Sería deshonesto decir que puedo respirar si no existieras. Como una nube desmaterializándose, como el efluvio de un río devolviéndose a su cauce natural: sí, así mismo como respondió el agente de Dionisos: "Lo mejor es no haber nacido y si es que se ha nacido, lo mejor es volver desde donde se ha venido". Los destinos nunca tienen un retorno, la desembocadura del río en el mar no asegura que esa agua vuelva a fluir la misma eternamente sobre el mismo río. Con el corazón transfigurado, te amo desde mi alcoba en esta noche remota en el tiempo que pasa y pasa; desde mi silla desvencijada, los acordes de tu sonrisa resuenan como si de un concierto se tratara. Ya no hay más nubes en el horizonte; la tormenta se ha marchado de Sayago y el cielo se desnuda azuleando las vidas de los mortales (¿te acuerdas cuando te envié esa fotografía de un cielo que nunca terminaba de colorearse?) Desde un delirio y un desahogo, yo te escribo hacia las dimensiones más profundas del amor.
Estas dibujada con una pintura que no se desvanece; eres impresión perpetua de besos que se ahogan en gemidos tenues de tus labios vinotinto, de tu maravillosa forma de observar el mundo y de tus preguntas por la noche. A veces amo estar en la cama contigo, como si nada más existiera (y esos "a veces" son solo un eufemismo) Y, desde esa trinchera, ahuyentar todas las tormentas que vienen hacia tu corazón desnudo de miedo y sufrimiento. Cuando reflexiono acerca de lo que podemos lograr, me quedo un tanto pasmado: ¿qué es lo que le sucede a nuestros corazones, que dieron un salto olímpico, como una metábasis aristotélica, una imposibilidad lógica que nos trajo la aporía del amor? En mis brazos desnudos de noche, tu cabeza encuentra una almohada tibia donde reposar la modorra de estar tan vivos y yo me quedo mirando en la oscuridad de la noche, a ver si de pronto todo se desmaterializa y despierto con la alarma de la mañana del sueño más hermoso que he tenido.
Al escribir desde el asombro, el relieve cordillerano se torna simplemente el anfiteatro del Sol, cuyos rayos constituyen la presencia del dios. Como un poder universal que todo lo transforma, su calor nos despierta y nos da otra oportunidad de estar tan vivos, de respirar conscientemente, de besar voluntariosos nuestros labios agotados por el paso del tiempo y de tantos otros que los vieron ir y venir como aves en primavera. Desde la mañana tan pura, en esta noche que se acerca a su apogeo, desde el prisma mismo del loco sentimiento, una estrella tirita queriendo ser abrasada: es que su calor se colma del calor de su estrella favorita: en un caso tú, en otro caso yo...