Varios
viernes, 9 de febrero de 2024
La catedral de Colonia (Der kölner Dom)
viernes, 22 de septiembre de 2023
Viaje interestelar
Te levantaste esa mañana de septiembre y te pusiste tu traje de astronauta.
Estabas lista para despegar.
Te habías formado por el poder centrípeto de sus esperanzas
por la añoranza, por las noches de anhelo sin dormir.
Te pusiste tu casco y te abrochaste el cinturón.
Te acomodaste en el asiento, con tu lomo encorvado,
buscaste una foto de aquellos que jamás pudiste conocer,
esa que te acompañaría en el viaje definitivo, interestelar.
En tu viaje sin retorno, descubriste los misterios de la vida.
- ¿Cuál fue el accidente que provocó lo que tanto les cuesta provocar?
Te preguntaste, mientras acomodabas tu cabeza hacia un lado.
Es que los misterios del dios son inefables
y quienes tratan de entenderlos buscan a contrapelo
un aliciente, un motivo, para poder morir en paz.
El amor surge de la vida,
aunque del amor, no surge, necesariamente, la vida.
Navegaste caminos inexplorados,
cumpliste sueños que jamás otro pudo cumplir.
Acomodada en ese traje de astronauta, en tu nave sempiterna,
descubriste que la fe y las ansias
no siempre
causan sobre lo real.
Pues lo real no es solamente lo propio,
sino que, también, aquello que se pone en contra nuestro.
Esta noche mirando las estrellas te vi pasar.
Ibas en tu nave, hecha de semilla de roble,
esa misma que recogí en un bosque de Müngersdorf
cuando mi corazón estaba tan anhelante como ahora.
Sé que sonreías, aunque solo lo presentí.
Y quiero que lo hagas, pese a que lo guarde en secreto.
La vida es esfuerzo, es lucha.
La vida se extiende infinitamente hacia la eternidad.
domingo, 25 de junio de 2023
La garuma y el mar
Doch reiner ist nicht der Schatten
der Nacht mit den Sternen,
wenn ich so sagen könnte, als der Mensch,
der heißet ein Bild der Gottheit.
Pero más pura no es la sombra
de la noche con las estrellas
si pudiera decir, como el hombre,
que es llamado una imagen de la Divinidad.
Hölderlin
Un ave solitaria atraviesa la playa, volando hacia su bandada, lejos de la zona de nidificación, donde sus esfuerzos se baten en un duelo con la muerte, o quizá mejor, con la vida.
¿Qué es aquello que me atormenta, cuando veo la bandada surcar el cielo, atravesar el mar valientemente, buscando alimento entre las olas, en la arena mojada de la tarde invernal, nebulosa, de Pichilemu?
El anhelo de volver, de ir, de llegar nuevamente desde donde he venido, sea lo que sea que eso sea, aunque quizá no exista, o solo exista en las palabras. Porque la vida de un hombre está mediatizada por múltiples realizaciones de sentido, por dejar el primer hogar y llegar a uno segundo, más extraordinario que el primero, aunque menos seguro o, quizá, más problemático.
Esa ave solitaria que me llama se llama garuma. Vuela cientos de kilómetro por la costa del Pacífico, desde Ecuador hasta Chile. Desde donde yo la veo, es casi el lugar más remoto hacia el cual vuela, más todavía de su costa favorita, la costa del desierto.
Miles vuelan para poner sus huevos en la zona más inhóspita del mundo, donde no hay vegetación ni agua. Vuela diariamente ida y vuelta, 180 kilómetros o más, para mantener la vida, no morir. Una lucha individual, ontogenética, para luego preservar la especie, lo intersubjetivo. Una autopreservación y una preservación de la especie, ¿con qué motivo? ¿Hay alguna razón para haber instaurado y preservado en este hábito que las pone entre octubre y febrero ante la muerte?
Camino solitario por la orilla. El mar violento arroja olas que retruenan al caer, mi corazón late. A veces en las noches no concilio el sueño, mis tormentos retruenan en mi cabeza tal como esas olas en el mar. ¿Qué significa ser lo que no se es, o ir hacia un ser que inevitablemente al ser, dejaría de ser lo que se quiere? La vida, la autopreservación trascendental del hombre y las especies, con todos sus tormentos, pero también sus encantos, lucha, persevera por continuar en un mundo monstruoso. ¿Por qué tienen aplicación las leyes de la lógica sobre un mundo que es inevitablemente irracional? ¿Qué hace que coincidan todas las cosas en sí mismas y que podamos conectarnos con coincidencias que no dependen de nosotros, sino que no superan y están a nuestro alcance, como Ideas?
Hemos pensado que los animales son irracionales porque no participan del Logos y no se hicieron semejantes a un dios. Sin embargo, para mí, la lucha por el ser de la garuma, mientras vuela y coge pulgones en el mar, cuando viaja kilómetros en el desierto, no es menos parecida a mí. En el fondo, si dios nos creó a su imagen, entonces dios también es la garuma, porque el significado se incorpora en el mundo tanto gracias a ella, como gracias a mi.
domingo, 7 de mayo de 2023
El viaje
Hay quienes piensan que viajar es una experiencia maravillosa que nos pone ante lo desconocido de una manera nueva, impensada y, muchas veces, transformadora. El viaje para algunos es partir a reencontrarse con sus propias ideas, con sus prejuicios, pero desde una perspectiva desde afuera, ajena a aquello que se visita, a lo que debería deslumbrar por sí mismo. Porque hay quienes viajan simplemente para seguir pensando como pensaban, para de-mostrar, contrastando, que lo que creían era cierto: que los alemanes son fríos, que los italianos cómodos, que los españoles toscos, que los franceses nariz respingones, etc. Viajar para mí es algo completamente distinto: para mí, el viaje es ir hacia un encuentro sin retorno con lo desconocido.
Hay viajes que son realizados conscientemente y muchos de manera inconsciente. Hay veces que viajamos hacia lugares por culpa del destino, del peso de la realidad. Yo viaje una o más veces hacia la muerte, aunque, como ven, nunca llegué. Hay veces que viajé al corazón de personas que nunca olvidaré, como noches estrelladas en la carretera mirando, desde un pickup, las estrellas. Otras veces viajé a lugares recónditos, como el pensamiento de algunos a quienes, hoy en día, considero mis únicos compañeros. Sin embargo, hay viajes que uno decide con todo el rigor de la existencia. En mi caso, escogí el viaje de doctorarme en filosofía.
Mis viajes siempre han sido motivados por las ideas y por gente que está muerta. Nunca he viajado para, compulsivamente, fotografiarlo todo, aunque tampoco soy ajeno a la época que vivo. Fotografiar es un modo de vivir el viaje. Sin embargo, de mis últimos viajes, aprendí a fotografiar con mi memoria, con mis ideas, con escritos que, posiblemente, nunca verán la luz. Es que hay tantas cosas que uno no debe mostrar a los demás, siempre por temor a ser incomprendido, mal interpretado. Viajar es perderse en un sendero sin el peso de tener que tomar un tour o que vas a perderte un must-see de alguna ciudad de revista de viajes. Viajar significa, ante todo, no tener un plan. Cuando no tienes un plan, llegas a conocer un lugar de mejor manera. Por ejemplo, yo creía conocer Pichilemu, ciudad muy cercana a mi corazón. Sin embargo, me di cuenta hace un par de años que no lo conocía. Una tarde, después de almorzar, decidí salir a caminar: al volver, era otro. Había llegado a conocer Pichilemu no porque caminé con un plan en la cabeza, sino que más bien porque me perdí entre sus calles, sin dirección, sin sujeción al tiempo, sin predeterminaciones intelectuales, esas que tanto me cuesta anular cada vez que viajo. El momento en el que uno mejor conoce un lugar es cuando se deja de ser turista para transformarse en migrante, en un estar de paso.
lunes, 31 de octubre de 2022
Mujeres
En estos momentos las dos mujeres por las que más suspiro están cerca mío de formas diversas. Una, a una cuadra, durmiendo en una habitación oscura, pero llena de emoción por lo nuevo, porque nos hemos vuelto a ver después de meses... Esa mujer que se desvivió para que yo llegara a ser lo que soy ahora: mi madre. Con el esfuerzo que caracteriza su vida, acá está, acompañándome en un sueño que ha sido más extraño de lo que yo pensé que sería. Porque para nosotros no es fácil ni simple venir hasta acá, tan lejos de casa. Ayer, mientras visitábamos el Louvre, mi madre me contaba que, cuando era niña, solía mirar con ilusión los libros de escuela donde aparecían ilustraciones sobre las obras que contiene el museo francés. Ella sabía que sería imposible venir alguna vez aquí. Porque a su corta edad, ya comprendía mucho mejor la vida y aquello de lo que carece la gente, que cualquier ministro de derecha e, incluso, de los del nuevo gobierno "popular" que tanta vana esperanza ha despertado. Como decía Juan Herrera, al final, cuando el país está en problemas o la fragilidad de su democracia se debilita, sea por la derecha o la izquierda, los primeros que arrancan son los que hoy aparecen como héroes para tantos y tantas. Esa pequeña niña, que 55 años atrás miraba esos libros, rodeada de pobreza, comprendía que los originales que eran representados en esos cuadros eran imposibles de alcanzar, cuando incluso el ir a dormir con algo caliente en el estómago era para ella un lujo.
Mi madre, S., se movía mirando los cuadros de la galeria francesa en el segundo piso del Louvre. Yo la miraba: parecía una niña, tratando de captarlo todo, moviéndose rápido, intentando no perderse nada de aquella galeria. La veía tan maravillada, tratando de saber qué significaban todos esos símbolos traídos a la existencia de diversas maneras: pinturas, esculturas, escrituras, imágenes religiosas, fragmentos de altares, tumbas de antiguos nobles, etc. Tanta impresión le provocó visitar la galeria sobre las riquezas de la corona francesa, esa misma que en 1789 no solo las perdió, sino que también dejó de existir al menos hasta como había existido por cientos de años. Verla sonreír, maravillarse, hacer tantas preguntas me hizo pensar en cómo el tiempo hace que ningún rol conserve las mismas facultades. Al igual que con mi padre, quien se ha vuelto cada vez más un niño (en otra oportunidad escribiré sobre él), mi madre era una niña cumpliendo un sueño que nunca pensó se haría real.
La otra mujer es mi esposa. A miles de kilómetros de lejanía, siempre la tengo cerca mío. Sin embargo, esa cercanía se debe más bien a mi anhelo de verla, de sentirla cerca, que a su cercanía misma, en el sentido más amplio de lo que una cercanía puede ser. Cercanía está siempre en primer lugar referida al cuerpo, a mi centro cero de orientación, a mi posición en el mundo. Empero, cuando el cuerpo se descentraliza a sí mismo, en el sentido de ponerse siempre fuera de sí, también descentraliza el núcleo desde donde emana esa actividad que lo hace ser esa aparente dualidad de pura interioridad y, a la vez, exterioridad. Es por eso que el cuerpo es, inicialmente, un punto referido al espacio, en sentido vivido. La otra forma de cercanía está referida a la presencia. Presencia primeramente está referida al sentido corporal, de lo que aparece corporalmente, en cuerpo y alma, por así decir. R. estuvo conmigo bajo esa forma de la presencia, hace dos meses atrás. Nos reunímos en Frankfurt, después de no verla por mucho tiempo. Nunca habíamos estado mucho tiempo separados, desde que estamos juntos. Y, cabe agregar, hemos estado juntos por varios años. Recuerdo que esa fría mañana de enero, en Frankfurt del Meno, nos volvimos a ver. Al principio, yo sentía un poco de rechazo producto de la costra que se había formado en mi corazón tras tanto tiempo de soledad. Porque la soledad, cuando es una especial tipo de soledad, puede matar. Sin embargo, yo siempre he sido una persona resiliente. Siempre he resistido con fuerza los embates del existir. Esa gélida mañana en Frankfurt, ella vino nuevamente a mí, derribando la frontera del espacio y el tiempo, viniendo a cambiar mi forma de ver y entender aquello que estaba y sigo viviendo.
La otra forma de presencia es la presencia en la ausencia. Porque no estar es también una forma de estar. Clásico es el ejemplo de Sartre, mientras espera a su amigo Pierre en un café de París (probablemente, el Cafe de Flore, en el barrio Saint Germain). Ante la espera de Pierre, quien está atrasado, la experiencia comienza a reconfigurarse: su ausencia modifica la disposición de esa misma espera, en el sentido que hace que el contexto experiencial de esa espera se transforme en experiencia-de-esperar-a-Pierre, usando la típica forma fenomenológica de señalar un fenómeno en su complejidad. Las cosas y las personas en ese contexto experiencial son devotas de la disposición anímica provocada por la espera de Pierre, quien está retrasado. Este tipo de ausencia presente es siempre mediatizada por el anhelo. La disposición anhelante es la experiencia configurada por la espera (un conjunto de problemas psicológicos están asociados a esta disposición, cosa de psicólogos). Esperar en el anhelo es disponerse ante aquello que aún no está presente en cuerpo y alma, pero en la forma de añorar que lo esté. Muchas veces, caminando por las calles de Colonia, en la soledad de la noche y el frío del invierno, anhelaba llegar a casa y que estuviera ella y nuestros perritos esperandome. Como antídoto, imaginaba que me esperaban en casa, que besaba a mi esposa, que abrazaba y jugaba con mis perros y que dormíamos juntos todos en la cama. Sin embargo, llegaba a casa - la que, por cierto, no era precisamente el hogar, la casa - y me enfrentaba al hecho absoluto de que estaba solo, de que mi experiencia era la del habitar en soledad. Porque estar solo en casa es peor que estar solo afuera, donde al menos uno se contiene de quebrarse y caer al suelo de tanto dolor y tristeza por esa soledad insuperable. En medio de esa soledad que penetraba mis huesos tan fuertemente como el frío que hacía, la anhelé. En mi recuerdo, muy presente. Su presencia ausente era tan clara que a veces me parecía verla. Sin embargo, como imposibilidad de la realidad misma, esa ausencia presente nunca se podría volver presencia en cuerpo y alma.
R. regresó a nuestro país desde la misma ciudad a la que llegó la primera vez. Fue una mañana soleada de febrero, donde la temperatura ya comenzaba lentamente a subir esperando la llegada de la primavera. Frankfurt siempre estará ligado a mi corazón. Por alguna razón, su nombre se liga a mi destino, al cumplimiento de mi misión en este mundo. Mientras su avión se alistaba para despegar, yo iba sentado melancólico en una butaca del Deutsche Bahn viajando a Colonia, donde se encuentra mi nuevo hogar.
sábado, 11 de julio de 2020
¿Qué sucede?
No sabemos hacia dónde vamos, estamos estancados, secos, "estériles", vivimos con una esperanza que se destroza a cada paso, que choca contra el temible manto de odio del que todo lo puede porque todo lo tiene, pero que precisamente tiene porque no quiere que tenga quien nada tiene.
Dolor...
Del no saber hacia dónde vamos, por no saber a qué nos enfrentamos, por el darnos cuenta que todas nuestras posibilidades alimentan sueños que sólo quedan en eso.
Sueños...
Cuando era niño y vivía en la casa con piso de tierra. El aroma de las flores del jardín de mi abuelita. Cuando no teníamos mucho, pero había mucha esperanza. ¿Por qué los pobres tenemos que tener deseos limitados y los ricos ilimitados? Quizá, dirá el liberal, porque ellos "no son flojos" tal como lo son los pobres. Flojos...
Flojos...
Toda la vida sacándose la cresta para tener lo que tiene. Aún así, sigue sin un peso en los bolsillos. Tiene sueños, muchos sueños, pero muchos no los puede concretizar, porque le ganó la pobreza, ese pensamiento de pobre que te impide planificar hacia el futuro porque el presente - a veces - es tan miserable y con el estómago vacío no se puede pensar... no se puede planificar nada.
El estómago vacío.
¿Cuántos niños hoy no tienen qué comer? ¿Cuántos ancianos no tienen qué comer? ¿Cuántas mujeres y hombres que luchan por el pan - aunque no pueden planificar - se quedan mirando el hambre en los ojos de sus niños sin entender nada, porque no se puede entender nada con el sufrimiento en los ojos y el hambre en el estómago?
Soledad...
¿Cuántos están(mos) solos atravesando la vida? ¿Cuántos más ahora, con sus soledades circunstanciales, porque no han reconocido que estaban solos incluso antes que el mundo se fuera a la mierda? ¿Cuántos solos porque están solos? ¿Cuántos solos porque están con alguien a quien incluso su sombra se le devuelve hacia sí mismo? ¿Cuántos solos porque ya partieron los que los acompañaban? ¿Cuántos padres, cuántas madres, cuántos hijos, cuántos nietos, cuántos esposos, cuántas esposas, cuántos y cuántos habitan mirando a través de la ventana a quiénes nunca más volverán? Pero la soledad se proyecta desde dentro, no es algo que venga desde el exterior.
Final...
Para terminar, preguntar... ¿dónde se metió dios en medio de todo esto?
jueves, 27 de diciembre de 2018
Reflexiones
El hombre es la cosa más formidable. El hombre aprende el discurso y las ideas y se lanza al ataque de los otros, que no piensan como él. Si no los vence con el discurso y las ideas, los encierra en campos y los aniquila (Vernichtung). El hombre crea a partir del todo y luego vuelve el todo en un colapso. Las bestias le temen porque saben su poder de destrucción. Se ha hecho de aliados a quienes somete a las propias leyes de su existencia y atribuye su naturaleza a todo lo que se le aparece ahí delante. El hombre genera y acapara, roba y asesina por tener. El tener ha sido lo que ha dominado los últimos 7 mil años de su existencia. Yo mismo soy uno de ellos. Yo mismo me someto a la contradicción de la existencia, a vivir en el vacío de la soledad y el sinsentido, mientras que al mismo tiempo aspiro resueltamente a vivir en el todo, en lo bueno y en lo hermoso. Sin contradicción, nuestra vida sería injusta, como la vida de los dioses.
Y, entonces, ¿qué nos salva de tanta vaciedad? Una vez más, somos nosotros mismos quienes nos salvamos. Cuando era niño, mi madre solía decirme que dios nos carga en sus espaldas cuando estamos tristes y cansados. Hoy me pregunto quién nos carga cuando el peso de la existencia se torna insoportable... Nosotros mismos. Pese a su contradicción, en el mundo circundante humano siempre hay alguien en medio de la nada, incluso ese otro ajeno, aún no constituido, ese otro que aparece como la oveja en medio del campo para el labriego, o como la montaña en lontananza para el escalador. Ese otro que aparece misteriosamente como aparecen las ideas, sometido a las leyes de una causalidad que desconocemos, que no hemos teorizado o que simplemente nos es inaccesible e inefable. El otro que aparece cuando más lo necesitamos y que comparte con nosotros lo más importante que se puede compartir: la pertenencia a la humanidad.
La humanidad es una idea, como el ser perro o gato, rana o pato. No hay nada pre-establecido que nos permita saber qué es ser el hombre, pues el hombre hace camino al andar. Ser hombre significa pertenecer a una comunidad, con una historia compartida, niveles normativos constituidos y legados a través de las generaciones. El nacimiento y la muerte, la guerra y la paz, el amor y el odio son unidades duales en contradicción, esenciales para que la vida humana sea posible en la tierra. La humanidad es un camino que todos vamos haciendo, muchas veces cargando con pesos insoportables, los cuales son alivianados por el otro, que es nuestro hermano, nuestro próximo, nuestro igual. Nadie en este mundo merece estar solo y el hombre que puede estarlo deja de serlo y se transforma en un dios.