miércoles, 24 de julio de 2013

Desenlace

Esta historia comienza como caduca una hoja en otoño,
como una orilla siempre húmeda, pero en retroceso.
Como una desvencijada quilla, el sentimiento cesó
y se largó a la retaguardia.

No fueron tus ojos los que me alejaron,
sino tus palabras,
pues nunca me abandonó el fulgor de su potencia.
Como una mirada de reojo,
así pasamos,
como las gaviotas en el estío.
Como los barcos en la bahía,
acérrimos y titánicos pasajeros
ávidos sorteadores de las tormentas.
Sin embargo, no soportamos los embistes
en una tolvanera desértica y abandonada.

Fuimos tanto y tan poco
en medio de la tempestad,
pero te llevo como un amuleto
como aquello que quiso nacer y renacer a la vez:
un error se comete mil veces,
pero jamás debe excederse más.
Porque el amor se reparte en paz,
es su familiaridad con la muerte.
O, quizás, se manifiesta iracundo
como terremoto sureño
pero todo lo mata, todo lo destruye
dejando llanto y desolación.

Es porque te reconozco
he visto tu rostro otras veces
y no lo vi antes (¡qué necio fui!)
pero nada dura para siempre
excepto la eterna duda de la existencia.

Ya es hora:
una tropa de fantasmas me espera en el umbral.

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