sábado, 16 de marzo de 2013

Ajelía

La noche en que Felipe cumplía 16 años, una cálida brisa resquebrajó el incipiente invierno que vaticinaba ser el más frío de todos los tiempos. Las mañanas alcanzaban temperaturas nunca antes vistas, sin embargo ese día transcurrió primaveral. La multitud reunida en el supermercado -cuando su madre hacía las compras para la celebración-, vestía menos ropa que otros días y las sonrisas abundaban. De pocos amigos, el muchacho pasó la tarde en el mundo virtual, y no fue sacado de ahí sino hasta que un tío venido de otro pueblo lo impresionó con un vital regalo: era un gato blanquísimo, como nunca antes había visto uno, el cual en su cola se tornaba negro oscuro, pero solo en la punta de la misma. Lo miró y se agradeció mientras en su mente se preguntaba qué sentido tenía que le regalaran una mascota, para qué un animal de regalo habiendo tantas cosas mejores que regalar. Lo tomó, lo acarició por protocolo y comenzó a pensar en un nombre para él: "Ajelía es su nombre", dijo el señor mayor, cuyos largos y blanquecinos cabellos le recordaban la imagen de Dios. Ajelía se mostró muy cómodo en compañía del muchacho, quien presentía que siempre estaba siendo observado por el animal. En primera instancia no le causó molestia la obsesión que el gato parecía tener por él, lo que prontamente comenzó a cambiar transcurridos los días.

Aquella cálida noche del 16 de ..., Felipe se fotografió con los regalos que había recibido: un dvd original de World of Warcraft, una pelota de baby-fútbol, un abrigador chaleco tejido por su abuela, zapatillas, unas camisetas con dibujos y frases divertidas, un libro antiguo y, por último, Ajelía. Evitó por todos los medios fotografiarse con el animal, pero cada vez que le tomaban una foto con alguno de sus regalos, el felino se acercaba y frotaba su cuerpo contra el muchacho. Hasta ese momento, no pareció importarle y Ajelía continuaba siendo un fiel y empalagoso compañero.

La medianoche del 27 de ..., el muchacho despertó debido al ruido que provocaron sus libros al caer: encendió la lámpara y vio a Ajelía persiguiendo un invisible objeto. "Típico de gatos", pensó y volvió a apagar la luz, no sin antes reprender al animal. A la mañana siguiente durante los primeros segundos de vigilia, sintió una perturbadora intranquilidad, pero al entrar en contacto con el agua tibia se despidió de su cuerpo. Mientras se vestía para ir a la escuela, observó que Ajelía dormía tranquilamente echado sobre los pies de su cama. "Ojalá pudiera ser como él", pensó frotándose los ojos y dirigiéndose rápidamente a la mesa para tomar desayuno.

11:50 del 28 de ..., una extraña luz ilumina la habitación de Felipe. Él duerme y Ajelía observa inmóvil el espectro. Se mueve de un lado a otro, dejando una estela por donde pasa, la que a los segundos va desapareciendo. La formas que dibuja son circulares o triangulares y parecen un mensaje. El felino sigue observando, esta vez con su penetrante mirada encendida en un fulgor extravagante.

Es medianoche y Felipe despierta transpirando fuertemente. La oscuridad de la noche es total y el sonido de la lluvia es estruendoso. Un reflejo de luz se proyecta y desaparece en uno de los muros frente a su habitación. ¿Qué es esa luz? Un sonido estruendoso se abre en la melodía copiosa de la lluvia. Sin identificar su origen, observa que la luz desaparece. Un triángulo se dibuja en el espacio vacío y adopta diferentes formas, se acercan hacia él. Ajelía sigue con la mirada llameante el objeto geométrico, moviendo mecánicamente la cabeza a cada cambio de forma que adopta. Felipe frota sus ojos y trata de salir del estupor: ya no está en su habitación, pero no identifica el lugar. Un extraño y grave sonido proviene del exterior, pero lo presiente. Ignora absolutamente lo que ocurre y, de súbito, la puerta de su habitación se abre penetrando la lluvia desde el exterior. Dos sombras se acercan lentamente hacia donde está. No sabe qué está pasando. Intenta gritar y de sus labios emana el sonido de una flauta. La noche cae con fuerza sobre el planeta y Felipe aguarda con la mirada perdida el espectáculo refulgente de las estrellas.

La alarma suena a la hora habitual. Felipe se levanta y toma un baño caliente, observa al gato dormir, esta vez siente un profundo odio por el animal. Toma sus cosas y se va a la escuela. No come. Durante la tarde, comienza a leer el libro que alguien le dio por su cumpleaños. Han pasado trece días desde que estuvo de cumpleaños, y cada día que pasa odia más a Ajelía. "Es un mensajero. Tener un gato le traerá mejores mensajes a tu vida que los que pueden traerle los videojuegos", le había dicho su tío cuando se lo entregó. "Este gato de mierda el único mensaje que me ha traído es que los gatos son una mierda", refunfuñó al recordar. Se sentó ante la mesita de su escritorio, y comenzó a hacer su tarea de Filosofía. No entendía qué sentido tenía ese "quehacer humano", como había señalado el profesor. "Yo creo en la ciencia", pensó para sí. El pavimento estaba humedecido y brillaba ante la luz de los faroles de la calle. Las oscuras nubes comenzaron a ceder y pudo observar dos estrellas que desaparecieron rápidamente por el rápido movimiento con el que se sucedían. El gato no estaba en su habitación. Se sintió preocupado, pues siempre estaba con él, el muy zalamero. Abandonando su trabajo escolar, lo buscó debajo de la cama. Luego, pasó a ver si se escondía detrás del mueble del televisor. No lo encontró en el pasillo ni en la cocina de la casa. Preguntó a su madre y a su hermana si lo habían visto, y ante la negativa de las mujeres, un sentimiento oscuro e incómodo llenó su ser. "Los gatos siempre se van y vuelven. Volverá enseguida", le dijo su madre para tratar de calmarlo. "Eso espero", contestó secamente y volvió a su habitación.

15 de ... de 2013, Felipe ha abandonado la esperanza de que retorne su felino. No lo extraña, pero una confusa preocupación le causa molestias. Los últimos tres días ha padecido de una jaqueca incontrolable que le ha hecho ausentarse de sus obligaciones escolares. Pasa poco tiempo frente a la computadora, pero ha estado profundamente sumido en la lectura del libro. Son las 19:05 y su madre sube a su habitación, llevándole una bandeja con té con leche y un par de tostadas. Sintoniza un canal de la televisión nacional y comienza a ver una caricatura. Un cabello cae sobre su taza. Lo saca con la parsimonia propia de un enfermo. Ha estado dos días en cama. Un aroma a guisado de verduras entra como una ráfaga de viento a través de su puerta entreabierta. Son las 19:10 y la serie animada aún no le saca tan solo una sonrisa, haciéndole comprender que de verdad estaba enfermo, pues era su favorita. Saca un pañuelo del cajón de su velador y se suena la nariz. Una mucosidad rojiza que no alcanza a visualizar queda impregnada en el papel. Lo lanza y va a dar a un tacho que está a su izquierda. Hace un zapping en la televisión. Lo mismo de siempre. La apaga. Mira su celular y revisa algunas cosas en internet. A las 20:15 comienza a adentrarse en un profundo sueño. Su madre entra a la habitación, lo besa en la frente, le pone una banda adhesiva en el brazo derecho donde hay una pequeña herida, y sale dejando la puerta entreabierta.

La lluvia ha cesado de caer y se dibuja un claro sobre el cielo. Dos estrellas titilan con el ritmo y la armonía de la eternidad. El tiempo transcurre sin detenerse. La ventana de su habitación se entreabre suavemente con el viento de la noche. De pronto y de un salto, entra Ajelía con su pelaje completamente seco. Observa al muchacho con su mirada fecunda en llamas y su cuerpo se dibuja en las pupilas del felino. Una grave voz ríe desde afuera, pero se silencia de súbito. La sirena de un vehículo se escucha a lo lejos. Entonces, el gato salta sobre la cama y una luz penetra por la ventana de la habitación del muchacho.

Flotando sobre el vacío, se eleva un espíritu desmaterializado. Todos los animales lo despiden gimiendo una música abigarrada de sonidos que jamás había escuchado. El silencio de la noche lo cubre con su manto; el firmamento yace sin estrellas, pero dos soles se alzan sin iluminar. Atraviesa una antigua verja y entra en un abismo sin término. La vida se acaba cuando la llama del ser se transfigura. Dos velas emiten una sombra danzante reflejada sobre el muro interno de la habitación del muchacho. La puerta está completamente cerrada y las ventanas dejan penetrar brisas tibias desde el exterior. Ajelía yace boca arriba con los ojos hinchados en sangre y la boca abierta exageradamente. Felipe mira el planeta desde afuera; su espíritu danza entre los árboles nocturnos que le cantan y le hablan. Luego del viaje, desaparece virando tenazmente el camino de una estrella.

A la mañana siguiente, cuando el reloj cantó la alarma, su sonido fue acallado por la horrenda visión de la muerte que consumía en llantos y gritos a la familia del 1093 de la calle...
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El joven hemerodromo ateniense zigzagueaba todos los obstáculos del monte que atravesaba. Su garganta se secaba, y producía una saliva espesa. Corría como una flecha, atravesaba el tiempo y el espacio. Un ave lo seguía. Era su compañera de travesía. Con la destreza de un felino, saltaba pequeños riachuelos y pozas que se formaban en el camino hacia la polis. Con tenaz gracia, esquivaba los árboles y arbustos. Avanzó todos sus kilómetros sin mirar atrás; atravesó la escarpada geografía griega para que su voz fuera fenómeno de mensaje. Los griegos aplaudieron su labor y, antes de morir, ya se erigía su leyenda en los pueblos que rápidamente iba dejando tras sus pies. "Es un héroe que ha bajado del Olimpo", dijeron algunos. "Es una flecha del arquero más sutil", rectificaron otros. "Corre como un pez nada en un río", dijeron algunos; "Es y se parece a un felino hambriento de verdad, que atraviesa Grecia para dar un mensaje de vida", dijeron los más extravagantes. Antes de morir aquella noche, observó dos estrellas que aparecieron tras el movimiento de las nubes. Entonces todo se aclaró y volvió a la niñez, a los tiempos en que el hermano de su padre le regaló a su mejor amigo, al felino Ajelía...

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