Parecías tan callada aquella tarde, que el resoplar del viento se oía más fuerte que tu respiración. Por la noche había llovido, pero esta mañana no. Las nubes no trajeron la carga de sus lágrimas sobre nuestras cabezas. Ayer nos habíamos refugiado en el paraguas que yo llevaba, hace tanto tiempo que no te sentía tan cerca. ¿Recuerdas cuando estábamos en aquella estación de tren y te pregunté cuánto me amabas? Tu respuesta fue tan sincera, pero acallada por la llegada estruendosa del animal de fierro, cuyo fulgor hizo que tu voz se elevara solo hasta los cielos. Me dijiste, "te amo mucho, más de lo que creo y que crees tú". Yo te respondí: "No te oigo, pero yo te amo más". Aquella tarde viajamos camino al sur, dejando atrás campos que cada vez se tornaban más verdosos, más vivos. Y, ahora, nos encontramos aquí, bajo la mañana fría y oscura de la ciudad.
Doblamos a la derecha por una calle que tenía nombre de doctor y nos encontramos con una gran plaza, en cuyo costado derecho podíamos ver una gran iglesia antigua. Pensé en Dios, tú pensaste en la Nada. No teníamos costumbre de darnos la mano, pero me la diste y presionaste tu guante contra el mío, aquella tela no me permitía sentir el calor de tu piel, ni su contextura que tantas veces besé hasta humedecer. Atravesamos la calle y nos dirigimos al costado izquierdo. Caminamos atravesando los puestos de libros y de chocolates; observamos a los niños reunidos en los juegos, junto a sus madres, junto a sus padres; recorrimos los viejos recovecos de la plaza, atravesando la avenida principal, y nos sentamos en las bancas que daban a la blancura verdosa de la municipalidad. Entonces, encendiste un cigarrillo. Yo, apagué mis ganas de besarte. Entonces encendiste una duda, yo apagué las seguridades. Permanecimos sentados, hasta que decidimos irnos de ahí.
Fuiste tan lejana desde entonces que no te pude encontrar jamás nuevamente en tus palabras. Callaste más el alma y hablaste más desde el cerebro. Abrías la boca para decir cosas con sentido, pero que eran saetas ponzoñosas contra lo nuestro. Yo no quise hacerlo hasta que aquella noche de lluvia te mencioné la inutilidad de nuestros corazones para amarnos los unos a los otros. Luego de una charla escatológica, que comenzó por algunas averiguaciones que estabas realizando, tocamos el tema de la posibilidad de la comunicación -que, desde luego, se trataba de la nuestra. "Los posmodernos señalan..." comenzaste a decir, con la seguridad de un experto, pero la inquietud de un neófito. Concluimos que estábamos en desacuerdo en un punto más.
Cuando entré en lo apolíneo, tú entraste en lo dionisíaco. Cuando decidí racionalidad, tú decidiste guerra. Cuando al fin me transformaste, quisiste ocupar el espacio que dejé vacío. Concordaste tantas veces con mis palabras que cuando te escuchaba hablar pensaba que hablaba conmigo mismo. Te envalentonaste para declarar lo absurdo, cuando lo absurdo lo habíamos declarado con los actos. Tomaste conciencia de lo que ocurría y yo decidí abrir los ojos. Nos dijimos adiós, aquella mañana, sin que lo pareciera -pues, sabes que no tolero las despedidas. Así estaba mejor, la luz que aún nos quedaba era como el reflejo de una estrella muerta, como el sonido estruendoso del big-bang que, según los científicos, aún resuena en el espacio vacío del universo. Entonces, nos separamos.
Cada vez he entrado más y con mejores pasos en el camino de lo divino. "Aquí también están presentes los dioses", señaló Heráclito a los que habían venido a visitarlo, cuando miraban impresionados que no filosofaba, sino que se calentaba las manos en una estufa. En medio de esta soledad que se pronuncia en el alma, aún están presentes tus imágenes, tus vacíos, tus besos imposibles, tus miradas lascivas y la pasión desatada o no-desatada. Caminé profundamente por los mismos lugares, para encontrar fantasmas que no causaron impresión en mí -más impresión causaron las callejuelas del Viejo Puerto la última vez que estuve en ellos, y no eran "nuestros sitios". Anclé mi razón en un punto que me permitiera hacer una panorámica: la realidad se confundía con mis deseos de verte y la oquedad de la montaña aún escondía en sus vericuetos efluvios no percibidos, alientos no explorados. Ya no estás, es un hecho y cuánta falta me hace que no estés.
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