sábado, 25 de mayo de 2013

Concomitancia

De las profundidades de su alma surgió un cuestionamiento: "¿Vale de algo haber nacido ahora que no puedo escoger no haber sido?". Su pensamiento se apesadumbró, se abajaba su alma sobre el inconstante martirio, después de todo la vida tenía una razón de ser vivida, pero en ese instante le pareció muy oscura. Capas de sedimento de sentido confluían en su decisión: su alarido desértico no fue escuchado. Inmóvil, tomó su taza de café. La habitación era de techo alto, cuyos muros estaban carcomidos y desvencijados por el paso de los años. El piso de madera chirriaba emitiendo un agudo sonido, el que se unía el crujir del tejado, por cuyas vigas circulaban gatos y ratas, generando una música armónica concomitante. "¿Desde dónde...? O, mejor dicho, ¿cuándo?" Las horas del reloj se detuvieron cerca de las 4 a.m. Se dirigió a la ducha dejando el café a medio tomar. No encontró su bata, ni sus pantuflas.


El lóbrego pasillo, en cuyas alturas volaban pájaron nocturnos, estaba cubierto de colillas de cigarillo y en sus extremos estaba oleaginosamente impregnado el rouge de los labios sórdidos de las prostitutas que habitaban el cité. Agazapado bajo una escalera, un famélico muchacho se drogaba y emitía un chirrido como el de una rata. Atravesó la calle en dirección al poniente: tenía que estar a las 5:30 en "su cita". Anteriormente el hombre se había comunicado con él, mediante estas breves palabras: "Cuando estés acá, yo ya sabré que has venido". No conocía con certeza de qué se trataba el negocio, pero la cantidad exorbitante que le ofrecieron fue suficiente para que aceptara. La Luna llena iluminaba con su pálido esplendor, y reconoció la imagen de algunos silenos en la calle circundante al hospital psiquiátrico. La mitológicas creaturas, danzaban gimiendo y llorando. Al verlo, se abalanzaron sobre él: "¡Dame una moneda! ¡Dame un trago, amigo! ¡Deme un cigarrito, hermanito!". Los expulsó con una mano y siguió su camino. Iba con un abrigo largo, y su cuello estaba embalsamado en una bufanda café. Sus ojos negros contrastaban con la iluminada noche, cuyas cuencas ennegrecidas por el mal dormir parecían cráteres de un volcán extinto. Comenzaba a caer un poco de neblina. Encendió un cigarrillo y continuó caminando.

Subió a un taxi que pasaba por calle Independencia con Olivos, y se perdió en dirección hacia el sur. Pagó el pasaje del breve viaje y caminó hacia un antiguo edificio de una calle céntrica. Dos jóvenes estaban de pie frente a la puerta de una galería: "Te esperábamos".

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Los bosques se vaciaron de sentido
como un océano de gente
bombardeado desde las alturas.
Traen paz, traen tristeza,
traen ingravidez,
ensalzando espíritus desvalidos,
cuyo eterno clamor se pierde en el desierto.

Buscan la felicidad en medio de la bruma,
como un barco yendo hacia la trampa.
Huelen el miasma de la vida,
cuyo trasfondo es la muerte:
Nadie los verá venir,
nadie los verá irse hasta el Tártaro.

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Lo hicieron pasar a una sala oscura iluminada únicamente por una luz roja. Se sentaron y conversaron: "El trato es que..." Aunque le pareció el plan más demencial que había escuchado en su vida, pensó en lo que le señaló su mejor amigo en un café la jornada anterior: "Los héroes de hoy no tienen moral. Viven una vida llena de glorias, envalentonados por obras que son del todo cuestionables. ¿Quién merece el Cielo hoy en día? La decisiones fundamentales del corazón del hombre se trasladaron hasta sus sórdidas alcantarillas. El éxito me es tan incómodo y subrepticio como el chirrido de una cucaracha que se aplasta: resuena débil en la intemperancia del mundo". Caminó en dirección hacia la Plaza de Armas. Ahí tenía que encontrarse con el primer contacto: un hombre anciano que abría recién su negocio ambulante, quien servía desayunos a los trabajadores que comenzaban su día laboral, así como también a ebrios que venían de una noche de excesos. Bastó con una bolsa y un pan en su interior: "Guárdala y ¡no te lo comas!". Se metió por unas callejuelas y encontró a dos personas teniendo sexo. La noche citadina se caracterizaba por esa pérdida de la luminosidad característica del día, la idílica luminosidad del día, en cuyo acontecer hacían su ingreso oficinistas perfectamente vestidos y señoritas con sus trajes Zara, perfumadas y decoradas con Chanel y Cacharel, quienes ocupaban los puestos administrativos de la metrópoli. Era tal la escisión entre la luz y el acaecer de la noche. El día, lleno de vida y extractos hipócritas de lo que se cuenta en los periódicos en la sección "Vida Social"; la noche, llena de jolgorio, emborrachamiento, danzas dionisíacas... Prostitutas eméritas, vagabundos burgueses y criminales que salen de sus cloacas a gobernar la noche capitalina.

Respiró profundo y caminó hacia su destino: sabía que no podía desligarse del mismo. Aunque cambiara de rumbo, se le esclareció que no había redención en la encrucijada de los tres caminos. Después de todo, la única salvación que le quedaba era sumergirse por completo en el papel que se le había dado. "Luego de todo esto -pensó-, podré irme a tantos lugares como he soñado. Podré levantarme tarde en un lugar lleno de luces; nadie me mirará en menos: el poder del dinero habrá removido mi historial de ser tan sórdido..." Un asesinato, unas fotografías malditas y ya estaba: nada podía salir mal. Pero las fuerzas del mundo son enfrentamiento puro: caminó hacia ese desfiladero, se encontró con los tres caminos; dos muchachos esperaban, cubriendo a uno que estaba en medio de ambos. Cayó al suelo casi muerto: aún podía mirar, pero su visión se nublaba poco a poco. Gimoteando observó la imagen final: con el rostro empapado en sangre y lleno de espanto, logró reconocer a su asesino: era su mejor amigo".

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