jueves, 14 de marzo de 2013

El enamorado

Sus ojos se posaron en ella y, ¡Voilà!, fue el milagro de luz: el sol reverberaba en sus cabellos rubios, claros como el trigo; sus ojos eran un océano aguamarina y brillaban con inocente fulgor; su cuerpo delgado, era fresco como la bruma matutina; su mirada constante y parsimoniosa, llena de vida. Cada vez que la veía se sentía culpable por existir: "Jamás me ve y jamás me verá. Insecto". Y paseaba las tardes enteras cerca de su casa, para verla cuando era enviada a comprar el pan al almacén de en frente, o cuando iba a comprar una botella de Coca-Cola de un litro. Entonces, se contentaba mirándola embobecido, y no encontraba ser más bello en el mundo, y el cielo resplandecía sobre ellos (o él). Compraba cualquier nimiedad con tal de verla. Una vez -y en medio del efecto adormecedor que provocaba sobre él- compró una bolsa de sal, producto que no tenía el más mínimo objetivo ni en su casa ni para él. Así, con el viento de abril abrazando los árboles de otoño, se maravilló tarde tras tarde -exceptuando los fines de semana- con la dulzura blanquecina de aquel ángel del señor.

Escribía y escribía en su computador. Había abandonado el nihilismo y la crítica. Publicaba juveniles poemas llenos de la frescura propia de su edad; componía canciones en su guitarra. Cantaba por las noches antes de dormir, con esa voz de gallo agripado que tanto molestaba a su hermana menor. "Cállate, cantas tan mal que jamás te pescará", le gritaba su hermana en tono enfurecido. Compuso poemas, cuentos donde figuraba como el príncipe de sus desavenencias; escribió canciones y talló en algunos árboles de las plazas de la población el nombre puro y cristalino de la muchacha: se llamaba ...

Por las noches no dormía y pensaba en ella. Se imaginaba entrando a la escuela de su mano, ante la envidia de todos sus compañeros y niños de niveles superiores. Se representaba situaciones donde peleaba a puñete limpio con algunos chicos que la cortejaban, siempre obteniendo la victoria y un merecido beso de su beldad. Cuando lograba dormir, la muchacha lo acompañaba a sus sueños. Y, de este modo, los días brillantes se fueron transformando en grises y aciagos. Entonces lo invadió una melancolía que no supo con qué quitarse. Se levantaba desganado, siempre pensando en ella, pero pensando cosas malas. Pensaba que no la merecía; se figuraba que era una estupidez pensar en que un ser tan bello posaría sus diáfanos y sagrados ojos sobre él. Fue desilusionándose, sin siquiera conocer a la muchacha. Fue en esa época cuando ocurrió el desenlace de esta historia.

Volvía aquella noche de casa de su mejor amigo. Le confesó la atracción secreta que anidaba su corazón con lujo de detalles, ante lo cual se impresionó que le simpatizara "tanto" también al muchacho. Se retiró molesto de la casa de su colega y caminó sin rumbo durante veinte minutos. Como guiado por su amada, viró a la izquierda en calle San José y caminó rumbo al poniente. De pronto, comenzó a identificar el ruido de muchas sirenas, de ambulancias que se acercaban, pero no prestó atención. Continuó caminando y dobló a la derecha en un pasaje cerrado con reja, pero cuya puerta siempre estaba abierta. Caminó por el curvo pasaje y poco a poco comenzó a visualizar un humo oscuro y frondoso que se liberaba de una casa. Agitado, comenzó a caminar rápidamente hacia la zona. Viró hacia el oriente y se quedó estupefacto al comprobar que ardía en llamas la casa de su Dulcinea. No pudo creerlo y corrió con todas sus fuerzas en dirección a su interior. Un hombre intentó detenerlo, pero su ímpetu juvenil enamorado era implacable. Penetró el umbral de la casa y se cubrió con su chaqueta del calor de las llamas. El calor era insoportable y no reconoció ninguna voz de auxilio en su interior. De pronto, vio a la madre de la muchacha sobre el suelo. A su lado derecho, la pequeña hermana y la muchacha. Las tres parecían muertas, pero intentó sacarlas de ahí tomándolas del brazo. Estaba muy debilitado cargando esos bultos y sentía que no podía respirar bien. Poco a poco, fue debilitándose, más y más a cada minuto, cada segundo. Cayó al suelo, mareado e inconsciente y, con el rostro bañado en sudor, se despidió de la existencia.

Personal de bomberos encontraron los cuatro cuerpos. Dos de ellos estaban abrazados. Eran el muchacho y la muchacha. En un bolsillo del cadáver del fallido héroe, encontraron un papel a medio quemar donde estaba escrito: "Te amo". En la mano de la muchacha, estaba escrito un nombre. Algunos vecinos más sensibles dijeron que se trataba del nombre del chico, del enamorado que perdió la vida intentando salvar a quien más amaba; otros dijeron que se trataba de una típica raya juvenil. Los más esotéricos dijeron que se trataba del nombre de Dios, quien en ese momento había fundido sus almas y sus cuerpos en uno solo, como dos almas gemelas que se encuentran, como dos cuerpos unidos, como el mito andrógino que contó una vez un cómico griego.

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