"Es posible que aún el amor no pueda redimirnos". Cristián había estudiado en un colegio emblemático. Conoció al muchacho en medio del clamor del recibimiento que hacían los alumnos de segundo año a los de primero: A "los cachorros de la UTE". Se vincularon por sus constantes ganas de ir más allá en la experiencia vital, en las fiestas dionisíacas, en el éxtasis de la poesía maldita, en la búsqueda de un fundamento imperecedero dentro del mundo. "Si amas, incluso el amor podría perderte", solía decir en sus noches metafísicas, con un cigarrillo en la boca y el vaso de lícor en una mano. Esa frase le quedó grabada en la cabeza, la siguió escuchando incluso después de su muerte. "Recuerdo siempre a Cristián, no podré olvidarlo", repetía constantemente y la muchacha de color miel, quien lo miraba entristecida. La noche que murió, ni siquiera el amor perenne y ciego de su amada pudo retenerlo: era la decisión de su vida. Abordó el vehículo y entre bromas se dirigió hacia el árbol que le arrancaría la vida.
"De entrada nos topamos con lo incierto". ¿Dónde se hallaría entonces, hacia qué océanos había emigrado? Se descompuso ante una escena: un gato lleno de vida atravesó descuidadamente la calle. El motociclista saltó hacia un lado y se estrelló contra un auto estacionado. El gato quedó completamente destripado. ¿Qué es esto que ocurre? ¿No es, acaso, la entrada hacia lo incierto? El corazón se le llenó, súbitamente de sangre, empalideció y una agonía se desató en sus vísceras. La muerte era una experiencia conocida, se sumó un cuadro más a su colección: un mausoleo marmóreo, pálido como el sol de la neblina. "¿Dónde te fuiste, amigo mío?".
"Es un ángel que penetra en el vacío". Apareció de pronto caminando hacia la Quinta Normal. Hacia el norte se divisaban una tormenta: "En Santiago no hay tormentas". El primer trueno fue estruendoso, su estallido hizo que las alarmas de los automóviles sonaran y sonaran. Los perros lloraron y los gatos saltaron de los tejados buscando cobijarse. De pronto, comenzó a oscurecerse. El horario de invierno transcurría, el día duraba menos cada vez. Se introducía sin retorno en el invierno. Notó que el cielo otra vez se iluminaba: "Es un ángel que penetra en el vacío", musitó, mientras la gente gritaba desesperada. ¿Qué era aquello que se había dibujado en el cielo? ¿Es que acaso el ángel existía? El mensajero de Dios hizo su entrada en aquella avenida citadina. Nadie que lo vio pudo volver a ser el mismo.
"La llamarada ígnea que nos pone ante la nada". Comenzó el sonar de las sirenas y la calle se convulsionó ante el incendio. El fuego lo transformaba todo, como el arjé heraclíteo transforma el Universo. Nadie quedó impertérrito frente a la magnitud del hecho, todos corrían despavoridos en busca de alguien para contarle (se acercaban torpemente hasta las llamas). "¿Por qué corren, es que no saben que el Ser tiene abismos que conducen a la Nada?", pensó el muchacho al ver la abigarrada muchedumbre. "No es casualidad que los maderos no paren de arder en medio de la gente", gritó desesperado y con rabia, sin saber por qué. Abandonó el lugar. Una incomodidad había ingresado en su alma. Ya no deseaba más que el descanso. "¿Dónde encontraré la paz que tanto ansío?"
De pronto, caminando en medio de la calle, halló un afiche que rezaba: "Ahora solo un Dios puede salvarnos".
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