Sin conciliar el sueño, observo las imágenes que se forman en el muro de mi habitación: es un árbol sin hojas, cuyas ramas exánimes son movidas por el viento nocturno. Crean monstruos que abaten mi espíritu. Tengo miedo. La carga emocional que llevo sobre mis hombros. Necesito reorientar mis posibilidades.
La mañana está fría, sin embargo, el Sol ha salido. Sus rayos no transportan el calor a través de la galaxia. Me levanto temprano, tomo mi abrigo y salgo a caminar por la calle. Tantas cosas han quedado olvidadas, tantas han quedado simplemente atrás, como un recuerdo sumergido en la oscuridad. Aquellos días eran simples y hermosos, estaban plenos de sentido.
Camino sin sentido en medio de la muchedumbre que se reúne en la feria libre de calle Las Naciones. Con la mirada perdida, como deambulando en medio de un cementerio: ni los colores de la vestimenta popular de las muchachas jóvenes me sacaba de mi anonadamiento. Recordé a mi compañera. Pensé que quizá estaría en otros brazos, en otros labios, en otro proyecto: me abandonó cuando comencé a perder el impulso de vida y quedé abandonado como un perro. Mientras meditaba, observé a dos beodos que estaban sentados en un puesto de comida callejera, engullendo sendos sandwiches "de potito", local atendido por una melona coqueta y deslenguada que reía estruendosamente ante los piropos de los hombres; una pequeña niña deambulaba solicitando "Una moneita pa' comer"; dos mujeres jóvenes que atravesaban la feria de la mano de tres niños; un bebé llorando sin consuelo en los brazos de su madre, mujer cuyos ojos inyectados en sangre miraban perdidos en el espacio-tiempo. "The wretchedness of earth is multiform", pensé recordando un viejo cuento que leí en mi juventud.
La vida se quebró en dos cuando descubrí la falsedad de mis convicciones: encontré la fisura en una nueva reflexión sobre la condición humana. Ante mi quiebre antropológico, mi estilo de vida no podía ser el mismo: todo comprender es cambiar radicalmente el punto de vista. Ante el solipsismo en que me aventuré, todas las certezas comenzaron a anularse, incluyendo mi relación con el mundo y la sociedad. Vanessa me abandonó cuando supo que ya no me sentía "comunista". Según ella, mis motivaciones principales estaban maculadas por un cáncer "reaccionario". Yo ya ni siquiera sabía si la convicción de luchar contra la burguesía tenía acaso algún rostro: no veía, ni creía. Solo frente al mundo, comencé a ver cómo se derretían todas mis creencias ante la hoguera de la existencia: los matices que adoptaban me asustaban. Creía un día lo que al otro día aborrecía -tan profunda fue la crisis.
Observé a dos mujeres examinando ropa usada. Estaban como "perdidas" en el mundo. Inmiscuidos propiamente en la masa del ser, olvidamos todas las plataformas desde las que tenemos experiencia de ese mundo: yo estaba profundamente atado al sentimiento trágico de la vida. No podía entender, ni podía creer, pero en las profundidades de mi alma me encontraba desesperado en la búsqueda del sentido. Inspirado por el azar, doblé a la izquierda y me adentré por calle San José. Escuché las campanas de una Iglesia. Entré en ella, silencioso y con un afán escudriñador.
Mientras el sacerdote anunciaba el evangelio, comencé a compenetrarme con esa masa de "consumidores de opio". Mi entendimiento se nublaba y daba paso a oleadas de emoción que se agolpaban en mi alma. Ante la piedad de unas ancianas que estaban sentadas bien adelante, comencé a sentir un mareo. Sentí ganas de salir, pero no me fui, continué petrificado en el mismo espacio que ocupé desde que llegué. De pronto, el hombre comenzó a bendecir las hostias y el vino. Cantaron y comió y bebió. No entendía bien esos signos, pero observé cómo el comportamiento de las personas, en su respetuoso silencio, en su humilde piedad, comenzaban a formar filas y filas: me sentí hambriento y quise participar, mas, no sabía cómo. Solitariamente, me trasladé hacia la entrada y me disponía a salir, cuando de pronto comencé a caminar entre las personas. Sentía una emoción indescriptible, un poderoso sentimiento que me embargaba de pies a cabeza. Mi corazón latía con fuerza y mi entendimiento se debilitaba arrojado sobre algo que le superaba. Las ancianas, los niños, los adultos, los jóvenes caminaban a comer y beber de ese símbolo nuevo para mí: sus rostros reflejaban la profundidad de sus almas, siendo todos ellos gente humilde, de esa por la que yo estaba dispuesto a morir en la revolución. En medio de ellos, yo era un insignificante ser. De pronto, comencé a pensar en esas ráfagas de pueblos que caminaron por el desierto buscando el sentido. Comprendí que el ser humano requiere realizar una impleción absoluta de verdad, de signficado y de búsqueda en sus vidas, de lo contrario, la muerte será absoluta (ni siquiera yo, un ateo confesado, creía que lo fuera). Pero, ¿qué hacía yo ahí, en ese lugar? Cerré los ojos y abrí mi boca...
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Llegada la hora, Jesús se puso a la mesa con los apóstoles y les dijo: «Yo tenía gran deseo de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer. Porque les digo que ya no la volveré a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios.» Jesús, aceptando una copa, dio gracias y les dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios. Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. (Hagan esto en memoria mía). Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes»). Lc 22, 14-20
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