En la tímida llama que nos ampara en nuestros primeros años, pasan deambulando, como las imágenes proyectadas dentro de La Caverna, los días originarios, desde los cuales nos remontamos hacia el encuentro. Al comienzo pensaba que tu genio no era de los mejores, pero ahora comprendo todo el rompecabezas que perdurará algún tiempo en nuestras vidas. Es cierto eso de que tenemos que trabajar para vivir, mas no vivir para trabajar, no obstante, cuando uno ama lo que hace (como tú mismo lo hiciste), la felicidad, que es la vida, se torna el trabajo mismo y deja ya de serlo. Es porque la verdadera vocación docente no comienza con ser el más sabio de los intelectuales, sino por ser el que más ame a sus discípulos, y creo no equivocarme con darte ese título a ti -mas no solo ese. Formaste una dialéctica perfecta entre la sabiduría y el amor por la labor, y la labor son esos seres maravillosos e infernales que nos entregan para formar. Pero las decisiones y la vida son inesperadas.
Como un barco que se aleja de una isla que le extraña, te alejas sin tus velas, y la bandera a media asta. La lúgubre tripulación se refleja en tus ojos, en tu mirada carcomida por la tristeza: quizá hoy no comprendes, amigo, pero mañana verás el Sol. En el puerto un grupo de muchachos observa, ellos ya han observado otras partidas y ya no lo soportan, pues tú sabes que el espíritu adolescente guarda dentro de sí llamas que son más inesperadas y hay faroles que se apagan en cuestión de segundos. Cada uno de ellos lleva una estrella y la deposita en el mar por el que viajas.
"¿Cuántos amigos he perdido que aún viven?", es la pregunta que me hago esta noche lluviosa, donde el piano va señalando los compases que mi espíritu sigue desde ahora.
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