"Ahora puedo sentir como Raskolnikov", pensó el muchacho mientras vagaba sin rumbo, con el alma destrozada y acompañado del calor exasperante de la ciudad. El sol reverberaba en las calles, como la imagen de la muchacha en el brillo de sus ojos: ya no quedaban opciones de volverse a encontrar, pues la otrora reunión simple y sosegada, se había transformado en un ditirambo de emociones que se transformaban en palabras y caían copiosamente sobre ella. Sin embargo, ¿qué opinaba ella? Una tumba sin abrir.
Se conocieron durante un viaje. En el andén de una desvencijada estación de trenes, ella le pidió fuego. Conversaron durante unos minutos y, al abordar el vagón, se dieron cuenta que no había motivo para no irse juntos. Ella se dedicaba a desenvolver los vestigios del hombre; él, a presentar un mapeo de neuronas que, unidas, configuraron el pensamiento como se conocía hasta entonces. Ambos, dentro de una realidad similar, pertenecían a mundos obstinadamente distintos. Cuando ella se bajó, ya habían intercambiado el contacto. Y, los viajes se repitieron como un eco necesario.
Algunas tardes, mientras venían viajando, el vagón se quedaba detenido como una ballena varada en una playa desolada, como un tronco en un campo yerto y sin vida. Entonces, bajaban y, en medio del mustio escenario, fumaban y conversaban, entumecidos, sobre cuestiones superfluas. Sin embargo, cada día que pasaba, el germen del enamoramiento iba taladrando el corazón del muchacho y su vida comenzó a hacerse tortuosa. Se levantaba por las mañanas y la pensaba: "Ayer, con su vestido glauco y sus ojos de miel danzando por los páramos..." No había momento en que su corazón no latiera por ella y, aunque estaba consciente que le valdría cara la empresa, sabía que su corazón jamás había podido ser detenido por su propia voluntad. Esperaba que simplemente ocurriera el milagro o, en caso contrario, quedar despedazado y en el olvido ontológico.
A juicio del muchacho, todo indicaba que debían estar juntos. Las noches en las que viajaron abordo de aquella máquina trastabillante, con la compañía de la soledad de la tierra y el tiritar de las estrellas, fueron las más maravillosas de su vida. Cuando sus ojos se encontraban y se hundían las miradas cada una en la otra, como una gota infinita cayendo sobre un mar de emociones, el corazón del muchacho explotaba en un éxtasis cósmico, en una explosión primigenia, cuyo sonido aún puede escucharse flotando por esos páramos perdidos. A juicio del muchacho, ellos debían estar juntos. Sin embargo, el destino que es insondable y lo abismal del alma humana, estaban en otros senderos.
Una calurosa tarde, luego de haber acumulado tantos kilómetros de emociones y cercanía, ya no aguantó más y le declaró su amor con lujo de detalles: "Eres la mujer más maravillosa que he visto"; "Tus ojos son como una puerta hacia la belleza infinita, hacia el Creador"; "Cuando estoy contigo, el tiempo se desvanece y el reloj no sirve...". "Atrévete a estar conmigo, ¡busquemos el cielo juntos!". Le dedicó incluso, algunos poemarios que fue escribiendo en los próximos viajes que iba realizando, aunque ahora en la soledad que le destrozaba el corazón día a día. Ella, aunque convencida de que aquel muchacho era algo importante, no se conectó con el mensaje y la misma sintonía. Decidió de inmediato no viajar más con él. Algunas luces extrañas aún habitaban su cielo y no quiso comprometerse en una aventura nueva. Entonces, jamás volvieron a verse.
Con el corazón destrozado, caminaba el muchacho lentamente por el anden mientras fumaba un cigarillo, aunque sin disfrutarlo. Fumaba maquinalmente como el traqueteo del tren. Las piedras atravesaban su mirada casi sin sentido, como objetos insubstanciales en un vacío ontológico. La máquina iba lentamente cruzando esas lejanías, como el recuerdo de la muchacha lo hacía con el corazón del chiquillo: "¿Dónde estará esa estrella luminosa?", se preguntaba con las pupilas fijas en el espectáculo del mundo. La música sonaba en su reproductor y su efecto era excavar con mayor profundidad su dolor. Había sido rechazado, como un objeto desvencijado, arrojado a la existencia, pero sin ella. Entonces, deambuló su pesar y volvió en sí: estaban cerca del mar.
Se bajó en la estación y caminó por la playa. El calor impresionante lo había hecho venir hasta aquí, en forma inconsciente. Aunque hacía mucho calor, la playa estaba vacía. Se sentó, encendió otro cigarrillo y sacó de su saco un libro. Leyó unas cuantas páginas y decidió entrar al mar. Y, mientras iba entrando al mar y antes de sumergirse, habló con Dios con las palabras de Machado:
"Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería,
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar."
Octavio Alto
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