lunes, 18 de noviembre de 2013

Tú y Yo (y el Tiempo)

Una noche tranquila y pusilánime se erguía en monumento oscuro de ideales hechos trizas. Nosotros estábamos ahí, pero no estábamos en ningún sitio: la modorra de la existencia y el aguijón del nihilismo nos había convertido en seres hipercriticistas que no encontraban sino la mácula en los ojos que nos objetivaban. Trabajamos por tantos ideales, pero no percibíamos -o no nos apercibíamos- como viviendo en los tiempos dentro del mausoleo del sentido. Estábamos vivos, pero estábamos tan muertos.

Éramos como cadáveres que se desmaterializaban tras el paso del tiempo. No encontramos más sentido que mirarnos como extraños, de reojo, como suponiendo la traición en cada acción del otro. Cuando bebíamos, terminábamos en sendas discusiones, cuyas temáticas eran tan infertiles como el hecho de continuar juntos, y entonces te ibas sin perdonarme más; entonces te ibas sin perdonarte más. Brillamos con la majestuosidad del Sol, nos ahogamos como la Luna sobre el horizonte en el mar.

Detuve un taxi y subimos: las cervezas habían amenizado un poco nuestra eterna discusión. Ibas con tu cabeza recostada sobre mi hombro, entonces yo decidí acariciarte. A veces pensé que podíamos estar juntos para siempre, pero nunca me di cuenta que lo nuestro era la esperanza de vida de un cáncer terminal. Encendiste un cigarrillo cuando el vehículo dobló en la calle P... con P..., entonces, te ofrecí fuego: "Gracias, qué caballero", dijiste con el tono típico que usabas cuando estabas siendo irónica. Miré hacia afuera con desazón en el rostro y vi una pareja que reía mientras caminaba de la mano: "¿Te acuerdas cuando éramos así"?, le pregunté con una sonrisa que connotaba un inevitable desdén por el presente. No hubo respuesta, sólo abrió su cartera y sacó su labial. El taxi se perdió entre las sinuosas calles de la ciudad nocturna.

A la mañana siguiente, desperté y ya no estaba: se había ido temprano, sin que yo la escuchara. Se llevó todo lo que alguna vez había amado. Se llevó todos los motivos que me hacían recordar la mejor época de mi vida, se llevó los pétalos del retrato que pinté con mis palabras. Nunca más la vi. A veces, todavía me parece como si no hubiera sido, como si en verdad no existiese nuestra decadencia en el tiempo. Hay tardes en que me siento a echar un poco de humo y la veo en la pesadez de mi mirada sobre los objetos. Hay noches en que siento el sonido de su alma; existen esos silencios que son como los gritos más fuertes y su nombre se estrella contra todas las murallas. La perdí, nos perdimos y hoy seguimos siendo, pero siendo como el retrato desvencijado sobre un mueble viejo.

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