Varias veces he caminado por los estrechos y multicolores recovecos de mi pasado. Unas veces completamente desamparado y con la potencia de una lágrima en la garganta; otras, con el ímpetu de quien recorre la geografía de su tierra para buscar aquello más preciado. Es que cada cierto tiempo le viene a uno eso que llaman melancolía. Y, la melancolía, es el fruto de haber degustado el elixir de la vida sin haberlo siquiera probado. Mi historia tiene que ver con eso, o quizá con el eterno recuerdo que hace caer el olvido sobre el sentido. Esto comienza así...
Aquel verano viajé por vez primera a visitar la ciudad que había captado mi atención en los atlas: La ciudad de Valparaíso. Nunca podré describir la emoción de tan enorme momento (solo equiparable a la vez que crucé el Canal de Chacao, embobecido por el amor). Era un mancebo de mirada soñadora y ojerosa, amante del romanticismo y la poesía vital. Recuerdo haber bajado al borde de una plaza, de calle Gran Bretaña. Era una mañana fugaz, cristalina y reverberante que acababa en la bahía. Entramos por una calle y, cerro abajo, se divisaba el mar que baña el puerto. Me llamó la atención el aroma a mar e historia; a constante devenir, a tierra hollada a través del espíritu; me pareció encontrar todas las venturas y desventuras humanas en un solo soplo de viento costero: entonces caminé con la torpeza de mi juventud calle abajo, observando todo como si el mundo hubiese sido recién creado.
Al llegar a la antigua casa de calle P. León Gallo, entramos con el equipaje a cuestas y mi padre me regañó por "andar desavispado". Entramos en la casa y la temperatura cálida, pero fresca, se tornó fría. Se presentaron los adultos con la cortesía zalamera propia del país, se ofreció un jugo de bienvenida y nos indicaron nuestras habitaciones. La casa era una hostería de 3 pisos y en verano albergaba a turistas de todos los puntos del orbe. Sin embargo, era habitada constantemente por distintas personas: una anciana que hablaba maravillas de su hijo que andaba por los países del hemisferio norte, quien la había dejado en estas olvidadas calles porteñas. Un encorvado anciano que no hablaba sino para negar o asentir; una señora delgada y guapa que, a pesar de sus largos años, no había perdido el gesto aristocrático y galante de los años 60; y, por último, una anciana de canosa cabellera crespa y anteojos decimonónicos que se expresaba con jactancia de sus antepasados franceses. A parte de estas personas, todos los demás inquilinos pasaban temporadas en la casona, la mayor parte de ellos estudiantes o marinos de paso.
Aquel primer día fuimos inmediatamente a hacer un viaje turístico que terminó en la playa San Mateo. Estuve a punto de terminar en la posta por un peñascaso en la cabeza que me propinó una pendenciera ola, ante mi ignorancia de que aquella playa no era apta para el baño. Un tanto aturdido, contemplé a las personas disfrutando del sol, un par de marinos deambulando por la playa y a mi madre aceitándose bajo el quitasol. "Vengan al agua", grité desaforado mientras esquivaba a una pequeña prima que pasaba descuidadamente con su balde en dirección a la orilla. En la tarde, caminamos por las desvencijadas calles del viejo puerto, contemplamos los navíos anclados en la bahía, inmensos animales que transportaban a los más inverosímiles tipos de hombres y sus artículos internacionales; contemplamos la noche porteña, llena de la fragancia absoluta que respiró tantas veces El Poeta. Aquella noche, jugamos a las cartas reunidos en la mesa principal de la hostería hasta el amanecer.
Abrí los ojos y me encontré en una habitación de techo alto, de cuya estructura brotaba un antiguo candelabro que brillaba con la luz del sol que penetraba ampliamente por la ventana. Me destapé y jugué con mis pequeños hermanos, cuyas voces hicieron que se uniera nuestra prima. Fui al baño a cepillarme los dientes y vi correr los niños por el pasillo hacia el patio del sector exterior de la casa. Atravesé el comedor, saludando a los comensales. Mi madre me exigió el beso matutino: "¿Cómo dormiste?". Me senté y tomé la taza caliente que me servían. "Está caliente, voy a esperar a que se enfríe", dije y me levanté súbitamente, transportándome en dirección al patio de la casa. Abrí la puerta y contemplé un tupido árbol que ocupaba buena parte del lugar. Desde la altura que me hallaba se podía ver la bahía de Valparaíso de una forma que no había visto antes. Se notaban las gigantescas grúas de las transnacionales; los edificios que circundan la zona central por los cerros cuyos nombres jamás aprendí; la ciudad que relumbrante salía del mar hacia los cerros, como una brillante diosa submarina. De pronto, mi atención se desfocalizó y ocurrió el milagro: una pequeña muchacha, dos años menor que yo, jugaba con su voz de pajarillo. A mis quince años, yo no conocía el amor. Una ondulación llena de altibajos me sometió al absoluto placer de la quimera; la miraba y no paraba de mirarla, era como si de pronto Dios hubiese bajado a la Tierra y me hubiera tomado entre sus brazos. No podía despegar mi mirada de sus ojos, sus cabellos, su piel morena. Cuando de pronto, acercándose a mí, saludó: "Hola, soy ...". Yo quedé estupefacto. No podía hilar respuesta alguna y me quedé mirándola embobecido. "Hola, emmm, que bien", atiné a decir, tras lo cual me sentí como un estúpido. "Únete a nuestro juego", me dijo la muchacha, quien volvió como encantada a la ocupación.
Aquella noche no pude dormir. Era como si de un momento a otro la vida careciera de sentido y todo el conato vital se cerniera sobre la adolescente figura de la muchacha: "¿de dónde había caído? ¿por qué me hizo sentir aquellas novedades en las vísceras?". Hablé con Dios y le pedí auxilio, no quería seguir sintiendo el vértigo en el alma.
A la mañana siguiente, desperté lleno de energías y azucé mis sentidos para oír su voz: no estaba en la casa. La muchachita resultó ser nieta de la dueña de casa, lo que era una buena noticia para mí, pues podría verla continuamente durante estos días, ya que era cuidada por la anciana mujer en los meses de verano. Deambulé como un rayo por la casa a ver si encontraba un vestigio de su ser y, tras no encontrar ni su sombra, comencé a tomar desayuno vigorosamente. Al cabo de unos minutos y tras la segunda mascada que le dí a un pan con jamón y queso, el estómago se me revolvió por completo y no pude seguir comiendo. Comencé a jugar con las migas del pan y mi padre comenzó con sus regaños. Aquella tarde, mis familiares decidieron que fuéramos a Viña del Mar, pues sus playas eran más idóneas para el baño. Yo no quise en primera instancia, pues ir tan lejos imposibilitaría encontrarme con ella durante el resto de la tarde. Sin embargo, y como no podía decidir donde ir o donde no ir, tomé mis cosas y partí tras mis padres. Al salir a la calle, el sol iluminaba aún con fuerzas y el frescor de la tarde era ideal. Volví, enviado por mi padre, a buscar un quitasol al interior de la habitación y, al salir, un nuevo sol había entrado en mi vida: era ella, vestida con un bañador rosado contorneado por elegantes vuelitos. Se me asemejó a una bailarina de ballet, o a una estrella cósmica que iluminaba dando vueltas sobre el planeta cuyo único habitante era yo. No podía apartar mis ojos de ella. De pronto, y como cuando alguien revienta un globo con un alfiler, mi tío me dio un leve manotazo en la espalda y me dijo: "Todavía es muy chiquitita".
El viaje desde Playa Ancha a Viña del Mar se hacía en locomoción colectiva aproximadamente en 4o minutos. Durante ese lapso que me pareció eterno, intenté no mirar hacia donde estaba sentada y preferí ir mirando hacia afuera y contemplar la bahía de Valparaíso. Estaba extremadamente angustiado tras la idea de que yo pudiera ser mucho mayor que ella (nos llevábamos por menos de 3 años), sin embargo, me parecía que quizá la edad se notaría mucho. Quizá su madre no me permitiría su mano, aunque le rogase que sería un buen hombre para con ella; quizá su padre -de quien había escuchado ser un marino retirado, de muy estrictas costumbres-, me aceptaría si me mostrara valeroso. Sin embargo, yo no era más que un raquítico muchacho de ojos soñadores. Así, con el nudo oculto en lo más profundo de la garganta, simulaba estar alegre jugando con mi padre a una niñería que habíamos inventado para entretenernos mientras viajábamos.
La playa estaba llena de personas, sin embargo, había suficiente espacio para acomodar el campamento de cosas que mi familia llevaba. El mítico chalón de mi madre, las sillas de playa de mi padre, los tres quitasoles, el bolso con las bebidas y las galletas, las toallas, la ropa de cambio, el bolsito con elementos de higiene, etc., una galería de objetos que se acomodaban unos sobre otros. La muchacha se quitó su faldita y la polera, quedando en su bañador rosado. Rápidamente se fue a la orilla del mar, seguida por los niños. Fui hacia ellos simulando preocupación: "No les vaya a pasar algo". Comenzaron a excavar apresuradamente en la arena; cavaron hoyos que eran tapados por las olas; dibujaban formas con las conchitas y transportaban agua en sus baldes; yo miraba el espectáculo, pero más que eso la miraba a ella: se veía tan frágil, pero a la vez fuerte, preocupada al mismo tiempo por los niños y del juego. Se notaba que era decidida, pero sus pensamientos me eran impenetrables. De pronto, y al darse cuenta de que la observaba, se me acercó: "¿Caminemos?". Caminamos por la playa y nos contamos nuestras vidas. Le conté que tocaba guitarra; ella, que danzaba. Le dije que escribía versos; ella, que cantaba. A cada pavoneo mío, ella respondía con algo similar. Repentinamente, me tomó del brazo y se puso a correr. Las olas bañaban la orilla y se estrechaban contra el roquerío donde se emplazaba el hotel Sheraton Miramar. La arena saltaba tras nuestros pies descalzos y la brisa marina de la tarde humedecía sus cabellos castaños. Todo era como un sueño del que no quería despertar. Sentí que ya éramos eternos, que ese momento jamás acabaría. Y, con rapidez y presteza, me soltó y se lanzó al mar. La seguí y jugamos en las aguas como los niños que éramos: aún nuestras mentes no estaban contagiadas con la maldad del mundo. Aquella tarde, mientras veníamos de vuelta, nos sentamos juntos en el bus de regreso y ella durmió en mi hombro.
"...: ¿Cuántos versos te escribí aquella tarde? Si los hubieras visto y contado, el número de estrellas te parecería insignificante. Eras el cristal donde se reflejaba el Sol; eras el lucero matutino de las mil ansiedades, eras el inerme absoluto del amor. Las mañanas llenabas con el néctar de tu risa y los efluvios de tu ser transportaban fotones luminosos hacia mi cansada mirada tan reciente. Te conocía desde hacía algunas horas, pero ya te amaba con todo el fulgor de mi pasión. Era porque tú, porque tú ... rascacielos conspicuo, razón eterna e inmensa impleción, te habías colado con mi sangre, te transformaste en el tránsito vital de mi existencia..."
La noche caía y yo miraba las luces del puerto: jamás me parecieron más aciagas. Mis lágrimas caían a raudales en aquella escalera donde te conocí. Con mirada taciturna te buscaba en el fondo de mi alma. No te vi en todo ese día. Te busqué como un desesperado y el vacío vital me ahogaba una y otra vez. Traté de simular que estaba alegre, pero no podía emanciparme del dolor. Mis padres me llevaron a dar un paseo: éramos solo nosotros, la otra parte de la familia se quedó en casa. Fuimos y caminamos por el paseo 21 de Mayo; tomamos un helado que no me supo a nada; observamos un crucero que se marchaba hacia el horizonte.
Hacía más de un día que no la veía, tantas horas de soportar su ausencia. La conocía tan poco, pero la amaba tanto. Encontraba tantos motivos para morir. De improviso, su voz llenó la sala. Yo estaba recostado sobre la cama de la habitación y la escuché a penas entró. Un impulso más fuerte que un rayo me levantó y me quedé pegado a la puerta, para oír que decía: quería salir de pronto y sin aviso y sorprenderla. Sin embargo, escuché una noticia que me destruyó por completo el corazón: Se iba. La muchacha de mis sueños se iba, había encontrado al fin el amor y se marchaba cruelmente sin siquiera permitir aclimatarme a su tenor. La pequeña ... se marchaba; ¿dónde se marcharían entonces mis lágrimas, se irían con ella o harían brotar un mar que bajaría por la calle P. León Gallo? ¿Conservaría mi alma o iría tras ella arrancando la vida a este cuerpo que usurpaba? Completamente compungido, abandoné la habitación y salí a la calle. No podía soportar las ganas de llorar, sin embargo me aguantaba. Estaba parado afuera, afirmado contra un poste y queriendo se tragado por el mar.
Ella salió con un bolso y su padre a su costado: "Nos vemos, me tengo que volver a La ...". Mi corazón se destrozó lentamente. Su padre me miró secamente, la tomó del brazo y comenzó a caminar. Ella bajaba, con su vestido azul de jeans, zapatitos negros y una polera verde agua. Caminaba lentamente calle abajo, en dirección al ascensor Villaseca. La bahía de Valparaíso me pareció cada vez más sombría. Mi corazón se aceleró y quise correr, mas, no quise ser tan torpe. Las lágrimas brotaron a mares de mis ojos; una música tribulante emergió de una ventana; dos gaviotas volaron sobre el cielo de la calle y se fueron cerro abajo. Ella se iba y probablemente nunca más la volvería a ver. La niña, la mujer de mis delirios, abordó el ascensor Villaseca y el conductor, tras cerrar el seguro, comenzó a bajar y alejar lentamente el más hermoso sueño que tuve en mi niñez.
Ella salió con un bolso y su padre a su costado: "Nos vemos, me tengo que volver a La ...". Mi corazón se destrozó lentamente. Su padre me miró secamente, la tomó del brazo y comenzó a caminar. Ella bajaba, con su vestido azul de jeans, zapatitos negros y una polera verde agua. Caminaba lentamente calle abajo, en dirección al ascensor Villaseca. La bahía de Valparaíso me pareció cada vez más sombría. Mi corazón se aceleró y quise correr, mas, no quise ser tan torpe. Las lágrimas brotaron a mares de mis ojos; una música tribulante emergió de una ventana; dos gaviotas volaron sobre el cielo de la calle y se fueron cerro abajo. Ella se iba y probablemente nunca más la volvería a ver. La niña, la mujer de mis delirios, abordó el ascensor Villaseca y el conductor, tras cerrar el seguro, comenzó a bajar y alejar lentamente el más hermoso sueño que tuve en mi niñez.
Ahora me vuelvo a reencontrar conmigo mismo, cuando observo nuevamente este viejo ascensor de 1907 con el letrero "Detenido". Es que el tiempo es implacable y las historias deambulan en la existencia como el viejo oráculo que alguna vez le dijo a Sócrates: "Conócete a ti mismo".