"No lloren por mí. Pensad en la pestilencia y la muerte de tantos otros"
Emperador Marco Aurelio
"¿Cuántas veces pensamos en que todos tenemos que morir alguna vez? ¿Cuándo fue la última vez que reflexionaste sobre la finitud de la existencia?", fueron las dos preguntas que clavaron en el lomo de la amistad que vivía en ambos. Pasados remotos, cuentos legendarios, tristezas eternizadas y amores fracasados eran el dibujo que se pintaba en el alma de cada uno. "Quizá -dijo uno de ellos-, el sein zum Töde sea una radicalización peripatética". Quien sabe. Probablemente la existencia sea una actualización de substancias que marchan hacia la muerte. Mas, no podía todo ser tan lúgubre. "Hay seres que, al morir, desperdigan la semilla de la vida. Uno de ellos, fue el mismo Cristo", señaló uno, mientras encendía un cigarrillo parsimoniosamente. En verdad sus almas estaban cansadas de deambular por el mundo de las posibilidades, en un espectro de quiméricas razones. Tanto frío hacía aquella noche, que los dos estaban entumecidos bebiendo de sus copas en el jardín de una casa. El vaho de sus bocas hacía que se les fuera la vida: embobecidos por el licor, comenzaron a cantar canciones olvidadas. Sin sentido, nada importaba ya. No importaba nada ya.
"¿Por qué tuvo que irse? Recuerdo cuando la conocí en aquella esquina. Me miró al pasar y yo no atiné sino a sonreír. Quién pensaría que sería mi gran amor. Quién pensaría que no la veré nunca más. La vida en la sociedad es fría y más bien 'visual', nadie escucha a nadie en medio de la batahola existencial. Nadie habla, y si lo hace nadie lo escucha. No importa ser sordos en la sociedad de lo visual. La gente amaba la música absoluta, ahora la gente ama mirar, aunque sea mirar nimiedades. Aristóteles tenía razón..." "¿Sabes? -dijo el otro muchacho-, la otra vez leía un libro y memoricé este párrafo: En general, lo que 'vemos' de un hombre lo interpretamos por lo que 'oímos' de él; lo contrario es poco frecuente. Por eso, el que ve sin oír vive más confuso, desconcertado e intranquilo, que el que oye sin ver. En esto debe influir una circunstancia importante para la sociología de la gran ciudad. En comparación con la ciudad pequeña, el tránsito de la gran ciudad se basa mucho más en el ver que en el oír. La razón de ello no es sólo que en la ciudad pequeña las personas que nos encontramos en la calle son, con frecuencia, conocidos con quienes cambiamos unas palabras, o cuya visión evoca en nosotros su personalidad total además de la visible, sino, sobretodo, por causa de los medios de comunicación públicos. Antes de que en el siglo XIX surgiesen ómmibus, ferrocarriles y tranvías, los hombres no se hallaban nunca en la situación de estar mirándose mutuamente, minutos y horas, sin hablar. Las comunicaciones modernas hacen que la mayor parte de las relaciones sensibles entabladas entre los hombres queden confiadas, cada vez a mayor escala, exclusivamente al sentido de la vista, y por tanto, los sentimientos sociológicos generales tienen que basarse en fundamentos muy distintos. ¿Qué te parece? ¡Es del mismo color de lo que acabas de decir!", exclamó el muchacho bebiendo de un sorbo lo que quedaba en su copa. "Probablemente, amigo. Eso lo leí años atrás, ¿es Simmel, cierto?" Y, en medio de intelectualidades, malas interpretaciones y otras hierbas, continuaron hasta el amanecer.
Al otro día, Jorge despertó llorando. Había sufrido tanto la noche anterior, que en sus sueños la fuerza del inconsciente se desató, llenando de lágrimas su rostro antes de despertar. La veía con vida, con la alegría que la caracterizaba. Iba a verle y sonreían juntos, y lloraban de la emoción. Sus labios eran más rojos y sus ojos más relumbrantes. Aquella miel se desbordaba, deliciosa como siempre. Incluso pudo sentir el aroma de su piel. De pronto, comenzó a desmaterializarse frente a él. Con un grito desesperado y el rostro empapado, se levantó de un salto y miró por su ventana: una delicada lluvia caía mojando la calle y a los que caminaban por ella. De la chica, ni un rastro, fue sólo un sueño. De pronto, Carlos apareció frente al umbral de la puerta: "¿qué te ha pasado?", preguntó. El compungido rostro de su amigo habló por sí mismo. "Tranquilo, hueón, la muerte es parte de la vida. ¡Piensa que a ella no le gustaría que estuvieras sufriendo así! ¡No llorís más hueón, te estai ahogando en tu saliva y tus lágrimas!". Fue una mañana triste y sombría.
Jorge no dejaba de pensar en su amada fallecida. Pensaba en el dolor del mundo, pero ni todo reunido, ni la tragedia más enorme podía compararse con lo que sentía. "¿Por qué te fuiste? Me mentiste tanto, te creí tus palabras engañosas. ¡¿Por qué, dime por qué te fuiste?! Las rozas de mi jardín ya no florecen. Las risas de mi corazón se han marchitado...". Esa tarde, se dirigió al centro de la ciudad: un enjambre humano desbordaba las calles, todos se miraban unos a otros. En un mar de desconocidos, sintió una náusea profunda: ¿Qué sentido tenían todos esos? Atravesó calle Moneda y se dirigió hacia el norte. Compró una caja de cigarrillos en un kiosko de diarios y observó una noticia: "El cáncer vence a joven actriz...". Sintió impotencia. "¿Por qué debemos ser vencidos por males tan fecundos? ¿Qué sentido tiene la vida, si en el mejor momento la muerte la desvencija? ¿Para qué seguir viviendo, acaso para ver cómo los demás mueren y mueren y uno queda aquí tan solo? ¿Hacia dónde nos llevará la muerte? ¿Por qué a ella...?", fueron las preguntas que asaltaron su mente.
Mientras anochecía, miraba la lluvia caer, mojando todo y a todos. Con un cigarrillo en la boca, observaba el reflejo de las luminarias en la calle llena de agua y de manchas de aceite. La gente, cubierta con sus paraguas, esperaba impaciente el ómnibus, para poder llegar a sus respectivas casas. A él, no le importaba nada. De hecho, tres o cuatro ya habían pasado y él no los veía. Estaba ensimismado, estaba en otro mundo. Sintió un suave y continuo relajo en su frente. Las cosas parecían aclararse: su pensamiento se obscureció. De pronto, observó la oscuridad y la calle mojada una vez más. "¿Hacia dónde me llevará este sendero?" Una luz se dibujó a lo lejos, pero comprendió que jamás podría alcanzarla. Sentía presencias a su alrededor, mas nada aparecía a su vista -sólo a su oído. Comprendió tantas cosas en tan pocos segundos. No encontraba su cuerpo. "¿Dónde estoy? ¿Acaso esto es estar muerto...?"
Octavio Alto
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