Yo soy el sujeto de la historia.
Yo hago y deshago mi vida
escojo a quienes ne hacen
y a quienes me destrozan.
Yo eligo morir día a dìa
como si la existencia
no tuviera un puto sentido.
yo me resguardo en tratarte,
tu no resguardas maneras
y sigues con ese impulso,
Famélico viento
que resopla sin cantar
y calla sin callar.
yo soy todas las constelaciones
y me quemo con toda la fuerza
de sus núcleos ardiendo,
De sus volcánicos rostros
de los planetas errantes
por la fuerza inerte de sus cuencas.
soy los planetas
y soy sus heridas
soy los umbrales
que olvidaron
que el dolor cuando entra
Se queda a tomar el té.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
sábado, 8 de noviembre de 2014
Iguala
Cuando uno se pregunta, ¿Qué es Latinoamérica? muchas respuestas, perspectivas y enfoques entrecruzan nuestras cabezas. Sin embargo, pareciera ser que una de las yagas que posee nuestro continente, que se cierne sobre nuestro destino a través de cientos de años, es la cruz de la injusticia. Desde que comenzó la destrucción de las culturas aborígenes (es molesto el concepto de lo "pre-colombino") en nuestro continente, nuestra tierra ha sido hollada cientos de veces por las botas criminales de las fuerzas militares de imperios, naciones, trasnacionales, etc., que se han llevado lo más precioso (o son dueños) que contienen estas tierras que constituyeron para los primeros misioneros cristianos un verdadero "paraíso". Un continente maltratado, asfixiado, usurpado y torturado que ha sabido a duras penas y bajo los más disimiles proyectos políticos salir adelante en la búsqueda de su propia subsistencia. Bajo la sombra del poder imperialista mundial, los pueblos que coexisten en nuestra Latinoamérica, aún hoy no han podido empoderarse de la situación que los conduzca a su autodeterminación y la plena construcción de su identidad más profunda o, si lo han hecho, han sido reprimidos bajo la más terribles expresiones de poder.
Los episodios de horror hoy se producen nuevamente en nuestro continente. La noche de este 26 de septiembre, decenas de familias mexicanas dormían mientras sus hijos, jóvenes revolucionarios que se preparaban para ser maestros de escuela, eran llevados a un lugar incógnito para luego ser asesinados a sangre fría y quemados vivos -al menos algunos- mientras la pira de cadáveres ardía con un oprobioso y recalcitrante fuego que calcinaba las esperanzas de transformación social que habitaba en los corazones de los muchachos aztecas. Luego de este criminal episodio, el grito de sus muertes fue acallado por el poder fáctico de una nación contaminada con el germen de la injusticia y la desidia. Sus muertes constituyeron un canto que el mismo gobierno de Peña Nieto quiso acallar, a través de los usuales mecanismos de silencio y desinterés que los países latinoamericanos utilizan para esconder la injusticia vertical que acontece en sus territorios. 43 adolescentes asesinados, 43 voces que jamás llenarán una sala de clase con ese timbre esperanzador que promueve el cambio; 43 razones más para concluir que nuestra Latinoamérica sobrevive en medio de una profunda crisis de injusticia.
Hoy es el tiempo en que debemos elevar nuestras voces más allá de las fronteras quiméricas que nos han impuesto aquellos a quienes les conviene mantenernos desunidos y unirlas en una sola: JUSTICIA PARA NUESTRAS TIERRAS, es la consigna que debe gritar toda mujer y hombre que habita estas tierras olvidadas por Dios. JUSTICIA PARA NUESTRAS TIERRAS, es la consigna que debe imperar en el ideario político de los pensadores vanguardistas que serán el sustento filosófico que guíe el avance de un ideal que traspasa clases, estratos, ideologías, puntos de vista u opiniones: el ideal de que de una vez por todas los países latinoamericanos comprendan que no debemos temer a hacer la JUSTICIA en cada una de nuestras naciones, porque a pesar del escepticismo reinante, no podemos escapar a la inexorable labor de forjar nuestros destinos con nuestras propias manos y no dejar a los variopintos poderes continuar con la construcción de un mundo en el cual priman los intereses de unos pocos por sobre los de muchos, como aconteció aquella fatídica noche en Iguala.
Los episodios de horror hoy se producen nuevamente en nuestro continente. La noche de este 26 de septiembre, decenas de familias mexicanas dormían mientras sus hijos, jóvenes revolucionarios que se preparaban para ser maestros de escuela, eran llevados a un lugar incógnito para luego ser asesinados a sangre fría y quemados vivos -al menos algunos- mientras la pira de cadáveres ardía con un oprobioso y recalcitrante fuego que calcinaba las esperanzas de transformación social que habitaba en los corazones de los muchachos aztecas. Luego de este criminal episodio, el grito de sus muertes fue acallado por el poder fáctico de una nación contaminada con el germen de la injusticia y la desidia. Sus muertes constituyeron un canto que el mismo gobierno de Peña Nieto quiso acallar, a través de los usuales mecanismos de silencio y desinterés que los países latinoamericanos utilizan para esconder la injusticia vertical que acontece en sus territorios. 43 adolescentes asesinados, 43 voces que jamás llenarán una sala de clase con ese timbre esperanzador que promueve el cambio; 43 razones más para concluir que nuestra Latinoamérica sobrevive en medio de una profunda crisis de injusticia.
Hoy es el tiempo en que debemos elevar nuestras voces más allá de las fronteras quiméricas que nos han impuesto aquellos a quienes les conviene mantenernos desunidos y unirlas en una sola: JUSTICIA PARA NUESTRAS TIERRAS, es la consigna que debe gritar toda mujer y hombre que habita estas tierras olvidadas por Dios. JUSTICIA PARA NUESTRAS TIERRAS, es la consigna que debe imperar en el ideario político de los pensadores vanguardistas que serán el sustento filosófico que guíe el avance de un ideal que traspasa clases, estratos, ideologías, puntos de vista u opiniones: el ideal de que de una vez por todas los países latinoamericanos comprendan que no debemos temer a hacer la JUSTICIA en cada una de nuestras naciones, porque a pesar del escepticismo reinante, no podemos escapar a la inexorable labor de forjar nuestros destinos con nuestras propias manos y no dejar a los variopintos poderes continuar con la construcción de un mundo en el cual priman los intereses de unos pocos por sobre los de muchos, como aconteció aquella fatídica noche en Iguala.
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