lunes, 31 de octubre de 2022

Mujeres

En estos momentos las dos mujeres por las que más suspiro están cerca mío de formas diversas. Una, a una cuadra, durmiendo en una habitación oscura, pero llena de emoción por lo nuevo, porque nos hemos vuelto a ver después de meses... Esa mujer que se desvivió para que yo llegara a ser lo que soy ahora: mi madre. Con el esfuerzo que caracteriza su vida, acá está, acompañándome en un sueño que ha sido más extraño de lo que yo pensé que sería. Porque para nosotros no es fácil ni simple venir hasta acá, tan lejos de casa. Ayer, mientras visitábamos el Louvre, mi madre me contaba que, cuando era niña, solía mirar con ilusión los libros de escuela donde aparecían ilustraciones sobre las obras que contiene el museo francés. Ella sabía que sería imposible venir alguna vez aquí. Porque a su corta edad, ya comprendía mucho mejor la vida y aquello de lo que carece la gente, que cualquier ministro de derecha e, incluso, de los del nuevo gobierno "popular" que tanta vana esperanza ha despertado. Como decía Juan Herrera, al final, cuando el país está en problemas o la fragilidad de su democracia se debilita, sea por la derecha o la izquierda, los primeros que arrancan son los que hoy aparecen como héroes para tantos y tantas. Esa pequeña niña, que 55 años atrás miraba esos libros, rodeada de pobreza, comprendía que los originales que eran representados en esos cuadros eran imposibles de alcanzar, cuando incluso el ir a dormir con algo caliente en el estómago era para ella un lujo.

 

Mi madre, S., se movía mirando los cuadros de la galeria francesa en el segundo piso del Louvre. Yo la miraba: parecía una niña, tratando de captarlo todo, moviéndose rápido, intentando no perderse nada de aquella galeria. La veía tan maravillada, tratando de saber qué significaban todos esos símbolos traídos a la existencia de diversas maneras: pinturas, esculturas, escrituras, imágenes religiosas, fragmentos de altares, tumbas de antiguos nobles, etc. Tanta impresión le provocó visitar la galeria sobre las riquezas de la corona francesa, esa misma que en 1789 no solo las perdió, sino que también dejó de existir al menos hasta como había existido por cientos de años. Verla sonreír, maravillarse, hacer tantas preguntas me hizo pensar en cómo el tiempo hace que ningún rol conserve las mismas facultades. Al igual que con mi padre, quien se ha vuelto cada vez más un niño (en otra oportunidad escribiré sobre él), mi madre era una niña cumpliendo un sueño que nunca pensó se haría real. 

 

La otra mujer es mi esposa. A miles de kilómetros de lejanía, siempre la tengo cerca mío. Sin embargo, esa cercanía se debe más bien a mi anhelo de verla, de sentirla cerca, que a su cercanía misma, en el sentido más amplio de lo que una cercanía puede ser. Cercanía está siempre en primer lugar referida al cuerpo, a mi centro cero de orientación, a mi posición en el mundo. Empero, cuando el cuerpo se descentraliza a sí mismo, en el sentido de ponerse siempre fuera de sí, también descentraliza el núcleo desde donde emana esa actividad que lo hace ser esa aparente dualidad de pura interioridad y, a la vez, exterioridad. Es por eso que el cuerpo es, inicialmente, un punto referido al espacio, en sentido vivido. La otra forma de cercanía está referida a la presencia. Presencia primeramente está referida al sentido corporal, de lo que aparece corporalmente, en cuerpo y alma, por así decir. R. estuvo conmigo bajo esa forma de la presencia, hace dos meses atrás. Nos reunímos en Frankfurt, después de no verla por mucho tiempo. Nunca habíamos estado mucho tiempo separados, desde que estamos juntos. Y, cabe agregar, hemos estado juntos por varios años. Recuerdo que esa fría mañana de enero, en Frankfurt del Meno, nos volvimos a ver. Al principio, yo sentía un poco de rechazo producto de la costra que se había formado en mi corazón tras tanto tiempo de soledad. Porque la soledad, cuando es una especial tipo de soledad, puede matar. Sin embargo, yo siempre he sido una persona resiliente. Siempre he resistido con fuerza los embates del existir. Esa gélida mañana en Frankfurt, ella vino nuevamente a mí, derribando la frontera del espacio y el tiempo, viniendo a cambiar mi forma de ver y entender aquello que estaba y sigo viviendo. 

La otra forma de presencia es la presencia en la ausencia. Porque no estar es también una forma de estar. Clásico es el ejemplo de Sartre, mientras espera a su amigo Pierre en un café de París (probablemente, el Cafe de Flore, en el barrio Saint Germain). Ante la espera de Pierre, quien está atrasado, la experiencia comienza a reconfigurarse: su ausencia modifica la disposición de esa misma espera, en el sentido que hace que el contexto experiencial de esa espera se transforme en experiencia-de-esperar-a-Pierre, usando la típica forma fenomenológica de señalar un fenómeno en su complejidad. Las cosas y las personas en ese contexto experiencial son devotas de la disposición anímica provocada por la espera de Pierre, quien está retrasado. Este tipo de ausencia presente es siempre mediatizada por el anhelo. La disposición anhelante es la experiencia configurada por la espera (un conjunto de problemas psicológicos están asociados a esta disposición, cosa de psicólogos). Esperar en el anhelo es disponerse ante aquello que aún no está presente en cuerpo y alma, pero en la forma de añorar que lo esté. Muchas veces, caminando por las calles de Colonia, en la soledad de la noche y el frío del invierno, anhelaba llegar a casa y que estuviera ella y nuestros perritos esperandome. Como antídoto, imaginaba que me esperaban en casa, que besaba a mi esposa, que abrazaba y jugaba con mis perros y que dormíamos juntos todos en la cama. Sin embargo, llegaba a casa - la que, por cierto, no era precisamente el hogar, la casa - y me enfrentaba al hecho absoluto de que estaba solo, de que mi experiencia era la del habitar en soledad. Porque estar solo en casa es peor que estar solo afuera, donde al menos uno se contiene de quebrarse y caer al suelo de tanto dolor y tristeza por esa soledad insuperable. En medio de esa soledad que penetraba mis huesos tan fuertemente como el frío que hacía, la anhelé. En mi recuerdo, muy presente. Su presencia ausente era tan clara que a veces me parecía verla. Sin embargo, como imposibilidad de la realidad misma, esa ausencia presente nunca se podría volver presencia en cuerpo y alma. 


R. regresó a nuestro país desde la misma ciudad a la que llegó la primera vez. Fue una mañana soleada de febrero, donde la temperatura ya comenzaba lentamente a subir esperando la llegada de la primavera. Frankfurt siempre estará ligado a mi corazón. Por alguna razón, su nombre se liga a mi destino, al cumplimiento de mi misión en este mundo. Mientras su avión se alistaba para despegar, yo iba sentado melancólico en una butaca del Deutsche Bahn viajando a Colonia, donde se encuentra mi nuevo hogar.




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