Internado en la ciudad nocturna, puedo oler el aroma de la vida. Sentado en un parque, tomándome una cerveza en lata, me encuentro con la primavera exudada por los árboles que me circundan. La calle presenta distintos personajes parranderos: oficinistas borrachos, cuyas corbatas fuera de lugar son una excelentísima carta de presentación; punkies de antipáticas miradas, enfundados en sus trajes con puntas; putas que reciben todo tipo de piropos preciosistas de ebrios conductores; en fin, la calle, la noche y su algarabía.
La noche cada vez se hace más mi compañera, desde que esa extraña mujer me abandonó. Nunca pude entenderla bien y quizá es todavía el gran error que cometo: no importaba comprenderla. En realidad, lo importante era hacer honor al dicho romano ¡carpe diem!. Disfrutar de su cuerpo delirante, de sus ojos sedientos de amor y de lecho. Quizá, desde que cayó esa espada en nuestra cama, la relación se fue enfriando, aunque todavía no me acostumbro a pensar que lo nuestro era solo sexo. Alguna posibilidad había de que en algún minuto todo fue parte de un plan de intimidad y complicidad, que nos transportaba a nuestros mejores tiempos pasados. En realidad, no quiero pensar mucho al respecto.
Voy de camino hacia otros lugares, pues la calle da para mucho. Es incomprensible la vida que llevo, pero es necesario ponerse en mi lugar para darse cuenta: quien no ha sentido esa libertad desatada y ensordecedora no puede hacer sus juicios críticos, desde sus cómodos sillones y embobecidos por la televisión. Es como el pensamiento político de algunos que creen que por votar están cambiando la realidad. Yo no hago nada que no me provoque un profundo y sensible sentimiento de placer.
Sentado en una cuneta, se me acerca un muchacho. Sus cabellos largos y lizos lo hacen parecer un hippie de los 60'. "Hermano, ¿teni algo pa' comer?" me pregunta, con la mirada perdida en un punto fijo. Lo invito a tomar asiento y en pocos minutos estamos compartiendo: él trae algo de hierba y yo unos sandwiches que me traje de un "encuentro". Fumamos y comemos. Conversamos. Él no es de la ciudad. "Vine acá porque quise independizarme del pueblo de donde vengo. Me aburría allá y mis papás no me daban nada más que lo esencial". Descubrí que tenía 23 años. A veces la realidad común es inhóspita con los que tienen mejores planes para la vida. Lentamente, voy comprendiendo que la calle y la noche son una dimensión a parte. El muchacho me cuenta que vive una vida clandestina y de calle. Sin embargo, trabaja algunos días para pagar un alquiler en un cuchitril que habita en una calle cercana al lugar donde estamos. "Si compadre, si yo vivo acá cerca" me dice, dándole un extraño énfasis a sus palabras.
Sigo caminando a través de la noche. Al principio, me sentía un tanto desorientado: estuve un par de horas atrás celebrando con unos amigos. Ahora, espero a otros que aún no aparecen, por eso aprovecho de recorrer las calles entre olor a cigarrillo y cerveza. Vuelvo al parque donde estaba al principio. Mientras bebo otra cerveza en lata, me pregunto qué significará vivir en la calle. Quizá, la atracción que le genera a algunos tiene que ver directamente con lo que la vida te ha dado: disgustos, desilusiones, esperanzas y desesperanzas. Como canta Manu: "La vida es una tómbola" y en esa perspectiva vas teniendo y no teniendo a la vez y, con la extenuante libertad de estar arrojados a esta existencia que te deja yerto y desvencijado el corazón, tomas la decisión final: habitar la calle. Muchos han tomado esa decisión y quizá yo mismo la tome alguna vez, pero no del mismo modo como ellos. Quizá mi destino en esta vida es deambular y buscar y buscar la esencia o el gusto o el sentido de esta vida que cada día me parece menos valiosa de ser vivida.
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