lunes, 17 de junio de 2013

Lluvia

Son las tres de la tarde y aún no para de llover. Paso mi mano sobre la ventana de mi habitación la que, completamente empañada, exuda esas gotas que se estrellan contra ella. La música de la lluvia es la única que escucho, parapetado en mis pensamientos. Ya no importan los viejos poetas que amábamos: la mejor lectura que tengo esta tarde es contemplar la lluvia.

Te fuiste hace dos días y todavía no lo entiendo. Cuántas noches me parecieron infinitas y lo único que decías con tus ojos era "Ámame por siempre". No creíste que pudiera hacerlo, subestimaste mi amor y mi corazón. Acá todo es soledad, pues jamás estoy solo con ella. Estás tú, estoy yo, está ella. No sé por qué te fuiste, pero sí sé por qué no te quedaste. Siempre supimos que esto había nacido muerto y no nos esforzamos por analizar el por qué. Yo ahora me muero junto a las cartas que tengo tendidas sobre el mesón de mi escritorio, mientras la lluvia canta que te has ido a un mejor lugar.

Siempre se me hace imposible canalizar bien mis emociones. Antaño, hice un juramento en el que prometía que jamás lucharía por ser feliz, por encontrar la paz y la tranquilidad en esta vida, pues entendí el mensaje que Gide dejó en sus Alimentos Terrestres. "Espero, después de haber expresado en esta tierra todo lo que se aguardaba de mí, satisfecho, morir completamente desesperado", rezaba un consejo para Nathanael. Y, ¿cómo negarme a esa vida y muerte que fueron hechas para mí? Si el amor y la muerte nacieron de la mano, según poema de Leopardi. Deambulo como un alma en pena buscando o descifrando el mensaje que esperan que diga. No sé cómo acostumbrarme al pasado en el presente, pero sí sé cómo hacer para que el presente quede absolutamente en el pasado. ¿Cómo no desear atravesar el umbral de la vida en estos instantes?

Preparo un café. Veinte gotas de endulzante, pues dejé el azúcar definitivamente. Mis últimas decisiones me hacen sentir un anciano, como si me hubiese abandonado sin darme cuenta ese muchacho ágil, inquieto y saludable que fui. Se me fue la salud y te fuiste junto a ella. Siempre soñé que mi destino sería quedarme abandonado en este mundo, mas, es imposible. Jamás se pierde la opción de amar nuevamente, de querer y dedicarse a otros; sin embargo, me pregunto hasta qué punto el corazón no se desgasta. Porque, ¿cómo no dejar de creer en aquello que alguna vez nos ha engañado? O fue amor, o fue nada y qué terrible sentir que viviste de la nada; por el contrario, si fue amor, ¿por qué traiciona? ¿por qué acaba? Será que el amor es como un ser vivo, que nace desde la delicadeza del sentimiento, de la fragilidad, alimentándose de lo bello-concreto del mundo y de las gentes, para luego ser un adolescente idealista y fortachon. Elevase entonces hacia alturas moderadas en la maduración de la existencia. Luego, enferma, como todo lo vivo. Enferma y no halla la cura, pero no puede abandonar los cuerpos enfermos que lo sostienen. Entonces, muere y al morir deja un vacío en la existencia. ¿Hacia dónde van los gloriosos momentos de una noche estrellada, de la naturaleza triunfante, en la compañía de una muchacha lozana? Se pierden en algún lugar del tiempo, como nosotros seremos después páginas de un libro de historia.

Quisiera verte una vez más, que vinieras y aparecieras empapada bajo la lluvia. Que me buscaras y quisieras mi protección, mi cobijo. Entonces me susurrarías que otra vez te equivocaste, que no quieres en verdad borrarme de tu mente, mi querida Clementine. Y te besaría, como nunca y como siempre, te abrazaría y te ofrecería un sorbo de mi café. Llenaría la tina con agua caliente y te dejaría descansar sumergida en el relajo de su contextura. Prepararía unas tostadas y unos huevos y comeríamos. Pensaría, quizá, que no sería la última vez que te irías, pero te perdonaría. Esperaría nuevos inviernos para perderte y nuevos temporales para recuperarte. Y, cuando más enamorado de ti estuviera, entonces te alejarías para siempre, y no podría volver a verte nunca más.

Sospecho que esta tarde algo de mi vida se desvaneció, mas el recuerdo jamás muere. Espero que a donde hayas ido, no tengas un paraguas para cobijarte y, si lo tienes, que alguien te esté abrazando con tanto amor como yo lo hice durante todos estos años.

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