Cuando entré a estudiar a la universidad, un mundo nuevo se abrió para mí. Distintas ramas del saber, se combinaban -no siempre pacíficamente-, con horas de parranda con los nuevos compañeros, con las nuevas minas, con la nueva gente que iba apareciendo por todos lados. Al terminar, me di cuenta que la vida es muy breve y que uno debe hacer las cosas de la mejor manera posible: la forma más digna, la más responsable, la más perseverante, la más sacrificada. Y, ese camino, lo aprendí de dos personas.
La primera, una mujer, cuya Fe inquebrantable, ha superado todas las épocas de apego y desapego a lo divino. Amante del trabajo, de la oración, del cariño, de la entrega: ella hace de su vida una poesía en la que su amor inmenso alcanza no tan solo para su familia, sino para los demás. Esa mujer que para Navidad atraviesa la villa y las poblaciones consiguiendo alimentos para entregar a aquellas familias vecinas que no tienen un pan para poner en su mesa; aquella que visitó a tantos enfermos, a quienes les llevó la tranquilidad para emprender el viaje más largo; aquella que tanto hizo por los demás. Mas, también a aquella que se quedó con el alma en un hilo tantas veces cuando hiciste tus famosos espectáculos antes de entrar a clases; a aquella que te cuidaba después de tus episodios en el Mc Donalds, a aquella que te arropaba por las noches, la que no dormía bajándote la fiebre, la que te protegía más que a nosotros, porque eras el más mamón. Ella, la que te amó, te ama y te amará más que nadie.
Esa mujer, cuando era una muchacha, se topó con un tipo galante y bien vestido, que levantaba el meñique para tomar la copa de vino. Aquella misma fiesta donde un tal chino se enojó y se fue con su bufanda. Los dos muchachos, tan jóvenes como tú, comenzaron una vida juntos. Aunque comenzó con un par de cuentos de galán, el muchacho demostró ser un trabajador, un estudiante y un padre de los mejores. En esos tiempos estábamos ellos y el que escribe. Esa perseverancia que imprimió en sus hijos, esos que él mismo admira tanto, como si fuera posible que seamos más que él. ¿Cuántas mañanas soportó las bajas temperaturas, los atochamientos, el cansancio y el estrés por llevar no tan solo un trozo de pan, sino un mensaje de responsabilidad y perseverancia a nosotros, sus hijos? Aquel hombre, presente aquí y siempre en nuestras almas, dejó impresa su marca en su descendencia: el amor por el trabajo, por el sacrificio, por la perseverancia.
Ambos, dejaron un legado que ha permanecido. Tú eres hoy el gran fruto que hoy cosechan. Por eso, los laureles y sus frutos adornarán tu cabeza. Porque el fruto no perecerá.
Tu vida la viviste en sacrificio. A pesar de ser el más apegado a nuestra madre, fuiste el que primero comenzó una vida en la sociedad, en Alameda con Arturo Prat, donde entraste un niño y saliste un hombre. El tiempo pasa tan rápido, hermano mío, y te veo cada vez más inmenso, tú, el mismo pequeño indefenso que jugaba junto a mí, junto a Juanito, en medio de la casa o de nuestras habitaciones. Creciste y te transformaste en un ídolo para mí -y, por primera vez, comprendo una tarjeta con un breve mensaje, que me dio una persona que perdí, por primera vez puedo entenderla... Creciste y trajiste tantas cosas a nuestras vidas. Eres un pilar de esta familia, eres un pilar en mi vida, eres uno de los hombres que más amo. Doy gracias a Dios porque eres mi hermano, por los hermosos momentos que hemos vivido juntos, por las veces que has sido el único que me ha escuchado, porque tu corazón está lleno, del modo más bello, del mensaje que dejaron nuestros padres.
Porque hoy eres un Baccalaureatus, porque hoy estás adornado por los laureles y sus bayas, el BACHILLER, tu esfuerzo ya da su primer fruto y te conducirá por siempre por la senda del conocimiento. Porque fue lo que tus padres te legaron: los caminos para convertirte en el inmenso hombre que hoy eres.
DE TU HERMANO QUE TE AMA.
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