viernes, 28 de junio de 2013

Un barco que ha emprendido el viaje

Una carta de Sartre comenzaba con la frase: "Cuantos amigos he perdido que aún viven". Quizá, sean las circunstancias. En diversos momentos nos encontramos con distintas personas, algunos que generan una amabilidad de existencia, una sintonía agradable, cuyas notas suaves son acaso perceptibles; otros, despiertan una comunidad, en el sentido prístino de la palabra. Ellos, son por los que miramos la vida distinto, los que colaboran con nuestra percepción vital. Tanto en la existencia misma como en el trabajo (¿cuántas veces no significan lo mismo?), dejan sus huellas, generan bemoles y sostenidos que van mejorando la concatenación de nuestras acciones, de nuestras creaciones propias, de nuestras cosmovisiones. Quizá tú fuiste algo así en mi vida, aunque no te lo alcancé a decir. Una mirada prospectiva que me permitía transformarla en retrospectiva, con la experiencia y conocimiento de tus años, a los cuales recurrí tantas veces para fortalecer la seguridad de mis pasos. No te has ido realmente, no ha sido como lo que ocurrió con Merleau-Ponty: sin embargo, comprendo el esquema que hoy se ha roto. 

En la tímida llama que nos ampara en nuestros primeros años, pasan deambulando, como las imágenes proyectadas dentro de La Caverna, los días originarios, desde los cuales nos remontamos hacia el encuentro. Al comienzo pensaba que tu genio no era de los mejores, pero ahora comprendo todo el rompecabezas que perdurará algún tiempo en nuestras vidas. Es cierto eso de que tenemos que trabajar para vivir, mas no vivir para trabajar, no obstante, cuando uno ama lo que hace (como tú mismo lo hiciste), la felicidad, que es la vida, se torna el trabajo mismo y deja ya de serlo. Es porque la verdadera vocación docente no comienza con ser el más sabio de los intelectuales, sino por ser el que más ame a sus discípulos, y creo no equivocarme con darte ese título a ti -mas no solo ese. Formaste una dialéctica perfecta entre la sabiduría y el amor por la labor, y la labor son esos seres maravillosos e infernales que nos entregan para formar. Pero las decisiones y la vida son inesperadas.

Como un barco que se aleja de una isla que le extraña, te alejas sin tus velas, y la bandera a media asta. La lúgubre tripulación se refleja en tus ojos, en tu mirada carcomida por la tristeza: quizá hoy no comprendes, amigo, pero mañana verás el Sol. En el puerto un grupo de muchachos observa, ellos ya han observado otras partidas y ya no lo soportan, pues tú sabes que el espíritu adolescente guarda dentro de sí llamas que son más inesperadas y hay faroles que se apagan en cuestión de segundos. Cada uno de ellos lleva una estrella y la deposita en el mar por el que viajas. 

"¿Cuántos amigos he perdido que aún viven?", es la pregunta que me hago esta noche lluviosa, donde el piano va señalando los compases que mi espíritu sigue desde ahora.

lunes, 24 de junio de 2013

Premier

Probando desde el celular

La noche y la lámpara

— Et la lampe s'étant résignée à mourir, 
Comme le foyer seul illuminait la chambre 
Chaque fois qu'il poussait un flamboyant soupir, 
Il inondait de sang cette peau couleur d'ambre!

Charles Baudelaire


El vate decidió abandonar la cantina temprano aquella noche, pues acordó previamente reunirse con su amante. Había decidido abandonarla, ya que, como hombre de palabra, necesitaba volar a otros campos, hacia otros significados. "¿Cuántos célebres poemas escribí en su nombre?", se preguntó con el rostro inyectado en melancolía, antes de mandarse al seco, y de sopetón, el pequeño vaso de vino. Sin embargo, ya no importaba, ahora sus posibilidades eran absolutas. Al salir, el fresco aire marino le acarició el velludo rostro. Suspiró con dificultad, producto de una antigua adicción al tabaco, y comenzó a caminar cerro arriba. Transpiraba, a pesar de la fría noche porteña. Se detuvo un momento y se volteó para mirar el puerto iluminado: un barco mercante noruego se alejaba lentamente, como un asteroide avanzando por el espacio vacío. Se figuró como un barco que abandona un puerto: como los marineros de Neruda, soñaba con dormir en el lecho del mar. Recobrando el ánimo, sus meditaciones volaron hacia otros tiempos y otras ciudades.

Pasada la medianoche, la Lucha -como le llamaban a la emérita prostituta del puerto, se emperifolló con sus más rimbombantes vestidos, pues el poeta de mala muerte la había invitado a cenar a un famoso restaurante de la ciudad. Vivía sola en la habitación número 2 de una casa de huéspedes ubicada en uno de los cerros de esa pérfida geografía. Todos sus chiches y alhajas baratas estaban desperdigadas en la cama, mientras ella se ponía los aretes mirándose en un desvencijado y antiguo espejo. Escuchó anticipadamente el lento y cansado caminar del poeta, pero esperó a que llamara. No salió sino al tercer llamado, vestida con un abrigo de piel largo y unas botas rojas que reflejaban un gusto exacerbado, pero humilde. "Hola, lindo ¿cómo te va?", dijo la mujer mientras sacaba un cigarrillo de su cartera color rojo. Intercambiaron pocas palabras, pero sus miradas dijeron mucho más. Salieron caminando hacia una plazoleta y abordaron un taxi. Un perro ladró a lo lejos y se perdieron en la selva de cemento.

Cuando llegaron al lugar, un mozo famélico y canoso les salio al encuentro. Los acomodó en una mesa del segundo piso, pues ahí estaba la zona de fumadores. En medio del lugar, una gran lámpara de lagrimales colgaba como anfitriona principal. "¡Qué elegancia de lugar!, pero dime, ¿para qué me traes aquí, qué quieres hablar conmigo?" preguntó la mujer, quien ahora se miraba en un pequeño espejo que sacó de su cartera. El poeta no sabía bien si hablar en seguida o esperar a que estuvieran afuera. El efecto de la "cañita" que se tomó horas antes había desaparecido. "Beberemos unas copas y veremos qué es lo que pasa", pensó. Un grupo de cantores entró en el local y comenzaron a interpretar algunos de los boleros más célebres del momento. Ellos bebían un vino 120 y conversaban sobre personajes de la bohemia porteña. 

Después de comer, el poeta sacó a bailar a la Lucha. Muy apegados el uno al otro, daban la impresión del último respiro antes de la muerte absoluta: esa noche se apartarían y nuevos cielos aparecerían en sus horizontes. Se besaron. El vate comenzó a sentirse acalorado, por lo que se sentaron. "¿Cómo explicarle esto que tengo que decirle?", reflexionaba el hombre, quien a pesar de haber tomado la decisión con anterioridad, le tenía alta estima. Sin embargo, eso no basta para estar con una persona, el cariño y la amistad no bastan para una relación. Meses después, encontraría nuevos faroles en la inmensidad del mar de la existencia, quienes le conducirían en aquel barco sin sentido que era su vida. Tomaron sus abrigos y salieron. 

El poeta no dijo una palabra. Fueron al mirador. Las luces impertérritas del puerto parecían luciérnagas en medio de un bosque acuoso de nunca acabar. La miró a los ojos y comenzó a decir: "Lucha. Tú sabes que te quiero, que has sido un pilar fundamental en mi vida itinerante. Sin embargo, hoy debo hablarte desde la profundidad de mi espíritu aciago. No podemos seguir juntos. No hay otra mujer en mi vida, no hay otra Lucha por la que me desvele escribiendo versos. Es, simplemente, que amo a la mujer y a la vida como cuenta Dostoievski que amaba la señora Koklakoj: un amor universal y efímero, pero un amor con apariencia de verdad. Eres la mujer, eres especie y finalidad en mi vida. Sin embargo, no puedo anclarme a un puerto del que no estoy seguro poder regresar. Pues, ¿quién soy yo sino un peregrino errático y errante cuya finalidad de vida ha sido justamente no tener una finalidad? Te pido me perdones, y, ¡No llores!, que mis ojos no toleran tus lágrimas desventuradas. Nuestros años fueron fructíferos, pero la vela que iluminaba nuestra habitación ya se apagó... ¡Ya no hay una gota de sangre que inunde tu piel de ámbar! Pero no, no te pido que te quedes, sino que no te vayas. Lo contradictorio es el parto de lo nuevo, según la dialéctica absoluta de los locos. Y, ¿qué es esto sino un juego dialéctico de vidas que terminan en la nada como punto de encuentro? Nos despedimos justamente donde comenzaron nuestros días: asistiendo al punto de inicio desde el futuro. Porque ya no podemos estar juntos, pues la llamarada ígnea se fundó sobre aquel barco noruego que parte del puerto: su tarea está cumplida. Ahora vete, que otros te darán la semilla y el trigo que guardé para ti."

Aquella noche, el poeta caminó entre las rocas de la orilla del mar: escanció una botella de vino y contempló las estrellas: ellas le anunciaron la venida de una nueva imagen, cuya misión sería desanclarlo de los viejos mares miasmáticos y llevarlo hacia el porvenir. 

lunes, 17 de junio de 2013

Lluvia

Son las tres de la tarde y aún no para de llover. Paso mi mano sobre la ventana de mi habitación la que, completamente empañada, exuda esas gotas que se estrellan contra ella. La música de la lluvia es la única que escucho, parapetado en mis pensamientos. Ya no importan los viejos poetas que amábamos: la mejor lectura que tengo esta tarde es contemplar la lluvia.

Te fuiste hace dos días y todavía no lo entiendo. Cuántas noches me parecieron infinitas y lo único que decías con tus ojos era "Ámame por siempre". No creíste que pudiera hacerlo, subestimaste mi amor y mi corazón. Acá todo es soledad, pues jamás estoy solo con ella. Estás tú, estoy yo, está ella. No sé por qué te fuiste, pero sí sé por qué no te quedaste. Siempre supimos que esto había nacido muerto y no nos esforzamos por analizar el por qué. Yo ahora me muero junto a las cartas que tengo tendidas sobre el mesón de mi escritorio, mientras la lluvia canta que te has ido a un mejor lugar.

Siempre se me hace imposible canalizar bien mis emociones. Antaño, hice un juramento en el que prometía que jamás lucharía por ser feliz, por encontrar la paz y la tranquilidad en esta vida, pues entendí el mensaje que Gide dejó en sus Alimentos Terrestres. "Espero, después de haber expresado en esta tierra todo lo que se aguardaba de mí, satisfecho, morir completamente desesperado", rezaba un consejo para Nathanael. Y, ¿cómo negarme a esa vida y muerte que fueron hechas para mí? Si el amor y la muerte nacieron de la mano, según poema de Leopardi. Deambulo como un alma en pena buscando o descifrando el mensaje que esperan que diga. No sé cómo acostumbrarme al pasado en el presente, pero sí sé cómo hacer para que el presente quede absolutamente en el pasado. ¿Cómo no desear atravesar el umbral de la vida en estos instantes?

Preparo un café. Veinte gotas de endulzante, pues dejé el azúcar definitivamente. Mis últimas decisiones me hacen sentir un anciano, como si me hubiese abandonado sin darme cuenta ese muchacho ágil, inquieto y saludable que fui. Se me fue la salud y te fuiste junto a ella. Siempre soñé que mi destino sería quedarme abandonado en este mundo, mas, es imposible. Jamás se pierde la opción de amar nuevamente, de querer y dedicarse a otros; sin embargo, me pregunto hasta qué punto el corazón no se desgasta. Porque, ¿cómo no dejar de creer en aquello que alguna vez nos ha engañado? O fue amor, o fue nada y qué terrible sentir que viviste de la nada; por el contrario, si fue amor, ¿por qué traiciona? ¿por qué acaba? Será que el amor es como un ser vivo, que nace desde la delicadeza del sentimiento, de la fragilidad, alimentándose de lo bello-concreto del mundo y de las gentes, para luego ser un adolescente idealista y fortachon. Elevase entonces hacia alturas moderadas en la maduración de la existencia. Luego, enferma, como todo lo vivo. Enferma y no halla la cura, pero no puede abandonar los cuerpos enfermos que lo sostienen. Entonces, muere y al morir deja un vacío en la existencia. ¿Hacia dónde van los gloriosos momentos de una noche estrellada, de la naturaleza triunfante, en la compañía de una muchacha lozana? Se pierden en algún lugar del tiempo, como nosotros seremos después páginas de un libro de historia.

Quisiera verte una vez más, que vinieras y aparecieras empapada bajo la lluvia. Que me buscaras y quisieras mi protección, mi cobijo. Entonces me susurrarías que otra vez te equivocaste, que no quieres en verdad borrarme de tu mente, mi querida Clementine. Y te besaría, como nunca y como siempre, te abrazaría y te ofrecería un sorbo de mi café. Llenaría la tina con agua caliente y te dejaría descansar sumergida en el relajo de su contextura. Prepararía unas tostadas y unos huevos y comeríamos. Pensaría, quizá, que no sería la última vez que te irías, pero te perdonaría. Esperaría nuevos inviernos para perderte y nuevos temporales para recuperarte. Y, cuando más enamorado de ti estuviera, entonces te alejarías para siempre, y no podría volver a verte nunca más.

Sospecho que esta tarde algo de mi vida se desvaneció, mas el recuerdo jamás muere. Espero que a donde hayas ido, no tengas un paraguas para cobijarte y, si lo tienes, que alguien te esté abrazando con tanto amor como yo lo hice durante todos estos años.

jueves, 13 de junio de 2013

Minturno (incompleto)

Exilium et carcer Minturnarumque paludes
Et mendicatus, victa Carthagine, panis

Juvenal


La tarde caía amena iluminada por un sol que entibiaba lo suficiente pero no abrigaba. Un aire helado de otoño soplaba desde el norte, trayendo consigo imágenes difusas de un pasado remoto. Toda imagen se revela sólo a quien puede darle vida: jamás llega a ser algo sin ser primero lo que quiso ser. Sentado en la banca de la plaza, observaba transcurrir a la gente en su invisible llanto. Los miraba y los miraba, sin poder comprenderlos, pues, ¿acaso oímos los corazones desconocidos de los que atraviesan frente a nuestros ojos? Sintió sus manos congeladas y las frotó fuertemente. La mañana había comenzado con una tímida niebla, cuyas grisáceas partículas todo lo cubrían dejándola en la más profunda desolación. Amaba esos días, se lo había confesado la primera noche que la besó. "Aquella noche -recordó-, las hojas caían a raudales como si la naturaleza abandonara su vida desvencijada". Esta noche sería distinta, pues retornaría al frío, al vacío, al no-ser.

Cuentan que Parménides eliminó la palabra "nada" de su vocabulario. Quizá tuvo por corazón una coliflor. Aún sentado, comenzó a pensar en la desesperada vida del que envejece irremediablemente y que en su juventud hubo negado el espacio y el tiempo. "¿Cómo serían las estrellas?" Quiso lanzarse un clavado directamente al océano de luceros que comenzó a poblar el firmamento, desdibujarse en esa distancia infinita hacia posibilidades irreales. La noche sería larga y lo sospechó desde su soledad. Sin embargo, jamás se encontraba sólo en ese estado. Recordó una vieja canción que amaba, la murmuró mientras observaba con la mirada enternecida a una pareja de enamorados: "Non, je ne suis jamais seul avec ma solitude...". Pero, ¿podrían acaso comprenderle? Se supuso una partícula de tamaño inverosímil, cuya importancia radicaba en la de ser soporte de una tragedia universal.

Las personas pasaban y pasaban. El viento resoplaba y entonaba una melodía aciaga entre los árboles. Una muchacha le ofreció una mirada, recordó una frase de Baudelaire. No había comido, pero su estómago sonaba de angustia más que de apetito. Se dirigió al café que frecuentaba y pidió el especial del día. Charló con el dueño del pequeño lugar: algo de filosofía, de cafés, de poesía y de lo peligrosa que se había transformado la zona ante la delincuencia descontrolada. Era realmente valiente el que se atrevía a cruzar la noche entre los drogadictos, alcohólicos y criminales que poblaban los alrededores. Se sintió incómodo. Pagó la cuenta, se despidió con presteza y se marchó. Encontraba que tras cada paso que daba avanzaba hacia una ciénaga peor, hacia un espacio más indeseable y peligroso. Terminó mendigando el pan de Cartago, hundido en el absoluto de Minturno. Emborrachado de confusión, continuó caminando hacia otras calles, hacia avenidas que le recordaran viejos tiempos.

Mientras rotaba la tierra bajo sus pies, se preguntó una vez más el sentido de la vida. "¿Por qué el Destino nos castiga con la eterna pena rutinaria de estar vivos?" Pensó que los dioses del Olimpo fueron los verdaderos creadores del sistema económico actual y no los viejos comerciantes ingleses. Acaso, ¿no eran ellos los de las penas rutinarias, que se repetían en un castigo eterno, como los dueños hacen con sus trabajadores -él mismo era uno de ellos-, que deben cargar con la roca de su destino sobre sus espaldas desde que se levanta el sol hasta su ocaso? Se afectó con este último pensamiento y comenzó a marearse -ya era cotidiano en él este efecto somático. Contempló la bóveda nocturna y elevó una breve oración. Sin embargo, sintió que ya no era hora de fidelidades, sino de acciones. "Jamás traicionarme a mí mismo. Siempre revelarme contra las fuerzas que me objetivaron" pensó, mientras retomaba el paso, esta vez acelerándolo. "¿Qué soy yo sino un ser hecho y deshecho, un espectro configurado con trozos de otros trozos?"

Una ráfaga estalló en el cielo: su estruendoso ruido fue derritiéndolo de a poco. Su niñez se fue por una alcantarilla de calle San José y en Cardenal Samoré se quedaron sus pensamientos. Se transportaron sus brazos hacia calle Portales y encontraron reposo sus vísceras en las ruedas de un desvencijado ómnibus. Jamás pudo ser el mismo desde entonces y entonces se propuso la meta más alta en cuanto a todo lo que realizaba: de ese modo, al menos dejaría una huella. Pues, ¿qué es la inmortalidad sino la trascendencia de tu nombre en la sociedad? Se quedó pensando un poco en sus últimos planes. Se encontró de pronto con una feria libre. Una pescadería llamó su atención: vio una jaiba que expulsaba desde sus entrañas distintos moluscos con sus conchas variopintas. Esto le provocó un poco de asco. Recordó entonces un sueño que tuvo dos días atrás. No entendió cómo se conectaba la quimera de su sueño con la realidad -o pseudorealidad- que estaba experimentando.

Observó su reloj y se dio cuenta que se había retrasado. Apuró el paso, con la conciencia del que no sabe que se dirige hacia su destino, y toma las decisiones que le harán estrellarse irremediablemente contra él. Bordeó los árboles que adornaban

miércoles, 12 de junio de 2013

Vesanía II

Vaciado de sentido, comencé a buscarlo de nuevo. Era de noche y la neblina humedecía las oleaginosas calles de la ciudad. Refugiado en mi abrigo, engarzaba mis ideas sin poder darles un orden coherente y me preguntaba cómo un ser surgido desde "el amor" podía sentirse tan profundamente desgraciado. ¿Dónde radica esa luz que ilumina la galaxia? Continué caminando con los ojos destrozados de tanto llorar. Es que el desgaste del vaciamiento de sentido de mi existencia había comenzado con la aceptación de la mutilación de la existencia: todos los poetas anteriores vivieron de fuentes antojadizas que les permitieron vidas cómodas, si bien por momentos, pero cómodas al fin. ¿Puede llegar la luz al mundo sino mediante la más terrible oscuridad? Mis pies tropezaron con algo: era un gato muerto. ¿De dónde proviene la superstición de la malignidad de los gatos? Quizá, en verdad los felinos sean seres malignos, después de todo, a él le llamaban "El Gato". 

Como una horda enardecida que cabalga sobre un pueblo pronto a saquear, su voluntad destruyó toda la existencia que nos quedaba. Llegaste como un cometa que visita y deslumbra, pero que abandona hasta nunca más volver. No recuerdo haber conocido ser más cercano, ni lejano a la vez. Es posible que fueras yo mismo, exteriorizado en un sinfín de formas sibilinas, de místicas quimeras que se forjaron en la mansedumbre de mi existencia. ¿Recuerdas quién era yo? Yo ya no me recuerdo a mí. Me desespera que no me reconozcas Tú, ni que ellos puedan amarme como me amaron. ¿Por qué tan desesperadamente buscamos aferrarnos a las escenas paradisíacas o a bellos espacios bucólicos? Tanto nos gusta habitar en la fantasía, quizá por eso somos todos escritores, y siempre he desconfiado de los hombres sin imaginación. Este mundo deleznable jamás podría encantarnos con su finitud. 

La mañana que partiste, recuerdo que mi madre se te quedó mirando con los ojos hinchados en lágrimas: ¿Ya te ibas? ¿No que te quedarías para siempre? La mujer no había comprendido que las promesas de amor son volátiles, como las aguas del río heraclíteo que no permiten la identidad. ¿Dónde acomodaste tus anhelos tan bellos, mujer oscura y soñadora, sino en los lugares más recónditos de la naturaleza perdida? Esbozaste una sonrisa doliente, como esas que infunden conmiseración. Sin embargo, el hombre tantos puertos había dejado, tan acostumbrado estaba a dormir en el lecho del mar. Te inquietaste, me inquieté; quizá eras tú, quizá era yo, ¿quién diablos sabe quién es, en medio de la confusión del conatus spinoziano del ser? No, éramos ambos que nos unimos en el llanto desesperado de la vejación. 

Si fuimos tan sátiros, si ahogamos nuestros llantos en esas noches desesperadas de brutalidad carnal, de tempestad sanguínea, ¿de qué nos sirvió ampararnos tanto en el futuro? ¿Llegaría, acaso alguna vez? Solo tus recatadas palabras quisieron ser promesa del fracaso, pero mis pulmones se morían cada noche de neblina. Igual que ahora, mientras camino respirando el miasmático aire santiaguino, cuya esencia penetra por mi cuerpo. Me muero, ¿sabes? y mil veces resucitaré de este infierno. Porque me propuse levantarme, y no caeré más veces. Tú me llamaste hacia ti, me nutriste y me levantaste, me bajaste, permitiste que fuera lejos y también cerca, que estuviera con el otro, con el infierno de la objetivación (cuántas veces me transformaste en una cosa...) Sin embargo, el más clamoroso de los gritos elevo hoy a los cielos, me transformo en la más fiera criatura de la naturaleza y el estruendo fragor de la oscuridad de mi garganta te lanzo hacia la Nada: "¡El espíritu del hombre es absoluto!"

domingo, 2 de junio de 2013

Ser para la muerte

"No lloren por mí. Pensad en la pestilencia y la muerte de tantos otros"
Emperador Marco Aurelio


"¿Cuántas veces pensamos en que todos tenemos que morir alguna vez? ¿Cuándo fue la última vez que reflexionaste sobre la finitud de la existencia?", fueron las dos preguntas que clavaron en el lomo de la amistad que vivía en ambos. Pasados remotos, cuentos legendarios, tristezas eternizadas y amores fracasados eran el dibujo que se pintaba en el alma de cada uno. "Quizá -dijo uno de ellos-, el sein zum Töde sea una radicalización peripatética". Quien sabe. Probablemente la existencia sea una actualización de substancias que marchan hacia la muerte. Mas, no podía todo ser tan lúgubre. "Hay seres que, al morir, desperdigan la semilla de la vida. Uno de ellos, fue el mismo Cristo", señaló uno, mientras encendía un cigarrillo parsimoniosamente. En verdad sus almas estaban cansadas de deambular por el mundo de las posibilidades, en un espectro de quiméricas razones. Tanto frío hacía aquella noche, que los dos estaban entumecidos bebiendo de sus copas en el jardín de una casa. El vaho de sus bocas hacía que se les fuera la vida: embobecidos por el licor, comenzaron a cantar canciones olvidadas. Sin sentido, nada importaba ya. No importaba nada ya.

"¿Por qué tuvo que irse? Recuerdo cuando la conocí en aquella esquina. Me miró al pasar y yo no atiné sino a sonreír. Quién pensaría que sería mi gran amor. Quién pensaría que no la veré nunca más. La vida en la sociedad es fría y más bien 'visual', nadie escucha a nadie en medio de la batahola existencial. Nadie habla, y si lo hace nadie lo escucha. No importa ser sordos en la sociedad de lo visual. La gente amaba la música absoluta, ahora la gente ama mirar, aunque sea mirar nimiedades. Aristóteles tenía razón..." "¿Sabes? -dijo el otro muchacho-, la otra vez leía un libro y memoricé este párrafo: En general, lo que 'vemos' de un hombre lo interpretamos por lo que 'oímos' de él; lo contrario es poco frecuente. Por eso, el que ve sin oír vive más confuso, desconcertado e intranquilo, que el que oye sin ver. En esto debe influir una circunstancia importante para la sociología de la gran ciudad. En comparación con la ciudad pequeña, el tránsito de la gran ciudad se basa mucho más en el ver que en el oír. La razón de ello no es sólo que en la ciudad pequeña las personas que nos encontramos en la calle son, con frecuencia, conocidos con quienes cambiamos unas palabras, o cuya visión evoca en nosotros su personalidad total además de la visible, sino, sobretodo, por causa de los medios de comunicación públicos. Antes de que en el siglo XIX surgiesen ómmibus, ferrocarriles y tranvías, los hombres no se hallaban nunca en la situación de estar mirándose mutuamente, minutos y horas, sin hablar. Las comunicaciones modernas hacen que la mayor parte de las relaciones sensibles entabladas entre los hombres queden confiadas, cada vez a mayor escala, exclusivamente al sentido de la vista, y por tanto, los sentimientos sociológicos generales tienen que basarse en fundamentos muy distintos. ¿Qué te parece? ¡Es del mismo color de lo que acabas de decir!", exclamó el muchacho bebiendo de un sorbo lo que quedaba en su copa. "Probablemente, amigo. Eso lo leí años atrás, ¿es Simmel, cierto?" Y, en medio de intelectualidades, malas interpretaciones y otras hierbas, continuaron hasta el amanecer.

Al otro día, Jorge despertó llorando. Había sufrido tanto la noche anterior, que en sus sueños la fuerza del inconsciente se desató, llenando de lágrimas su rostro antes de despertar. La veía con vida, con la alegría que la caracterizaba. Iba a verle y sonreían juntos, y lloraban de la emoción. Sus labios eran más rojos y sus ojos más relumbrantes. Aquella miel se desbordaba, deliciosa como siempre. Incluso pudo sentir el aroma de su piel. De pronto, comenzó a desmaterializarse frente a él. Con un grito desesperado y el rostro empapado, se levantó de un salto y miró por su ventana: una delicada lluvia caía mojando la calle y a los que caminaban por ella. De la chica, ni un rastro, fue sólo un sueño. De pronto, Carlos apareció frente al umbral de la puerta: "¿qué te ha pasado?", preguntó. El compungido rostro de su amigo habló por sí mismo. "Tranquilo, hueón, la muerte es parte de la vida. ¡Piensa que a ella no le gustaría que estuvieras sufriendo así! ¡No llorís más hueón, te estai ahogando en tu saliva y tus lágrimas!". Fue una mañana triste y sombría.

Jorge no dejaba de pensar en su amada fallecida. Pensaba en el dolor del mundo, pero ni todo reunido, ni la tragedia más enorme podía compararse con lo que sentía. "¿Por qué te fuiste? Me mentiste tanto, te creí tus palabras engañosas. ¡¿Por qué, dime por qué te fuiste?! Las rozas de mi jardín ya no florecen. Las risas de mi corazón se han marchitado...". Esa tarde, se dirigió al centro de la ciudad: un enjambre humano desbordaba las calles, todos se miraban unos a otros. En un mar de desconocidos, sintió una náusea profunda: ¿Qué sentido tenían todos esos? Atravesó calle Moneda y se dirigió hacia el norte. Compró una caja de cigarrillos en un kiosko de diarios y observó una noticia: "El cáncer vence a joven actriz...". Sintió impotencia. "¿Por qué debemos ser vencidos por males tan fecundos? ¿Qué sentido tiene la vida, si en el mejor momento la muerte la desvencija? ¿Para qué seguir viviendo, acaso para ver cómo los demás mueren y mueren y uno queda aquí tan solo? ¿Hacia dónde nos llevará la muerte? ¿Por qué a ella...?", fueron las preguntas que asaltaron su mente. 

Mientras anochecía, miraba la lluvia caer, mojando todo y a todos. Con un cigarrillo en la boca, observaba el reflejo de las luminarias en la calle llena de agua y de manchas de aceite. La gente, cubierta con sus paraguas, esperaba impaciente el ómnibus, para poder llegar a sus respectivas casas. A él, no le importaba nada. De hecho, tres o cuatro ya habían pasado y él no los veía. Estaba ensimismado, estaba en otro mundo. Sintió un suave y continuo relajo en su frente. Las cosas parecían aclararse: su pensamiento se obscureció. De pronto, observó la oscuridad y la calle mojada una vez más. "¿Hacia dónde me llevará este sendero?" Una luz se dibujó a lo lejos, pero comprendió que jamás podría alcanzarla. Sentía presencias a su alrededor, mas nada aparecía a su vista -sólo a su oído. Comprendió tantas cosas en tan pocos segundos. No encontraba su cuerpo. "¿Dónde estoy? ¿Acaso esto es estar muerto...?"

Octavio Alto

Mensaje para el futuro.

"Homo sum, humani nihil a me alienum puto" 
Publio Terencio


Un viejo libro que encontré en mi biblioteca, comenzaba con la siguiente frase: "Misery is manifold. The wretchedness of the earth is multiform". Así terminó mi vida. Así comenzó la tuya.