domingo, 21 de julio de 2013

Violeta

"Hay veces que uno añora el sonido de la lluvia como la única música posible. Es cuando me levanto del otoño hasta el invierno, abro mis alas y te busco cuando ya no estás sino en lontananza. Mi mirada no te encuentra ni te ha encontrado, los días opacos han regresado, pero sin su pálido cariz de desesperanza. Solo habitado por un sentimiento vacío, mi cuerpo atraviesa puertas que no reconozco más. Es porque me son familiares, pero no las entiendo en este contexto sombrío. Una vez más debo estrellarme contra la tierra y despedazarme..."

Un papel arrugado y sucio se encontraba sobre la vereda oleaginosa de una popular calle de la capital. Los transeúntes paseaban su mirada por las vitrinas buscando ofertas en los productos del mercado citadino. Los días y las noches se diferenciaban por el tipo de personas que hollaban esas viejas calles hediondas a meado de perro y borrachos desorbitados: durante la mañana y hasta la tarde-noche, pululaban señoras regordetes, en cuyas mórbidas manos llevaban bolsas llenas de alimentos y tomando a tres o cuatro niños que las seguían; hombres famélicos cuya piel curtida por el trabajo les hacía parecer una pasa; estafadores, trabajadores del mercado, oficinistas eran algunos de los seres que habitaban esas tierras plenas de vida. Sin embargo, la noche cambiaba abruptamente la escena: los proxenetas y las "niñas" comenzaban a adueñarse de algunas calles, mientras que los pordioseros y vagabundos limosneaban a quien pasara por las otrora abigarradas avenidas. Por esas calles yo caminé esa noche.

Caminé rápido por la calle Antonia López de Bello en dirección a Recoleta. Doblé a la derecha en esta última calle: grupos de hombres se reunían en las esquinas de las calles, intimidando a quienes atravesaran sus dominios. Yo no les temía, sin embargo, sabía que esta noche no era para hacer estupideces. Me encontré con el Tuerto Juan en un carrito de completos en la esquina con Buenos Aires: "¿Teni cigarritos negrito?" me preguntó. Luego de pasarle dos cigarrillos, atravesé Recoleta y me interné por Fariña. Sin embargo, decidí devolverme un poco hacia el sur. Al fin, encontré una esquina vacía y me senté en la vereda: comencé a escribir.

Algunos de mis viejos amigos me decían que quizá pudiese escribir algo. Me sentía como el Poeta Mesana en medio de mis bohemios amigos. Sin embargo, y como el destino lo había escogido, nací en un barrio pobre del cual salir era un beneficio que pocos podían jactarse. Yo lo había logrado, al menos, en principio. Conocí una mujer a quien comencé a amar por conveniencia. Al poco tiempo, me enamoré de ella y caí en mi propia trampa. Ella me llevaba sagradamente un sandwich a mi lugar de trabajo, justo a las 3 de la tarde, hora en que ella salía a colación. Yo la esperaba sagradamente afirmado sobre una muralla y con un cigarrillo en la boca, al puro estilo del galán de un comercial de Marlboro. Me entregaba la marraqueta y yo le agradecía acariciándole la mejilla: "Disfruta tu pancito, es con amor". Sus palabras eran dulces. Me gustaría recordar su rostro en este momento, pero mis facultades cada vez se han ido debilitando más. Dos noches atrás, unos amigos pasaron por mi lado y no los reconocí. Es que a veces creo que el miserable papel que me tocó asumir en el teatro del mundo, fue hecho más por odio que por amor. Si Dios nos creó, me cuesta entender su poderío inconmensurable.

Observé un vehículo que tocaba la bocina a una joven prostituta. Ella coqueteaba con el cliente en forma melindrosa, como dándose aires de grandeza. De pronto, una mano le indicó que subiera. Me quedé mirando cómo se alejaba el vehículo e imaginé como continuaba la historia.Tuve unas terribles ganas de caminar hasta el Río Mapocho y tirarme de cabeza contra su pavimento de rocas. Sin embargo, sabía que la muerte no solucionaba nada, ya que era una ida sin regreso hacia la misma. Mordisquee un trozo de pan que llevaba en mi bolsillo: pensé en Violeta. "¿Dónde estaría? ¿Qué brazos fuertes estaría mordiendo extasiada por el sexo?" me pregunté. Un ardor en el abdomen y un vacío en el estómago acompañaron los recuerdos. No pude entender en ese minuto por qué el amor es tan oscuro. La noche se reflejaba en mis ojos mientras masticaba mecánicamente el último trozo que me había llevado a la boca. La Luna se veía llena por encima de la Virgen del Cerro San Cristóbal: "Mamita Virgen, ayúdame..." suspiré.

Abrí los ojos y estaba completamente despejado. No encontré más vida que dos árboles que se tambaleaban en forma extraña: "¿Qué es esto?", me pregunté. Me trasladé por distintos puntos del sector y no encontré a nadie, pero escuchaba en mi cabeza la voz familiar de algunas personas. Extrañado, continué hacia la avenida Recoleta, pero todavía no hallaba nada a mi paso. De pronto, el Sol comenzó a hacerse cada vez más grande. Una luz enceguecedora comenzó a llenarlo todo: mi corazón comenzó a latir más y más lento. De pronto, ya no distinguía nada, pero una paz me rodeaba por doquier. Entonces, vi otra vez a Violeta: brillaba con un fulgor transfigurado. Me ofreció su mano y la tomé: entonces, volamos ambos hacia una eternidad etérea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario