Durante las mañanas despertábamos abrazados, apoyando ora mi cabeza en su pecho, ora la suya en el mío. Lo primero que hacía el que despertaba primero, era quedarse contemplando pausadamente el rostro del otro y, de modo mágico, como el poder de voluntad de Schopenhauer, el que dormía comenzaba lentamente a abrir los ojos. Recuerdo su dentadura al sonreír en las mañanas. Siento cómo sus labios delicados y tenues como la brisa del viento, resoplaban en la geografía de los míos; cómo su cuerpo se echaba sobre mí, mientras desordenábamos nuestro cabello, y sus manos apasionadas recorrían el territorio ardiente de mi cuerpo. Éramos inseparables, como el canto de las mariposas sobre las flores.
De este modo, construimos un pequeño nido en un sector de la ciudad que escogimos para nosotros. No podíamos estar lejos de los cafés, ni las librerías. Pasábamos horas y horas, entre mi mocaccino y su expresso latte, entre sonrisas agradables y acariciarnos el rostro. A veces, nos íbamos caminando por la orilla de la costanera y yo le recordaba cuándo me gustaba. Sonreía y me besaba pausadamente, cogiendo con sus brazos mi espalda. Fueron tiempos bellos y remotos, de orígenes y perspectivas.
La tarde en que se marchó descubrí que había llegado la primavera. Desde hacía semanas que no podíamos ponernos de acuerdo, ni dónde ir a cenar, ni qué cafetería frecuentar, ni qué novela leer, ni qué película ver. Cuando quería sushi, su gusto se desviaba hacia las pizzas (y sabía que a mí no me gustaban). No sé si lo hacía por contrariarme o porque se había definitivamente aburrido de mí. Ya no le gustaban mis canciones o, al menos, no le hacían sonreír con la pureza que mostraba al comienzo. Mis poemas no le causaban admiración y no le gustaba lo que cocinaba. Una noche, le llevé a la cama algo de comer, pues estaba con un estrés enorme debido a su trabajo, y no quiso comer porque "No le gustaba". Yo me quedaba pensando en qué había hecho mal, o por qué estaba comportándose así conmigo. El asunto es que aquella tarde me dí cuenta.
Un día que se bañaba, dejó su celular en el velador de nuestra cama. Yo jamás lo revisé, ni veía su facebook o miraba su correo, porque me parecía que era ridículo llegar a ese grado de desconfianza. Sin embargo, esa mañana una extraña y novedosa fuerza me movió a mirar quién le había enviado un mensaje, lo cual supe por la vibración del aparato. Era un muchacho desconocido para mí. Le escribía algo sobre una cita que tendrían en la tarde. Yo no supe qué decir. Simplemente, no le dije nada y esperé a ver si se sinceraba antes de marcharse. No lo hizo; más aún, se despidió con un beso tan divino como los que me daba cuando me amaba. "Te quiero, nos vemos en la tarde".
Durante el día me quedé trabajando un poco en el notebook, aunque estuve con bastante inquietud y un vacío en el estómago que no me permitió comer absolutamente nada. No me escribió nada durante toda la mañana (solíamos enviarnos mensajes desde nuestros celulares). Ante cada vibración de mi teléfono, miraba desesperadamente rogando que fuera su mensaje. Y jamás lo fue. Y no lo fue tampoco en la tarde. Cuando me dí cuenta que su maleta no estaba, recordé que en la noche se había levantado y, ante mi pregunta "¿A dónde vas?" me dijo que tenía que sacar unos documentos de su automóvil. Miré por la ventana con una angustia oscura que contradecía la luminosidad del día y el incipiente florecer de los árboles que estaban frente a nuestro departamento. Las personas en el exterior caminaban con sonrisas armoniosas en sus rostros, y se saludaban unos a otros, como los árboles y sus ramas movidas por el viento. Cuando llamé a su celular, no me contestó. La angustia que sentía llevaba a niveles que me provocaban náuseas. Intenté con el número de su oficina, pero tampoco contestó. Llamé a un par de amigos que tenía y ninguno fue capaz de decirme lo que pasaba. Y, de este modo, pasé la tarde entre mates amargos y la amargura misma.
Cuando me acosté en la noche, supe que ya no vendría. Lo que más me torturaba, era no saber por qué lo hacía. Y, si lo sabía, al menos esperaba que me lo dijera de frente: "Me iré, ya no te quiero". Mi corazón se hubiese roto en mil pedazos, pero al menos no habría quedado el corrosivo veneno de la esperanza. Cada vez que sonaba el teléfono, me lanzaba a contestarlo. Nunca llamó. Más aún, nunca respondió mis mensajes, ni mis correos, ni devolvió mis llamados. Era como si yo ya no existiera en su vida. De este modo trágico y solitario, pasaron los días y de pronto fueron semanas. Una tarde en que se cumplía la tercera semana de su ausencia, llegué temprano a casa y me dediqué a juntar sus cosas para deshacerme de ellas. Fue entonces cuando encontré la carta de despedida. Decía lo siguiente:
"C... yo te quise como a nadie he querido, aunque de seguro en este momento estés pensando que yo no merezco decirte estas palabras. Sé que estás sufriendo y yo también estoy sufriendo (aunque tampoco lo creas). He decidido irme en silencio porque soy tan cobarde, que sabía que sería incapaz de mirar tus ojitos de miel sin desesperar ante su transformación en lágrimas que mojarían tu rostro de canela. No podía mirarte, ni ahora puedo. Me voy porque quiero que seas feliz. Yo sé que esto parece un contrasentido, pero yo ya no te valoraba como te merecías. Eres un corazón enorme y yo ya no merezco toda la potencia y ternura de sus proyecciones. Ante una disyuntiva, me tocó escoger lo que menos quería, pero me dejé llevar por la facticidad de la vida: menos amor y más praxis. Sé que entenderás a qué me refiero, pero además quiero señalarte que no te engañé jamás. Si me fui con él, no fue engañándote, y espero que esta carta sea un motivo suficiente para que te olvides de mí. No merezco la pureza de tu alma, pero sé que allá a la vuelta de la esquina encontrarás lo que no aprendí a ofrecerte, lo que la potencia de mi espíritu superfluo no alcanzó a brindarte. Hoy quizá sea un día oscuro, pero disfruta la primavera: todos nos volvemos bellos en esta época.
Quiero agradecerte por todo lo que hiciste por mí, y decirte que me voy con la promesa de ser feliz. Por lo tanto, no espero algo distinto de ti.
Vive, ama, siente.. Eso me enseñaste con tu ejemplo tan vital.
Se despide de ti, G...
Santiago, 28 de Septiembre de ..."
Desde el balcón observo el cielo rojizo del atardecer y el color de las primeras flores de los árboles parece transfigurado por la potencia dorada que emana del poniente. Quizá se haya marchado en esa dirección y los mismos rayos de luz que me iluminan estén iluminando en estos momentos sus cabellos de trigo. Quizá mañana la brisa matutina bañe también su rostro en el alba. Quizá, el aroma de las flores también penetre en sus sentidos y le haga recordar nuestras mañanas de domingo, donde el incienso nos conducía a una primavera entre las sábanas. Quizá, todo redundará en los quizá. Y la tarde se hace noche...
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