domingo, 7 de julio de 2013

La muerte vencida

Desde que Kepler descubrió que los planetas hacían órbitas elípticas en torno al Sol, el hombre comenzó a ser consciente del vértigo de vivir en este minúsculo planeta. A través de su innumerable historia, llegó a darse cuenta que la soledad de la existencia depende de la vejez: un hombre viejo, es aquel que ya ha compactado un fragmento de su vida pasada y la contempla conscientemente desde su presente.

William se levantó aquella fría y sombría mañana de julio una hora más tarde que de costumbre, pues era domingo. Al despertar, un halo de melancolía atravesó sus pensamientos iniciales. Se levantó y tomó su desteñida bata y se dirigió a la ducha. Media hora después, desayunaba escuchando su emisora de radio favorita, en la cual sonaba una vieja obra de piano: sus pensamientos volaron a otras épocas, en cuyo centro visualizaba una juvenil sonrisa que todo lo alegraba. Se quedó pensando en su fisonomía, mientras cerraba la puerta de la reja de su casa y se dirigía parsimoniosamente hacia el kiosko de la plaza. El puerto, visto desde arriba, enseñaba una imagen, cuyos elementos iban modificándose sin que nadie se diera cuenta: los barcos iban y venían con sus impresionantes cuerpos de acero flotante y luego se marchaban como los que no pertenecen a ningún lugar. Pero él pertenecía a un lugar: Valparaíso de sus recuerdos y de su amada Violeta.

Se conocieron por casualidad. Él, un profesor de Historia en la universidad de la ciudad; ella, estudiante en Santiago, que venía de vacaciones con su familia. El efecto fue rápido: se miraron en un bohemio bar literario y comenzaron a hablar. Ella hablaba mucho de Cortázar, él, no paraba de hablar de Dostoievski. Cuando él hablaba de Borges, ella de Juan Rulfo. De pronto, ambos se encontraron hablando de Aristóteles: "La amistad es un alma que habita en dos cuerpos".

Se casaron en una parroquia del sector oriente de la capital y se fueron a vivir a las semanas al Puerto de Valparaíso. No tuvieron hijos, pero ella también decidió ser educadora. Noches completas bebieron café y fumaron sus Lucky Strike mirando el impertérrito puerto noctámbulo, mientras el alto de pruebas o de planificaciones por escribir quedaban esperando en la mesa de trabajo. Sonaba el tango y los boleros, Bach y Beethoven, Los Prisioneros y Soda Stereo mientras hacían el amor bajo la noche absoluta. Él despertaba al amanecer y besaba su frente, mientras ella dormía con su inocencia de unicornio de floresta. Estaban enamorados, lo estuvieron y lo estarían, sin embargo el destino es siempre más poderoso y, una calurosa noche de verano, sus sudor se convirtió en lágrimas, cuando un cáncer pulmonar le quitó a su amada Violeta, a su sentida, a su adorada, su idolatrada flor de floresta, a su estrellado faro cósmico.

Se sentó en una silla de la Plaza y comenzó a pensar. Observaba a la gente, a los barcos que se veían proyectados en el horizonte, percibió además a las gaviotas en lontananza. Reflexionó sobre la muerte y sobre su absoluto. De pronto, una pareja de enamorados pasó frente a sus ojos: una chica pelirroja y sonriente de la mano de un muchacho alto y de barba, ambos con lentes del mismo color. "En el amor, la muerte está vencida", pensó y se quedó mirando a las gaviotas.


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