"La verdad es mujer"
Friedrich Nietzsche
La verdad es una eterna loca fratricida que corre desnuda por el bosque colindante con la orilla del lago: corre desnuda y sus cabellos se remecen y sus senos se remecen. Corre y corre perseguida por la pléyade humana desesperada. Son como muertos vivientes que buscan morder su cuerpo delicioso. Ella es el eterno misterio, el desenvolvimiento del ser en lo estético, que se des-oculta como los dientes afilados de un lobo hambriento.
Aquella mañana, mientras me despedía de ..., pensé en las manifestaciones preliminares de aquel cáncer: un tumor en el sentido de la existencia había comenzado a ramificarse desesperadamente. Como una sístole, la sangre del cariño se lanzó presurosa sobre nuestros cuerpos, los recorrió de principio a fin. Lo nuestro se iba muriendo de a poco, pero ... ¿por qué? ¿Qué hace la verdad corriendo desnuda en medio del bosque? Su cuerpo se reflejaba en un lago, donde también se refugiaba la imagen de la Luna. Caminé mareado. La multitud abigarrada iba de un lado a otro, como si no tuviera un plan, como si su existencia careciera tanto de sentido como la de las nubes oscuras que atravesaron el cielo de la tarde. Supuse que aquella sería igual a las otras, me encontraría con mis viejos amigos y conversaríamos sobre las distintas maneras de cambiar el mundo, diálogos que me producían tanta exaltación como pereza. "El hombre debe ser un ser de acción, no sirve andar meditando por la vida, necesitamos comenzar a 'hacer'". "Jamás nada grande se ha hecho sin una reflexión primigenia: como sostenía el psicoanálisis primero, el hombre hace una 'elección primordial', desde la cual todos sus actos se configuran hacia una potencia originaria, que es la voluntad". Siempre me pareció que Schelling vivía en nuestra época, aunque se había disuelto en el heterogéneo e hiperbólico discurso de los bárbaros especialistas. Antes de nacer, escogemos lo que queremos ser. Todo hombre está ofrecido en sacrificio al plan social hipostasiado.
Abordé el vagón del Metro y me perdí en una vorágine de pensamientos: "¿Por qué reacciona así, es que acaso aún no comprende quién soy? ¿Desde cuándo comencé a sentirme tan desgraciado? ¿Cuándo comenzará el destino a derretirse como la vela de la meditación cartesiana? ¿Por qué aquí y no allá? ¿Dónde quedó el sentido que alguna vez hice mío?..." Una muchacha iba junto a otra: tomadas de la mano, enfrentaban una sociedad sórdida y moralista, cuyo sinsentido era proclive a provocar largas y agonizantes arcadas: todo lo que no sea permitido en la sociedad de la libertad, esta eternamente condenado. Al fin se desocupó un asiento. Saqué un libro de mi bolso y me perdí de ese vagón atestado de indeseables.
Cuando sonó el pitido que anunciaba la estación final, me levanté con un dejo de molestia a causa de una señora que me obstaculizaba el paso. La adelanté rápidamente y zigzagueé hasta las escaleras. Una vez arriba, sentí de nuevo la sensación de espanto y modorra: "¿qué me pasaba? ¿era una reacción somática o psíquica?". Caminé horrorizado al ver el espectáculo del mundo: un hombre en el suelo, unos guardias afirmándolo para que no escapase, un niño lloraba a su lado gritando "¡Papito!, ¡papito!, no le hagan nada a mi papito..." "¿Qué había hecho ese niño para familiarizarse con la desgracia desde tan temprano?" Me pareció que la noche venía inspirada a las lágrimas. Salí de la estación y me encontré con los vendedores de alimentos: cientos de ojos nicotínicos observando, husmeando cada movimiento para hacer el ofrecimiento: "¡Rico el sushi!; ¡hamburguesas de soya!" Comenzaron a caer las primeras gotas sobre un piso atestado de colillas de cigarro. "No fumar" rezaba un letrero a la entrada de la estación. Una señora enorme, cuyos senos descomunales se movían tumultuosamente ante sus agitados movimientos, ordenaba a la gente para abordar los "colectivos", los cuales se dirigían a distintos destinos de la ciudad. Abordé uno y pagué al conductor. No quería escuchar nada ni a nadie. Me puse mis audífonos y comencé a escuchar una canción de David Bowie.
La lluvia caía sin descanso sobre las calles oleaginosas de la ciudad. Ríos de agua pegajosa se movían en todas las direcciones sin rumbo alguno. Con los zapatos mojados, el abrigo mojado, el cabello mojado, llegué a casa. Mi madre estaba sentada escuchando una radio religiosa, ensimismada en su tejido. Se levantó, me besó la mejilla izquierda y volvió a sentarse, sin decir palabra alguna. Una vez en mi pieza, me sentí como en mi cárcel: "aquí nazco, sufro y muero, pero con mayor fuerza lo último". Me cambié la ropa mojada, encendí la radio y escuché una canción que me transportó a un recuerdo. "13 de Febrero de 2010. Un campamento a la orilla del lago Huillinco. El viento resopla desde el Pacífico. Los bosques son los nativos de estas tierras lluviosas, lejanas de la nada auto-poiética que es el hombre. Árboles gigantes, que contemplan solemnes las aguas anaranjadas del lago precioso. De pronto, una noche en que luces extrañas reflotan en el espejo de su fisonomía. Son "visitantes" -o quizá son las salmoneras. ¿Quién sabe? Al fin, las cosas las recordamos como queremos recordarlas y no como realmente pasaron. Llegada la noche, su majestuosidad estrellada culminó con el elogio de la individualidad".
Quizá es mejor aquello que se guarda en los edificios que los que esconde la naturaleza solemne. ¿Qué significa ese misterio desconocido para seres artificiales y artificiosos como lo somos nosotros? Esa noche, mientras miraba impertérrito el techo de mi habitación en la oscuridad más plena, descubrí una gran verdad: "Lo que vivimos en otra época, siempre vivirá profundo en la inmensidad del inconsciente". Estabas tú, objetivada y congelada en mi conciencia. Estaba yo, siempre haciéndome y re-haciéndome en la ciudad de la furia. La naturaleza fue nuestra compañera, pero nosotros jamás comulgamos con ella. Esa noche tuve sueños incompletos.
II
"¿Dónde están Rosencranz y Guildenstern cuando más los necesito?" "Amigos, cavad mi tumba, pues desde ahora jamás podré ser igual a ustedes". Una fogata en un terreno del bosque. Música, personas riendo obscenamente, ya tocados por el efecto dionisíaco del vino. Miradas lascivas y dos opuestos que se duermen. ¿Esas miradas infieles significaron algún pecado? En el enorme sonido solitario que se producía entre el viento y la sustancia de los árboles, nuestras palabras se perdían en el iceberg. Ella dormía, él dormía, ¿qué más daba escondernos en su canto? En ese preciso momento en que tu mirada se tornaba más valiente, decidí encender el último de mis cigarrillos y despedirme: "Me acuesto, hasta mañana". Si me hubiese quedado un poco más, nuestra amistad se hubiese vuelto orgiástica. Mas, la voluntad es como un medicamento: deja en paz el alma, pero pudre el cuerpo. Tú dormías en un sueño profundo. Quise tocarte, pero no lo hice. Te contemplé unos minutos. Si hubieses visto mi mirada... estaba tan perdida, estaba tan viciada. Decidí salir. Ella también salió. La vi perderse entre los árboles del bosque, aquella noche temblorosa y silbante. La seguí. El frío carcomía mis pies descalzos, entumecía mis brazos, asfixiaba mis pulmones. De pronto, dejé de sentirlo: no sabía si estaba vivo o más bien muerto. No perdía de vista sus carnes blanquecinas, su desnudez color de Luna contradecían la tesis de Anaxágoras: iluminaba con luz propia, con una palidez absoluta en medio de la oscuridad. Caminabas, solo escuchaba el canto de tus pechos. Caminé hacia ti, te parecí abominable. Comenzaste a correr. La multitud de mis espíritus te siguieron: volteaste el rostro y me viste transfigurado: era la hora de la muerte. Te afirmabas de los árboles, dejabas tu elixir escapar, como miel que se derrama sobre las hojas del bosque. Te seguí, vesánico y con la mirada perdida. Miles de espíritus se transformaron en un rastrillo, eras la perla que buscaban. De pronto, tu luz se hizo más fuerte, apareciste como un astro fulgurante, abandonaste tu figura humana, eras divina. Mis espíritus comenzaron a danzar a tu alrededor, yo bebía de mi cuero y cantaba himnos al bosque. Tú te me ibas acercando. Mis sórdidos labios te buscaron, los tuyos respondieron. Y, en medio del mundo espectral, vivimos el delirio apasionado de aquella noche transfigurada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario