jueves, 14 de febrero de 2013

La muerte del elefante

La música de las flores en primavera me resulta alucinante. Probablemente, en mi país, la primavera es más hermosa que en cualquier otro lugar. El viento trae ese aroma reluciente, refrescante, lleno de vida y armonía. Y, me parece más hermosa aún, porque todas las primaveras regresa mi padre trayéndome muchas  historias. Pero él no es de este país. El viene desde lejos.


Con mi madre preparamos la comida típica de la zona, ayudadas por las vecinas de casas aledañas que nos ayudan a alistar los menjunjes para condimentar el cordero, el cerdo y el vacuno. Preparamos muchísima comida, porque siempre mi padre vuelve con amigos extranjeros que conoce en sus aventuras. Mi padre es periodista importante, mas, lo veo una vez al año, en primavera, cuando pasa dos semanas junto a mí y mi madre (de la cual, por lo demás, está separado). Vivimos en una amplia, pero modesta hacienda donde tenemos algunos animales y en el costado nororiente de ella es surcada por un hermoso río. Siempre que vuelve, yo lo espero impaciente en la entrada de la casa, escuchando los regaños de mi madre por no estar ayudando en la cocina. Pero yo, como María, prefiero siempre "la mejor parte".

Cuando al fin llega, me gusta ayudarle a cargar sus pesadas maletas -aunque siempre me aparta cariñosa y sonrientemente con una de sus manos-, y me entrega un obsequio. Esta vez, el presente no me lo dio él mismo, sino que un hombre de raza negra que venía con él. Sólo venían los dos. Era una miniatura tallada preciosamente en madera. Era la figura de un elefante africano. Al verla, se me llenaron los ojos de curiosidad. El hombre, de unos cuarenta años, me indicó que lo había tallado especialmente para la hija de su amigo.

Sentados a la mesa, compartimos el festín preparado para los comensales. Mi padre y su amigo bebieron vinos de distintas cepas. Mi padre enseñaba los sabores a su invitado y nosotras, con mi madre, festejábamos cada historia que nos iban relatando. Aunque, sin duda, la historia que más me llamó la atención la contó el amigo de mi padre. La llamó La Muerte del Elefante.


¿Han visto alguna vez un hipopótamo? -comenzó preguntando el amigo de mi padre. Ante nuestra negativa, prosiguió. Los hipopótamos son animales grandes y de una conducta muy peculiar. Cuando uno los suelta en medio de territorio salvaje, debe estar fuera de su alcance, y también de su visión, pues reaccionan en forma muy violenta y atacan. Yo trabajo en un Parque Natural. Con nuestro jefe, tiempo atrás, liberamos una familia de hipopótamos en el río. Es un trabajo peligroso, pero, sin duda, es gratificante. Nos encargamos de vigilar que los animales -que, debido a la muerte o abandono de miles de ellos durante la guerra civil de mi país, se fueron extinguiendo- no salgan de los límites del parque, de modo que no sea un peligro para ellos, por los cazadores, ni para las poblaciones de seres humanos que lo colindan. Es, sin duda, un trabajo emocionante, gratificante pero, también, muy agobiante.

Poco tiempo atrás, trajimos un nuevo inmigrante a nuestro parque. Era un gran elefante de 40 años. Debido a la muerte de los animales y a la caza indiscriminada por el marfil, los elefantes fueron extinguiéndose paulatinamente, dejando en jaque el ecosistema del lugar. Pues, además de generar mucho abono para el territorio, generan -con sus heces- alimento para peces y otros animales. Estuvimos aguardando durante días la llegada del elefante, que provenía de las tierras del sur. Cuando llegó, realizamos el complejo trabajo de liberarlo y, por supuesto, velar por su seguridad y provechosa integración al nuevo hogar. Y, de ese modo, pasaron las semanas y vigilamos la vida silvestre de éste y otros elefantes que han sido traídos anteriormente a poblar y dar nueva vida a nuestro parque.

En la estepa africana, se producen muchos incendios que afectan la vida vegetal y animal del lugar. Producto de un gran incendio supimos que el elefante había abandonado el territorio donde lo habíamos colocado. Los animales temen al humo y al fuego y escapan rápidamente, desperdigándose en cualquier dirección. Ese fue el caso de nuestro elefante. Un mamífero de esas proporciones puede recorrer, en el transcurso de un día, hasta 80 kilómetros. Y, con miedo, quizá más. El miedo y el estrés penetran peligrosamente en un animal que se ha dado a la fuga. Más aún, si el elefante tiene encuentro con seres humanos que no sepan cómo tratarle en estado natural.

Tras un par de días de búsqueda, dimos con el animal en uno de los pueblos al sur de nuestro parque. El animal -escapando, como antes dije, del fuego y el humo- atravesó el gran río que separa el sector sur del parque con la zona habitada. Elefantes y seres humanos se temen, mutuamente, y han ocurrido muchas desgracias debido a su encuentro infortunado. Gracias a Dios, llegamos antes que ocurriera una tragedia. Las autoridades locales, protegiendo la integridad de su ciudadanía, nos señalaron en forma hostil que, si el elefante no era retirado prontamente del lugar, sus hombres abrirían fuego contra el animal. Nosotros, obviamente, no queríamos que el animal fuese herido, ni mucho menos muerto. Con tanta ilusión vamos sembrando la vida salvaje en nuestro parque, para que este legado natural permanezca. Sin embargo, cuando la seguridad de los seres humanos está puesta en jaque, surge el instinto de supervivencia. Y eso, quizá, forme parte de la cuestionada naturaleza humana desde el punto de vista de su moral. Sin embargo, nosotros creemos que los animales también tienen una proto-moral. Aunque, sin duda, este no es tema de esta historia.

El amigo de mi padre, cogiendo la copa llena de vino, la vació de un sorbo. Y, prosiguió. Las autoridades del lugar nos presionaban bastante, en el lapso que esperábamos que llegasen el camión y los vehículos que constituirían la protección que se encargaría de llevar al animal de regreso al parque. En el entretanto, intentamos lacear al animal. Producto que, a pesar de todos los medios, no pudimos llevar al animal en forma guiada al parque, decidimos que había que sedarlo. Esto es muy peligroso en elefantes, pues, al encontrarse sedados, no regulan en forma óptima su temperatura corporal. Era una situación de vida o muerte. Los médicos sedaron al animal y lo subimos al camión mediante una grúa. Todos ayudamos a subirlo. Fue una situación tensa y cansadora, pero no más que la que estaba viviendo el animal en carne propia. Sabíamos que gracias a la tensión y el cansancio del escape del animal, éste tendría sus defensas más bajas, lo que provocaba mayor situación de riesgo. En el transcurso de un par de horas, estuvimos listos para transportar al elefante.

Mientras viajábamos por la selva, todos respirábamos un aire de tensión y preocupación. El animal no se preocupa, nosotros nos preocupamos. Estábamos preocupados por el futuro del animal. Hacía un calor insoportable y el sol penetraba la manta de hojas de árbol que habíamos puesto sobre el animal para protegerlo del calor. Cuatro hombres iban en el camión, junto al elefante. Luego de avanzar unos cien kilómetros, el elefante comenzó a respirar más lentamente. Los hombres nos alertaron y paramos enseguida. Tres médicos bajaron de los vehículos y se juntaron con el que acompañaba a los hombres en el camión y comenzaron a hacer procedimientos. En el transcurso de una hora, el elefante, ese animal que había formado parte de nuestros sueños e ideales, moría producto de las drogas y el calor.

Llevamos el cadáver del elefante al interior del parque. Los médicos y, sobre todo, el jefe, estaban muy tristes. Nosotros estábamos con ellos en la tristeza. Buscamos un buen lugar y comenzamos a cavar. Un grupo de hombres cortó los colmillos del elefante para que los cazadores de marfil no lo desenterraran. Luego, pusimos al animal, cubierto con las hojas de los árboles que lo cubrieron durante el transcurso del viaje, que le sirvieron como ropaje, dentro del agujero cavado. Comenzamos a sepultarlo con la tierra. Al cabo de una hora, nuestro elefante yacía enterrado en un lugar que marcamos con las hojas. Luego, le hicimos un funeral disparando nuestros rifles al cielo, igual que cuando se entierra a un soldado. Pues, los elefantes, para nosotros, son los soldados gigantes que protegen y dan vida a nuestro parque. Por eso, la muerte de un elefante es, para nosotros, tan importante como la vida de nuestros compañeros.

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