domingo, 7 de mayo de 2023

El viaje

 Hay quienes piensan que viajar es una experiencia maravillosa que nos pone ante lo desconocido de una manera nueva, impensada y, muchas veces, transformadora. El viaje para algunos es partir a reencontrarse con sus propias ideas, con sus prejuicios, pero desde una perspectiva desde afuera, ajena a aquello que se visita, a lo que debería deslumbrar por sí mismo. Porque hay quienes viajan simplemente para seguir pensando como pensaban, para de-mostrar, contrastando, que lo que creían era cierto: que los alemanes son fríos, que los italianos cómodos, que los españoles toscos, que los franceses nariz respingones, etc. Viajar para mí es algo completamente distinto: para mí, el viaje es ir hacia un encuentro sin retorno con lo desconocido.

Hay viajes que son realizados conscientemente y muchos de manera inconsciente. Hay veces que viajamos hacia lugares por culpa del destino, del peso de la realidad. Yo viaje una o más veces hacia la muerte, aunque, como ven, nunca llegué. Hay veces que viajé al corazón de personas que nunca olvidaré, como noches estrelladas en la carretera mirando, desde un pickup, las estrellas. Otras veces viajé a lugares recónditos, como el pensamiento de algunos a quienes, hoy en día, considero mis únicos compañeros. Sin embargo, hay viajes que uno decide con todo el rigor de la existencia. En mi caso, escogí el viaje de doctorarme en filosofía. 

Mis viajes siempre han sido motivados por las ideas y por gente que está muerta. Nunca he viajado para, compulsivamente, fotografiarlo todo, aunque tampoco soy ajeno a la época que vivo. Fotografiar es un modo de vivir el viaje. Sin embargo, de mis últimos viajes, aprendí a fotografiar con mi memoria, con mis ideas, con escritos que, posiblemente, nunca verán la luz. Es que hay tantas cosas que uno no debe mostrar a los demás, siempre por temor a ser incomprendido, mal interpretado. Viajar es perderse en un sendero sin el peso de tener que tomar un tour o que vas a perderte un must-see de alguna ciudad de revista de viajes. Viajar significa, ante todo, no tener un plan. Cuando no tienes un plan, llegas a conocer un lugar de mejor manera. Por ejemplo, yo creía conocer Pichilemu, ciudad muy cercana a mi corazón. Sin embargo, me di cuenta hace un par de años que no lo conocía. Una tarde, después de almorzar, decidí salir a caminar: al volver, era otro. Había llegado a conocer Pichilemu no porque caminé con un plan en la cabeza, sino que más bien porque me perdí entre sus calles, sin dirección, sin sujeción al tiempo, sin predeterminaciones intelectuales, esas que tanto me cuesta anular cada vez que viajo. El momento en el que uno mejor conoce un lugar es cuando se deja de ser turista para transformarse en migrante, en un estar de paso. 



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