Todas las mañanas de los cinco días hábiles de la semana y, a la misma hora, estoy tomando a las 6:50 el eterno café con leche y la mitad de pan tostado antes de salir de casa. Viajo en el transporte público, pues no tengo auto y debo soportar con estoicismo los fuertes hedores que se desprenden del hálito de una boca no cepillada o de hombres y mujeres que no pasaron por agua durante su primera mañana. Siempre de pie y con mi maletín en una mano, afirmándome como puedo, debido a las alucinantes maromas de los conductores matutinos, algunos días me pregunto si llegará el momento en que estemos mejor. "El crecimiento económico del país es acelerado y constante y el desempleo ha bajado considerablemente en medio de la crisis internacional", reza el titular de un periódico que un señor trata de leer, escondiéndose con el papel impreso de dos ancianas que miran con cara de pollo degollado a ver quién será el "caballero" que les ceda el asiento. Una muchacha joven, sentada en un asiento preferencial, transporta en sus brazos una guagua embalsamada en una manta, cuyo angelical rostro dormido emboba a dos mujeres que van de pie a su lado. Un hombre grita "Abre la puerta po concha de..." y una señora mayor duerme con la posición de una muerta en el desierto. Todas las mañanas son parecidas en el flujo capitalino. A excepción de aquellas mañanas que quiebran nuestros esquemas -como cuando el bus se queda en pana. De este modo transcurre la primera parte de mi día, pero lo que pasa a continuación es distinto.
Atravieso la puerta de ingreso y me transformo en "El Profe". Decenas de muchachos, ataviados con coloridas mochilas y audífonos rimbombantes, con perfectos teléfonos celulares y de la mano de alguna hermosa jovencita -los más grandes-, llegan con la mirada idílica de la juventud y saludan "¡Buena, profe!". Algunos niños pequeños se quedan mirando como si vieran una gran autoridad, entonces elevan su altisonante "¡Hola Tío!". En ese minuto ya he olvidado lo molesto del viaje y la repugnancia de haber sido compañero de "metro cuadrado" de un señor que no tiene higiene dental. Entonces, saludo a mis colegas, bromeando con los partidos del fútbol nacional disputados el día anterior, un escueto, pero amigable beso en la mejilla de las profesoras que adornan nuestro colegio con su vocación de mujer educadora -quizá toda mujer que enseña es a la vez una poetiza-, y, por último, el saludo cordial a la planificación del día. Mandatos ceremoniosos, entremezclados de cafés que se enfrían en el escritorio; galletas a medio comer y cerros de papeles donde se ven reflejados los avances en la educación de las futuras generaciones que conducirán nuestro país. Una que otra vez algún profesor más sensible medita, al ver esas hojas apiñadas una sobre otra, en la posibilidad de hallar entre ellas un nombre que después encontraremos impreso con fuego en el panteón de la patria.
Einstein, Pitágoras, Aristóteles, Shakespeare y Cervantes aparecen de pronto en la sala, vestidos con sus túnicas de muertos gigantes, de monumentos intemporales. Los muchachos hablan y ríen, comentan y coquetean en la frugalidad de sus vidas. De pronto, se encuentran con estos grandes nombres de la historia y comienzan a darle su debido peso. Se imaginan que algún día podrían llegar a ser como ellos; deambulan en mundos imaginarios donde dirigen la vanguardia literaria o científica de una época; se figuran como grandes matemáticos, capaces de cambiar el destino de lo establecido. Hasta que de súbito son sacados de esos idílicos campos de la imaginación con el sonido agudo del timbre. Entonces, guardan rápidamente sus cuadernos, pero algunos de ellos ya están como lanzados hacia el patio exterior, sin siquiera despedirse del señor que está hablándoles todavía con un libro en la mano. Ya ha quedado muy atrás el cambiar el universo y aparece el juego, la colación, el negocio o la niña o niño que guardan en sus mancebas almas. Y luego, vuelven a la sala; y después retornan a la vida nuevamente.
Algunas veces se me acercan y los escucho. Ellos me hablan, me cuentan sus anhelos y expectativas. Algunos quieren ser ingenieros; otros psicólogos o médicos. No falta el que sueña con ser futbolista o la muchacha que quisiera ser la mujer más hermosa del planeta. Y por lo tanto desnudan sus almas y comparten sus proyectos. Entonces son neófitos existencialistas para los que no hay barrera que no pueda ser saltada. Ni siquiera lo que no han hecho aún les parece que sea inconveniente, todas las vallas pueden ser sorteadas. En especial, una muchacha morena y de mirada soñadora, se acerca en las mañanas con su ímpetu juvenil y expresa su cariño y su amistad. Pero no, no me malinterpreten, en un mundo donde toda demostración de cariño o amistad entre profesor y alumna es vista con ojos maliciosos, es mejor ser cuidadosos. Ella tiene por esencia el cariño. Es de esas almas que se contentan en la sonrisa ajena, que todo lo hacen por una esencia diferente, por un afán de cuidado y plenitud. Con expresiva regularidad, ensalza el trabajo de sus maestros, pues conoce el cariño con que nosotros enseñamos, pues lo detecta en la desatada vocación que algunos encerramos. Reconoce con encomio la labor profesional de quienes la educan, pero no es zalamería. Es vida, es energía existencial.
Aquella tarde, ella salió como todos los viernes, caminando con su música por las calles de su barrio. Cuánta gente la vio pasear su mirada soñadora por sus rostros, por los árboles, por los vehículos que transitaban. Caminó descuidadamente, como caminan las muchachas. El aroma del verano colmaba la arboleda y paseó sus sentidos por la deliciosa tarde. Mas, el destino es impenetrable, sus caminos son misterio y levedad. Como una rosa deshojada, expiró sus ánimos de vida tan reciente; suspiró de súbito subiendo hasta los cielos, atravesó inocentemente el metal y las tablas de aquella fatídica línea. La música se dibujó en sus sentidos, la vida se le escapó de las manos y dijo su adiós en un mundo que tenía todo que ofrecer. Esa tarde ardiente de diciembre, su llamita se apagaba y se encendían las letras de su leyenda. Esa noche, una sombra hizo su exánime aparición. Y la despedimos de esta tierra con la esperanza de volvernos a encontrar.
Esta mañana, meses después de lo sucedido, el bus se detiene y lo abordo. El conductor lleva una grave expresión en el rostro y la mitad de los que suben no cancelan su pasaje. Refunfuñando, pone en marcha la máquina. Hoy no sentí el aliento putrefacto. Hoy, solamente percibí el perfume de una muchacha joven que viajaba junto a mí. A la entrada del colegio los saludos son iguales, cada niño busca con la mirada y quiere saludar. Esta mañana estoy en la sala que ella alumbraba. El conjunto de muchachos reunidos crean una copiosa melodía de vida y plenitud. Pero falta una luz que iluminaba, su vacío se presiente y lo vivo cuando comienzo a decir en voz alta: "Aguirre...".
No hay comentarios:
Publicar un comentario