lunes, 16 de diciembre de 2013

Micros Amarillas

La 108 "Nuevo Amanecer/Los Libertadores" fue un recorrido de microbuses de Santiago que entra en la categoría de las antiguas "Micros Amarillas", nombre popular que se les daba a estas máquinas que atravesaban Santiago de Norte a Sur, de Oriente a Poniente, por el color del cual estaban pintadas. Estas "micros" esconden, como todo espacio público citadino, muchísimas historias: amores, rompimientos, asaltos, encuentros, hasta una que otra trifulca de pasajeros ebrios que viajaban de noche. Recuerdo que cuando les indicabas que se detuvieran, lo hacían cuando querían, dependiendo del estado de ánimo del conductor. Aunque en su tiempo fueron tan molestas para ciertas personas (que, por lo demás, eran quienes ni siquiera las usaban), no dejan de ser un recuerdo pintoresco de esta contaminada ciudad del sur de América.

Yo nací a mediados de los 80' y tuve la suerte de hacerlo "en Dictadura". Augusto Pinochet Ugarte, fue Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y cumplió su "deber" de proteger la democracia, a base de destruirla. Yo no tengo un recuerdo muy preciso de lo que ocurría política y socialmente en el país, pero sí aún huelo ese aroma a "miedo" que se respiraba por las calles. Mi padre trabajaba para una gran firma estadounidense, que se había establecido en el país. Cuando yo nací, él tenia 24 años. Moreno y delgado, dotado de una voz tronante (que yo mismo heredé), conquistó a una muchacha en una "Fiesta Comercial" a la cual ella había ido con un amigo. Al comprobar éste que estaba siendo cortejada por mi padre, le quitó la bufanda que le había prestado y se fue del evento enfurecido. Los años 80' estaban comenzando, cuando el amor de estos dos adolescentes nacía y las flores del cambio comenzaban a exhalar su aroma libertario.

Uno de los elementos más pintorescos de mi padre es que su conocimiento de la ciudad era eximio. Cuando alguien le preguntaba por una dirección, era capaz de indicarle hasta el número de "micro" que debía tomar: "Súbete a la Pila Recoleta y bájate en...", solía contarnos que le decía a sus amigos cuando tenían que ir a "pincharse una minita" o "ir a buscar pega". Como su conocimiento de la ciudad era tan grande, obviamente también lo era el de las "micros", que viajaban por Santiago como si de abejas alrededor de un panal se tratara. Por consiguiente, mi padre siempre me sacaba a pasear por la ciudad, enseñándome el nombre de las calles, mencionándome qué edificios importantes estaban en esas direcciones. Me indicaba cuáles eran las cantinas más relevantes, por las que mi propio abuelo alguna vez anduvo de paso. Recuerdo que me llevaba de la mano o a veces me subía sobre sus hombros: ante la grandeza de la ciudad para un niño como yo, quedaba pasmado frente a la multitud y le rogaba "¡Ayúdame a mirar!". Con él me sentía protegido. A su lado, me sentía poderoso y con toda la seguridad del mundo. Junto a él, mi infancia fue despertando en el sentimiento de apego a la ciudad y a su abigarrada incumbencia humana.

Yo siempre fui un niño inquieto. Me gustaba explorarlo todo y no podía con facilidad estar sentado mucho tiempo en un solo lugar, por lo que mi padre, al comprobar que en algunos viajes que realizábamos en "micro" yo me aburría demasiado, inventó un juego. El juego comenzaba en cualquier momento y, sobre todo, en el momento de mayor descuido por parte de uno de los dos. Consistía en que, cuando viajábamos sentados en la máquina, cada uno debía proteger sus rodillas con las palmas de sus manos. En caso de que fueran descubiertas, el otro podía comenzar a dar suaves, pero rápidas palmadas. Quien lograba añadir más palmadas a su cuenta, ganaba. Lo más divertido era que mi padre siempre sabía cómo distraerme para que yo descuidara mi defensa y entonces comenzaba a dar palmetazos, ganando muchos puntos. Entonces yo me enfurecía y le decía que no quería jugar más, para que sacara sus manos de sus rodillas y yo pudiera entonces comenzar a golpearlas. Estoy seguro que este juego es completamente básico e incluso puede parecer ridículo para alguien, pero créanme que la diversión que nos provocaba era inmensa.

La calle se perdía a veces por entre esos lugares tan nuevos para mí. Entre poblaciones, pichangas y música combativa, atravesaba la "micro amarilla" levantando polvo y siendo perseguida vesánicamente por perros callejeros. Mi padre y yo íbamos en ella, jugando al viejo juego de las palmadas en las rodillas. Entonces las distancias se acortaban y, ora estábamos ya en la Plaza La Palmilla, ora estábamos doblando a la derecha por Av. Recoleta. Sin que pudiésemos darnos cuenta, estábamos ya cruzando el Río Mapocho y nos metíamos por la calle San Antonio, abrazada por la sombra de los edificios que la rodean.

Este día la gente va más feliz y los titulares de los diarios tienen coloridas portadas. Los vendedores de helados dialogan con los pasajeros y, en general, todos hablan entre todos. Con mi padre vamos por la Av. San Antonio, en la "108 Nuevo Amancer", jugando nuestro juego: una anciana nos queda mirando y sonríe. Hay muchos carabineros en las calles, sin embargo, algo ha cambiado para siempre en el ánimo de las personas. Hay miles de papeles picados en el suelo y algunas banderas con consignas políticas. Atravesamos la calle Merced y continuamos por San Antonio en dirección hacia la Alameda. Una señora va hablando acerca de la dificultad que tuvo para votar: "Si los pacos no querían que votáramos, nos costó re harto poder hacerlo". Yo, cuidaba el bastión de mis articulaciones de la mano grande de mi padre; él, miraba por la ventana hacia la calle. Nos bajamos en Alameda con San Antonio, en el antiguo edificio de Almacenes París. Caminamos hacia el poniente. El sol de la tarde ya se había ido a esas tierras desconocidas para mí, a pocos minutos de irse a dormir entre las cimas de la Cordillera de la Costa. Afirmado de la mano de mi padre, sumándole a ello las sonrisas que se esbozaban en el rostro de las personas, comencé a sentir una extraña sensación de felicidad en mi interior.

Seguimos caminando y atravesamos raudamente Alameda con Teatinos: el edificio de La Moneda se levantaba sombrío en aquella tarde copiosa de rayos de sol. Nunca entendí la felicidad que sentí esa tarde, quizá mi corazón latía por circunstancias que no alcanzaba a comprender. Yo sonreía y mi padre también y el sol de la tarde nos iluminaba la piel morena. Las personas caminaban y se abrazaban en un gesto de reconciliación. Todos celebraban abierta o secretamente. Sin embargo, yo no sospechaba que muy cerca de donde me encontraba, afirmado de la mano de mi padre, con mis pantalones cortos azules y mi chaleco blanco con rayas azules, estaba un dictador que tenía los días contados: así era el Santiago de mi infancia, donde todo olía a gas lacrimógeno, al ruido ensordecedor que clama por libertad, al silencio injusto del rostro de mi madre cuando pasábamos cerca de los militares, y a las sonrisas y emociones que nos proporcionaba ese juego ochentero que creamos con mi padre para aplacar el aburrido, pero tan ansiado viaje de fin de semana de la "108 Nuevo Amanecer/Los Libertadores".

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