Exilium et carcer Minturnarumque paludes
Et mendicatus, victa Carthagine, panis
Juvenal
La tarde caía amena iluminada por un sol que entibiaba lo suficiente pero no abrigaba. Un aire helado de otoño soplaba desde el norte, trayendo consigo imágenes difusas de un pasado remoto. Toda imagen se revela sólo a quien puede darle vida: jamás llega a ser algo sin ser primero lo que quiso ser. Sentado en la banca de la plaza, observaba transcurrir a la gente en su invisible llanto. Los miraba y los miraba, sin poder comprenderlos, pues, ¿acaso oímos los corazones desconocidos de los que atraviesan frente a nuestros ojos? Sintió sus manos congeladas y las frotó fuertemente. La mañana había comenzado con una tímida niebla, cuyas grisáceas partículas todo lo cubrían dejándola en la más profunda desolación. Amaba esos días, se lo había confesado la primera noche que la besó. "Aquella noche -recordó-, las hojas caían a raudales como si la naturaleza abandonara su vida desvencijada". Esta noche sería distinta, pues retornaría al frío, al vacío, al no-ser.
Cuentan que Parménides eliminó la palabra "nada" de su vocabulario. Quizá tuvo por corazón una coliflor. Aún sentado, comenzó a pensar en la desesperada vida del que envejece irremediablemente y que en su juventud hubo negado el espacio y el tiempo. "¿Cómo serían las estrellas?" Quiso lanzarse un clavado directamente al océano de luceros que comenzó a poblar el firmamento, desdibujarse en esa distancia infinita hacia posibilidades irreales. La noche sería larga y lo sospechó desde su soledad. Sin embargo, jamás se encontraba sólo en ese estado. Recordó una vieja canción que amaba, la murmuró mientras observaba con la mirada enternecida a una pareja de enamorados: "Non, je ne suis jamais seul avec ma solitude...". Pero, ¿podrían acaso comprenderle? Se supuso una partícula de tamaño inverosímil, cuya importancia radicaba en la de ser soporte de una tragedia universal.
Las personas pasaban y pasaban. El viento resoplaba y entonaba una melodía aciaga entre los árboles. Una muchacha le ofreció una mirada, recordó una frase de Baudelaire. No había comido, pero su estómago sonaba de angustia más que de apetito. Se dirigió al café que frecuentaba y pidió el especial del día. Charló con el dueño del pequeño lugar: algo de filosofía, de cafés, de poesía y de lo peligrosa que se había transformado la zona ante la delincuencia descontrolada. Era realmente valiente el que se atrevía a cruzar la noche entre los drogadictos, alcohólicos y criminales que poblaban los alrededores. Se sintió incómodo. Pagó la cuenta, se despidió con presteza y se marchó. Encontraba que tras cada paso que daba avanzaba hacia una ciénaga peor, hacia un espacio más indeseable y peligroso. Terminó mendigando el pan de Cartago, hundido en el absoluto de Minturno. Emborrachado de confusión, continuó caminando hacia otras calles, hacia avenidas que le recordaran viejos tiempos.
Mientras rotaba la tierra bajo sus pies, se preguntó una vez más el sentido de la vida. "¿Por qué el Destino nos castiga con la eterna pena rutinaria de estar vivos?" Pensó que los dioses del Olimpo fueron los verdaderos creadores del sistema económico actual y no los viejos comerciantes ingleses. Acaso, ¿no eran ellos los de las penas rutinarias, que se repetían en un castigo eterno, como los dueños hacen con sus trabajadores -él mismo era uno de ellos-, que deben cargar con la roca de su destino sobre sus espaldas desde que se levanta el sol hasta su ocaso? Se afectó con este último pensamiento y comenzó a marearse -ya era cotidiano en él este efecto somático. Contempló la bóveda nocturna y elevó una breve oración. Sin embargo, sintió que ya no era hora de fidelidades, sino de acciones. "Jamás traicionarme a mí mismo. Siempre revelarme contra las fuerzas que me objetivaron" pensó, mientras retomaba el paso, esta vez acelerándolo. "¿Qué soy yo sino un ser hecho y deshecho, un espectro configurado con trozos de otros trozos?"
Una ráfaga estalló en el cielo: su estruendoso ruido fue derritiéndolo de a poco. Su niñez se fue por una alcantarilla de calle San José y en Cardenal Samoré se quedaron sus pensamientos. Se transportaron sus brazos hacia calle Portales y encontraron reposo sus vísceras en las ruedas de un desvencijado ómnibus. Jamás pudo ser el mismo desde entonces y entonces se propuso la meta más alta en cuanto a todo lo que realizaba: de ese modo, al menos dejaría una huella. Pues, ¿qué es la inmortalidad sino la trascendencia de tu nombre en la sociedad? Se quedó pensando un poco en sus últimos planes. Se encontró de pronto con una feria libre. Una pescadería llamó su atención: vio una jaiba que expulsaba desde sus entrañas distintos moluscos con sus conchas variopintas. Esto le provocó un poco de asco. Recordó entonces un sueño que tuvo dos días atrás. No entendió cómo se conectaba la quimera de su sueño con la realidad -o pseudorealidad- que estaba experimentando.
Observó su reloj y se dio cuenta que se había retrasado. Apuró el paso, con la conciencia del que no sabe que se dirige hacia su destino, y toma las decisiones que le harán estrellarse irremediablemente contra él. Bordeó los árboles que adornaban
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