Contemplamos el Sol de la mañana, pero la neblina lo opacaba. Era un círculo amarillento, cuya fuerza apenas traspasaba la cortina húmeda que todo lo mojaba. Entonces caminé sin saber hacia dónde iba. ¿Qué más da? Todos los caminos conducen hacia la miel de tus ojos. No se me ocultó en aquel momento, que tu lejanía no era más que tu hermosura: inalcanzable, con un rasgo de utopía. Eras bella cuando te miré con el corazón, pero te transformaste en un ángel cuando te contemplé desde el futuro: nada podía tocarte, ni siquiera el eco de mis palabras enervadas. Fui un espectro pusilánime, pero no más que tú, cuyo amor fue una fantasmagoría. Eres "fatamorgana", ¿sabes? Eres mirage en el desierto; eres una letanía desdoblada, cuya fuerza comenzó y terminó en mis propias fuerzas. ¡Oh, agrio ditirambo! Cuando más me complacía el lascivo elixir que me entregabas, más te alejabas en un viento siempre inverso. Tus estrellas te acompañan, pero a mí un séquito de seres bifurcados, más humanos, por cierto, que tu exenta plenitud.
Al fin sale el Sol en Skotoprigonievsk, pero la furia de mi corazón callado, no es esmalte que dañe tus lamentos. El sórdido escarlata de mi sangre, anclada en la oscuridad de mi garganta. Te ofrezco, ¡Oh, Mausoleo del Recuerdo!, no enredarme otra vez en las redes sibilinas de sus ojos, prefiero antes el destierro. ¿Acaso puede la Nada entorpecer el camino hacia la Luz?
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