántaro de coco. La vida en soledad se vive entre peces que se marchan y que alguna vez vuelven a tu vida, aunque con colores distintos, más grandes o más pequeños. Yo vivo en esta soledad y la amo porque es mía. Como mía fuiste alguna vez tú, que hoy estás tan lejos de mí.



viernes, 6 de diciembre de 2013

Mi corazón y el mar

"Ahora puedo sentir como Raskolnikov", pensó el muchacho mientras vagaba sin rumbo, con el alma destrozada y acompañado del calor exasperante de la ciudad. El sol reverberaba en las calles, como la imagen de la muchacha en el brillo de sus ojos: ya no quedaban opciones de volverse a encontrar, pues la otrora reunión simple y sosegada, se había transformado en un ditirambo de emociones que se transformaban en palabras y caían copiosamente sobre ella. Sin embargo, ¿qué opinaba ella? Una tumba sin abrir.

Se conocieron durante un viaje. En el andén de una desvencijada estación de trenes, ella le pidió fuego. Conversaron durante unos minutos y, al abordar el vagón, se dieron cuenta que no había motivo para no irse juntos. Ella se dedicaba a desenvolver los vestigios del hombre; él, a presentar un mapeo de neuronas que, unidas, configuraron el pensamiento como se conocía hasta entonces. Ambos, dentro de una realidad similar, pertenecían a mundos obstinadamente distintos. Cuando ella se bajó, ya habían intercambiado el contacto. Y, los viajes se repitieron como un eco necesario.

Algunas tardes, mientras venían viajando, el vagón se quedaba detenido como una ballena varada en una playa desolada, como un tronco en un campo yerto y sin vida. Entonces, bajaban y, en medio del mustio escenario, fumaban y conversaban, entumecidos, sobre cuestiones superfluas. Sin embargo, cada día que pasaba, el germen del enamoramiento iba taladrando el corazón del muchacho y su vida comenzó a hacerse tortuosa. Se levantaba por las mañanas y la pensaba: "Ayer, con su vestido glauco y sus ojos de miel danzando por los páramos..." No había momento en que su corazón no latiera por ella y, aunque estaba consciente que le valdría cara la empresa, sabía que su corazón jamás había podido ser detenido por su propia voluntad. Esperaba que simplemente ocurriera el milagro o, en caso contrario, quedar despedazado y en el olvido ontológico.

A juicio del muchacho, todo indicaba que debían estar juntos. Las noches en las que viajaron abordo de aquella máquina trastabillante, con la compañía de la soledad de la tierra y el tiritar de las estrellas, fueron las más maravillosas de su vida. Cuando sus ojos se encontraban y se hundían las miradas cada una en la otra, como una gota infinita cayendo sobre un mar de emociones, el corazón del muchacho explotaba en un éxtasis cósmico, en una explosión primigenia, cuyo sonido aún puede escucharse flotando por esos páramos perdidos. A juicio del muchacho, ellos debían estar juntos. Sin embargo, el destino que es insondable y lo abismal del alma humana, estaban en otros senderos.

Una calurosa tarde, luego de haber acumulado tantos kilómetros de emociones y cercanía, ya no aguantó más y le declaró su amor con lujo de detalles: "Eres la mujer más maravillosa que he visto"; "Tus ojos son como una puerta hacia la belleza infinita, hacia el Creador"; "Cuando estoy contigo, el tiempo se desvanece y el reloj no sirve...". "Atrévete a estar conmigo, ¡busquemos el cielo juntos!". Le dedicó incluso, algunos poemarios que fue escribiendo en los próximos viajes que iba realizando, aunque ahora en la soledad que le destrozaba el corazón día a día. Ella, aunque convencida de que aquel muchacho era algo importante, no se conectó con el mensaje y la misma sintonía. Decidió de inmediato no viajar más con él. Algunas luces extrañas aún habitaban su cielo y no quiso comprometerse en una aventura nueva. Entonces, jamás volvieron a verse.

Con el corazón destrozado, caminaba el muchacho lentamente por el anden mientras fumaba un cigarillo, aunque sin disfrutarlo. Fumaba maquinalmente como el traqueteo del tren. Las piedras atravesaban su mirada casi sin sentido, como objetos insubstanciales en un vacío ontológico. La máquina iba lentamente cruzando esas lejanías, como el recuerdo de la muchacha lo hacía con el corazón del chiquillo: "¿Dónde estará esa estrella luminosa?", se preguntaba con las pupilas fijas en el espectáculo del mundo. La música sonaba en su reproductor y su efecto era excavar con mayor profundidad su dolor. Había sido rechazado, como un objeto desvencijado, arrojado a la existencia, pero sin ella. Entonces, deambuló su pesar y volvió en sí: estaban cerca del mar.

Se bajó en la estación y caminó por la playa. El calor impresionante lo había hecho venir hasta aquí, en forma inconsciente. Aunque hacía mucho calor, la playa estaba vacía. Se sentó, encendió otro cigarrillo y sacó de su saco un libro. Leyó unas cuantas páginas y decidió entrar al mar. Y, mientras iba entrando al mar y antes de sumergirse, habló con Dios con las palabras de Machado:

"Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería,
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar."

Octavio Alto

jueves, 5 de diciembre de 2013

Tarde Veraz

Te encontré en medio de la fiesta
y lucías como una copiosa gota rosa
escondida entre los beodos comensales
habitantes de esta fiesta dionisíaca.

Brillabas como una estrella infinita
con la luz solemne de relumbrancia
me encaminé a acurrucarme a tu lado
para poder acariciar tu llamita.

¡Transformate en mi doncella!
Oh, copiosa luz astrológica.
Trasvasija el llanto de tus ojos
en sonrisas.
Busca el páramo de estos labios
y hallarás sus flores marchitas.

¡Míranos hoy! Somos un fuego desatado
desde que te pusiste a mi lado
no he dejado de brillar exiguo,
cuya felicidad ha sido, a tu lado brillar.

No veas hacia el pasado
como juzgando el presente
como si fuera importante
lo que otrora era diferente.

¡Transformate en mi guitarra
y te sonsacaré acordes las madrugadas!,
cuando tu boca se curve
en el amor consumado
y después te preguntes
"¿Por qué llegué tarde a tu lado?"

Reflexión sobre una quimera

Si buscarte fue errar la pesquisa,
si encontrarte mi error cotidiano,
que te apartes de mi lado,
contigo mi alma agoniza.
Te vas y con mucha prisa,
rápido, vuelas de estos prados,
como un cometa encumbrado
sobre las álgidas brisas.

Tanto que lloré encontrarte
tanto que clamé estrecharte
en estos brazos baldíos,
llenándome de esperanza,
el corazón mustio.
Como un yermo ventisquero,
un vendaval que te recorre entero,
busqué tus labios primero,
que no dijeron "Te quiero".

Ya es hora que yo te olvide.
No hay medida tras sueño y muerte:
con mi corazón doliente
me marcho hoy de esta historia.

Octavio Alto

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sustenazo

Ávido de ti
me lanzo a tu conquista.
Mas, no voy con la torpeza manceba
de mis años mozos:
me dirijo a ti y contemplo
tu preciosa geografía
como Julio César,
orgulloso, respiró el viento de las Galias.
Es que eres tan inmensa
en tu bosque de altos árboles
que, con mi corazón ardiendo, voy explorando tu ser.
Y el viento resopla:
en el silencio recóndito de tu alma
beso el elixir de tus labios,
hermosa y tibia carne,
que se extiende por esas pardas geografías.
Ya vez, me pongo enfrente de mis miedos
y desaparezco como un águila infinita
cobijando la esperanza de las cosas imposibles.
He anidado un sueño:
y tú te vas callando cada día
y mi sueño se torna una quimera.
Sueño roto, como las hojas mustias
de un otoño que jamás se vestirá de primavera.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Ya lo sabes

Ya lo sabes,
con mi voz te lo he dicho,
con el resplandor de mis ojos
te lo dije.
Quiero llevarte a conocer
nuevos puertos del alma
amarte al amanecer, al alba,
y llevarte al amor, conocer.

Ya lo sabes,
mi corazón palpita vesánico
cuando entraste en mi vida,
no pude apartar mi mirada
con mis ojos de lirio
y mis esperanzas amplias.
Como ahora lo sabes
me siento en una roca a esperarte.

Tengo un inmenso jardín de rosas
esperando ir a encontrarse contigo:
una rosa de pie en la mañana,
otra pálida, al borde de tu ventana.
Pondré sus colores en tus ojos,
redoblaré mis esfuerzos para amarte
Te traeré, la mañana en una nube
y esperaré que el sol te desnude.
Una fría mañana en mis brazos
será como el eco de la oriflama,
te iluminará y cobijará
ante todas tus susceptibilidades.

Ya lo sabes.
Ya dejé de estar tan triste;
las nubes pardas han emigrado,
y las luces del sol, tu rostro,
han iluminado.
Veo tus ojos, veo tu boca rosácea,
tus pálidas manos, tus cabellos de oro:
te veo y te añoro.

Ya lo sabes.
No dejes que mi amor se disipe,
date un tiempo para
que lleguen las amplias sonrisas
y las chaquetas humedecidas
tras caminar abrazados bajo la lluvia.
Si me das una muestra de luz
te amaré y tu vida será más feliz.


Esperanza

No puedo esperar a que vuelva
el viento que quiso marcharse,
como la brisa que envío a tus manos
esperando que de mi amor te des cuenta.
Por todos los círculos viajas,
como una cíclica rosa,
que, desvistiéndose en suaves virajes,
con su tierno girar mi sonrisa provoca.

Tímida luna, vestida de lino amarillo,
Ven y abrázame, belleza nocturna
con tu luz relumbrante
y tus besos silueta de lirios.

Cortaré una ramita y la haré tu sustento,
pues no quiero que caigas herida
como un alma después del Amor:
pequeña ramita, tu tienes mi corazón.
Y estos versos los canto al mirarte,
y cuando no te miro, te los canto
en el llanto de tanto esperarte
en la noche de ansias, de tanto desearte.

Duerme, sueña la noche absoluta,
cuando estés en mis brazos serás infinita.
Tranquila, ya vendrá el tiempo ansiado
y con éste las tardes de grandes sonrisas.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Adagio

Las amapolas soltaron su metafísico néctar
y soplaron los vientos en tu rostro espectral
los campos ya no son verdes como antes
hoy la música de tu alma se ha apagado.
¿Dónde encontrar el brillo de tus ojos?
Si me pierdo en cada esquina buscando tu eco.
Dondequiera que voy resuena tu nombre
y el cielo de tu rostro es reflejo.

Si quisieses beber de mis vasijas
te ofrecería también mis panes:
cuán grande sería la cena.
Comunión absoluta, dulce de pie degustado
me pierdo en tus ojos, respiro tu aroma endiosado.

Yo estoy aquí, sin ti. Tú estás allá,
y mi ausencia no es innecesaria.

He sido

He estado entre las rosas y entre los árboles;
he danzado con los recuerdos matutinos
y su rocío pasajero que humedece el alma.
He estado entre las montañas y los ríos
que bajan serpenteando la geografía de mi tierra.
Yo he dibujado en la arena su nombre y el mío
y después he recorrido la playa solitaria, sin ella.

He mirado tantos rostros cansados
y algunos han impreso su huella mustia en mi alma.
He visto llantos de niño tan clamorosos
que provocan un dolor insoportable.
He visto la sonrisa de la mujer que amo
y también la he visto irse, sin atreverme a decir lo que siento.
He visto , he estado, he mirado, he llorado entre tanto.

Yo veré tu sombra alargada y tu rostro alargado
y no cobijaré más esperanzas
que las de ver una lluvia de estrellas
como lágrimas cósmicas cayendo por mis mejillas:
cuando desaparezcas te extrañará mi alma,
pero más clamará por tu voz mi recuerdo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Esperanza

No puedo esperar a que vuelva
el viento que quiso marchitarse,
como la rosa que envío a tus manos
esperando que de mi amor te des cuenta.
Por todos los círculos viajas,
como una cíclica brisa
que se deshilvana en suaves virajes
y su tierno girar mi sonrisa provoca.

Tímida Luna, vestida de lino amarillo
¡Ven y abrázame, belleza nocturna!
Trae tu luz relumbrante
y tus besos silueta de lirios.

Cortaré una ramita y la haré tu sustento,
pues no quiero que caigas herida
como un alma después del amor:
pequeña ramita, tu tienes mi corazón.
Y estos versos los canto al mirarte,
y cuando no te miro, te los canto,
en el llanto de tanto esperarte,
en la noche de ansias, de mucho desearte.

Duerme, sueña la noche absoluta,
cuando estés en mis brazos serás infinita.
Tranquila, ya vendrá el tiempo ansiado
y la vida de grandes sonrisas.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Tú y Yo (y el Tiempo)

Una noche tranquila y pusilánime se erguía en monumento oscuro de ideales hechos trizas. Nosotros estábamos ahí, pero no estábamos en ningún sitio: la modorra de la existencia y el aguijón del nihilismo nos había convertido en seres hipercriticistas que no encontraban sino la mácula en los ojos que nos objetivaban. Trabajamos por tantos ideales, pero no percibíamos -o no nos apercibíamos- como viviendo en los tiempos dentro del mausoleo del sentido. Estábamos vivos, pero estábamos tan muertos.

Éramos como cadáveres que se desmaterializaban tras el paso del tiempo. No encontramos más sentido que mirarnos como extraños, de reojo, como suponiendo la traición en cada acción del otro. Cuando bebíamos, terminábamos en sendas discusiones, cuyas temáticas eran tan infertiles como el hecho de continuar juntos, y entonces te ibas sin perdonarme más; entonces te ibas sin perdonarte más. Brillamos con la majestuosidad del Sol, nos ahogamos como la Luna sobre el horizonte en el mar.

Detuve un taxi y subimos: las cervezas habían amenizado un poco nuestra eterna discusión. Ibas con tu cabeza recostada sobre mi hombro, entonces yo decidí acariciarte. A veces pensé que podíamos estar juntos para siempre, pero nunca me di cuenta que lo nuestro era la esperanza de vida de un cáncer terminal. Encendiste un cigarrillo cuando el vehículo dobló en la calle P... con P..., entonces, te ofrecí fuego: "Gracias, qué caballero", dijiste con el tono típico que usabas cuando estabas siendo irónica. Miré hacia afuera con desazón en el rostro y vi una pareja que reía mientras caminaba de la mano: "¿Te acuerdas cuando éramos así"?, le pregunté con una sonrisa que connotaba un inevitable desdén por el presente. No hubo respuesta, sólo abrió su cartera y sacó su labial. El taxi se perdió entre las sinuosas calles de la ciudad nocturna.

A la mañana siguiente, desperté y ya no estaba: se había ido temprano, sin que yo la escuchara. Se llevó todo lo que alguna vez había amado. Se llevó todos los motivos que me hacían recordar la mejor época de mi vida, se llevó los pétalos del retrato que pinté con mis palabras. Nunca más la vi. A veces, todavía me parece como si no hubiera sido, como si en verdad no existiese nuestra decadencia en el tiempo. Hay tardes en que me siento a echar un poco de humo y la veo en la pesadez de mi mirada sobre los objetos. Hay noches en que siento el sonido de su alma; existen esos silencios que son como los gritos más fuertes y su nombre se estrella contra todas las murallas. La perdí, nos perdimos y hoy seguimos siendo, pero siendo como el retrato desvencijado sobre un mueble viejo.

Tú y Yo

Estamos tan vivos,
pero parecemos peces muertos
flotando a la deriva
en un mar aciago.

Te miro y me miras
mas la magia dura solo unos segundos,
como la explosión inmensa
con la que se generó el mundo.

Siempre he amado lo imposible,
como tus ojos imposibles,
como tu sonrisa imposible,
y te juro que este amor será invencible.

Tú luchas desde tu esencia de mujer,
yo hago la guerra con las palabras.

martes, 12 de noviembre de 2013

Trava

Esa mujer me observa
Me guiña el ojo, me llama.
Sus labios rojos me cautivan
La delicadeza de sus gestos,
La belleza de sus ojos delineados.

Esa mujer me sonríe
Y me lanza un beso con su mano,
Curva los labios y me excita.
Esa mujer me llama y me invita
A que seamos uno sin ser nos-otros.

Esa mujer despierta mi testosterona
Por largo tiempo dormida.
Esa mujer me hace dudar
Donde termino yo y comienza ella.
Esa mujer soy yo maquillado como estrella.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Grito de Silencio

"El silencio es el grito más fuerte"
Schopenahuer


Calla, mujer calla, y esconde tu rostro entre tus manos,
los días preclaros del Universo se han hecho silenciosos.
Mañana tu canto será fuerte, pero hoy calla,
mujer de trenzas sinuosas y de claveles relumbrantes.
Por cada hora un grito espeluznante
de tu infame desgracia, mujer, por tu infame desgracia.
Siendo la más grande creación del Creador
sufres día a día los embates del silencio.

Cada mañana, cantabas mujer esa melodía de gozo
entre tus quehaceres, en la oficina o en el tranvía
y no podía sino oír tu voz tan tibia
y observar tus ojos verdes que todo lo hermoseaban.
Cada tarde, te veía regresar con la compra del supermercado
y tus labios expulsaban el humo grisáceo de un Lucky Strike.
Entonces éramos felices y sonreías al verme,
pero el tiempo es como un río y todo cambió de pronto.

Gritan los pequeños pétalos de Centroamérica
entre balas de odio y represión, gritas mujer entre la guerra desatada.
Y cada minuto, cada segundo, se apaga tu voz de cántaro remoto
y retornan los suspiros a las Manos orbitales.
Entonces, yo me quedo como un desesperado
con las manos alambradas con el dolor de la injusticia.
Te mueres, te violan, te golpean, te escupen, te apedrean
y tranquilamente sigue el hombre con todos sus trabajos.

Quiero verte mujer, quiero observarte desde mi lecho de muerte
como el triunfo más grande de la época posmoderna
con tu sonrisa de mariposa recién parida
con tus labios rojos como el ocaso absoluto.
Cada mañana de mi delirio, verte recoger las rosas
y depositarlas en el antiguo velador, contiguo,
donde guardo las cartas que escribiste para mí en otros tiempos:
Que tu vida sea libre, como libres fueron tus palabras.

(Entre todas las proezas dionisíacas, eras coro,
fuiste símbolo de la fecundidad, de la vida y de lo bello.
Adornaste los templos de todas las creencias,
te disfrazaste del espíritu de todas las épocas y, sin embargo,
yaces sobre el suelo desangrándote,
sin motivo, como el Universo, llena de vida, como el Universo.
Aunque llame de vuelta todas tus gaviotas, no vendrán,
mientras no rías y cantes por los bosques, no vendrán.)

Hada del bosque, desnudez de aguas diáfanas de ríos renovados,
tu piel es una nube tibia como el chocolate
y tus labios son la geografía que recorro
en el amor infinito que mereces y no tienes.
En este mundo miserable, el machismo galopante
sin cesar, te golpea sin cesar,
no te deja ser inmensa como lo eres,
playa de las desolaciones. 

¡Hazte libre, Mujer!, vive tus sueños e ideales,
líbrate de las cadenas de este mundo, de todas las multitudes.
Escapa de la tolvanera y de la hombría
de quienes te azotan, te apedrean, te menosprecian, te difaman
y únete a este canto universal
a este femenino suspiro absoluto y definitivo.
Porque Dios creo el mundo en siete días,
yo te amo y te respeto, mujer, toda la semana.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Noche

La noche llega con su relato desnudo
y yo aquí, esperando un zumbido
y lo que resuena es el resuello de la noche
que ha llegado desnuda y ha sido violada.

Y las veces que la he visto danzar desaforada,
como una loca cortesana en sus trapos menores
en un círculo, los soldados que miran extasiados
por el licor y con sus cigarrillos.

¿Dónde vas, serpiente paradisíaca
con esas afilados colmillos
llenos de la ponzoñosa esencia
de tus líquidos vaginales?

Me desapego de ti, noche maldita
y esperaré a que pases
sentado en un bar de mala muerte
lleno de borrachos babosos y nauseabundos.


Paseo Exiguo

La puerta suena fuertemente tras su cierre
y yo, subiendo el cierre de mi chaqueta
enciendo un cigarrillo cuyo destino será hacerse humo.
"No tengo nada que perder", pienso
y me abalanzo a la calle, decidido.
Es que ya no me valen las penas carcomidas
ni las venas vacías de tristeza
debo ser, ante todo, un espectro viviente.

La soledad del andén me hacen pensar en la muerte:
¿Dónde estás, ¡Oh Dama!, en esta noche baldía?
De pronto, una hermosa muchacha aparece en escena.
La contemplo: su belleza me deslumbra,
pero siempre me deslumbra la belleza de cualquiera.
Entonces me pregunto, ¿y yo, cuándo?
El tren se ha detenido y me incorporo de mis pensamientos
con una extraña sensación de vacuidad.

Al salir de la estación, me espera una lluvia lávica
con esa sensación a llovizna aceitosa, citadina.
El smog de la ciudad se disipa por un tiempo
como los ríos crecen, por un tiempo.
La imbecilidad de la gente, empero, continúa:
Un muchacho camina enloquecido
con los ojos inyectados en sangre.
Un vehículo pasa sobre un charco y nos moja.

Voy caminando por una ancha avenida,
vamos, todos, por ancho camino,
entre tiendas del retail y recovecos sucios
por la última de las huelgas populares.
Una muchacha llora abrazada a un muchacho:
¿Qué habrá pasado? ¿Acaso el amor
el corazón le ha desilusionado?
Con desdén, me alejo de la escena.

¿Qué es lo que ha pasado? ¿Dónde se han escondido
los viejos laberintos del sentido?
¿Dónde hallaré almas emborrachadas como la mía
de un mundo que ofrece de todo y no llena?
Observo la Luna y su láctea fisonomía
y no te encuentro, no, no estás por ningún lado
esperando en un rincón desnuda para besarte
no estás más para el Amor reclamarte...

La turba continúa su rutina insubstancial
y yo continúo llenándome los pulmones de humo.
La lluvia ha cesado, pero ha dejado un ambiente desolado
¿Dónde estarán las brasas del fuego perdido?
Avanzo, entumecido. Y me pregunto tantas cosas
que no tienen una estúpida respuesta.
Es entonces cuando entiendo
que el tiempo ha roto su límite
y ahora avanza hacia ningún lado.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Amor Desaforado

Estoy en el sitio donde tus pasos cantaron
las melodías perdidas, del ayer.
Conozco estas letras que derramaron
tantos y tan variados besos y miel.
A veces, durante las noches, retorno.
Y tus ojos se encienden y me miran
y no me canso de beber de esa miel
que goteaba de noche y de día.

Hoy los días pasan lento, como un vuelo de gaviota.
Te he buscado en todos los puertos
y solo he encontrado el sueño de vasos escarlata
que me transporta a las épocas cuando éramos tanto.
Eras la callada sombra que penetraba absoluta,
la delicada silueta, mi sentimiento inmediato,
una intuición más remota que el mar y su eterno gemido
o los cielos cerrados aguardando el ocaso.

Te veía ahí sentada, como una joven muchacha
cabello claro, ojos tibios como el aguamarina
con la sonrisa enorme como una galaxia
y mis ojos flotaban por ella, como si fuesen planetas.
Dos veces pronunciaste mi nombre:
Me sentía tan feliz de que yo te importara
que corté girasoles y los puse en tu campo
para que el sol de tu rostro los iluminara.

Te amaba tanto que no aguardaba un segundo
para volver a besarte, para encallar en tu encanto,
para flotar por el aire como una insensata pelusa,
acariciar tu cuerpo y en su tibieza hallar el descanso.
Hacíamos el amor como sopla el viento:
vibrábamos y sonaban todos los acordes
de un amor infinito, ¿te acuerdas?
Cuando de mañana yo te habitaba, ¿te acuerdas?

Ahora intento olvidarte, desaforar este sentimiento.
Porque no encontré mejor razón que mentirme
cuando dijiste que tu amor no era el de antes.
No quisiste mentir, pero evitaste salvarme
y yo me quedé en los sueños,
me ahogué con la ponzoña confusa,
y me pregunté entre sollozos:
¿Por qué no te grité más poemas?
Quizá, de ese modo, al menos,
 no me quedaría este amor moribundo en el alma.

Perdí, es cierto, pero hay que aprender a morir
después de todo, en algún momento,
cuando florecían nuestros verdes jardines,
floté como por un universo
en el amor que me hiciste sentir.




martes, 29 de octubre de 2013

Encuentro

Hoy parecías tan bella
en medio del gentío,
que creí ver un ángel
en medio de la calle.

Comencé a soñar, como siempre
y te inventé tantos nombres,
pues desconocía el tuyo.
Te llamé en el silencio...

Te miré y vi tus labios
y te rogué una mirada:
¡Déjame intelectualizar
con el brillo de tus ojos!"

Me volteé para verte,
pero ya no estabas.
Me quedó tu perfume
de hierbas silvestres.

Si te veo de nuevo,
en alguna ocasión,
te preguntaré el nombre
y te haré una canción.

jueves, 24 de octubre de 2013

Tiempo I

Eras una calle cansada, una transitada vereda
como una sinuosa vía llena de vida extrínseca.
Atravesé tus dominios y nos vimos de cerca:
No sé si te amé de inmediato o lo hice a la distancia.
Sin embargo, caminé como los adolescentes
y me movía de lado a lado,
a ver si entre tus recodos lograba ver tu pureza
y con total presteza, me cobijé entre tus sueños.

Te tornaste carne mía, mis lágrimas te bañaban,
mis labios te acariciaban por las mañanas.
Y cubrí todos tus gemidos con mis palabras:
cuántas cartas surgieron de mis puños enamorados,
cuando me inclinaba de noche como Almagro en sus memorias.
Entonces, todas las nubes tenían tu rostro
y los vientos exudaban tus perfumes,
porque todo era perfecto, como en la gramática de las postales.

Y, ya vez ahora, como te callo desde esta costa solitaria.
Te veo desde todos los puertos y todas las orillas,
Porque desde que te fuiste, habitas siempre en el horizonte
como un buque que jamás se pierde en la inmensidad del espacio.
Los ríos que han surgido de las cuencas de mis ojos
no han bañado tus pies pequeños, no han vertido bálsamos sobre ellos.
Entonces todo parece más inocuo, más inverosímil,
todo me sabe a firmamento desdibujado.

No volverás, porque es imposible que los fantasmas
vuelvan desde sus ataúdes submarinos,
es solo que yo vuelvo a explorar esos barcos sumergidos,
pues guardo la esperanza de encontrarme tu retrato en el naufragio.
Mas, ¿dónde puedo hallar mejor descanso
que en esta pequeña y extraña costa que he convertido en mi hogar?
Las nubes atraviesan el cielo nocturno y te recuerdo:
"Las estrellas que desaparecen del cielo siguen formando tu rostro".

Fonética

Esto debe ser un manifiesto y a la vez una apología.
Debe quedar claro, como el brillo de tus ojos.
Largos días he meditado en la profundidad de ellos
y he bebido de las notas que sueltas y del resuello de tu voz.

Quizá es porque vuelo con el sonido de tu voz
cuando se escucha retornando desde las montañas
reverberando en ellas, fluyendo hacia mí
con su canto alargado y su color de flor.

Hay muchos caminos hacia ti, pero el de tus palabras
es el que prefiero, porque ante todo soy
desde lo que vas callando,
y desde lo que callan mis palabras.

Tú, fonética preclara y acaecida como el polen,
como un rocío siempre fresco y delicioso,
tú, me pareces tan jugosa
como el fruto que cae de la rama en el estío.

Quizá debería callarme en el acto, dejar de soñar.
Mas, ¿cuántas veces he tenido que vivir en el silencio?
Habitando valles, mutando en la mudez,
para no aburrirte diciéndotelo todo.

Por eso hoy cantan mis palabras y las flores silban
y el viento resopla entre las casas
y los tejados resuellan en bemoles.
Y toda melodía se parece a tu rostro alargado y tus facciones.

Es todo, me despido de ti. Ya no puedo más.
Me iré con las hojas del otoño, pero cantando.
Silbaré una vez más, a la vuelta de las calles
que eres el acorde más hermoso que han escuchado mis oídos.

lunes, 21 de octubre de 2013

Yo te invitaría

Yo te invitaría a mi vida, ¿sabes?,
pero temo que te desencantes.
No quiero ni pretendo que te transformes
en una flor renacida por la primavera,
que flota por la vertiente que acompaña la vereda.
Yo no quiero que desaparezcas
como una gota cayendo sobre la acera.

Te invitaría a tantas partes, a ver tantos puertos,
te transportaría al cielo con las palabras,
besaría tus labios delgados y les rendiría tributo
con las hojas delicadas de las rosas
y su aromático sudor relumbrante.
Perteneceríamos a este sitio y a tantas partes,
como un astro que viaja por el universo.

Yo te llevaría sobre mis labios
y tu cuerpo flotaría sobre la atmósfera
de planetas desolados.
Y tu sombra se proyectaría desde otras perspectivas,
provocada por nuevos soles, por nuevos astros.
Y tus mejillas enrojecerían de calor
ante la mirada cándida que reverberaría en ellas.

Yo te invitaría a mi vida, ¿sabes?,
pero temo que no sea de tu agrado
y te sorprenda algún día secándote como las flores otoñales,
que todo sea un constante viento desvanecido
que caiga sobre cuerpos exánimes.
Temo ser menos o ser más,
porque lo excelso enceguece a quien no lo espera.

Yo te invitaría a que vivamos juntos,
a que muramos juntos,
te invitaría a contemplar el cielo despejado
y las estrellas nocturnas titilando.
Te invitaría a ser más en lo menos,
y a brillar como una estrella supernova
a desaparecer una y mil veces,
y llorar cada noche de locura
por un amor que nunca imaginaste tan enorme.

Ve hacia ti que yo te seguiré para traerte a estos remansos.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Reflexión ante el césped.

"Decían mis amigos que visitar la tumba de mi amada me ayudaría a aliviar un poco el dolor"

Estoy parado frente a ti, pero quizá ni sientas el color grisáceo de mis pasos. Muchos días he venido y no te he encontrado, sino en el aroma pálido y lúgubre de los lirios; o quizá como el incesante y angustioso color que exhala esta rosa que hoy te traigo y no ves. Es que, desde que te fuiste, no he hecho sino meditar en lo poco que alcancé a entregarte y mi estómago se retuerce ante la impotencia de no haber hecho algo más. Sentado en este césped verde, puedo mirarte hacia el cielo.

No son pocos los que me han dicho que te olvide, que busque a "alguien más", como si de pronto el mundo creyera que realmente es tan fácil botar y olvidar todo. Hoy todo pierde el valor desde que deja de provocarte esa sensación hedonista de placer y, entonces, puedes desecharlo. Un amor que se deshace en la agonía ya no sirve; un automóvil que puede ser cambiado -mientras se tenga el dinero- nos resulta completamente innecesario; el obrero está muy viejo, ¡jubilémoslo! y, de este modo, lo lanzamos a la fosa común de los empobrecidos. Nada hoy tiene más valor que el que mantiene cuando "sirve". Un valor hipostasiado hacia una realidad material, donde todo sentido es mirado de reojo.

Hoy quise dejar mi trabajo. Salí a fumar y, al rato, me reencontré llorando con una calma desesperada: mis mejillas, completamente humedecidas, intentaban mantener su color; la lluvia caía y las pozas reflejaban la oscuridad del cielo, mientras yo me preguntaba: ¿Por qué se fue? ¿Por qué no se quedó un poco más? Todo nivel de agonía implica preguntas sin respuesta. Viajar en medio de una ciudad que parece muerta, con una oscuridad que parece "boca de muerto", como dijo Huidobro. El corazón humano no me parece más vacío que en medio de una lluvia nocturna. Incluso las parejas que se suceden abrazadas más allá del reflejo que proyecto en la ventana del bus, me parecen trascendentes. Todo muerte y se transforma.

Yo sé que tú también te transformaste. Yo sé que usaste tu espiritrompa y absorbiste los mejores años de mi juventud. Sin embargo, también sé que te llevaste lo peor de mí, aquello que reactivabas cada vez que querías ser la vencedora indemne de nuestras discusiones. Aquel verano, mientras fumábamos algo, me mencionaste que no te proyectabas conmigo. Hoy, se proyecta tu recuerdo sobre el césped húmedo de este eterno invierno que vive mi alma.

Es dudoso saber por qué te fuiste. Quizá, temiste que te arrancara los dientes al verte salir de la tumba. Porque, ¿cuántas veces te sepulté, Berenice, antes de que volvieras a aparecer? Como Cristo, te levantaste tres veces. Sin embargo, la diferencia contigo es que jamás podrás resucitar en mi corazón porque, como la gota que horada la piedra por su constancia, mi fortaleza reside en obviar tu existencia: que tu tumba esté lo más lejos de la mía, pues yo necesito recorrer el universo.

lunes, 14 de octubre de 2013

El Hombre Sin Casa

El Hombre sin casa,
aborda una hoja de papel
y vuela más allá de sí mismo.
No reconoce ninguna frontera como propia,
pues ni propia es su propia vida.
Se aleja flotando sin peso
en un viento intenso y renovado
y sus lágrimas se vacían,
en un sentido perdido
de viajes anteriores.

El hombre sin casa,

que busca en cada corazón un hogar
y no encuentra sino extraños
que no cobijan ni sus propios sueños.
Porque hoy el mundo es frío
como un iceberg que se separa
del continente congelado.
Ni la música del canto de los pájaros,
ni el resoplido del viento en las colinas
le trae una música hogareña.

El hombre sin casa no pertenece a este mundo,

solo pertenece a su mundo,
en el cual no hay casas,
pero sí muchas cabañas,
armadas al azar por terrosas tolvaneras.
No puede vivir en su propia alma
sin querer habitar también otras:
tal es su naturaleza amigable.
Habita todas las cimas,
pero no baja de ninguna.

El hombre sin casa quiere liberarse


del yugo que le impusieron sus sueños,

que ya no sueña,
ni siquiera despierto.
Abandona todos los corazones,
pues ninguno le dio algún espacio,
y colisiona contra un planeta
cuyo único canto es la soledad de la estepa.
El hombre sin casa, solitario y desaliñado,
ya no ama lo perecedero.

Cuando vuele alto, como las aves del cielo,

encontrará un nido jamás ocupado.
Revertirá el destino, llorará en un silencio renovado.
Encontrará las llaves de todas las puertas
y esas mansiones estarán desoladas
como el amor en el mundo, como la sonrisa en la plaza,
será como el arpa que resuena a lo lejos
y que invita a unirnos a su llanto.
Obsequiará todas las plumas de su traje de pájaro
y nadie podrá observarlo en el aro de Febo.

Quemará las siluetas de quienes fueron sombras

en esta vida cavernaria que profesa el futuro
y que no ha sabido salir aún del destierro absoluto.
¿Dónde beberá el agua de los ríos tan puros,
sino en los ojos intemporales de una ninfa espuria,
que se baña en Estigia, que acompaña al barquero?
Ningún espejo reflejará su pasado,
ninguna gota, rociará su pecado,
flotará como una hoja en el viento otoñal
y morirá por los años, en su triste soledad.

Octavio Alto

sábado, 12 de octubre de 2013

After Love

La puerta se cerró suavemente, pero con el singular chirrido de siempre. Una vez adentro, los dos conversaron en voz baja, pues no querían que los demás que estaban en la casa, supieran el tema de la discusión. "Nunca podemos tener una conversación fructífera", musitó el muchacho, mientras encendía un cigarrillo. El humo gris se tornaba blanquecino ante el toque que le provocaba la oblicua luz que penetraba por la ventana. Esa misma luz, caía sobre el rostro de la muchacha y tornaba sus ojos café claro un poco más brillantes. "Tú no sabes conversar; ¡tú crees que siempre tienes la razón!", replicó la muchacha, de cuya cartera roja sacaba una caja de cigarrillos. Todo terminó como siempre, pero salieron de la habitación con los rostros graves, como sin ganas de querer simular la discusión.

El evento que los reunía en aquella casa de la calle S..., era una celebración familiar del muchacho. Se reunieron los invitados pasadas las tres de la tarde. Se sentaron ante la larga mesa que atravesaba el patio de la casa, en la cual habían botellas de vino y de gaseosa, agua y pan, pebre y otros. Las copas se llenaban y se vaciaban con facilidad, y los rostros de los comensales era alegre. El motivo: el aniversario de la llegada de la familia a ese hogar. Independientemente de los años que habían pasado, los dueños de casa siempre conmemoraban la fecha, pues significaba mucho para ellos. Habían conformado una familia con vocación de sacrificio, sin embargo a veces le daban un valor excesivo a la melancolía -por eso, siempre estaban celebrando el pasado. Las cosas más inverosímiles adquirían un valor sentimental para ellos, lo que había generado, sobre todo en el hijo mayor, una extraña sensibilidad ante la mayor parte de los fenómenos del mundo.

Había conocido a la joven una tarde de otoño en uno de los parques de la ciudad. Atravesaba el sendero lleno de árboles a su alrededor, con la mirada perdida. Sus meditaciones eran de diversos tipos, pero siempre tiznadas por la melancolía. Ella estaba sentada en un asiento del parque, fumando un cigarrillo y escuchando música. Él le pidió fuego y ella se lo ofreció. Entonces, mientras buscaba su cajetilla, comenzaron a conversar. Se sentó junto a ella y fumaron juntos y conversaban muy ameno. De este modo, y sin darse cuenta, pasaron juntos parte de esa tarde melancólica de mayo. Casi al caer la noche, la acompañó al tren subterráneo y se despidieron con la promesa de una llamada alguno de estos días. En cuestión de horas, sonó el celular de la muchacha: "Hola, ¿cómo estás? Disculpa que te llame, pero me quedó gustando hablar contigo..." Y, así, comenzó una relación, cuyo fin parecía imposible.

Luego de años de estar juntos, ellos rompieron. Ella continuó su vida, buscando sonreír ante todo y demostrar que podía ser fuerte, que no lo necesitaba. Ensayó miles de "te amo" para poder complacerse a sí misma y demostrarse que podía volver a amar. Y, aunque lo llegó a sentir un par de veces, la sombra del pasado influía de pronto en la nueva vida que comenzó el día en que le negó la posibilidad de continuar descendiendo en el abismo al que habían caído. Él, que contemplaba desde la profundidad de la vorágine en la cual estaba hundido, quiso ir un poco más allá. Siempre ante la incertidumbre de la muerte, frente a la catástrofe de los vicios y la autodestrucción, experimentaba los poderosos deseos de salir de un golpe. Un tanto extremista, le gustaba arriesgarse en lo profundo y ver cómo salir y determinar los medios para lograrlo. Caminando por las calles nocturnas de Santiago, se fue deshaciendo en cada acción que realizaba, en cada cama en la que dejaba su aroma esencial, en cada cuerpo con el que compartía el sudor. Fue entonces, cuando le dio un giro a su vida.

Las mañanas eran más contemplativas y ya no comenzaban después del mediodía. Comprendió que la dinámica en la que se encontraba estaba destruyéndolo y pensó que era el único que tenía el corazón desgarrado, después de tantos años de aquella relación recién terminada. No soportó la idea de que ella fuera feliz y él no: ante todos los logros que sabía o que le comentaban de la chica, él se sumía en una extraña melancolía que rayaba en desolación. Y, aunque jamás se le ocurrió pensar que todo era un invento, propio de esas personas que pretenden parecer más, el sufrimiento no le quitaba un extraño estado vital de ataraxía que lo compenetraba hasta en su sangre. Independientemente de sus lágrimas, comenzó a habitar en una imperturbabilidad que no le permitía echarse a morir, y eso le agradaba. Comenzó a cultivar su espíritu y su cuerpo. En poco tiempo logró parecer físicamente inmejorable y vivió la vida con tranquilidad, pero sin privaciones. La vida le sonreía y era capaz de darse cuenta de eso.

Una tarde de verano, se encontró con un rostro lúcido y relumbrante que le saludó desde su lugar: inmediatamente comprendió que esa mujer cantaría en su alma. Pasó el tiempo y jamás se lo dijo. Cuando contemplaba el horizonte, sentía el aroma frutal de su cuerpo al pasar cerca de él. Hizo un esfuerzo inhumano por no arruinarlo todo, pues temía que realmente fuera una locura de su corazón desestabilizado. Sin embargo, su presencia le alegraba el alma y aprendió a disfrutar cada día más de su existencia. Uno de los pasos fundamentales del amor es el agradecimiento por la existencia del otro, por ser significación en su vida. Eso era lo que él sentía: una gratitud total por poner esos labios finos y sonrientes en la vida del muchacho.

Cuando se acercaba el fin del año, antes del ocaso compartieron un refresco mientras conversaban. Sentados en un local de comida en la carretera, hablaban de distintas cosas y sonreían. Llegado el momento, el muchacho tomó su mano, con la suavidad y la piedad con la que el sacerdote toma la hostia consagrada: "Me encantas", le susurró con la mirada. Ella no supo que hacer, pero su sonrisa se tornó en una fresca seriedad que, acompañada por el viento, conformaba una melodía de aceptación. A través del camino del canto de los pájaros, la muchacha respondió: "Tú también a mí", y clavó sus ojos de miel en los del muchacho. Sus labios danzaron cósmicamente como los planetas a través de la galaxia. El sol de la tarde, apuntó sus rayos tibios y relumbrantes a los rostros de los amantes. Entonces, la muchacha lo contempló nuevamente tras el ósculo brillante que había precedido: "Eras lo que buscaba", y sus ojos se extasiaron ante la mirada del muchacho, producto de los rayos del sol. Esa noche la pasaron haciendo el amor en una playa, cuya brisa cantaba versos de Neruda.

lunes, 7 de octubre de 2013

Primavera Escarlata

Éramos inseparables. Esto era a tal punto así, que sus ojos azules se reflejaban en mis ojos café y nos besábamos con tanta pasión, que a veces no sabíamos dónde terminaba uno y comenzaba el otro. Esos tiempos fueron de romance intenso, de frases llenas de fantasía, de cariño, de amor apasionado. Importaba solo responder a qué lugar iríamos a desenvolver nuestros cuerpos en ese fuego lúdico que nos inspiraba.

Durante las mañanas despertábamos abrazados, apoyando ora mi cabeza en su pecho, ora la suya en el mío. Lo primero que hacía el que despertaba primero, era quedarse contemplando pausadamente el rostro del otro y, de modo mágico, como el poder de voluntad de Schopenhauer, el que dormía comenzaba lentamente a abrir los ojos. Recuerdo su dentadura al sonreír en las mañanas. Siento cómo sus labios delicados y tenues como la brisa del viento, resoplaban en la geografía de los míos; cómo su cuerpo se echaba sobre mí, mientras desordenábamos nuestro cabello, y sus manos apasionadas recorrían el territorio ardiente de mi cuerpo. Éramos inseparables, como el canto de las mariposas sobre las flores.

De este modo, construimos un pequeño nido en un sector de la ciudad que escogimos para nosotros. No podíamos estar lejos de los cafés, ni las librerías. Pasábamos horas y horas, entre mi mocaccino y su expresso latte, entre sonrisas agradables y acariciarnos el rostro. A veces, nos íbamos caminando por la orilla de la costanera y yo le recordaba cuándo me gustaba. Sonreía y me besaba pausadamente, cogiendo con sus brazos mi espalda. Fueron tiempos bellos y remotos, de orígenes y perspectivas.

La tarde en que se marchó descubrí que había llegado la primavera. Desde hacía semanas que no podíamos ponernos de acuerdo, ni dónde ir a cenar, ni qué cafetería frecuentar, ni qué novela leer, ni qué película ver. Cuando quería sushi, su gusto se desviaba hacia las pizzas (y sabía que a mí no me gustaban). No sé si lo hacía por contrariarme o porque se había definitivamente aburrido de mí. Ya no le gustaban mis canciones o, al menos, no le hacían sonreír con la pureza que mostraba al comienzo. Mis poemas no le causaban admiración y no le gustaba lo que cocinaba. Una noche, le llevé a la cama algo de comer, pues estaba con un estrés enorme debido a su trabajo, y no quiso comer porque "No le gustaba". Yo me quedaba pensando en qué había hecho mal, o por qué estaba comportándose así conmigo. El asunto es que aquella tarde me dí cuenta.

Un día que se bañaba, dejó su celular en el velador de nuestra cama. Yo jamás lo revisé, ni veía su facebook o miraba su correo, porque me parecía que era ridículo llegar a ese grado de desconfianza. Sin embargo, esa mañana una extraña y novedosa fuerza me movió a mirar quién le había enviado un mensaje, lo cual supe por la vibración del aparato. Era un muchacho desconocido para mí. Le escribía algo sobre una cita que tendrían en la tarde. Yo no supe qué decir. Simplemente, no le dije nada y esperé a ver si se sinceraba antes de marcharse. No lo hizo; más aún, se despidió con un beso tan divino como los que me daba cuando me amaba. "Te quiero, nos vemos en la tarde".

Durante el día me quedé trabajando un poco en el notebook, aunque estuve con bastante inquietud y un vacío en el estómago que no me permitió comer absolutamente nada. No me escribió nada durante toda la mañana (solíamos enviarnos mensajes desde nuestros celulares). Ante cada vibración de mi teléfono, miraba desesperadamente rogando que fuera su mensaje. Y jamás lo fue. Y no lo fue tampoco en la tarde. Cuando me dí cuenta que su maleta no estaba, recordé que en la noche se había levantado y, ante mi pregunta "¿A dónde vas?" me dijo que tenía que sacar unos documentos de su automóvil. Miré por la ventana con una angustia oscura que contradecía la luminosidad del día y el incipiente florecer de los árboles que estaban frente a nuestro departamento. Las personas en el exterior caminaban con sonrisas armoniosas en sus rostros, y se saludaban unos a otros, como los árboles y sus ramas movidas por el viento. Cuando llamé a su celular, no me contestó. La angustia que sentía llevaba a niveles que me provocaban náuseas. Intenté con el número de su oficina, pero tampoco contestó. Llamé a un par de amigos que tenía y ninguno fue capaz de decirme lo que pasaba. Y, de este modo, pasé la tarde entre mates amargos y la amargura misma.

Cuando me acosté en la noche, supe que ya no vendría. Lo que más me torturaba, era no saber por qué lo hacía. Y, si lo sabía, al menos esperaba que me lo dijera de frente: "Me iré, ya no te quiero". Mi corazón se hubiese roto en mil pedazos, pero al menos no habría quedado el corrosivo veneno de la esperanza. Cada vez que sonaba el teléfono, me lanzaba a contestarlo. Nunca llamó. Más aún, nunca respondió mis mensajes, ni mis correos, ni devolvió mis llamados. Era como si yo ya no existiera en su vida. De este modo trágico y solitario, pasaron los días y de pronto fueron semanas. Una tarde en que se cumplía la tercera semana de su ausencia, llegué temprano a casa y me dediqué a juntar sus cosas para deshacerme de ellas. Fue entonces cuando encontré la carta de despedida. Decía lo siguiente:

"C... yo te quise como a nadie he querido, aunque de seguro en este momento estés pensando que yo no merezco decirte estas palabras. Sé que estás sufriendo y yo también estoy sufriendo (aunque tampoco lo creas). He decidido irme en silencio porque soy tan cobarde, que sabía que sería incapaz de mirar tus ojitos de miel sin desesperar ante su transformación en lágrimas que mojarían tu rostro de canela. No podía mirarte, ni ahora puedo. Me voy porque quiero que seas feliz. Yo sé que esto parece un contrasentido, pero yo ya no te valoraba como te merecías. Eres un corazón enorme y yo ya no merezco toda la potencia y ternura de sus proyecciones. Ante una disyuntiva, me tocó escoger lo que menos quería, pero me dejé llevar por la facticidad de la vida: menos amor y más praxis. Sé que entenderás a qué me refiero, pero además quiero señalarte que no te engañé jamás. Si me fui con él, no fue engañándote, y espero que esta carta sea un motivo suficiente para que te olvides de mí. No merezco la pureza de tu alma, pero sé que allá a la vuelta de la esquina encontrarás lo que no aprendí a ofrecerte, lo que la potencia de mi espíritu superfluo no alcanzó a brindarte. Hoy quizá sea un día oscuro, pero disfruta la primavera: todos nos volvemos bellos en esta época.

Quiero agradecerte por todo lo que hiciste por mí, y decirte que me voy con la promesa de ser feliz. Por lo tanto, no espero algo distinto de ti.

Vive, ama, siente.. Eso me enseñaste con tu ejemplo tan vital.

Se despide de ti, G...
Santiago, 28 de Septiembre de ..."


Desde el balcón observo el cielo rojizo del atardecer y el color de las primeras flores de los árboles parece transfigurado por la potencia dorada que emana del poniente. Quizá se haya marchado en esa dirección y los mismos rayos de luz que me iluminan estén iluminando en estos momentos sus cabellos de trigo. Quizá mañana la brisa matutina bañe también su rostro en el alba. Quizá, el aroma de las flores también penetre en sus sentidos y le haga recordar nuestras mañanas de domingo, donde el incienso nos conducía a una primavera entre las sábanas. Quizá, todo redundará en los quizá. Y la tarde se hace noche...

viernes, 4 de octubre de 2013

Ficción Necesaria

Vuela sutil el vapor de un café desanimado,
en mi mesa de trabajo los papeles descansan.
La ventana me ofrece un día despejado,
pero mis ánimos me atrapan al escritorio.
Vengo desde pasados de canto y sonrisa,
de abrazos opacados solo por el beso
que ofrecías desde tus labios mancebos
y mi piel era joven y alargada.

Hoy están aquí tantos fantasmas
que hacen fila para entrar en mis recuerdos:
Imágenes remotas, como el viento
que acariciaba tu rostro enrojecido.
Apariciones: mar de fugas y ventoleras,
lluvias australes como el eco de unas teclas
que cantan sus vocales como lámparas
que proceden hacia un desvencijado santuario.

Sin embargo, tomo mi abrigo y me lanzo al exterior.
Hombres cabizbajos y de ojos saltones,
mujeres con lágrimas en sus mejillas tibias,
niños que sonríen y meditan.
Árboles sin hojas de un otoño siempre vivo
y las calles llenas de hojarasca,
como filas interminables de vidas
cuya alma exánime cobija famélicas esperanzas.

Doblo hacia una esquina y observo: son dos amantes.
Vienen de la mano como si el mundo no existiera,
besándose como si no hubiera un porvenir.
Los miro de reojo y cae una gota sobre la acerca:
se acerca el temporal.
Todos corren buscando algún refugio
o se tapan con las páginas superfluas de El Mercurio,
o con las manos, con las desnudas manos.

El mar azota las rocas con la misma furia
con la que en mi corazón se agolpan las pasiones
fruto de tantos lamentos y noches delirantes
cuyo sentido se resumía en un único nombre.
¿Por qué reclamo lo que no es mío
y fue tan tarde cuando lo supe
que el corazón tiene razones que no entiende
ni la más pura razón, ni la lumbrera?

Ya es de noche y la luz no me alcanza
y mis lágrimas tampoco me alcanzan
como quise que me alcanzaran algún día,
porque fueron más, pero sanaron menos.
Ya es de noche y el viento lucha con los cables.
Suenan estallidos a lo lejos y la luz parpadea,
me quedo en este cuchitril que tengo por vida
y por mientras, tu gimes y sueñas en brazos ajenos.

Me acuesto con el sonido de la lluvia golpeando en los tejados;
escucho el clamor del trueno y del mar arrebatado;
veo la luz que exuda el rayo
e imagino tus ojos cuando libaban esos brillantes licores
cuando lograba dar con tu risa perfecta,
con la excelente canción con la cual gemías,
con el espléndido festín que se daban mis labios
cuando me amabas y te nombraba en presente.

Hoy ya no puedo ser más, pero tampoco menos;
hoy soy quien soy y cierro mis ojos
para reencontrarme contigo al despertar
porque yo no me he ido de ti,
ni tú de mí,
yo sólo vine a una fantasía para amarte más en la mañana
y amarte más, y hacerte el amor,
y amarte más y desaparecer en tus entrañas.

Agua

Agua misteriosa que brotas desde manantiales remotos
huyes como el viento a través de los maderos vetustos
como si fueras una tolvanera desértica implacable
y refrescas mi boca con tu líquido sublime.

Te fundes en un marfil vesánico, cubierta de flores sibilinas.
No te alcanzan ni mis manos ni mis ojos
y te escondes de todas sus cálidas miradas,
pues sabes que en mis brazos te evaporas.

Agua cristalina fluye desde tu ser encarnizado
y rebrota por todas las vertientes, por los poros,
por aquellas cimas que mis labios escalaron
llevando en su mochila el elixir de tus gemidos.

Es quizá una constante cósmica, como órbita de astro,
que mis labios recorran por completo tu indómita geografía.
Desde donde surgen tus surcos
hasta la calidez profunda de tus mares.

Playa solitaria, revés que llevo tan contento,
como un vesánico poder que fluye desde un cráter,
desde sus simas en llamas desatadas.
Poder absoluto que esgrime mi ser por la galaxia.

Ya es tarde. Quizá ya es hora. ¿Quién lo sabe?
Solo el eco rotundo de tus gemidos nocturnos
que se esconden tras las sábanas que cobijaron
en épocas pasadas, a nuestros cuerpos plenos.
¿Quizá ya es hora? La muerte avanza en su
enjambre, vestida con su capa espuria
y no sabe sino cantar las melódicas rimas indemnes
de atardeceres enojados con el tiempo.

¿Por qué apareces de noche tan desnuda como la Luna?
Avanzo por ella, la ponzoñosa, como beodo pendenciero;
¿Dónde estás? Ya casi es hora, las luciérnagas sumergidas
descansan en sus lechos de cráter submarino.
Y ya no te esperan como antes, los besos en la tarde acaecidos.
Sólo buscan un templo inmoral en quien perderse,
una atmósfera en la cual poner su savia apasionada.
Es que me observo desde el fondo y tengo miedo.

Dame la luz del Sol, ponla cerca mío como sacrificio relumbrante,
pues quizá de esa manera vuelvas a mis brazos,
con todos los brillos reverberando en mis tejados
como aquellas casuchas que anidaron nuestros días de verano.

Brota, fluye y danza, Estigia pletórica de bienes,
resplandor del más diáfano de los premios montañosos,
avanza con tu desnudez enorme avasallando
todos los pueblos que mi amor dejó en las faldas de tus cerros.

Y, quizá de este modo, y sólo de este modo,
te encuentre algún día nadando libre entre esos mares
que quisieron ser el destino de mis sentimientos
para jamás perderte en la melodía cósmica que formaron los planetas.