domingo, 19 de mayo de 2013

Lo trágico

Apareciste justo cuando se me confundió la esencia humana: una luz inalterable apareció escondida entre la niebla y la oscuridad. Preferíamos la oscuridad total a la niebla. Si encendíamos los faros sibilinos, nada podía separarnos ya. Pero apareció la niebla, fue personificada. Los músicos trajeron distintas melodías disonantes para hacernos callar: mas, la luz inalterable no permitía distinguirlos. Fue entonces cuando te propuse escapar. Irnos lejos, visitar las islas desconocidas, los puertos que dejamos inconclusos. Me dijiste que irías conmigo, pero con una condición: aceptar que tu alma era tan oscura como la mía. Comprendí que no podía pedirte nada que no pudiera ofrecerte, entonces me tragué la luz de un libro que ardía como un arbusto. Fue el primer paso.

Como Ulises, viajamos por la geografía familiar retornando a casa. Los aedos cantaron tantas veces, que el sentido se perdió en la noche de los tiempos. Te miraba por las noches: cuán hermosa te veías. Eras el faro matutino y vespertino, la Venus que anclaba mis deseos y anhelos vitales. El fuego heraclíteo se difuminaba por el espacio, aquellos días fértiles que me ofreciste: nuestras almas se transfiguraban, eran dialéctica absoluta en medio de los mares extremo-australes. Nuestros cuerpos ardían como un madero, se entremezclaban en danzas purificadoras. Disfrutamos del sexo y del amor como dos niños; encallamos en tantos puertos que finalmente los desvencijamos. ¿Puede acaso un proyecto tan brillante terminar tan trágicamente? Pero, ¡Escuchen mi voz y no mis pensamientos!, ¿por cuánto tiempo puede el destino constreñir la voluntad humana?

Recuerdo esa mañana: salimos de la hostal temprano, cuando Febo aún no aparecía por la Gran Cordillera. Me mirabas extrañada, no comprendías mis propósitos. "Pronto lo sabrás", te dije y te besé cariñosamente la frente. Bajamos por esa vieja calle de Playa Ancha y abordamos un colectivo. Nos fuimos derecho al terminal. Yo pensaba que volviendo a Santiago encontraríamos quizá alguna pista de lo que en realidad buscábamos: aún no comprendía que habíamos perdido para siempre nuestro hogar (tú lo comprendiste antes que yo, pero jamás lo confesaste) A mediodía comimos en ese espacio conocido, pero tan ajeno. Las calles de la capital estaban desoladas ante la inminencia de la lluvia. Era un feriado. La nación recordaba a sus desconocidos héroes -Chile no conoce bien de qué se trata eso del heroísmo. El cielo nublado se tornaba ya gris, ya rojizo. Comenzaron las nubes a estallar hacia el norte: la lluvia era inminente. No nos dejamos un segundo, mientras mirabas ensimismada la pequeña laguna y sus patos y sus plantas. El cielo furioso se dibujaba en el agua, era un espejo, era el fenómeno que mostraba lo que no alcanzamos con las manos. "Podemos tocar el cielo si tocamos estas aguas", me señalaste mientras tu mano se sumergía tímidamente en esa agua ponzoñosa. Si la belleza puede reflejarse en lo contaminado, es porque fallamos en su determinación: como cuando fallamos en reconocer al amigo en un rostro con sonrisa. Nos equivocamos, el día que estuvimos en dos ciudades.

Ya sentíamos el fin de la existencia en aquella serenata absurda del presente. Venías a mí como yo iba a ti; te refugiabas en mí como yo me refugiaba en ti; anclabas tus esperanzas en mí, confiaste en que yo era inmortal, como todos confiamos en los ojos y las manos. Mas, chocaste contra la realidad más cruel, contra lo trágico del mundo: Amar en medio de lo perecedero.

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