sábado, 23 de marzo de 2013

Un sueño

El despampanante reflejo del farol público, cegaba la desgastada visión del muchacho. Caminaba extraviado por la constelación de focos citadinos por la avenida Cinco de Abril: luminarias de diversos colores, neón, tubos fluorescentes, lámparas chinas, etc., un verdadero espectáculo abigarrado de luces, de pequeñas inmensidades. Ante la visión desordenada de aquella noche, su mente vagaba por los distintos espacios de su vida, sin ilación alguna. Quizá buscaba una respuesta o un remanso en el recuerdo. Sin embargo, no halló nada y prefirió refugiarse en las lágrimas felices de aquellas estrellas troposféricas que lo circundaban. Vivía como el hombre siempre habita el mundo, como perdido en él, confundiéndose con él. Sus interpretaciones se confundían con la realidad; sus entrañas pensantes vinculaban su imaginación y la ausencia. Fue entonces cuando encontró a la muchacha.

Su cabellera pelirroja brillaban junto al azul de sus ojos, y sus mejillas eran firmamento de pecas deambulantes. De sonrisa fácil, toda vez se formaban margaritas en sus mejillas. Cuando miraba como perdida el espectáculo terráqueo, las comisuras de sus labios serpenteaban bellamente la geografía de su boca. Aquella tarde, luego del almuerzo con su mejor amiga, había vuelto repuesta al trabajo esperando una respuesta a una pregunta que había rondado todas sus últimas noches. La vorágine del mundo le había provocado la nausea propia del que se acerca a los treinta y aún no lleva nada concreto en el amor -o en el pretender. A pesar de su belleza, su suerte era tan mala como la del gobernante de turno, sujeto del cual todos se mofaban con diversos epítetos. Decidió atravesar la calle frente al edificio del Registro Civil. Se quedó detenida un momento en el bandejón central esperando la luz verde. Encendió un cigarrillo.

¿Cuántas noches había soñado con la muchacha que jamás había visto? Sin embargo, no pensaba hallarla jamás, mucho menos en la soledad de la noche fría de un miércoles de marzo. Sabía cómo era; cuáles eran sus facciones, sus gustos y ambiciones; reconocía su sonrisa en algunas muchachas que se le parecían -pero jamás igualaban en hermosura. Cada vez que encontraba una muchacha similar -físicamente, claro está-, se quedaba pensando en las Meditaciones Metafísicas. Era un romántico de tomo y lomo, cuya tarea primordial en primavera era regar el jardín de rosas de su casa. Florecían de todos colores, pero jamás como las de esa primavera de 2003 cuando conoció el amor por primera vez. Luego del quiebre repentino y trágico de aquel intenso amor, se refugió como una oruga en el capullo de la vida y no salió más de ella. Hasta esa noche fría de marzo cuando...

El sonido de sus botas resonaba opaco en la acerca humedecida por el rocío de la noche. Caminaba y lanzaba pequeñas y rápidas bocanadas de humo, que se entrelazaban con su mismo aliento. Pensó en las compras de la semana, en los zapatos tan bonitos que soñaba con comprarse, para ir a bailar el fin de semana y olvidarse de su vida tan vacía. Pensaba en su madre, en lo mucho que la necesitaba. Fue entonces cuando súbitamente tropezó...

"¡Cuidado!", señaló un joven tomándola del brazo impidiéndole caer al piso. Se miraron a los ojos en un segundo que pareció eterno. Ambos sintieron deseos de hablar y hablar por el resto de sus días, como si estuvieran condenados a morir sin sentido en este mundo intemperante. Una ráfaga de viento intentó apagar el huracán de fuego que se abalanzó sobre sus almas; un suspiro imperceptible aromatizó el aire oscuro de la noche. El mundo se detuvo y se quedaron mirando el uno al otro.

"Muchas gracias", replicó la muchacha, quien acomodó su cartera roja sobre su hombro. "No es nada", respondió el joven con nerviosismo. Y, alejándose lentamente, como el paso aplastante del tiempo sobre el monumento, fue transformándose el sentimiento con su dialéctica estomacal.

Aquella noche, el muchacho entró en su habitación, se sacó las zapatillas y acomodó la camisa y el abrigo sobre una silla. Se abrochó el pijama azul de algodón y se recostó sobre la cama. Se tapó, apagó la luz y se quedó con la mirada pegada en el techo nocturno, invisible para sus ojos soñadores: "Existe", pensó, y se fue lentamente hacia sus sueños...

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