miércoles, 12 de junio de 2013

Vesanía II

Vaciado de sentido, comencé a buscarlo de nuevo. Era de noche y la neblina humedecía las oleaginosas calles de la ciudad. Refugiado en mi abrigo, engarzaba mis ideas sin poder darles un orden coherente y me preguntaba cómo un ser surgido desde "el amor" podía sentirse tan profundamente desgraciado. ¿Dónde radica esa luz que ilumina la galaxia? Continué caminando con los ojos destrozados de tanto llorar. Es que el desgaste del vaciamiento de sentido de mi existencia había comenzado con la aceptación de la mutilación de la existencia: todos los poetas anteriores vivieron de fuentes antojadizas que les permitieron vidas cómodas, si bien por momentos, pero cómodas al fin. ¿Puede llegar la luz al mundo sino mediante la más terrible oscuridad? Mis pies tropezaron con algo: era un gato muerto. ¿De dónde proviene la superstición de la malignidad de los gatos? Quizá, en verdad los felinos sean seres malignos, después de todo, a él le llamaban "El Gato". 

Como una horda enardecida que cabalga sobre un pueblo pronto a saquear, su voluntad destruyó toda la existencia que nos quedaba. Llegaste como un cometa que visita y deslumbra, pero que abandona hasta nunca más volver. No recuerdo haber conocido ser más cercano, ni lejano a la vez. Es posible que fueras yo mismo, exteriorizado en un sinfín de formas sibilinas, de místicas quimeras que se forjaron en la mansedumbre de mi existencia. ¿Recuerdas quién era yo? Yo ya no me recuerdo a mí. Me desespera que no me reconozcas Tú, ni que ellos puedan amarme como me amaron. ¿Por qué tan desesperadamente buscamos aferrarnos a las escenas paradisíacas o a bellos espacios bucólicos? Tanto nos gusta habitar en la fantasía, quizá por eso somos todos escritores, y siempre he desconfiado de los hombres sin imaginación. Este mundo deleznable jamás podría encantarnos con su finitud. 

La mañana que partiste, recuerdo que mi madre se te quedó mirando con los ojos hinchados en lágrimas: ¿Ya te ibas? ¿No que te quedarías para siempre? La mujer no había comprendido que las promesas de amor son volátiles, como las aguas del río heraclíteo que no permiten la identidad. ¿Dónde acomodaste tus anhelos tan bellos, mujer oscura y soñadora, sino en los lugares más recónditos de la naturaleza perdida? Esbozaste una sonrisa doliente, como esas que infunden conmiseración. Sin embargo, el hombre tantos puertos había dejado, tan acostumbrado estaba a dormir en el lecho del mar. Te inquietaste, me inquieté; quizá eras tú, quizá era yo, ¿quién diablos sabe quién es, en medio de la confusión del conatus spinoziano del ser? No, éramos ambos que nos unimos en el llanto desesperado de la vejación. 

Si fuimos tan sátiros, si ahogamos nuestros llantos en esas noches desesperadas de brutalidad carnal, de tempestad sanguínea, ¿de qué nos sirvió ampararnos tanto en el futuro? ¿Llegaría, acaso alguna vez? Solo tus recatadas palabras quisieron ser promesa del fracaso, pero mis pulmones se morían cada noche de neblina. Igual que ahora, mientras camino respirando el miasmático aire santiaguino, cuya esencia penetra por mi cuerpo. Me muero, ¿sabes? y mil veces resucitaré de este infierno. Porque me propuse levantarme, y no caeré más veces. Tú me llamaste hacia ti, me nutriste y me levantaste, me bajaste, permitiste que fuera lejos y también cerca, que estuviera con el otro, con el infierno de la objetivación (cuántas veces me transformaste en una cosa...) Sin embargo, el más clamoroso de los gritos elevo hoy a los cielos, me transformo en la más fiera criatura de la naturaleza y el estruendo fragor de la oscuridad de mi garganta te lanzo hacia la Nada: "¡El espíritu del hombre es absoluto!"

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