lunes, 25 de marzo de 2013

γνῶθι σεαυτόν (Conócete a ti mismo)

Cuentan que Quilón mandó a escribir en el oráculo de Delfos la inscripción "γνῶθι σεαυτόν" (Conócete a ti mismo). Y, ¡qué acierto!, este de uno de los siete sabios de Grecia. Sin embargo, ¿se habrá realmente conocido a sí mismo, o, por el contrario, la frase hace alusión a la complejidad de tal demanda?

Varias veces he caminado por los estrechos y multicolores recovecos de mi pasado. Unas veces completamente desamparado y con la potencia de una lágrima en la garganta; otras, con el ímpetu de quien recorre la geografía de su tierra para buscar aquello más preciado. Es que cada cierto tiempo le viene a uno eso que llaman melancolía. Y, la melancolía, es el fruto de haber degustado el elixir de la vida sin haberlo siquiera probado. Mi historia tiene que ver con eso, o quizá con el eterno recuerdo que hace caer el olvido sobre el sentido. Esto comienza así...

Aquel verano viajé por vez primera a visitar la ciudad que había captado mi atención en los atlas: La ciudad de Valparaíso. Nunca podré describir la emoción de tan enorme momento (solo equiparable a la vez que crucé el Canal de Chacao, embobecido por el amor). Era un mancebo de mirada soñadora y ojerosa, amante del romanticismo y la poesía vital. Recuerdo haber bajado al borde de una plaza, de calle Gran Bretaña. Era una mañana fugaz, cristalina y reverberante que acababa en la bahía. Entramos por una calle y, cerro abajo, se divisaba el mar que baña el puerto. Me llamó la atención el aroma a mar e historia; a constante devenir, a tierra hollada a través del espíritu; me pareció encontrar todas las venturas y desventuras humanas en un solo soplo de viento costero: entonces caminé con la torpeza de mi juventud calle abajo, observando todo como si el mundo hubiese sido recién creado. 

Al llegar a la antigua casa de calle P. León Gallo, entramos con el equipaje a cuestas y mi padre me regañó por "andar desavispado". Entramos en la casa y la temperatura cálida, pero fresca, se tornó fría. Se presentaron los adultos con la cortesía zalamera propia del país, se ofreció un jugo de bienvenida y nos indicaron nuestras habitaciones. La casa era una hostería de 3 pisos y en verano albergaba a turistas de todos los puntos del orbe. Sin embargo, era habitada constantemente por distintas personas: una anciana que hablaba maravillas de su hijo que andaba por los países del hemisferio norte, quien la había dejado en estas olvidadas calles porteñas. Un encorvado anciano que no hablaba sino para negar o asentir; una señora delgada y guapa que, a pesar de sus largos años, no había perdido el gesto aristocrático y galante de los años 60; y, por último, una anciana de canosa cabellera crespa y anteojos decimonónicos que se expresaba con jactancia de sus antepasados franceses. A parte de estas personas, todos los demás inquilinos pasaban temporadas en la casona, la mayor parte de ellos estudiantes o marinos de paso. 

Aquel primer día fuimos inmediatamente a hacer un viaje turístico que terminó en la playa San Mateo. Estuve a punto de terminar en la posta por un peñascaso en la cabeza que me propinó una pendenciera ola, ante mi ignorancia de que aquella playa no era apta para el baño. Un tanto aturdido, contemplé a las personas disfrutando del sol, un par de marinos deambulando por la playa y a mi madre aceitándose bajo el quitasol. "Vengan al agua", grité desaforado mientras esquivaba a una pequeña prima que pasaba descuidadamente con su balde en dirección a la orilla. En la tarde, caminamos por las desvencijadas calles del viejo puerto, contemplamos los navíos anclados en la bahía, inmensos animales que transportaban a los más inverosímiles tipos de hombres y sus artículos internacionales; contemplamos la noche porteña, llena de la fragancia absoluta que respiró tantas veces El Poeta. Aquella noche, jugamos a las cartas reunidos en la mesa principal de la hostería hasta el amanecer.

Abrí los ojos y me encontré en una habitación de techo alto, de cuya estructura brotaba un antiguo candelabro que brillaba con la luz del sol que penetraba ampliamente por la ventana. Me destapé y jugué con mis pequeños hermanos, cuyas voces hicieron que se uniera nuestra prima. Fui al baño a cepillarme los dientes y vi correr los niños por el pasillo hacia el patio del sector exterior de la casa. Atravesé el comedor, saludando a los comensales. Mi madre me exigió el beso matutino: "¿Cómo dormiste?". Me senté y tomé la taza caliente que me servían. "Está caliente, voy a esperar a que se enfríe", dije y me levanté súbitamente, transportándome en dirección al patio de la casa. Abrí la puerta y contemplé un tupido árbol que ocupaba buena parte del lugar. Desde la altura que me hallaba se podía ver la bahía de Valparaíso de una forma que no había visto antes. Se notaban las gigantescas grúas de las transnacionales; los edificios que circundan la zona central por los cerros cuyos nombres jamás aprendí; la ciudad que relumbrante salía del mar hacia los cerros, como una  brillante diosa submarina. De pronto, mi atención se desfocalizó y ocurrió el milagro: una pequeña muchacha, dos años menor que yo, jugaba con su voz de pajarillo. A mis quince años, yo no conocía el amor. Una ondulación llena de altibajos me sometió al absoluto placer de la quimera; la miraba y no paraba de mirarla, era como si de pronto Dios hubiese bajado a la Tierra y me hubiera tomado entre sus brazos. No podía despegar mi mirada de sus ojos, sus cabellos, su piel morena. Cuando de pronto, acercándose a mí, saludó: "Hola, soy ...". Yo quedé estupefacto. No podía hilar respuesta alguna y me quedé mirándola embobecido. "Hola, emmm, que bien", atiné a decir, tras lo cual me sentí como un estúpido. "Únete a nuestro juego", me dijo la muchacha, quien volvió como encantada a la ocupación. 

Aquella noche no pude dormir. Era como si de un momento a otro la vida careciera de sentido y todo el conato vital se cerniera sobre la adolescente figura de la muchacha: "¿de dónde había caído? ¿por qué me hizo sentir aquellas novedades en las vísceras?". Hablé con Dios y le pedí auxilio, no quería seguir sintiendo el vértigo en el alma. 

A la mañana siguiente, desperté lleno de energías y azucé mis sentidos para oír su voz: no estaba en la casa. La muchachita resultó ser nieta de la dueña de casa, lo que era una buena noticia para mí, pues podría verla continuamente durante estos días, ya que era cuidada por la anciana mujer en los meses de verano. Deambulé como un rayo por la casa a ver si encontraba un vestigio de su ser y, tras no encontrar ni su sombra, comencé a tomar desayuno vigorosamente. Al cabo de unos minutos y tras la segunda mascada que le dí a un pan con jamón y queso, el estómago se me revolvió por completo y no pude seguir comiendo. Comencé a jugar con las migas del pan y mi padre comenzó con sus regaños. Aquella tarde, mis familiares decidieron que fuéramos a Viña del Mar, pues sus playas eran más idóneas para el baño. Yo no quise en primera instancia, pues ir tan lejos imposibilitaría encontrarme con ella durante el resto de la tarde. Sin embargo, y como no podía decidir donde ir o donde no ir, tomé mis cosas y partí tras mis padres. Al salir a la calle, el sol iluminaba aún con fuerzas y el frescor de la tarde era ideal. Volví, enviado por mi padre, a buscar un quitasol al interior de la habitación y, al salir, un nuevo sol había entrado en mi vida: era ella, vestida con un bañador rosado contorneado por elegantes vuelitos. Se me asemejó a una bailarina de ballet, o a una estrella cósmica que iluminaba dando vueltas sobre el planeta cuyo único habitante era yo. No podía apartar mis ojos de ella. De pronto, y como cuando alguien revienta un globo con un alfiler, mi tío me dio un leve manotazo en la espalda y me dijo: "Todavía es muy chiquitita". 

El viaje desde Playa Ancha a Viña del Mar se hacía en locomoción colectiva aproximadamente en 4o minutos. Durante ese lapso que me pareció eterno, intenté no mirar hacia donde estaba sentada y preferí ir mirando hacia afuera y contemplar la bahía de Valparaíso. Estaba extremadamente angustiado tras la idea de que yo pudiera ser mucho mayor que ella (nos llevábamos por menos de 3 años), sin embargo, me parecía que quizá la edad se notaría mucho. Quizá su madre no me permitiría su mano, aunque le rogase que sería un buen hombre para con ella; quizá su padre -de quien había escuchado ser un marino retirado, de muy estrictas costumbres-, me aceptaría si me mostrara valeroso. Sin embargo, yo no era más que un raquítico muchacho de ojos soñadores. Así, con el nudo oculto en lo más profundo de la garganta, simulaba estar alegre jugando con mi padre a una niñería que habíamos inventado para entretenernos mientras viajábamos. 

La playa estaba llena de personas, sin embargo, había suficiente espacio para acomodar el campamento de cosas que mi familia llevaba. El mítico chalón de mi madre, las sillas de playa de mi padre, los tres quitasoles, el bolso con las bebidas y las galletas, las toallas, la ropa de cambio, el bolsito con elementos de higiene, etc., una galería de objetos que se acomodaban unos sobre otros. La muchacha se quitó su faldita y la polera, quedando en su bañador rosado. Rápidamente se fue a la orilla del mar, seguida por los niños. Fui hacia ellos simulando preocupación: "No les vaya a pasar algo". Comenzaron a excavar apresuradamente en la arena; cavaron hoyos que eran tapados por las olas; dibujaban formas con las conchitas y transportaban agua en sus baldes; yo miraba el espectáculo, pero más que eso la miraba a ella: se veía tan frágil, pero a la vez fuerte, preocupada al mismo tiempo por los niños y del juego. Se notaba que era decidida, pero sus pensamientos me eran impenetrables. De pronto, y al darse cuenta de que la observaba, se me acercó: "¿Caminemos?". Caminamos por la playa y nos contamos nuestras vidas. Le conté que tocaba guitarra; ella, que danzaba. Le dije que escribía versos; ella, que cantaba. A cada pavoneo mío, ella respondía con algo similar. Repentinamente, me tomó del brazo y se puso a correr. Las olas bañaban la orilla y se estrechaban contra el roquerío donde se emplazaba el hotel Sheraton Miramar. La arena saltaba tras nuestros pies descalzos y la brisa marina de la tarde humedecía sus cabellos castaños. Todo era como un sueño del que no quería despertar. Sentí que ya éramos eternos, que ese momento jamás acabaría. Y, con rapidez y presteza, me soltó y se lanzó al mar. La seguí y jugamos en las aguas como los niños que éramos: aún nuestras mentes no estaban contagiadas con la maldad del mundo. Aquella tarde, mientras veníamos de vuelta, nos sentamos juntos en el bus de regreso y ella durmió en mi hombro.

"...: ¿Cuántos versos te escribí aquella tarde? Si los hubieras visto y contado, el número de estrellas te parecería insignificante. Eras el cristal donde se reflejaba el Sol; eras el lucero matutino de las mil ansiedades, eras el inerme absoluto del amor. Las mañanas llenabas con el néctar de tu risa y los efluvios de tu ser transportaban fotones luminosos hacia mi cansada mirada tan reciente. Te conocía desde hacía algunas horas, pero ya te amaba con todo el fulgor de mi pasión. Era porque tú, porque tú ... rascacielos conspicuo, razón eterna e inmensa impleción, te habías colado con mi sangre, te transformaste en el tránsito vital de mi existencia..."

La noche caía y yo miraba las luces del puerto: jamás me parecieron más aciagas. Mis lágrimas caían a raudales en aquella escalera donde te conocí. Con mirada taciturna te buscaba en el fondo de mi alma. No te vi en todo ese día. Te busqué como un desesperado y el vacío vital me ahogaba una y otra vez. Traté de simular que estaba alegre, pero no podía emanciparme del dolor. Mis padres me llevaron a dar un paseo: éramos solo nosotros, la otra parte de la familia se quedó en casa. Fuimos y caminamos por el paseo 21 de Mayo; tomamos un helado que no me supo a nada; observamos un crucero que se marchaba hacia el horizonte.

Hacía más de un día que no la veía, tantas horas de soportar su ausencia. La conocía tan poco, pero la amaba tanto. Encontraba tantos motivos para morir. De improviso, su voz llenó la sala. Yo estaba recostado sobre la cama de la habitación y la escuché a penas entró. Un impulso más fuerte que un rayo me levantó y me quedé pegado a la puerta, para oír que decía: quería salir de pronto y sin aviso y sorprenderla. Sin embargo, escuché una noticia que me destruyó por completo el corazón: Se iba. La muchacha de mis sueños se iba, había encontrado al fin el amor y se marchaba cruelmente sin siquiera permitir aclimatarme a su tenor. La pequeña ... se marchaba; ¿dónde se marcharían entonces mis lágrimas, se irían con ella o harían brotar un mar que bajaría por la calle P. León Gallo? ¿Conservaría mi alma o iría tras ella arrancando la vida a este cuerpo que usurpaba? Completamente compungido, abandoné la habitación y salí a la calle. No podía soportar las ganas de llorar, sin embargo me aguantaba. Estaba parado afuera, afirmado contra un poste y queriendo se tragado por el mar.

Ella salió con un bolso y su padre a su costado: "Nos vemos, me tengo que volver a La ...". Mi corazón se destrozó lentamente. Su padre me miró secamente, la tomó del brazo y comenzó a caminar. Ella bajaba, con su vestido azul de jeans, zapatitos negros y una polera verde agua. Caminaba lentamente calle abajo, en dirección al ascensor Villaseca. La bahía de Valparaíso me pareció cada vez más sombría. Mi corazón se aceleró y quise correr, mas, no quise ser tan torpe. Las lágrimas brotaron a mares de mis ojos; una música tribulante emergió de  una ventana; dos gaviotas volaron sobre el cielo de la calle y se fueron cerro abajo. Ella se iba y probablemente nunca más la volvería a ver. La niña, la mujer de mis delirios, abordó el ascensor Villaseca y el conductor, tras cerrar el seguro, comenzó a bajar y alejar lentamente el más hermoso sueño que tuve en mi niñez. 

Ahora me vuelvo a reencontrar conmigo mismo, cuando observo nuevamente este viejo ascensor de 1907 con el letrero "Detenido". Es que el tiempo es implacable y las historias deambulan en la existencia como el viejo oráculo que alguna vez le dijo a Sócrates: "Conócete a ti mismo".

sábado, 23 de marzo de 2013

Un sueño

El despampanante reflejo del farol público, cegaba la desgastada visión del muchacho. Caminaba extraviado por la constelación de focos citadinos por la avenida Cinco de Abril: luminarias de diversos colores, neón, tubos fluorescentes, lámparas chinas, etc., un verdadero espectáculo abigarrado de luces, de pequeñas inmensidades. Ante la visión desordenada de aquella noche, su mente vagaba por los distintos espacios de su vida, sin ilación alguna. Quizá buscaba una respuesta o un remanso en el recuerdo. Sin embargo, no halló nada y prefirió refugiarse en las lágrimas felices de aquellas estrellas troposféricas que lo circundaban. Vivía como el hombre siempre habita el mundo, como perdido en él, confundiéndose con él. Sus interpretaciones se confundían con la realidad; sus entrañas pensantes vinculaban su imaginación y la ausencia. Fue entonces cuando encontró a la muchacha.

Su cabellera pelirroja brillaban junto al azul de sus ojos, y sus mejillas eran firmamento de pecas deambulantes. De sonrisa fácil, toda vez se formaban margaritas en sus mejillas. Cuando miraba como perdida el espectáculo terráqueo, las comisuras de sus labios serpenteaban bellamente la geografía de su boca. Aquella tarde, luego del almuerzo con su mejor amiga, había vuelto repuesta al trabajo esperando una respuesta a una pregunta que había rondado todas sus últimas noches. La vorágine del mundo le había provocado la nausea propia del que se acerca a los treinta y aún no lleva nada concreto en el amor -o en el pretender. A pesar de su belleza, su suerte era tan mala como la del gobernante de turno, sujeto del cual todos se mofaban con diversos epítetos. Decidió atravesar la calle frente al edificio del Registro Civil. Se quedó detenida un momento en el bandejón central esperando la luz verde. Encendió un cigarrillo.

¿Cuántas noches había soñado con la muchacha que jamás había visto? Sin embargo, no pensaba hallarla jamás, mucho menos en la soledad de la noche fría de un miércoles de marzo. Sabía cómo era; cuáles eran sus facciones, sus gustos y ambiciones; reconocía su sonrisa en algunas muchachas que se le parecían -pero jamás igualaban en hermosura. Cada vez que encontraba una muchacha similar -físicamente, claro está-, se quedaba pensando en las Meditaciones Metafísicas. Era un romántico de tomo y lomo, cuya tarea primordial en primavera era regar el jardín de rosas de su casa. Florecían de todos colores, pero jamás como las de esa primavera de 2003 cuando conoció el amor por primera vez. Luego del quiebre repentino y trágico de aquel intenso amor, se refugió como una oruga en el capullo de la vida y no salió más de ella. Hasta esa noche fría de marzo cuando...

El sonido de sus botas resonaba opaco en la acerca humedecida por el rocío de la noche. Caminaba y lanzaba pequeñas y rápidas bocanadas de humo, que se entrelazaban con su mismo aliento. Pensó en las compras de la semana, en los zapatos tan bonitos que soñaba con comprarse, para ir a bailar el fin de semana y olvidarse de su vida tan vacía. Pensaba en su madre, en lo mucho que la necesitaba. Fue entonces cuando súbitamente tropezó...

"¡Cuidado!", señaló un joven tomándola del brazo impidiéndole caer al piso. Se miraron a los ojos en un segundo que pareció eterno. Ambos sintieron deseos de hablar y hablar por el resto de sus días, como si estuvieran condenados a morir sin sentido en este mundo intemperante. Una ráfaga de viento intentó apagar el huracán de fuego que se abalanzó sobre sus almas; un suspiro imperceptible aromatizó el aire oscuro de la noche. El mundo se detuvo y se quedaron mirando el uno al otro.

"Muchas gracias", replicó la muchacha, quien acomodó su cartera roja sobre su hombro. "No es nada", respondió el joven con nerviosismo. Y, alejándose lentamente, como el paso aplastante del tiempo sobre el monumento, fue transformándose el sentimiento con su dialéctica estomacal.

Aquella noche, el muchacho entró en su habitación, se sacó las zapatillas y acomodó la camisa y el abrigo sobre una silla. Se abrochó el pijama azul de algodón y se recostó sobre la cama. Se tapó, apagó la luz y se quedó con la mirada pegada en el techo nocturno, invisible para sus ojos soñadores: "Existe", pensó, y se fue lentamente hacia sus sueños...

sábado, 16 de marzo de 2013

Ajelía

La noche en que Felipe cumplía 16 años, una cálida brisa resquebrajó el incipiente invierno que vaticinaba ser el más frío de todos los tiempos. Las mañanas alcanzaban temperaturas nunca antes vistas, sin embargo ese día transcurrió primaveral. La multitud reunida en el supermercado -cuando su madre hacía las compras para la celebración-, vestía menos ropa que otros días y las sonrisas abundaban. De pocos amigos, el muchacho pasó la tarde en el mundo virtual, y no fue sacado de ahí sino hasta que un tío venido de otro pueblo lo impresionó con un vital regalo: era un gato blanquísimo, como nunca antes había visto uno, el cual en su cola se tornaba negro oscuro, pero solo en la punta de la misma. Lo miró y se agradeció mientras en su mente se preguntaba qué sentido tenía que le regalaran una mascota, para qué un animal de regalo habiendo tantas cosas mejores que regalar. Lo tomó, lo acarició por protocolo y comenzó a pensar en un nombre para él: "Ajelía es su nombre", dijo el señor mayor, cuyos largos y blanquecinos cabellos le recordaban la imagen de Dios. Ajelía se mostró muy cómodo en compañía del muchacho, quien presentía que siempre estaba siendo observado por el animal. En primera instancia no le causó molestia la obsesión que el gato parecía tener por él, lo que prontamente comenzó a cambiar transcurridos los días.

Aquella cálida noche del 16 de ..., Felipe se fotografió con los regalos que había recibido: un dvd original de World of Warcraft, una pelota de baby-fútbol, un abrigador chaleco tejido por su abuela, zapatillas, unas camisetas con dibujos y frases divertidas, un libro antiguo y, por último, Ajelía. Evitó por todos los medios fotografiarse con el animal, pero cada vez que le tomaban una foto con alguno de sus regalos, el felino se acercaba y frotaba su cuerpo contra el muchacho. Hasta ese momento, no pareció importarle y Ajelía continuaba siendo un fiel y empalagoso compañero.

La medianoche del 27 de ..., el muchacho despertó debido al ruido que provocaron sus libros al caer: encendió la lámpara y vio a Ajelía persiguiendo un invisible objeto. "Típico de gatos", pensó y volvió a apagar la luz, no sin antes reprender al animal. A la mañana siguiente durante los primeros segundos de vigilia, sintió una perturbadora intranquilidad, pero al entrar en contacto con el agua tibia se despidió de su cuerpo. Mientras se vestía para ir a la escuela, observó que Ajelía dormía tranquilamente echado sobre los pies de su cama. "Ojalá pudiera ser como él", pensó frotándose los ojos y dirigiéndose rápidamente a la mesa para tomar desayuno.

11:50 del 28 de ..., una extraña luz ilumina la habitación de Felipe. Él duerme y Ajelía observa inmóvil el espectro. Se mueve de un lado a otro, dejando una estela por donde pasa, la que a los segundos va desapareciendo. La formas que dibuja son circulares o triangulares y parecen un mensaje. El felino sigue observando, esta vez con su penetrante mirada encendida en un fulgor extravagante.

Es medianoche y Felipe despierta transpirando fuertemente. La oscuridad de la noche es total y el sonido de la lluvia es estruendoso. Un reflejo de luz se proyecta y desaparece en uno de los muros frente a su habitación. ¿Qué es esa luz? Un sonido estruendoso se abre en la melodía copiosa de la lluvia. Sin identificar su origen, observa que la luz desaparece. Un triángulo se dibuja en el espacio vacío y adopta diferentes formas, se acercan hacia él. Ajelía sigue con la mirada llameante el objeto geométrico, moviendo mecánicamente la cabeza a cada cambio de forma que adopta. Felipe frota sus ojos y trata de salir del estupor: ya no está en su habitación, pero no identifica el lugar. Un extraño y grave sonido proviene del exterior, pero lo presiente. Ignora absolutamente lo que ocurre y, de súbito, la puerta de su habitación se abre penetrando la lluvia desde el exterior. Dos sombras se acercan lentamente hacia donde está. No sabe qué está pasando. Intenta gritar y de sus labios emana el sonido de una flauta. La noche cae con fuerza sobre el planeta y Felipe aguarda con la mirada perdida el espectáculo refulgente de las estrellas.

La alarma suena a la hora habitual. Felipe se levanta y toma un baño caliente, observa al gato dormir, esta vez siente un profundo odio por el animal. Toma sus cosas y se va a la escuela. No come. Durante la tarde, comienza a leer el libro que alguien le dio por su cumpleaños. Han pasado trece días desde que estuvo de cumpleaños, y cada día que pasa odia más a Ajelía. "Es un mensajero. Tener un gato le traerá mejores mensajes a tu vida que los que pueden traerle los videojuegos", le había dicho su tío cuando se lo entregó. "Este gato de mierda el único mensaje que me ha traído es que los gatos son una mierda", refunfuñó al recordar. Se sentó ante la mesita de su escritorio, y comenzó a hacer su tarea de Filosofía. No entendía qué sentido tenía ese "quehacer humano", como había señalado el profesor. "Yo creo en la ciencia", pensó para sí. El pavimento estaba humedecido y brillaba ante la luz de los faroles de la calle. Las oscuras nubes comenzaron a ceder y pudo observar dos estrellas que desaparecieron rápidamente por el rápido movimiento con el que se sucedían. El gato no estaba en su habitación. Se sintió preocupado, pues siempre estaba con él, el muy zalamero. Abandonando su trabajo escolar, lo buscó debajo de la cama. Luego, pasó a ver si se escondía detrás del mueble del televisor. No lo encontró en el pasillo ni en la cocina de la casa. Preguntó a su madre y a su hermana si lo habían visto, y ante la negativa de las mujeres, un sentimiento oscuro e incómodo llenó su ser. "Los gatos siempre se van y vuelven. Volverá enseguida", le dijo su madre para tratar de calmarlo. "Eso espero", contestó secamente y volvió a su habitación.

15 de ... de 2013, Felipe ha abandonado la esperanza de que retorne su felino. No lo extraña, pero una confusa preocupación le causa molestias. Los últimos tres días ha padecido de una jaqueca incontrolable que le ha hecho ausentarse de sus obligaciones escolares. Pasa poco tiempo frente a la computadora, pero ha estado profundamente sumido en la lectura del libro. Son las 19:05 y su madre sube a su habitación, llevándole una bandeja con té con leche y un par de tostadas. Sintoniza un canal de la televisión nacional y comienza a ver una caricatura. Un cabello cae sobre su taza. Lo saca con la parsimonia propia de un enfermo. Ha estado dos días en cama. Un aroma a guisado de verduras entra como una ráfaga de viento a través de su puerta entreabierta. Son las 19:10 y la serie animada aún no le saca tan solo una sonrisa, haciéndole comprender que de verdad estaba enfermo, pues era su favorita. Saca un pañuelo del cajón de su velador y se suena la nariz. Una mucosidad rojiza que no alcanza a visualizar queda impregnada en el papel. Lo lanza y va a dar a un tacho que está a su izquierda. Hace un zapping en la televisión. Lo mismo de siempre. La apaga. Mira su celular y revisa algunas cosas en internet. A las 20:15 comienza a adentrarse en un profundo sueño. Su madre entra a la habitación, lo besa en la frente, le pone una banda adhesiva en el brazo derecho donde hay una pequeña herida, y sale dejando la puerta entreabierta.

La lluvia ha cesado de caer y se dibuja un claro sobre el cielo. Dos estrellas titilan con el ritmo y la armonía de la eternidad. El tiempo transcurre sin detenerse. La ventana de su habitación se entreabre suavemente con el viento de la noche. De pronto y de un salto, entra Ajelía con su pelaje completamente seco. Observa al muchacho con su mirada fecunda en llamas y su cuerpo se dibuja en las pupilas del felino. Una grave voz ríe desde afuera, pero se silencia de súbito. La sirena de un vehículo se escucha a lo lejos. Entonces, el gato salta sobre la cama y una luz penetra por la ventana de la habitación del muchacho.

Flotando sobre el vacío, se eleva un espíritu desmaterializado. Todos los animales lo despiden gimiendo una música abigarrada de sonidos que jamás había escuchado. El silencio de la noche lo cubre con su manto; el firmamento yace sin estrellas, pero dos soles se alzan sin iluminar. Atraviesa una antigua verja y entra en un abismo sin término. La vida se acaba cuando la llama del ser se transfigura. Dos velas emiten una sombra danzante reflejada sobre el muro interno de la habitación del muchacho. La puerta está completamente cerrada y las ventanas dejan penetrar brisas tibias desde el exterior. Ajelía yace boca arriba con los ojos hinchados en sangre y la boca abierta exageradamente. Felipe mira el planeta desde afuera; su espíritu danza entre los árboles nocturnos que le cantan y le hablan. Luego del viaje, desaparece virando tenazmente el camino de una estrella.

A la mañana siguiente, cuando el reloj cantó la alarma, su sonido fue acallado por la horrenda visión de la muerte que consumía en llantos y gritos a la familia del 1093 de la calle...
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El joven hemerodromo ateniense zigzagueaba todos los obstáculos del monte que atravesaba. Su garganta se secaba, y producía una saliva espesa. Corría como una flecha, atravesaba el tiempo y el espacio. Un ave lo seguía. Era su compañera de travesía. Con la destreza de un felino, saltaba pequeños riachuelos y pozas que se formaban en el camino hacia la polis. Con tenaz gracia, esquivaba los árboles y arbustos. Avanzó todos sus kilómetros sin mirar atrás; atravesó la escarpada geografía griega para que su voz fuera fenómeno de mensaje. Los griegos aplaudieron su labor y, antes de morir, ya se erigía su leyenda en los pueblos que rápidamente iba dejando tras sus pies. "Es un héroe que ha bajado del Olimpo", dijeron algunos. "Es una flecha del arquero más sutil", rectificaron otros. "Corre como un pez nada en un río", dijeron algunos; "Es y se parece a un felino hambriento de verdad, que atraviesa Grecia para dar un mensaje de vida", dijeron los más extravagantes. Antes de morir aquella noche, observó dos estrellas que aparecieron tras el movimiento de las nubes. Entonces todo se aclaró y volvió a la niñez, a los tiempos en que el hermano de su padre le regaló a su mejor amigo, al felino Ajelía...

jueves, 14 de marzo de 2013

El enamorado

Sus ojos se posaron en ella y, ¡Voilà!, fue el milagro de luz: el sol reverberaba en sus cabellos rubios, claros como el trigo; sus ojos eran un océano aguamarina y brillaban con inocente fulgor; su cuerpo delgado, era fresco como la bruma matutina; su mirada constante y parsimoniosa, llena de vida. Cada vez que la veía se sentía culpable por existir: "Jamás me ve y jamás me verá. Insecto". Y paseaba las tardes enteras cerca de su casa, para verla cuando era enviada a comprar el pan al almacén de en frente, o cuando iba a comprar una botella de Coca-Cola de un litro. Entonces, se contentaba mirándola embobecido, y no encontraba ser más bello en el mundo, y el cielo resplandecía sobre ellos (o él). Compraba cualquier nimiedad con tal de verla. Una vez -y en medio del efecto adormecedor que provocaba sobre él- compró una bolsa de sal, producto que no tenía el más mínimo objetivo ni en su casa ni para él. Así, con el viento de abril abrazando los árboles de otoño, se maravilló tarde tras tarde -exceptuando los fines de semana- con la dulzura blanquecina de aquel ángel del señor.

Escribía y escribía en su computador. Había abandonado el nihilismo y la crítica. Publicaba juveniles poemas llenos de la frescura propia de su edad; componía canciones en su guitarra. Cantaba por las noches antes de dormir, con esa voz de gallo agripado que tanto molestaba a su hermana menor. "Cállate, cantas tan mal que jamás te pescará", le gritaba su hermana en tono enfurecido. Compuso poemas, cuentos donde figuraba como el príncipe de sus desavenencias; escribió canciones y talló en algunos árboles de las plazas de la población el nombre puro y cristalino de la muchacha: se llamaba ...

Por las noches no dormía y pensaba en ella. Se imaginaba entrando a la escuela de su mano, ante la envidia de todos sus compañeros y niños de niveles superiores. Se representaba situaciones donde peleaba a puñete limpio con algunos chicos que la cortejaban, siempre obteniendo la victoria y un merecido beso de su beldad. Cuando lograba dormir, la muchacha lo acompañaba a sus sueños. Y, de este modo, los días brillantes se fueron transformando en grises y aciagos. Entonces lo invadió una melancolía que no supo con qué quitarse. Se levantaba desganado, siempre pensando en ella, pero pensando cosas malas. Pensaba que no la merecía; se figuraba que era una estupidez pensar en que un ser tan bello posaría sus diáfanos y sagrados ojos sobre él. Fue desilusionándose, sin siquiera conocer a la muchacha. Fue en esa época cuando ocurrió el desenlace de esta historia.

Volvía aquella noche de casa de su mejor amigo. Le confesó la atracción secreta que anidaba su corazón con lujo de detalles, ante lo cual se impresionó que le simpatizara "tanto" también al muchacho. Se retiró molesto de la casa de su colega y caminó sin rumbo durante veinte minutos. Como guiado por su amada, viró a la izquierda en calle San José y caminó rumbo al poniente. De pronto, comenzó a identificar el ruido de muchas sirenas, de ambulancias que se acercaban, pero no prestó atención. Continuó caminando y dobló a la derecha en un pasaje cerrado con reja, pero cuya puerta siempre estaba abierta. Caminó por el curvo pasaje y poco a poco comenzó a visualizar un humo oscuro y frondoso que se liberaba de una casa. Agitado, comenzó a caminar rápidamente hacia la zona. Viró hacia el oriente y se quedó estupefacto al comprobar que ardía en llamas la casa de su Dulcinea. No pudo creerlo y corrió con todas sus fuerzas en dirección a su interior. Un hombre intentó detenerlo, pero su ímpetu juvenil enamorado era implacable. Penetró el umbral de la casa y se cubrió con su chaqueta del calor de las llamas. El calor era insoportable y no reconoció ninguna voz de auxilio en su interior. De pronto, vio a la madre de la muchacha sobre el suelo. A su lado derecho, la pequeña hermana y la muchacha. Las tres parecían muertas, pero intentó sacarlas de ahí tomándolas del brazo. Estaba muy debilitado cargando esos bultos y sentía que no podía respirar bien. Poco a poco, fue debilitándose, más y más a cada minuto, cada segundo. Cayó al suelo, mareado e inconsciente y, con el rostro bañado en sudor, se despidió de la existencia.

Personal de bomberos encontraron los cuatro cuerpos. Dos de ellos estaban abrazados. Eran el muchacho y la muchacha. En un bolsillo del cadáver del fallido héroe, encontraron un papel a medio quemar donde estaba escrito: "Te amo". En la mano de la muchacha, estaba escrito un nombre. Algunos vecinos más sensibles dijeron que se trataba del nombre del chico, del enamorado que perdió la vida intentando salvar a quien más amaba; otros dijeron que se trataba de una típica raya juvenil. Los más esotéricos dijeron que se trataba del nombre de Dios, quien en ese momento había fundido sus almas y sus cuerpos en uno solo, como dos almas gemelas que se encuentran, como dos cuerpos unidos, como el mito andrógino que contó una vez un cómico griego.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El Desamor

Hago maromas en el aire,
caminando por una cuerda que afloja
y amenaza con hacerme caer y caer sin detenerme.
Es que te desmaterializas
tu ser es constante interferencia
y lucho contra tu recuerdo a cada instante.
Ni una victoria, ni una corona a medias,
un instante preciso que se desvanece
y me enrostra lo que soy.
Ante el reflejo límpido de la suave ribera,
busco en mi apariencia y resquicio,
un vetusto espacio que habité.

¿Dónde encontraré otra mañana
como aquella en que
degusté el fruto tan meloso de tu ser?

Todo indica con las hojas zigzagueando
que el viento se olvidó de refrescarme.
Mis piruetas ya no provocan tu sonrisa,
la magia de mi espectáculo yace consumida
entre espermas aciagas y deformes.
Puede que hayas visto dentro de ti,
pero jamás encontrarás la respuesta;
nunca hallarás lo que murió en tu corazón,
pues sólo de tu cuerpo sepultado emanará
esa futura canción tan necesaria
que tarde llegará a su cita con mi ser.

No me entiendes ni te entiendo,
¿quién se entiende en esta hora
del malentendido?
Aquí, en el remanso del reposo,
lo que sabemos se torna interrogante
e interroga a lo que somos.
El que pregunta es hoy el interrogado.

Y mañana, cuando muestres nuevamente
la miel y cristal de tus ojos,
entonces, mañana, comprenderás
en un palacio blanco lleno de flores de paz,
qué secreto anhelo incomunicable, incoercible,
habitaba el combustible de mi alma
y me llevaba hacia ti
cuando no había más razón que el desamor.

lunes, 11 de marzo de 2013

Reivindicación.

La noche era helada, oscura y opaca, como el espíritu agotado del aciago muchacho. Sin haber cumplido aún el tercer decenio, sentía que ya había aprendido todo y conocido todo, como si hubiese consumido su sombría existencia en compañía del viejo Mefistófeles. Con la frente siempre en alto -jamás perdería esa maldita manía de orgullo e indiferencia-, todas las tribulaciones del mundo embargaban su alma, en medio de las parpadeantes luces de la ciudad, verdaderas estrellas citadinas que le recordaban épocas ya idas. ¿A qué eso del rencor contra la vida? ¿Acaso cambiaba algo el inextinguible odio que sentía? Todas las mañanas tuvo una nueva oportunidad, pero el tormento le cegaba día y noche y jamás dormía bien y jamás comía bien y sólo encendía con la brasa de un cigarrillo el que le seguía y así sucesivamente hasta vaciar la cajetilla. Comprendía algunas cosas embobado por el humo que rondaba danzante en su cabeza. Un par de cafés y se inyectaba en el alma una vibra que le acompañaba de la humilde mesa del cuchitril que habitaba y se extinguía en el umbral de salida. Su vida se había vaciado de sentido, como la de todo el ser humano, con la diferencia que cogía con tantas ganas su desdicha que hasta Ciorán hubiera compadecido su alma.

Dobló a la derecha en calle Carmen con Portales y bajó derecho hasta hallarse a la entrada de una botillería promocionada por la marca Cristal. Entró y gastó su último billete en una Cross maybock, comprobó su cajetilla y se tranquilizó al hallar dos desvencijados cigarrillos que le servían para recorrer las cuadras que lo separaban de su casa. Caminó hacia las montañas en forma diagonal; se detuvo y miró un viejo lugar del recuerdo. Sus ojos lloraron sin botar ninguna lágrima, pues se habían vaciado del líquido vital. Amó toda una época en una milésima de segundo y volvió a la actual tan de súbito que se sintió obcecado. No podía comprender, no lograba recomponer las ideas. Por un momento se sintió como un muerto transportado sobre un ataúd negro y tallado con los rostros de ángeles que gimoteaban una pálida súplica al Salvador. Sacó el último destartalado cigarrillo y lo encendió con las brasas del que se acababa. "Maldito vicio", refunfuñó. Cuántas veces había oído a su mejor amigo decir que si una mujer te abandonaba, "no te preocupí ¡hueón, oh! que minas sobras y demás que llega otra detracito". Pero tan recalcitrante sentimiento no se disipaba como una gota de agua en el asfalto de una noche santiaguina. 

Como para estirar su deprimido estado, dobló por calle Olimpo sabiendo que demoraría más en llegar a su casa. Sin embargo, lo hacía conscientemente, ya que al llegar a casa lo aplastaría la frustración y el ahogo del encierro. "Daría lo mismo si te hubieras ido lejos; que el sentimiento se hubiese apartado y agotado por muerte natural, pero tenías que hacer eso", pensaba mientras miraba con la vista perdida en la irrealidad de un punto fijo. Dio un entrecortado grito de coraje y se escuchó el sonido del vidrio de la botella estrellarse contra un muro donde había una frase que decía algo relacionado con la esperanza y el amor. Una pareja de ancianos caminó rápidamente como escapando. Le provocó una vesánica risa. Al llegar al inmenso parque, lo atravesó en diagonal, dirigiéndose hacia un pequeño pasaje. Pateaba una lata de Coca-Cola y seguía pensando como si el mundo se fuera a acabar. Ya importaba poco la hora, el tiempo, la melancolía. No podía vivir más así; era incorrecto continuar viviendo en el sinsentido por una mujer. Quiso cambiar su vida, visualizó una reivindicación y, lleno de una inminente valentía y ganas de vivir, atravesó descuidadamente la calle que lo vio desaparecer para siempre de la historia humana.

sábado, 9 de marzo de 2013

Extraño acontecimiento desde la pc

    A las 15:02 de la tarde de aquel sábado 9 de marzo de 2013, ocurrió el extraño suceso que marcó la vida de aquel muchacho, cuyo transcurso había sido normal hasta ese momento. Se habló durante semanas en los noticieros y, sobre todo, entre sus conocidos y amigos, compañeros de escuela, amigos del fútbol, y otros. Pasado ese transcurso -y como todo en el país del olvido- nadie más se interesó, y su vida y el maravilloso acontecimiento se esfumaron de la existencia.

    Se despertó tarde, a eso de las 13:50 hrs. Tomó una taza de café con leche y se acostó de nuevo, encendiendo la televisión. Vio reality gringo de la cadena MTV, entreteniéndose en la disputa de dos muchachos musculosos por una muchacha rubia y pechugona. Hizo "zapping", pero la apagó ante la ausencia de algo que le llamara la atención. Se levantó de su cama y trajo el noteboook con una pequeña bandeja que le servía para utilizarlo en la misma cama. Comenzó a mirar páginas web en internet, abriendo primeramente la página inicial de Facebook. Luego, deambuló por distintas páginas, entre ellas algunas cuyo tema fundamental era burlarse del acontecer semanal. También abrió twitter y escribió su último tuit, que rezaba "Sábado en la tarde, ¿qué hay pa' la noche? Aún no hay nada que motive a levantarse." Mientras escribía el mensaje, fue llamado por su padre para ir a almorzar con un estruendoso "¡Bajen a almorzar!".

    En la mesa se habló poco. Pocos días atrás, el hijo mayor de la familia se había ido en forma estrepitosa de la casa, luego de una discusión que tuvo con sus padres. Los dos hermanos menores quedaron bastante conmovidos y se abrió el primer vacío en la familia, que se reforzaría por el extraño fenómeno que sucedería esa misma tarde. Dieron una breve bendición de los alimentos, llenaron los vasos con jugo y comenzaron calladamente a almorzar. El sonido chirriante del contacto de los cubiertos con la loza de los platillos, generaba un ambiente que se hacía más tenso y menos amistoso. Producto de sus años de fumador, el sorber de su padre le incomodó. Acabó su comida y pidió permiso para levantarse. Nadie le contestó, por lo que tomó su plato, su vaso y fue a dejarlos a la cocina.

    A eso de las 14:45, estaba de regreso en su habitación. Prosiguió en lo que estaba. El calor lo sofocó y encendió un ventilador, se quitó la polera y trajo un gran vaso de Coca-Cola con mucho hielo. Comenzó a conversar con una amiga de la escuela sobre un acontecimiento reciente que había marcado la vida de los jóvenes al interior del colegio. Se trataba del suicidio de un profesor, un carismático docente, cuyos problemas existenciales lo habían llevado a tomar la decisión final. Todo ocurrió -según trascendió-, una mañana de domingo a principios de diciembre. Su madre lo encontró colgado con un nudo que hizo con sus corbatas, al costado de una de las ventanas de la habitación, cuyas cortinas dejaban entrar débilmente la luz en el lugar. La mujer había enloquecido desde entonces y era cuidada por uno de los hermanos del desgraciado.

    Faltando cinco minutos para las 15:00 hrs., un contacto desconocido le envió una dirección web. No sabía quién era esta persona, y mientras esperaba que cargara la página, comenzó a revisar su biografía de Facebook. Se trataba de una persona de raza negra que hablaba un extraño idioma que no fue capaz de identificar. Comenzó a revisar la página que traía un colorido anuncio que decía: "Haz click aquí para ver tu Destino...".

    Se abrió un enlace en una nueva página y mientras cargaba no reparó en la cuenta de que la dirección no coincidía con los códigos normales de páginas de internet. Lo pasó completamente por alto. "Escribe tu nombre en este recuadro y pulsa O.K". Se abrió una página de fondo negro mezclado con letras rojas, las que fueron molestas para la vista y poder leer de qué se trataba esto tan misterioso. Hizo una vista panorámica de las palabras y encontró algunas que decían "Él se fue de la casa. Partió asfixiado hacia el más allá. Padre que mantiene dos vidas", etc. Seleccionó el texto y lo traspasó a Word, pero las palabras al cambiar del hipertexto al editor, se tornaron en símbolos que no logró identificar. Siguió leyendo y, para sorpresa de él, encontró muchas coincidencias que apuntaban a que el autor del texto era alguien que lo conocía. ¿Cómo explicar que supiera las condiciones en que vino al mundo, por lo demás no tan similar a la del resto de la sociedad?, ¿Cómo interpretar el accidente que se mostraba en el texto cuando el muchacho tuvo una fractura craneal producto de la colisión del vehículo en el que viajaba? Habían bastantes antecedentes de su vida, los cuales estaban relatados en forma clara, pero a veces muy misteriosa. Por supuesto, no reparó en esas misteriosas luces que se referían mayoritariamente a su vida actual.

    En un tono preocupado, bajó a buscar un poco más de Coca-Cola. Su hermano dormía, por lo que no quiso despertarlo para mostrarle lo que había encontrado accidentalmente en internet. Continuó leyendo la página. Vio algunos enlaces que hacían referencia a una publicidad que rezaba "¿Está aburrido de su vida y quiere cambiarla? Hable con EXPERTOS"; "Le aseguramos que mañana usted despertará en un mundo totalmente distinto, mucho más dichoso y feliz"; "Confíe su vida en nuestras manos y nosotros le entregaremos lo que siempre soñó". Todos estos avisos tenían un trasfondo médico, según pensó, aunque parecían más bien ofrecimientos de magia negra o algo similar. De pronto, la pantalla parpadeó y se puso completamente negra. A los segundos estaba nuevamente repuesta y una ventana pequeña le indicaba que "los drivers de pantalla se perdieron y recuperaron en el mismo instante. Código del error 00066...". Continuó leyendo la página que se refería a veces al futuro y a veces al pasado. "No habrá mayor saciedad que la que se tiene en el desierto y desaparecerá el luminoso lucero matutino". "El pensamiento se bloqueará y surgirá una nueva dimensión abierta solamente para los espíritus que vayan más allá de los sentidos...". "Y se levantará una bestia de mil cabezas y cada mente habitará esos cerebros desde los que gobernará la Tierra..".

    Eran ya las 15:45 hrs., cuando comenzó a sentir un leve mareo. Apagó el pc y se fue a descansar un momento. Recostado con los ojos cerrados sobre la cama, sentía una leve sensación en el lóbulo frontal que le hacía concentrar su atención en un punto fijo. Tenía los ojos cerrados. Paulatinamente, fue desapareciendo la sensación y se transportó a un sueño ligero. De pronto, abrió los ojos y la pantalla de su computadora estaba frente a él, dándole órdenes que no podía transmitir, que no podía comprender, pero que sabía, de algún modo oculto, como efectuarlas -así como nuestra comprensión del ser desde nuestra pre-comprensión del "es" de la oración, pero de la cual no somos total y completamente conscientes. Las letras rojas comenzaron a agrandarse y achicarse, pero se hacían cada vez más enormes. Sus ojos quedaron pasmados y un sinnúmero de vivencias se le agolparon en el corazón. Súbitamente, sintió cómo apretaba la corbata en el cuello, asfixiando lentamente la vida; vio todo el dolor que habitaba en su hermano, mientras abordaba un bus con una maleta en la mano; sintió los besos ardientes de la amante de su padre y los vio beber café en un restauran capitalino; vio lo que pareció ser una familia completa, que yacía sobre las ardientes arenas del desierto, con la piel reseca y los ojos fuera de sus cuencas; vio un inmenso asteroide acercase a un planeta, cuyos continentes rodeados de agua no reconoció. Fue embargado por un sentimiento absoluto e incómodo de irrealidad. De pronto, la pantalla del computador se transformó en su reflejo. Se reflejaba su agobiado rostro y más atrás la cama donde yacía en el momento que se durmió. Él ya no estaba ahí, pero una silueta que le pareció humana estaba de espaldas al reflejo de la pantalla. Sintió un inmenso pavor y de pronto, volvió en sí.

    Eran las 20:05 hrs., cuando volvió a sentarse en su escritorio. El computador mostraba un fondo de pantalla de burbujas. Titubeó a mover el mouse, pero al final lo hizo con un gesto de molestia. Le dolía mucho la cabeza. En una milésima de segundo y con todo el estruendo que provoca un rayo, cayó de espaldas atravesado por una inverosímil visión que lo dejó con la mirada en blanco. Así fue encontrado minutos después por su hermano, cuyos desesperados gritos atrajeron la atención de los vecinos, quienes llamaron a la policía. El padre, al verlo, lo estrechó en sus brazos y  mandó rápidamente a su hijo a llamar una ambulancia. Una pequeña mancha de sangre se dibujó en su pecho, en el sector donde está el corazón. El hombre lo besó en la cara, con una parsimoniosa expresión. Entonces, de sus ojos comenzó a brotar un río de recuerdos.

    Dos semanas después, el protagonista de esta historia salió del hospital. Como dije, causó gran revuelo, centrándose mayoritariamente en lo negativo del hecho de que los niños pasan muchas horas frente al computador. Los médicos hablaron de un ataque de epilepsia bastante extraño, pero epilepsia al fin. Las autoridades policíacas que llevaron a cabo la investigación de la computadora del chico, encontraron un archivo de texto que contenía algunas anotaciones que decían "Envío, factura, goce". Se archivó rápidamente ante el dictamen médico, por lo que todos olvidaron el tema. El muchacho, sin embargo, aún continúa en ayuda psiquiátrica y no pudo volver nunca más a sus actividades normales. El padre abandonó a su familia y el hermano mayor se suicidó junto al umbral de la ventana del cité donde habitó por dos semanas con una extraña idea en la cabeza que le provocó un correo electrónico que recibió con fecha de ....

viernes, 8 de marzo de 2013

En la vida de un profesor.

    Todas las mañanas de los cinco días hábiles de la semana y, a la misma hora, estoy tomando a las 6:50 el eterno café con leche y la mitad de pan tostado antes de salir de casa. Viajo en el transporte público, pues no tengo auto y debo soportar con estoicismo los fuertes hedores que se desprenden del hálito de una boca no cepillada o de hombres y mujeres que no pasaron por agua durante su primera mañana. Siempre de pie y con mi maletín en una mano, afirmándome como puedo, debido a las alucinantes maromas de los conductores matutinos, algunos días me pregunto si llegará el momento en que estemos mejor. "El crecimiento económico del país es acelerado y constante y el desempleo ha bajado considerablemente en medio de la crisis internacional", reza el titular de un periódico que un señor trata de leer, escondiéndose con el papel impreso de dos ancianas que miran con cara de pollo degollado a ver quién será el "caballero" que les ceda el asiento. Una muchacha joven, sentada en un asiento preferencial, transporta en sus brazos una guagua embalsamada en una manta, cuyo angelical rostro dormido emboba a dos mujeres que van de pie a su lado. Un hombre grita "Abre la puerta po concha de..." y una señora mayor duerme con la posición de una muerta en el desierto. Todas las mañanas son parecidas en el flujo capitalino. A excepción de aquellas mañanas que quiebran nuestros esquemas -como cuando el bus se queda en pana. De este modo transcurre la primera parte de mi día, pero lo que pasa a continuación es distinto.

    Atravieso la puerta de ingreso y me transformo en "El Profe". Decenas de muchachos, ataviados con coloridas mochilas y audífonos rimbombantes, con perfectos teléfonos celulares y de la mano de alguna hermosa jovencita -los más grandes-, llegan con la mirada idílica de la juventud y saludan "¡Buena, profe!". Algunos niños pequeños se quedan mirando como si vieran una gran autoridad, entonces elevan su altisonante "¡Hola Tío!". En ese minuto ya he olvidado lo molesto del viaje y la repugnancia de haber sido compañero de "metro cuadrado" de un señor que no tiene higiene dental.  Entonces, saludo a mis colegas, bromeando con los partidos del fútbol nacional disputados el día anterior, un escueto, pero amigable beso en la mejilla de las profesoras que adornan nuestro colegio con su vocación de mujer educadora -quizá toda mujer que enseña es a la vez una poetiza-, y, por último, el saludo cordial a la planificación del día. Mandatos ceremoniosos, entremezclados de cafés que se enfrían en el escritorio; galletas a medio comer y cerros de papeles donde se ven reflejados los avances en la educación de las futuras generaciones que conducirán nuestro país. Una que otra vez algún profesor más sensible medita, al ver esas hojas apiñadas una sobre otra, en la posibilidad de hallar entre ellas un nombre que después encontraremos impreso con fuego en el panteón de la patria.

    Einstein, Pitágoras, Aristóteles, Shakespeare y Cervantes aparecen de pronto en la sala, vestidos con sus túnicas de muertos gigantes, de monumentos intemporales. Los muchachos hablan y ríen, comentan y coquetean en la frugalidad de sus vidas. De pronto, se encuentran con estos grandes nombres de la historia y comienzan a darle su debido peso. Se imaginan que algún día podrían llegar a ser como ellos; deambulan en mundos imaginarios donde dirigen la vanguardia literaria o científica de una época; se figuran como grandes matemáticos, capaces de cambiar el destino de lo establecido. Hasta que de súbito son sacados de esos idílicos campos de la imaginación con el sonido agudo del timbre. Entonces, guardan rápidamente sus cuadernos, pero algunos de ellos ya están como lanzados hacia el patio exterior, sin siquiera despedirse del señor que está hablándoles todavía con un libro en la mano. Ya ha quedado muy atrás el cambiar el universo y aparece el juego, la colación, el negocio o la niña o niño que guardan en sus mancebas almas. Y luego, vuelven a la sala; y después retornan a la vida nuevamente.

    Algunas veces se me acercan y los escucho. Ellos me hablan, me cuentan sus anhelos y expectativas. Algunos quieren ser ingenieros; otros psicólogos o médicos. No falta el que sueña con ser futbolista o la muchacha que quisiera ser la mujer más hermosa del planeta. Y por lo tanto desnudan sus almas y comparten sus proyectos. Entonces son neófitos existencialistas para los que no hay barrera que no pueda ser saltada. Ni siquiera lo que no han hecho aún les parece que sea inconveniente, todas las vallas pueden ser sorteadas. En especial, una muchacha morena y de mirada soñadora, se acerca en las mañanas con su ímpetu juvenil y expresa su cariño y su amistad. Pero no, no me malinterpreten, en un mundo donde toda demostración de cariño o amistad entre profesor y alumna es vista con ojos maliciosos, es mejor ser cuidadosos. Ella tiene por esencia el cariño. Es de esas almas que se contentan en la sonrisa ajena, que todo lo hacen por una esencia diferente, por un afán de cuidado y plenitud. Con expresiva regularidad, ensalza el trabajo de sus maestros, pues conoce el cariño con que nosotros enseñamos, pues lo detecta en la desatada vocación que algunos encerramos. Reconoce con encomio la labor profesional de quienes la educan, pero no es zalamería. Es vida, es energía existencial.

    Aquella tarde, ella salió como todos los viernes, caminando con su música por las calles de su barrio. Cuánta gente la vio pasear su mirada soñadora por sus rostros, por los árboles, por los vehículos que transitaban. Caminó descuidadamente, como caminan las muchachas. El aroma del verano colmaba la arboleda y paseó sus sentidos por la deliciosa tarde. Mas, el destino es impenetrable, sus caminos son misterio y levedad. Como una rosa deshojada, expiró sus ánimos de vida tan reciente; suspiró de súbito subiendo hasta los cielos, atravesó inocentemente el metal y las tablas de aquella fatídica línea. La música se dibujó en sus sentidos, la vida se le escapó de las manos y dijo su adiós en un mundo que tenía todo que ofrecer. Esa tarde ardiente de diciembre, su llamita se apagaba y se encendían las letras de su leyenda. Esa noche, una sombra hizo su exánime aparición. Y la despedimos de esta tierra con la esperanza de volvernos a encontrar.

    Esta mañana, meses después de lo sucedido, el bus se detiene y lo abordo. El conductor lleva una grave expresión en el rostro y la mitad de los que suben no cancelan su pasaje. Refunfuñando, pone en marcha la máquina. Hoy no sentí el aliento putrefacto. Hoy, solamente percibí el perfume de una muchacha joven que viajaba junto a mí. A la entrada del colegio los saludos son iguales, cada niño busca con la mirada y quiere saludar. Esta mañana estoy en la sala que ella alumbraba. El conjunto de muchachos reunidos crean una copiosa melodía de vida y plenitud. Pero falta una luz que iluminaba, su vacío se presiente y lo vivo cuando comienzo a decir en voz alta: "Aguirre...".