domingo, 12 de mayo de 2013

Superfetación

"Sumar tiempo no es sumar amor", rezaba el coro de la canción que iba escuchando aquella tarde. El cerro Santa Lucía parecía tan borroso en medio de la neblina que cubría extrañamente la ciudad. La soledad barruntaba en su vida, los días fructíferos, cuyos campos ubérrimos de amor se difuminaban en la eternidad del devenir. No era que se sintiera solo, sino que la persona que deseaba le forjaba soledad en el alma. Como un destructor mayéutico, fue poco a poco surgiendo en él la verdad: las preguntas, fueron las acciones que la muchacha ojos de miel iba demostrando, sus palabras teñidas de nihilismo, el aliento inexpresado, el abrazo frívolo y desencantado. Comprendió demasiado tarde la superfetación del romance: el ser había nacido muerto.

Se bajó en frente de la casa central de la Universidad Católica y atravesó en dirección al norte. Entró por calle Lastarria y atravesó impertérrito esa abigarrada muchedumbre. Homosexuales, hombres mayores en busca de aventuras, la vanguardia hipster capitalina, todos se reunían en los cafés y bares iluminados y con mozos perfectamente vestidos. Notó que todos fumaban. El humo lo molestó, por lo que apuró el paso. Dobló a la derecha en calle Merced y apareció frente al Parque Forestal: ¿Cuántas veces no se introdujeron ambos como dos adolescentes de la mano en un juego inocente de amor? ¿Cuántos días pasaron de la mano por aquellas callejuelas silvestres, de monumentos extravagantes y blanqueados por los desechos de las palomas? Como ellas, todo había volado hacia otra parte.

No se cuestionó más la decisión, pues estaba tomada. Abandonó rápidamente el acceso al río y bajó por las calles allende del mismo. Las tribulaciones las abandonó en medio de la humareda de la calle Lastarria, ahora su cabeza estaba llena de coloridos paisajes, proyectos sibilinos que guardaba en su alma desde antes. Sin darse cuenta, atravesó la calle Pio Nono y entró en el Patio Bellavista. Se sentó y esperó a ser atendido. Su garganta estaba seca y necesitaba reorganizar sus ideas. Una muchacha de ojos pardos se le acercó a atenderle. Se llamaba "Carolina". La fineza de su rostro le recordó alguien del pasado. "Un shop Kunsmann sin filtrar", pidió mientras extraía del bolsillo de su chaqueta un lápiz y un papel del de su pantalón. Comenzó a escribir garabatos indescifrables, pero que tenían un sentido. La muchacha le trajo el pedido y le ofreció algo de comer. Pidió un cóctel de mariscos y continuó en su solitaria meditación. De pronto, se dio cuenta que era observado por la mujer. Se quedó pensando en sus ojos: "¿Qué misterios esconderán?". Bebió el último sobro de su vaso y la muchacha se le acercó nuevamente. Fue entonces cuando comenzaron a conversar.

Ya bien entrada la noche, decidió partir del lugar, no sin antes solicitarle una servilleta a la mesera. Agradeciéndole, la tomó y comenzó a escribir en ella. Estas fueron sus palabras:

"No te conozco, pero siento que estuviste tanto en mí.
Quizá estimes que estoy loco por regalarte mis palabras,
cuando ni siquiera conoces mi nombre.
Sin embargo, tus ojos me reflejaron que tu alma
no es diferente de la mía:
una melancolía exacerbada,
una pesadumbres rutilante,
un pasado que quieres esconder (u olvidar).
¿No ves? Somos los mismos
que nos vinimos a encontrar
en esta tarde fría de mayo"

La llamó, pidió la cuenta, dejó el 10% de propina
y nunca más la volvió a ver.

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