lunes, 24 de junio de 2013

La noche y la lámpara

— Et la lampe s'étant résignée à mourir, 
Comme le foyer seul illuminait la chambre 
Chaque fois qu'il poussait un flamboyant soupir, 
Il inondait de sang cette peau couleur d'ambre!

Charles Baudelaire


El vate decidió abandonar la cantina temprano aquella noche, pues acordó previamente reunirse con su amante. Había decidido abandonarla, ya que, como hombre de palabra, necesitaba volar a otros campos, hacia otros significados. "¿Cuántos célebres poemas escribí en su nombre?", se preguntó con el rostro inyectado en melancolía, antes de mandarse al seco, y de sopetón, el pequeño vaso de vino. Sin embargo, ya no importaba, ahora sus posibilidades eran absolutas. Al salir, el fresco aire marino le acarició el velludo rostro. Suspiró con dificultad, producto de una antigua adicción al tabaco, y comenzó a caminar cerro arriba. Transpiraba, a pesar de la fría noche porteña. Se detuvo un momento y se volteó para mirar el puerto iluminado: un barco mercante noruego se alejaba lentamente, como un asteroide avanzando por el espacio vacío. Se figuró como un barco que abandona un puerto: como los marineros de Neruda, soñaba con dormir en el lecho del mar. Recobrando el ánimo, sus meditaciones volaron hacia otros tiempos y otras ciudades.

Pasada la medianoche, la Lucha -como le llamaban a la emérita prostituta del puerto, se emperifolló con sus más rimbombantes vestidos, pues el poeta de mala muerte la había invitado a cenar a un famoso restaurante de la ciudad. Vivía sola en la habitación número 2 de una casa de huéspedes ubicada en uno de los cerros de esa pérfida geografía. Todos sus chiches y alhajas baratas estaban desperdigadas en la cama, mientras ella se ponía los aretes mirándose en un desvencijado y antiguo espejo. Escuchó anticipadamente el lento y cansado caminar del poeta, pero esperó a que llamara. No salió sino al tercer llamado, vestida con un abrigo de piel largo y unas botas rojas que reflejaban un gusto exacerbado, pero humilde. "Hola, lindo ¿cómo te va?", dijo la mujer mientras sacaba un cigarrillo de su cartera color rojo. Intercambiaron pocas palabras, pero sus miradas dijeron mucho más. Salieron caminando hacia una plazoleta y abordaron un taxi. Un perro ladró a lo lejos y se perdieron en la selva de cemento.

Cuando llegaron al lugar, un mozo famélico y canoso les salio al encuentro. Los acomodó en una mesa del segundo piso, pues ahí estaba la zona de fumadores. En medio del lugar, una gran lámpara de lagrimales colgaba como anfitriona principal. "¡Qué elegancia de lugar!, pero dime, ¿para qué me traes aquí, qué quieres hablar conmigo?" preguntó la mujer, quien ahora se miraba en un pequeño espejo que sacó de su cartera. El poeta no sabía bien si hablar en seguida o esperar a que estuvieran afuera. El efecto de la "cañita" que se tomó horas antes había desaparecido. "Beberemos unas copas y veremos qué es lo que pasa", pensó. Un grupo de cantores entró en el local y comenzaron a interpretar algunos de los boleros más célebres del momento. Ellos bebían un vino 120 y conversaban sobre personajes de la bohemia porteña. 

Después de comer, el poeta sacó a bailar a la Lucha. Muy apegados el uno al otro, daban la impresión del último respiro antes de la muerte absoluta: esa noche se apartarían y nuevos cielos aparecerían en sus horizontes. Se besaron. El vate comenzó a sentirse acalorado, por lo que se sentaron. "¿Cómo explicarle esto que tengo que decirle?", reflexionaba el hombre, quien a pesar de haber tomado la decisión con anterioridad, le tenía alta estima. Sin embargo, eso no basta para estar con una persona, el cariño y la amistad no bastan para una relación. Meses después, encontraría nuevos faroles en la inmensidad del mar de la existencia, quienes le conducirían en aquel barco sin sentido que era su vida. Tomaron sus abrigos y salieron. 

El poeta no dijo una palabra. Fueron al mirador. Las luces impertérritas del puerto parecían luciérnagas en medio de un bosque acuoso de nunca acabar. La miró a los ojos y comenzó a decir: "Lucha. Tú sabes que te quiero, que has sido un pilar fundamental en mi vida itinerante. Sin embargo, hoy debo hablarte desde la profundidad de mi espíritu aciago. No podemos seguir juntos. No hay otra mujer en mi vida, no hay otra Lucha por la que me desvele escribiendo versos. Es, simplemente, que amo a la mujer y a la vida como cuenta Dostoievski que amaba la señora Koklakoj: un amor universal y efímero, pero un amor con apariencia de verdad. Eres la mujer, eres especie y finalidad en mi vida. Sin embargo, no puedo anclarme a un puerto del que no estoy seguro poder regresar. Pues, ¿quién soy yo sino un peregrino errático y errante cuya finalidad de vida ha sido justamente no tener una finalidad? Te pido me perdones, y, ¡No llores!, que mis ojos no toleran tus lágrimas desventuradas. Nuestros años fueron fructíferos, pero la vela que iluminaba nuestra habitación ya se apagó... ¡Ya no hay una gota de sangre que inunde tu piel de ámbar! Pero no, no te pido que te quedes, sino que no te vayas. Lo contradictorio es el parto de lo nuevo, según la dialéctica absoluta de los locos. Y, ¿qué es esto sino un juego dialéctico de vidas que terminan en la nada como punto de encuentro? Nos despedimos justamente donde comenzaron nuestros días: asistiendo al punto de inicio desde el futuro. Porque ya no podemos estar juntos, pues la llamarada ígnea se fundó sobre aquel barco noruego que parte del puerto: su tarea está cumplida. Ahora vete, que otros te darán la semilla y el trigo que guardé para ti."

Aquella noche, el poeta caminó entre las rocas de la orilla del mar: escanció una botella de vino y contempló las estrellas: ellas le anunciaron la venida de una nueva imagen, cuya misión sería desanclarlo de los viejos mares miasmáticos y llevarlo hacia el porvenir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario