lunes, 11 de marzo de 2013

Reivindicación.

La noche era helada, oscura y opaca, como el espíritu agotado del aciago muchacho. Sin haber cumplido aún el tercer decenio, sentía que ya había aprendido todo y conocido todo, como si hubiese consumido su sombría existencia en compañía del viejo Mefistófeles. Con la frente siempre en alto -jamás perdería esa maldita manía de orgullo e indiferencia-, todas las tribulaciones del mundo embargaban su alma, en medio de las parpadeantes luces de la ciudad, verdaderas estrellas citadinas que le recordaban épocas ya idas. ¿A qué eso del rencor contra la vida? ¿Acaso cambiaba algo el inextinguible odio que sentía? Todas las mañanas tuvo una nueva oportunidad, pero el tormento le cegaba día y noche y jamás dormía bien y jamás comía bien y sólo encendía con la brasa de un cigarrillo el que le seguía y así sucesivamente hasta vaciar la cajetilla. Comprendía algunas cosas embobado por el humo que rondaba danzante en su cabeza. Un par de cafés y se inyectaba en el alma una vibra que le acompañaba de la humilde mesa del cuchitril que habitaba y se extinguía en el umbral de salida. Su vida se había vaciado de sentido, como la de todo el ser humano, con la diferencia que cogía con tantas ganas su desdicha que hasta Ciorán hubiera compadecido su alma.

Dobló a la derecha en calle Carmen con Portales y bajó derecho hasta hallarse a la entrada de una botillería promocionada por la marca Cristal. Entró y gastó su último billete en una Cross maybock, comprobó su cajetilla y se tranquilizó al hallar dos desvencijados cigarrillos que le servían para recorrer las cuadras que lo separaban de su casa. Caminó hacia las montañas en forma diagonal; se detuvo y miró un viejo lugar del recuerdo. Sus ojos lloraron sin botar ninguna lágrima, pues se habían vaciado del líquido vital. Amó toda una época en una milésima de segundo y volvió a la actual tan de súbito que se sintió obcecado. No podía comprender, no lograba recomponer las ideas. Por un momento se sintió como un muerto transportado sobre un ataúd negro y tallado con los rostros de ángeles que gimoteaban una pálida súplica al Salvador. Sacó el último destartalado cigarrillo y lo encendió con las brasas del que se acababa. "Maldito vicio", refunfuñó. Cuántas veces había oído a su mejor amigo decir que si una mujer te abandonaba, "no te preocupí ¡hueón, oh! que minas sobras y demás que llega otra detracito". Pero tan recalcitrante sentimiento no se disipaba como una gota de agua en el asfalto de una noche santiaguina. 

Como para estirar su deprimido estado, dobló por calle Olimpo sabiendo que demoraría más en llegar a su casa. Sin embargo, lo hacía conscientemente, ya que al llegar a casa lo aplastaría la frustración y el ahogo del encierro. "Daría lo mismo si te hubieras ido lejos; que el sentimiento se hubiese apartado y agotado por muerte natural, pero tenías que hacer eso", pensaba mientras miraba con la vista perdida en la irrealidad de un punto fijo. Dio un entrecortado grito de coraje y se escuchó el sonido del vidrio de la botella estrellarse contra un muro donde había una frase que decía algo relacionado con la esperanza y el amor. Una pareja de ancianos caminó rápidamente como escapando. Le provocó una vesánica risa. Al llegar al inmenso parque, lo atravesó en diagonal, dirigiéndose hacia un pequeño pasaje. Pateaba una lata de Coca-Cola y seguía pensando como si el mundo se fuera a acabar. Ya importaba poco la hora, el tiempo, la melancolía. No podía vivir más así; era incorrecto continuar viviendo en el sinsentido por una mujer. Quiso cambiar su vida, visualizó una reivindicación y, lleno de una inminente valentía y ganas de vivir, atravesó descuidadamente la calle que lo vio desaparecer para siempre de la historia humana.

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