sábado, 12 de enero de 2013

Mis galgos

Mi abuelo me legó dos perros galgos antes de morir. Nunca olvidaré sus palabras en su lecho de muerte: "Cuida a estos animales. Mientras ellos vivan, yo viviré en ellos". La abuela me contó que se los regaló un vecino que vino a mi país en un barco, escapando de la guerra civil española. Nunca le pregunté si los había traído de España o no. Siempre olvido algunos detalles. Los galgos se llaman Garzón y Baltazar. He comprobado que les encanta comer carne fresca, pues una vez, mientras estaba en una reunión de amigos haciendo carne a la parrilla, se soltaron no sé cómo de sus corrales y escaparon con un trozo de dos kilos de carne, el cual desgarraron y engulleron en cuestión de segundos. Son muy buenos para comer, motivo por el cual no son muy queridos por mi mujer. Ella tiene mala experiencia con los perros. Nunca le he preguntado el por qué.

Una mañana, mientras iba de compras escaparon a la calle. Son muy veloces y se dice que pueden alcanzar velocidades de hasta setenta kilómetros por hora. Estuve casi media hora intentando que volvieran a entrar en mi casa. Ellos viven en dos corrales grandes que tengo en la parte posterior de mi terreno. En la noche me gusta soltarlos y ver la graciosa forma en que persiguen mariposas y luciérnagas. Hasta a veces se las tragan de un salto. Corren y corren y corren y jamás se cansan de hacerlo. Una mañana los sorprendí tratando de entrar en la parcela contigua, a través de un hoyo que cavaron en el límite de mi terreno con el de mi vecino. Él cría conejos y para ellos, su aroma les debe parecer bastante atractivo, pues de pronto encuentro algunos salvajes que pasean por estos territorios, aunque a muy mal traer. Una vez me trajeron dos conejos decapitados -por ellos mismos, intuyo. Estaban sucios, zamarreados, inertes. A los galgos les debe parecer atractivo el comer presas vivas.

Mi mujer está en exceso molesta conmigo y con mis galgos. Todas las mañanas, después del desayuno, mientras estoy leyendo el periódico o alguna novela, la miro a través del ventanal de la cocina y no deja de gritar "¡Pero Baltazar!, ¡Pero Garzón!". Creo que ella definitivamente no se siente a gusto con mis galgos. Una mañana, mientras hacíamos el amor, Baltazar escapó y, jugando con una pelota plástica, se dio de bruces contra el ventanal de nuestra habitación, haciendo que mi mujer diera un grito y me mandara inmediatamente a encerrar a ese animal del demonio. Yo sé que mis galgos no son del demonio, pues me los regaló mi abuelo. A veces, por las tardes, cuando el sol se ha ido y comienza a correr una suave brisa vespertina, me gusta meditar en lo bueno que es tener a mis galgos. Son un regalo de mi abuelo, pero creo que ya se los había dicho.

Esta tarde, mientras limpiaba los corrales de Baltazar y Garzón, ocurrió algo extraordinario. Los galgos estaban muy alterados, yo no sabía por qué. Mi mujer tiene un gato, creo que ya se los había contado. Su nombre es Seba. Es un angora. Es un gato adolescente y, por consiguiente, tiene muchas energías y jamás deja de andar de aquí para allá. A veces pienso que Seba es como mi mujer. Seba a veces desaparece, igual que ella. Yo no sé dónde va en las tardes. Generalmente no le pregunto. Cuando ella sale, suelto a mis galgos. Esa tarde yo estaba limpiando los corrales de Baltazar y Garzón. Luego de haber destrozado las hortalizas del pequeño huerto de mi mujer, encerré a mis galgos en mi garage. Con bastante rabia y regañándolos duramente -siempre hay que regañar a los perros y enseñarles lo bueno y lo malo, sino se transforman en unos granujas-, los tomé de sus correas y los encerré en mi garage. Mi automóvil no estaba ahí y, si hubiera estado, lo habría sacado previamente, pues mis galgos disfrutan mordiendo sus ruedas. El último año había tenido que comprar llantas nuevas al menos cuatro veces. A mis galgos les encanta morder cosas. Encerrados en mi garage, solamente estaba abierta una de las pequeñas ventanas que tiene por la parte de arriba, por donde a veces entran los gatos que vienen a visitar a Seba. Ocupado intentando reparar el huerto que mis galgos destruyeron, de pronto sentí unos graves gemidos de gato. Busqué de dónde provenía el ruido y vi que era de mi garage. Rápidamente fui a ver qué pasaba y, en el momento que abro la puerta, veo a Seba descuartizado en dos mitades que transportaban fieramente en sus hocicos mis galgos. Un copioso chorro de sangre adornaba el piso, y las murallas estaban teñidas del rojo color. Sin pensarlo dos veces, fui a buscar una manguera y comencé a limpiar mi garage. Me fue imposible quitarles al pobre Seba a mis galgos, de hecho, cuando me acerqué a ellos, corrieron transportando en sus hocicos la carne del animal. Solo dejaron algunos trozos de las entrañas del felino, las que puse en una bolsa y boté rápidamente al tacho de basura. En particular no creo que a mi mujer le agrade la noticia acerca de su gato. Era parecido a ella, como les había dicho. No sé si relatarle lo acontecido o guardarlo como un preciado secreto. Quizá, si no le cuento, ella pensará que anda en uno de sus viajes. Quizá también crea que conoció a una gata y se fue con ella, enamorado. Quizá piense que volverá con gatos chiquitos. Lo bueno de todo esto es que mi mujer aún no llega y no quiero aún que llegue, pues tengo que pensar una buena coartada para mis galgos. Porque yo no quiero que mi mujer quiera que se vayan mis galgos.

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